Salón solitario

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Salón solitario


Últimamente se ha puesto de moda el adjetivo de «trollear». Una persona molesta a otra o la hace caer en una broma muchas veces de mal gusto o con un ligero matiz de maldad.

No me hubiera imaginado que los muertos también podían tener ese ligero gusto por «trollear». Y no, no me refiero al consabido «doppelgänger» o espíritus de ese tipo. Fantasmas, espectros, almas o como ustedes prefieran llamarlos; yo nunca hubiera pensado que, incluso en la fina línea que transcurre entre el más allá y nuestra vida, aquellos que ya no se encuentran entre nosotros pudiesen sentirse tentados a comunicarse aunque uno no los buscase.

Al menos hasta que me ha tocado turno.

Cuando era joven y asistía a la universidad, podría decirse que era de esos bichos raros que si no estaba con sus mejores amigas, esas con las que uno puede ser realmente uno mismo y hacer estupidez y media, normalmente prefería estar sola. Agarraba mis libretas de dibujo y me sentaba en una solitaria mesa a crear imágenes a todo color o historias que en mi mente terminaban en que algún día me volvería famosa y todos correrían a buscarme por uno de mis garabatos.

O… utilizaba el método alternativo y favorito de cualquier persona extravagante que se precie de serlo: tomaba mi reproductor de casetes (que en ese entonces el MP3 era un sueño muy MUY lejano), me colocaba los auriculares para desconectarme totalmente del universo y me retiraba a un salón completamente vacío en donde cerraba la puerta y me perdía en miles de historias internas mientras caminaba en círculos una y otra vez, olvidándome a veces por un par de horas de los problemas, de las calificaciones, de los maestros de mente cerrada y creatividad limitada para los cuales siempre te ibas a morir de hambre como tratases de seguir el camino de lo que más te gusta.

De todas maneras, el caso es que la facultad de Diseño Gráfico era uno de los sitios que menos aterrador podía resultarle a cualquiera y que, por supuesto, tenía como cualquier otra escuela sus historias de personas muertas en situaciones desde accidentales hasta ridículas en su totalidad, pero sin importar si creías en fantasmas o no, era el sitio el cual todos sin excepción descartarían como para tener contacto con el mundo paranormal.

Tanto así que, como dije antes, yo gustaba de buscar cualquier salón vacío para poder encerrarme un rato y ponerme a soñar despierta.

En los tiempos de antes, muchos jóvenes solíamos grabar muchas de nuestras canciones favoritas en casetes vírgenes. Algunos regrababan encima cuando se cansaban de las primeras grabaciones, y otros, como yo, preferíamos simplemente mantener los casetes intactos debido a que el regrabar encima de canciones a veces hacía que se revolviesen los sonidos y terminases con tu canción favorita opacada en el fondo con fragmentos de cualquier voz que estuviese por debajo.

También, para efectos de la credibilidad de esta historia, debo añadir qué clase de Walkman utilizaba en ese entonces. Un pequeño Sony, ganado en un concurso de chocolates Hersey’s, que solamente contaba con los botones de Stop, Play, adelantar y regresar, lo cual en ese entonces era lo más genial del mundo, puesto que para muchos reproductores lo normal, si querías regresar el casete, era utilizar la famosa técnica de la pluma en el interior dentado del casete y girarlo como aspas de helicóptero.

Por lo tanto, se podría decir que nada interrumpía mis momentos de solaz y calma durante aquellas estadías alejadas del resto de los seres vivos.

Nada podría indicar que eso fuese a llevarme en realidad a toparme con el resto de los seres… que no estaban precisamente «vivos».

Aquel día en específico había pasado dos horas de soledad debido al fortuito deseo de dos profesores que prefirieron irse a almorzar a darnos la cátedra por la cual supuestamente les pagaban; todo había estado tranquilo, el soñar despierta me había dado las energías y la inspiración requeridas para completar las tareas que tendría que llevar a cabo en casa y estaba por salir de aquel salón solitario, cuando un súbito escalofrío corrió a través de mi espina.

No pude evitar sino detenerme y ver alrededor. Como alguien que ha vivido cerca de la muerte desde su infancia (entiéndase cementerio), las apariciones y el sexto sentido eran algo que me acompañaban de toda la vida, por lo que aquella sensación fue tan extraña y tan fuera de lugar como encontrarse a un sujeto disfrazado de Wolverine en una convención de matemáticos.

El ambiente del salón seguía siendo tranquilo y cálido, pero la sensación de temor y el vello erizado en mi cuerpo indicaban que algo anormal había ocurrido. Fruncí el ceño mientras trataba de recordar los últimos segundos antes de tener esa sensación. Mi Walkman se encontraba reproduciendo Hmm Bop de los Hanson (no confundir con Jonas Brothers por favor y gracias), así que no podía ser producto de ninguna canción que pudiera considerarse «terrorífica».

Sin encontrar ningún otro motivo que justificase el haberme sentido de aquella manera, retrocedí el casete hasta volver a escuchar la canción completa que tenía en aquellos momentos, pensando que tal vez esta se hubiese estropeado y que el sonido de la cinta me hubiese provocado la sensación. Por supuesto, el escalofrío volvió de forma intensa y el corazón me dio un vuelco doloroso al percibir esta vez con atención que, unos momentos después de terminada la canción, se había añadido con claridad la voz de una mujer hablando en francés.

No entendía qué decía (en ese entonces yo no sabía nada de francés), pero por el acento y la forma de hablar se notaba que era un idioma extranjero. Independientemente de ello, yo supe que no se trataba de algo normal: cientos de veces había escuchado ese casete y jamás había salido aquella voz. Era reciente, de ese mismo momento en que me encontraba en aquel salón.

Y por supuesto, no podía decirse que por error hubiese grabado encima, ya que, como mencioné antes, mi Walkman no contaba con el botón de «grabar».

Varias personas, entre amigos y familia, han escuchado aquella grabación desde entonces. Algunas creen, como yo, que por accidente la voz de alguien del más allá ha quedado grabada en la cinta magnética por su propia energía y sin intervención humana. Otros tan solo lo toman a broma o como que se «regrabó» encima de la cinta (a pesar de que, como he mencionado antes, todas mis grabaciones fueron en cintas vírgenes y sin grabaciones encima de otras).

Lo único que sé es que, cada vez que escuchaba aquella voz, durante la noche terminaba soñando con una mujer alta y morena, de vestido rojo y largo sonriendo y riéndose de mis intentos de salir de aquel salón solitario, que siempre se muestra cerrado con llave mientras a través de una ventana mis compañeros pasan y no se dan cuenta de que yo estoy ahí.

Como si yo fuese tan solo un fantasma más, fuera de existencia y sin ser capaz de comunicarme con nadie fuera de aquella habitación.

De todas maneras, aún conservo el casete. Hubo un tiempo en que quise enviarlo a revisar, pero costaba demasiado y tenía que desprenderme del casete tal vez para siempre, cosa que no quería. Quizá algún día se me presente la posibilidad de enviárselo a alguien para que lo revise; mientras tanto, continúa guardado junto con otras de mis grabaciones al fondo de una caja.

Solo me queda añadir que desde ese suceso no he vuelto a escuchar la cinta. Cada vez que la mostraba, el solo hecho de escuchar la voz de esa mujer me hacía sentir miedo, como si en algún momento fuese a venir a mi hogar a terminar de comunicar lo que fuese que trataba de decir.

Y, por supuesto, no he vuelto a ingresar en ningún salón solitario. No quiero volver a darles la oportunidad de encontrarme y llenarme las noches de pesadillas.

Experiencia propia

Yourself

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5 thoughts on “Salón solitario”

  1. Hola, estuve leyendo algunas de tus historias. Creo que son muy buenas, quisiera saber si te interesa hacer una historia para un proyecto audiovisual. En este caso estoy buscando una buena historia para hacer un cortometraje, me gusta mucho como escribes. Si te interesa la propuesta podemos seguir en contacto, te dejo mi correo. fernandoluna@esimez.mx

  2. La idea está buena,pero tu relato me resultó muy denso de leer. No hace falta ser tan reiterativa y aclarar tantas cosas irrelevantes y sin sentido.

  3. Otro envío tuyo, otra publicación en la bolsa. A decir verdad, me gustó la simplicidad de la experiencia. Se podría decir que es, a la vez, el punto débil: le faltó ese empuje que te hiciera sentir terror. Pero, funciona. Un evento extraño que se desarrolla un poco más al final. No es tu mejor relato, pero es una lectura amena.

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