En la cocina

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En la cocina ganó como la segunda mejor historia enviada en el mes de marzo, 2015.


Ingresamos por la reja del pasillo izquierdo a la enorme casa de dos pisos de mis abuelos, ubicada en Mitras Centro, Monterrey.

Cuando éramos niñas, a mi hermana y a mí se nos figuraba una gigantesca mansión en color verde, en cuyo amplio balcón a veces nuestras tías colgaban una hamaca en donde nos recostábamos y mecíamos, viendo a la gente pasar por la acera frente a la casa. En lo personal, adoraba ese lugar… pero al mismo tiempo, le temía.

Una y otra, llegábamos a tener extrañas pesadillas de vez en cuando.

El interior de la casa contaba con un pasillo estrecho recién entrando por la puerta de ingreso, y este por lo general era oscuro a pesar de que no era muy largo y conectaba directamente con un pequeño comedor interno y la cocina. Pero de alguna forma ese hogar aparecía en nuestros sueños más terroríficos. Imponente y oscuro, y a través de ese pasillo, la entidad que tomaba forma de cualquiera de nuestros familiares nos trataba de alcanzar, avanzando lenta pero inexorablemente hacia nosotras. Desde pequeñas solemos compartir sueños, por lo que despertar y hablar de lo vivido no era raro, y cuando visitábamos a mis abuelos, solamente las luces cálidas que indicaban la presencia de vida nos hacían olvidar por momentos el escalofrío que nos recorría al imaginar aquel sitio a oscuras.

Sin embargo, aquel día no podíamos hacer nada más.

La casa estaba vacía y una de mis tías nos había pedido que fuéramos a alimentar al perro que se había quedado. No nos dio más explicación, excepto que el pobre animalito tenía sobre un día sin comer y ella no podía atenderlo; debido a que no teníamos las llaves de la casa, optamos por trepar la pequeña puerta blanca de reja que da al pasillo que conecta con el patio trasero, y de ahí esperar a que tanto el perro como los alimentos estuviesen en la parte de atrás.

Extrañamente, el pequeño can no salió a ladrarnos. Jugando, le comenté a mi hermana que tal vez nuestra tía había dejado al perro encerrado en el interior y que nos habría dejado abierta la puerta de atrás. Pero al llegar a la parte posterior, era evidente que la mascota, lejos de haber sido encerrada, se encontraba simplemente callada y sentada al lado de la casita secundaria y externa construida en el patio.

Esta era una pequeña construcción para guardar trastos y cosas que no se usaran, por lo que siempre estaba cerrada y el pequeño perro estaba sentado ahí, al lado de esta y observándonos en silencio a nosotras y a la casa; mi hermana se acercó a saludar al animal que se apoyó en ella sin quejarse, pero no moviéndose mucho.

—Qué raro que no haya ladrado —dijo mientras yo me dirigía a la puerta del patio que daba a la cocina.

—Tal vez de estar solito, simplemente no tenía ganas de ladrar —aventuré, aunque obviamente, la respuesta era tonta en sí. Sin embargo, sonreí con agrado al ver que en efecto la puerta de la cocina estaba abierta completamente al igual que la puerta interna de madera gruesa. El alimento para el perro estaba en el interior.

—Mira… sí nos dejó abierto para que le dejemos la comida —le dije a mi hermana que había dicho de inicio que era improbable que mi tía fuese a hacer eso, debido a la posibilidad de que pudiesen robarse algo.

Riendo, ingresé a la casa e hice una mueca de diversión por lo oscuro que estaba a pesar de la hora del día. Rodé los ojos un poco pensando en que iba a ser algo divertido hacer todo sin asustar a los vecinos, y entonces me incliné para servir un vaso de croquetas y servirla en el plato vacío del can; mi hermana hizo lo propio en el fregadero, sirviendo agua para luego hacérmela llegar.

—Me alegra que no sea de noche o realmente no podría estar aquí, sabiendo que estamos solas. —Se rio y yo la imité antes de sentir un enorme escalofrío a mi espalda al escuchar unos pasos acercarse y percibir cómo la puerta de la cocina que daba hacia la sala se abría repentinamente.

Mi hermana y yo gritamos un poco… antes de respirar con expresión de espanto y tratando de calmarnos, al ver a nuestro abuelo con el rostro perplejo y todo tenso, como si estuviese por saltarnos encima

Los tres comenzamos a reír de puro nerviosismo y me apoyé en el gabinete trinchador que servía de separador entre el comedor pequeño y la cocina en sí.

—¡Abue! —reclamé yo todavía sintiendo las piernas temblar—. ¡Nos asustaste un buen!

Mi abuelo se reía con voz suave y baja, como siempre hacía, al parecer encontrando tan gracioso como nosotras aquel tremendo susto.

—Y ustedes me asustaron a mí. Pensé que se había metido un ladrón a robar —me respondió mientras mi hermana se secaba los ojos, también recuperándose del susto.

—Mi tía dijo que la casa estaba sola desde ayer y que viniéramos a alimentar al perro —explicó mi hermana ahora con un suave dejo molesto—. ¡No nos dijo que estabas aquí! De haber sabido hubiéramos tocado la puerta del frente para que supieras que habíamos venido en lugar de colarnos por el pasillo de al lado…

—No, yo he estado aquí todo el tiempo —replicó mi abuelo suspirando con paciencia por las palabras de mi tía—. Las escuché cuando entraron por el frente, pero cuando me asomé no las vi. Ahora entiendo, estaban en el pasillo de afuera.

Y volvió a reír mientras mi hermana decía algo sobre lo que iba a reclamarle a mi tía por hacernos levantar tan temprano, estando mi abuelo ahí para darle de comer a su mascota. Se salió para dejarle el plato al perro donde pudiera alcanzarlo, y aun así el pequeño animal parecía mantenerse en el mismo sitio, sin reaccionar al alimento apenas.

—Deberías llevarlo al veterinario —le dije viendo al perrito desde la ventana del lavabo—. No es normal que esté así.

—Sí, bueno… ha estado triste desde ayer —comentó mi abuelo con un suspiro cansado—. Entonces, ¿ya se van?

—De hecho, se suponía que deberíamos de estar recogiendo a mi madre de sus clases, y nos desviamos solo porque de verdad pensamos que no había nadie en casa.

—Ya veo. Bueno, deja me pongo los zapatos y les abro la puerta del frente. ¡Ah! Y no olviden llevarse chocolates, mija. Ojalá que se pudieran quedar más tiempo…

—Igual y cuando recojamos a mi madre le digo que regresemos —ofrecí antes de ver la expresión iluminada de mi abuelo ante la idea—. De todas formas, ha pasado algo nuevo que me muero por contarte.

Mi abuelo sonrió antes de desaparecer por la puerta. Hablaba en serio, mi abuelo siempre se había distinguido no solo por atiborrarnos de dulces cada que lo visitábamos, sino que, además, era inteligentísimo y siempre estaba enterado de las últimas noticias del día; adoraba platicar con él, ya fuera de política, lo que ocurría en el mundo o lo último del internet.

En fin. Salí al patio con mi hermana para decirle que mi abuelo nos dejaría salir por el frente y que nos fuéramos de una vez, pero ella ya le había marcado a mi tía a través de su celular con verdadera irritación.

—¡Tía! —dijo en cuanto se escuchó el clic de respuesta en el teléfono de esta—. ¿Por qué nos dijiste que no había nadie en casa? —reclamó—. Sabías que teníamos el tiempo contado porque mamá sale de la escuela a estas horas y nos desviamos para venir… y no, ¡no estaba sola la casa! Nos hemos metido un susto de muerte porque Abue estaba aquí ¡y hasta a él le dimos la sorpresa! ¡Pensó que éramos ladrones!

Yo sonreía por cómo sonaba mi hermana menor, soltándole aquello al altavoz del teléfono y no extrañándome que mi tía se quedara en silencio por varios momentos, estupefacta.

Pero no me esperaba lo que respondió. Nunca, en toda mi vida voy a poder olvidar sus palabras y el frío que siento cada vez que lo recuerdo, incluso mientras escribo esto:

—Hija… —dijo mi tía con un tono de voz tembloroso y muy bajo—. ¿Tu mamá no se los ha dicho?

—¿Decirnos qué? —respondió mi hermana con enojo.

—Desde ayer tu abuelo se internó de emergencia en el hospital. Justamente acabo de terminar de avisarle que tu abuelo falleció hace unos pocos minutos. No hay nadie en la casa.

Ni siquiera volteamos a ver la puerta de la cocina, que permaneció abierta. No entramos. Con el alma fuera del cuerpo salimos corriendo hacia el pasillo por el que habíamos ingresado sin atrevernos a ver por las ventanas que había a lo largo de este, y ni siquiera recuerdo bien cómo fue que trepamos la pequeña puerta y salimos disparadas al exterior, para subirnos al coche en apenas un suspiro.

Arrancamos el coche sin virar la cabeza y con el corazón en las gargantas.

Amaba a mi abuelo. Era mi mejor amigo.

Pero ese fue el último día que puse un pie en aquella casa.

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3 thoughts on “En la cocina”

  1. yo me hubiera metido a ver que queria mi abue si estaba ahi su espiritu era por algo asi hubieras hecho un poco mas interesante la historia, pero estuvo buena, tubo algo de cliche ya que ya suponia el final a menos de la mitad de la historia

  2. Me parece haber leído historias similares. La verdad es que el argumento no es el más novedoso, pero tu ejecución fue efectiva. Me gustó la protagonista y su hermana, y que el abuelo haya sido tan carismático y fiel a su personaje hace la situación más escalofriante. Felicidades por tu lugar en el Salón de la Fama.

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