Mapas

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Tiempo de lectura: cerca de 17 minutos.

Cuarto capítulo de Penpal (Amigo por correspondencia), uno de los creepypastas más populares, largos y enigmáticos que existen. Fue escrito originalmente en inglés por Dathan Auerbach (1000Vultures) en 2011. Por su éxito, fue adaptado en un libro del mismo nombre, Penpal, en 2012.

Debes leer el capítulo uno: Pisadas.

Capítulo dos: Globos.

Capítulo tres: Cajas.

Capítulo cinco: Pantallas.

Capítulo final: Amigos.

Entrada principal.

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La traducción al español (y edición ligera) es propiedad de esta página.

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La mayoría de las ciudades viejas y sus vecindarios no fueron diseñadas con la mentalidad de que la población comenzaría a crecer de manera exponencial y que tendría que ser acomodada. Generalmente, la construcción de las carreteras responde a la necesidad de conectar puntos de importancia económica, delineándose con base en las restricciones geográficas. Una vez que las carreteras conectoras han sido establecidas, los negocios nuevos y más carreteras son posicionados estratégicamente a lo largo del asfalto, solo dando cabida a modificaciones, adiciones y alteraciones menores, pero nunca a ningún cambio dramático.

Entonces el vecindario de mi infancia tuvo que haber sido viejo. Las primeras casas que se construyeron debieron haber sido colocadas alrededor del lago, y el área habitable se incrementó gradualmente a medida que se crearon extensiones nuevas sobre el camino original; pero todas estas extensiones terminaban abruptamente en un punto o en otro —solo había una entrada/salida para todo el vecindario—. Muchas de las nuevas extensiones estaban limitadas por un afluente que se alimentaba del lago, y que pasaba justo al lado de lo que llegué a nombrar «la fosa». Gran parte de las casas originales tenían patios inmensos, pero algunos de esos terrenos originales fueron divididos, dejando atrás propiedades con límites más y más pequeños. Una vista aérea de mi vecindario daría la impresión de que un calamar gigante murió en el bosque, y un empresario aventurero encontró su cadáver y pavimentó carreteras a lo largo de sus tentáculos, solo para retirar su involucramiento y dejar que el tiempo, codicia y desesperación se encargaran de dividir la tierra entre los dueños de casas prospectivos, como un intento embarazoso de la proporción áurea.

Desde mi pórtico podía ver las casas viejas que rodeaban el lago, pero la casa de doña Maggie era mi favorita. Ella tenía, según recuerdo, cerca de ochenta años de edad, pero a pesar de eso era una de las personas más amistosas que he conocido. Tenía una melena de rizos blancos y siempre vestía con vestidos claros de patrones florales. Nos hablaba a Josh y a mí desde su pórtico trasero cuando estábamos nadando en el lago, y siempre nos invitada a comer bocadillos. Decía que se sentía sola porque su esposo Tom estaba fuera por negocios, pero Josh y yo siempre rechazábamos su invitación, pues por más amable que doña Maggie fuera, había algo raro en ella.

De vez en cuando, mientras nadábamos, nos decía: «Chris, John, ¡son bienvenidos aquí en cualquier momento!». También podíamos oírla diciéndonos lo mismo cuando caminábamos de regreso a mi casa.

Doña Maggie, como muchos de los dueños de casa más antiguos, tenía un sistema de irrigación que funcionaba mecánicamente, pero, en algún punto con el transcurso de los años, su temporizador se debió haber roto. Sus regaderas se encendían en varias ocasiones durante el día, y a veces incluso durante la noche —todo el año—. Aunque nunca hacía tanto frío como para que nevara mucho en invierno, en numerosas instancias salía por la mañana para ver el patio frontal de doña Maggie transformado en un paraíso ártico surrealista por el agua congelada. Todos los demás patios se mantenían esterilizados y secos por la escarcha cortante del frío del invierno, pero ahí —en medio del recordatorio deprimente de la brutalidad de la temporada— había un oasis de hielo hermoso colgando como estalactitas de cada rama de cada árbol, y de cada hoja de cada arbusto. Conforme el sol se alzaba, era reflejado y las piezas de hielo desglosaban sus rayos en un arcoiris que solo podía ser observado brevemente antes de que te cegara. Incluso a esa edad, estaba maravillado por lo bello que era, y Josh y yo íbamos ahí con frecuencia para caminar en la grama con hielo, y entablábamos peleas de espada con los carámbanos.

Un día, le pregunté a mi mamá por qué doña Maggie lo dejaba así. Mi mamá pareció haberse debatido la explicación, antes de decir:

«Bueno, cariño, doña Maggie se enferma mucho, y a veces, cuando se pone muy enferma, se confunde. Es por eso que cambia tu nombre y el Josh. No es su intención, pero hay momentos en los que simplemente no los puede recordar. Vive en esa casa a solas, así que está bien si quieres hablar con ella cuando nades en el lago. Pero cuando te invite adentro, debes seguir diciendo “no”. Sé cortés; no vas a herir sus sentimientos».

«Pero se sentirá menos sola cuando su esposo vuelva a casa, ¿verdad? ¿Por cuánto tiempo estará en sus viajes de negocios? Parece que nunca está acá».

Mi mamá se vio un tanto agitada y pude notar que estaba muy triste. Finalmente, contestó:

«Cariño… Tom no volverá a casa. Tom está en el Cielo. Murió hace muchos, muchos años, pero doña Maggie no lo recuerda. Se confunde y lo olvida, pero Tom no volverá a casa. Si alguien se mudara con ella, podría llegar a creer que es Tom; pero él se ha ido».

Tenía cinco años cuando me dijo eso, y por un tiempo no lo entendí del todo. Me sentía profundamente triste por doña Maggie.

Ahora sé que doña Maggie tenía Alzheimer. Ella y su esposo tuvieron dos hijos: Chris y John. Los dos trazaron un plan de pagos con las compañías de utilidades y se encargaban del agua y electricidad de doña Maggie, pero nunca la visitaban. No sé si algo pasó entre ellos, o si fue por la enfermedad, o si solo vivían muy lejos, pero nunca venían. No tengo idea de cuál era su apariencia, pero había momentos cuando doña Maggie debió de pensar que Josh y yo lucíamos como ellos dos cuando eran niños. O quizá veía lo que algunas partes de su mente estaban tan desesperadas por ver, ignorando las imágenes transmitidas por su nervio óptico y mostrando, solo un momento, lo que solía ser. Es hasta ahora que me doy cuenta de lo solitaria que se debió sentir.

Durante el verano después de kínder, antes de los eventos de «Globos», Josh y yo nos habíamos dado a la tarea de explorar el bosque cerca de mi casa, al igual que el afluente del lago. Sabíamos que los bosques entre nuestras casas estaban conectados, y pensamos que sería genial si el lago cerca de mi casa estaba conectado de alguna forma al arroyo en torno a la suya. Así que nos propusimos descubrirlo.

Íbamos a hacer mapas.

El plan era hacer dos mapas separados y luego combinarlos. Haríamos un mapa explorando el área cerca del arroyo, y haríamos otro siguiendo el flujo del lago. Por las primeras semanas, salió muy bien. Caminábamos por los bosques, a un lado del agua, y nos deteníamos cada tantos minutos para ampliar el mapa, y parecía que ambos mapas se entrelazarían cualquier día. No teníamos las herramientas necesarias para el trabajo —ni siquiera un compás—, pero tratábamos de improvisar. Tuvimos la idea de empalar la tierra con una rama cuando llegáramos al final de una aventura.

Puede que hayamos sido los peores cartógrafos del mundo. Sin embargo, el bosque se hizo muy espeso eventualmente a un lado del agua que provenía del lago, y fuimos incapaces de proseguir. Perdimos el interés en nuestro proyecto por un tiempo, y redujimos nuestras exploraciones significativamente —aunque no por completo— cuando empezamos a vender granizados.

Después de que le enseñé a mi mamá las fotografías que había traído de la escuela, y ella me quitó la máquina de granizados, nuestro interés en los mapas se revitalizó. Habíamos ingeniado un nuevo plan. Pese a que no entendía por qué, mi mamá me había impuesto lo que yo consideré que eran restricciones demasiado severas en cuanto a lo que podía hacer y adónde podía ir, y ella me vigilaba con frecuencia si iba afuera a jugar con Josh. Esto significaba que no podíamos quedarnos en el bosque por horas para poder encontrar un nuevo camino. Pensamos que sencillamente podíamos nadar cuando llegáramos al límite en el bosque, pero eso no podría funcionar porque el mapa se mojaría.

Entonces tuvimos una idea brillante. Crearíamos una balsa.

Debido a la construcción en el vecindario, había una cantidad enorme de material de construcción chatarra que la compañía dejaba en la fosa para mantenerla afuera de las carreteras y alejada del sitio de construcción, pues ya no la necesitaban. Originalmente, conceptualizamos un barco formidable, completado con un mástil y un ancla, pero esto fue disminuido rápidamente a algo más manejable. Tomamos varias piezas largas de espuma plástica que reforzamos con tabla de espuma, y las atamos con cuerda e hilo de cometa.

La balsa funcionó muy bien, y aunque ambos actuábamos y hablábamos como si la funcionalidad de la balsa hubiera sido un hecho, sé que al menos yo estaba sorprendido. Los dos teníamos ramas bastante grandes que utilizábamos como remos, pero encontramos más fácil empujarnos contra la tierra debajo del agua que usarlas como se suponía. Cuando el agua se hizo demasiado profunda, simplemente nos acostamos sobre nuestros estómagos y usamos nuestras manos para remar, lo cual también funcionaba —pero no igual de bien—.

La primera vez que tuvimos que recurrir a ese método de propulsión, recuerdo haber pensado que, desde el cielo, se debió de haber visto como si un hombre colosalmente gordo de brazos diminutos salió a nadar.

Nos tomó varios viajes para lograr que la balsa llegara a la porción intransitable del bosque. Navegábamos por un rato y luego atracábamos la balsa. La próxima vez, corríamos por el bosque para llegar a la balsa y viajábamos un poco más.

Continuamos esto bien entrado mi primer grado de escuela primaria. Josh y yo fuimos asignados a Grupos diferentes ese año, así que, como no nos veíamos durante el día escolar, nuestros padres estaban más dispuestos a dejarnos jugar todos los fines de semana de cada semana. Lo que es más, el papá de Josh había aceptado un trabajo de construcción extenso que requería trabajar los fines de semana, y su madre estaba de turno en el hospital. Para Josh, esto significaba que se quedaba en mi casa la mayor parte del fin de semana, semana tras semana.

Hicimos un progreso excelente, pero cuando finalmente llegamos al impasse y tuvimos la oportunidad de explorar más allá de él, no pudimos encontrar un lugar para atracar la balsa. El bosque era demasiado espeso, y el agua había erosionado la tierra al punto en que había un aumento del terreno bajo el afluente, exponiendo las raíces húmedas y retorcidas de los árboles. Teníamos que regresar cada vez y acabar dejando la balsa en la misma condensación de árboles que nos motivó a construirla en primer lugar. Y lo que era aún peor, el invierno había llegado, así que no podíamos justificar el salir de la casa en nuestros trajes de baño. No estábamos llegando a nada; siempre teníamos que volver antes de expandir nuestro terreno.

En un sábado, cerca de las siete de la noche, Josh y yo estábamos jugando cuando una de las compañeras de trabajo de mi mamá llamó a nuestra puerta. Su nombre era Samantha, y la recuerdo bien porque le propuse matrimonio un par de años después cuando acompañé a mi mamá al trabajo.

Mi mamá dijo que tenía que ir al trabajo para reparar un problema que había surgido, y que volvería en alrededor de dos horas. Su auto estaba siendo reparado, por lo que tendría que viajar con Samantha. Dijo que no podía salir de la casa bajo ninguna circunstancia ni abrirle la puerta a nadie, y estaba a la mitad de explicarme que llamaría cada hora, pero terminó ese comentario prematuramente cuando recordó que nuestro teléfono había sido desactivado por pagos atrasados —razón por la cual Samantha había llegado sin avisar—. Me clavó la mirada en tanto cerraba la puerta, y dijo: «Quédate aquí».

Esta era nuestra oportunidad.

Las observamos conducir por el camino serpentino hacia la salida, y tan pronto como su auto rotó en la última intersección visible, corrimos a mi habitación. Saqué mi mochila mientras Josh agarraba el mapa.

—Oye, ¿tienes una linterna? —inquirió Josh.

—No, pero vamos a volver antes de que oscurezca.

—Estaba pensando que deberíamos tener una, solo por si acaso.

—Mi mamá tiene una, pero no sé en dónde la guarda… ¡Espera!

Corrí a mi clóset y bajé una caja del estante superior.

—¿Tienes una linterna ahí?

—No exactamente…

Abrí la caja y revelé tres candelas romanas que había tomado de entre las que mi mamá amasó para el Día de la Independencia del verano pasado. Junto con un encendedor que me las había ingeniado para quitarle unos meses atrás, podría asegurar que al menos tuviéramos algo de luz si la necesitábamos. Esto ocurrió unas semanas antes de que se me diera la oportunidad para temerle al bosque, así que no fue el miedo lo que motivó nuestra búsqueda de una fuente de luz, solo el realismo. Lo tiramos todo en la mochila y escapamos por la puerta trasera, cerciorándonos de haber cerrado para que Cajas no se fuera a salir. Teníamos una hora y cincuenta minutos.

Corrimos por el bosque tan rápido como pudimos y llegamos a la balsa en unos quince minutos. Teníamos nuestros trajes de baño debajo de nuestra ropa, así que nos quitamos las camisas y nuestros pantalones cortos, y los dejamos en dos bultos separados cerca de la orilla del agua. Desatamos nuestra balsa del árbol, agarramos nuestras ramas-remos y zarpamos.

Tratamos de movernos rápidamente para llegar a un punto más allá del contenido de nuestro mapa en expansión continua, pues no teníamos tiempo que perder con vistas antiguas. Después de que pasamos el último lugar registrado en el mapa, el agua se hizo más y más honda. Estaba oscureciendo, volviéndose más difícil el distinguir un árbol del otro, y ambos nos estábamos sintiendo un poco nerviosos. Remábamos velozmente con la intención de ahorrar tiempo, pero esto generaba mucho ruido conforme nuestros remos disolvían la tensión de la superficie del agua. En el trasfondo, podíamos oír el crujido de hojas muertas y el quiebre de ramas caídas por la arboleda de nuestra derecha. No sabíamos qué tipo de animales residían en la profundidad de este bosque, pero estábamos seguros de que no queríamos descubrirlo.

Mientras Josh corregía el mapa que yo estaba iluminando con el encendedor, fuimos confrontados por el hecho de que los sonidos no eran espontáneos. Rápida y rítmicamente, escuchamos:

Crunch

Snap

Crunch

Parecía estarse distanciando de nosotros ligeramente, insertándose en la espesura más allá de nuestro mapa. Se había vuelto demasiado oscuro como para que viéramos. Había juzgado mal por cuánto tiempo persistiría el sol.

Nerviosamente, llamé:

—¿Hola?

Hubo un momento breve de ansiedad asfixiante en tanto permanecíamos estáticos sobre el agua. El silencio fue roto súbitamente por una risa.

—«¿Hola?» —se mofó Josh.

—¿Y qué?

—Hola, Señor Monstruo-en-el-bosque, sé que se está escondiendo, pero quizá quiere contestar mi «hola»? ¡Holaaaaaa!

Me di cuenta de lo estúpido que había sido eso. Fuera lo que fuera, no iba a responder. Ni siquiera me di cuenta de que lo había dicho hasta después de hacerlo.

Josh continuó: «Holaaaaaa», con un falsete agudo.

—Holaaaa —lo contrarresté con el barítono más profundo que pude lograr.

—¡Hola compa!

—Ho-la. Bip Bup.

—HooOOOLLLAAAaa.

Continuamos burlándonos del otro, y estábamos en el proceso de hacer girar la balsa para regresar, cuando lo escuchamos:

«Hola».

Fue susurrado y forzado como si hubiese sido accionado por el último aliento de un par de pulmones desinflándose, pero no sonó aquejado. Había venido del lugar justo más allá del mapa, el cual ahora se ubicaba detrás de nosotros dado que habíamos girado la balsa. Lentamente, me volteé en dirección del sonido mientras buscaba a tientas las candelas romanas. Quería ver.

—¿Qué estás haciendo? —siseó Josh.

Pero ya la había encendido. Cuando la mecha chispeante se hundió en la envoltura, la sostuve hacia el cielo. En realidad, nunca había usado una de estas, y pensé que tendría un talento cinematográfico para ello. Un orbe verde y brillante se disparó a las estrellas y se extinguió velozmente. Reajusté mi brazo hacia el horizonte. Podía recordar que tenía varios colores, pero no sabía cuántas veces podía disparar una de estas hasta que se hubiera agotado. Una bola de luz roja salió despedida y crepitó por los árboles, pero no vi nada aún.

—¡Solo vámonos! —me presionó Josh, girándose para encarar la dirección a casa, y empezó a remar con agitación.

—Una más…

Bajando el brazo directamente hacia el bosque frente a mí, otra bola roja fue lanzada del tubo. Viajó en línea recta hasta que colisionó con un árbol, explotando la luz brevemente en un diámetro mucho mayor.

Aún nada.

Dejé caer la candela en el lago y observé a una última bola de fuego penetrar el agua, solo para morir rápidamente, sofocada. Una vez que comenzamos a remar en dirección a mi casa, escuchamos un crujido sonoro en el bosque y para nada disimulado. La ruptura de ramas y el pisoteo de hojas sobrecogían el ruido de nuestro salpiqueo.

Estaba corriendo.

Bajo nuestro pánico, empujamos la balsa con demasiada violencia y sentí a una de las cuerdas bajo mi pecho aflojarse.

—Josh, ¡ten cuidado!

Pero era muy tarde. Nuestra balsa se estaba rompiendo. Dentro de poco, se había venido abajo por completo. Los dos nos aferramos a un pedazo de espuma plástica, pero las piezas no eran lo suficientemente grandes como para mantenernos a flote, y nuestras piernas colgaban por debajo de nosotros en el agua de invierno.

—¡Josh! ¡Rápido! —grité señalando al mapa a su lado.

Forcejeó, pero estaba muy helado como para movernos con libertad, y ambos observamos al mapa conforme se alejaba flotando.

—Te… Tengo f… frío —tartamudeó Josh, afligido—. Hay que sssalir del a…. agua.

Nos acercamos a la orilla escuchando el crujido frenético atronando hacia nosotros desde el bosque de arriba. Incesantes, pateamos con nuestras piernas y pudimos alcanzar el muelle de nuestra balsa. Nos quitamos los trajes de baño y estábamos desesperados por meternos en ropa seca que nos escudara del frío cortante en el aire. Me puse mis shorts, pero algo andaba mal. Me giré hacia Josh:

—Oye, ¿en dónde está mi camisa?

Se encogió de hombros y sugirió:

—¿Quizá el viento la tiró al agua y flotó en el lago?

Le dije a Josh que volviera a casa, y que dijera que estábamos jugando a las escondidas si mi mamá estaba en casa. Tenía que encontrar mi camisa.

Corrí detrás de las casas y me asomé por el agua, inspeccionando la costa. Se me ocurrió que, con algo de suerte, tal vez podría encontrar el mapa también. Me estaba movilizando bastante rápido porque necesitaba llegar a casa, y estaba a punto de rendirme cuando mi concentración fue interrumpida por un sonido que vino desde atrás.

—Hola.

Me di la vuelta. Era doña Maggie. Nunca la había visto por la noche antes, y bajo esa luz pobre se veía excesivamente frágil. La calidez usual que envolvía su actitud parecía haberse apagado con la brisa. No podía recordar haberla visto alguna vez sin una sonrisa, así que su rostro se veía extraño.

—Hola, doña Maggie.

—Ah, ¡hola, Chris! —La calidez y sonrisa retornaron, incluso si sus recuerdos no hicieron lo mismo—. No podía ver que eras tú en la oscuridad de ahí.

Bromeando, le pregunté si me iba a invitar a comer un bocadillo, pero dijo que quizá en otra ocasión. Estaba muy ocupado buscando mis cosas como para prestarle atención realmente, pero sonaba feliz, así que no me sentí mal. Dijo otro par de cosas más, pero tenía prisa. Le dije buenas noches y corrí por su acera hacia mi casa. La podía escuchar detrás de mí caminando por su jardín congelado.

Llegué unos minutos antes que mi mamá. Y para cuando ella llegó, Josh y yo ya nos habíamos cambiado de ropa y calentado. Nos habíamos salido con la nuestra, a pesar de que habíamos perdido el mapa.

—¿La pudiste encontrar?

—Nah, pero vi a doña Maggie. Me llamó Chris de nuevo. Te lo digo, solo alégrate de que nunca la has visto de noche.

Ambos nos reímos y él me preguntó si me había invitado a comer bocadillos, bromeando con que debían ser terribles porque ni siquiera lograba regalarlos. Le dije que no lo había hecho, y él estaba sorprendido. Ahora que tenía el tiempo para pensarlo, yo también lo estaba. Cada vez que la veíamos nos ofrecía bocadillos, y ahí estuve, habiéndome invitado solo —aunque sarcásticamente— y me dijo que no.

Mientras Josh seguía hablando de doña Maggie, noté de pronto que el encendedor aún podría estar en mi bolsillo, y sería desastroso si mi mamá lo encontraba. Agarré mis shorts del suelo y palpé mis bolsillos. Sentí algo, pero no era el encendedor. Desde mi bolsillo trasero, saqué un pedazo de papel doblado, y mi corazón dio un vuelco. «¿El mapa? —pensé—. Pero lo vi irse flotando».

Dibujado en el papel, dentro de un óvalo grande, estaban dos figuras de palitos tomados de las manos. Uno era mucho más grande que el otro, pero ninguno tenía rostro. El papel estaba roto, así que faltaba una parte, y había un número escrito cerca de la esquina superior derecha. Era un número quince o un dieciséis. Nerviosamente, le entregué a Josh el papel y le pregunté si él lo había puesto en mi bolsillo en algún punto, pero se burló de la idea y me preguntó por qué estaba tan preocupado. Apunté a la figura de palitos más pequeña y a lo que estaba escrito a su lado.

Eran mis iniciales.

Le conté a Josh el resto de la conversación entre doña Maggie y yo. Siempre había atribuído el intercambio extraño a su enfermedad, hasta revisitar los eventos en mi mente todos estos años después. A medida que lo analizo ahora, regresa el sentimiento de tristeza profunda evocado por doña Maggie, pero es magnificado por una sensación amenazadora de desesperanza cuando reflexiono acerca de lo que trató de decir con «quizá en otra ocasión».

Sabía lo que había dicho, pero no comprendí lo que significaba. Ni comprendí lo que sus palabras significaban semanas después, cuando observé a hombres con trajes anticontaminantes anaranjados cargando lo que pensé que eran bolsas negras de basura desde su casa. Aún no lo comprendí cuando clausuraron la casa y la cercaron poco antes de que nos mudáramos.

Pero ahora lo entiendo. Entiendo por qué sus últimas palabras fueron tan importantes incluso si ni yo ni ella nos dimos cuenta en aquel momento.

Esa noche, doña Maggie me dijo que Tom, su esposo, había vuelto a casa; pero ahora sé quién se mudó ahí realmente. Al igual que sé por qué nunca vi el cuerpo de doña Maggie siendo trasladado en una camilla.

Las bolsas no estaban llenas de basura.

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Esta es una traducción mía (y edición ligera)
https://www.amazon.com/Penpal-Dathan-Auerbach/dp/098554550X

Tubbiefox

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8 thoughts on “Mapas”

  1. Para cuando las subiras? es que quiero hacer un video sobre esta serie, esta muy interesante ahun que no aya mountros o demonios, logra atraparte ponerte en el lugar del protagonista. saludos

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