Globos

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Tiempo de lectura: cerca de 11 minutos.

Segundo capítulo de Penpal (Amigo por correspondencia), uno de los creepypastas más populares, largos y enigmáticos que existen. Fue escrito originalmente en inglés por Dathan Auerbach (1000Vultures) en 2011. Por su éxito, fue adaptado en un libro del mismo nombre, Penpal, en 2012.

Debes leer el capítulo uno: Pisadas.

Capítulo tres: Cajas.

Capítulo cuatro: Mapas.

Capítulo cinco: Pantallas.

Capítulo final: Amigos.

Entrada principal.

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La traducción al español (y edición ligera) es propiedad de esta página.

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Cuando tenía cinco años, asistí a una escuela primaria que, hasta donde podía entender, estaba enfrascada en la importancia de aprender por medio de la actividad. Era parte de un programa nuevo diseñado para posibilitar que los niños se desarrollaran a su propio ritmo. Para facilitar esto, la escuela alentaba a los profesores a que confeccionaran planes de estudio inventivos. A cada profesor se le daba la libertad de crear sus propios temas, los cuales estarían en efecto por la duración del año, y todas las lecciones de las diversas asignaturas estarían diseñadas con el espíritu de este tema. Los temas recibían el nombre de «Grupos». Había cuatro grupos: Espacio, Mar, Tierra y Comunidad —el grupo en el que yo estaba—.

En los grados prescolares de este país no aprendes mucho además de cómo atar tus zapatos o cómo compartir, así que la mayoría no es memorable. Solo recuerdo dos cosas con claridad: que yo era el mejor para escribir mi nombre de manera correcta, y el Proyecto Globo, que había sido la marca distintiva del grupo Comunidad. Era una manera lista para mostrar la forma en la que una comunidad funcionaba en un nivel muy básico.

Quizá has escuchado de esta actividad. Un viernes al comienzo del año, llegamos al salón y vimos que había un globo inflado con helio atado a cada uno de nuestros escritorios. También había un marcador, un lápiz tinta, un pedazo de papel y un sobre. El proyecto consistía en escribir una nota, ponerla en el sobre y atarla al globo, sobre el cual podíamos hacer un dibujo si queríamos. La mayoría de los niños comenzaron a batallar por los globos porque querían diferentes colores, pero yo empecé con mi nota, pues había pensado mucho sobre ella.

Todas las notas tenían que adherirse a una estructura vaga, pero se nos permitía ser creativos dentro de esos límites. Mi nota decía algo como esto: «¡Hola! ¡Encontraste mi globo! ¡Mi nombre es [Nombre] y asisto a la Escuela Primaria _______________. Puedes quedarte con el globo, ¡pero espero que puedas escribirme devuelta! Me gusta Mighty Max, explorar, construir fuertes, nadar y mis amigos. ¿Qué te gusta a ti? Escríbeme pronto. ¡Aquí tienes un dólar para el correo!». En el dólar, había escrito «PARA LAS ESTAMPILLAS» a lo largo de la parte frontal. Mi mamá pensó que era innecesario, pero yo pensé que era brillante.

La maestra tomó una fotografía Polaroid de cada uno de nosotros con nuestros globos y las pusimos en nuestros respectivos sobres junto con la nota. Ella también agregó otra nota, que asumo que era para explicar la naturaleza del proyecto y el agradecimiento a cualquiera que decidiera participar en escribirnos y enviar fotos de su ciudad o vecindario. Esa era toda la idea: crear un sentido de comunidad sin tener que salir de la escuela, y establecer contacto vigilado con otras personas.

Por las siguientes dos semanas, las cartas empezaron a llegar. La mayoría vino con una fotografía de diferentes puntos de referencia, y cada vez que una carta llegaba, la maestra la fijaba en el gran mapa que utilizábamos para señalar de dónde había llegado la carta y cuánto había viajado el globo. Era una idea muy inteligente, porque en verdad ansiábamos ir a la escuela para ver si habíamos recibido nuestra carta. Durante el curso del año, apartábamos un día a la semana para escribirle a nuestro amigo por correspondencia, o para escribirle al de otro estudiante si nuestra respuesta no había llegado. La mía fue una de las últimas en llegar. Ese día, entré al salón y miré a mi escritorio, pero una vez más no vi ninguna carta esperándome. Tan pronto como me fui a sentar, la maestra se me acercó y me entregó un sobre. Debí haberme visto muy emocionado, porque cuando estaba a punto de abrirlo, ella puso su mano en la mía para detenerme y decir: «Por favor, no te pongas triste». No entendí a qué se refería; ¿por qué estaría triste ahora que mi carta había llegado? Inicialmente, me encontraba desconcertado de que ella siquiera supiera lo que había en el sobre, pero ahora sé que los maestros, obviamente, veían el contenido para asegurarse de que no hubiera nada inapropiado. Cuando abrí el sobre, supe a qué se refería.

No había ninguna carta. Lo único que tenía el sobre era una Polaroid, pero no supe discernir lo que era. Se veía como una porción de postre, pero estaba muy borrosa como para estar seguro —parecía que la cámara había sido movida mientras la fotografía se tomaba—. No tenía dirección del remitente, así que no podía escribirle incluso si hubiera querido. Me sentía descorazonado.

El año escolar transcurrió y las cartas dejaron de llegar para casi todos los estudiantes. Después de todo, solo puedes continuar una correspondencia escrita con un estudiante preescolar hasta cierto punto. Todos, conmigo incluido, habíamos perdido el interés en las cartas. Entonces recibí otro sobre.

Mi emoción se rejuveneció, y me deleité en el hecho de que me seguían enviando cartas cuando la mayoría de los demás amigos por correspondencia habían abandonado su participación. Tuvo sentido que recibiera otra entrega —no hubo nada más que una imagen borrosa en la primera, así que esto probablemente era para compensarlo—. Pero, de nuevo, no hubo ninguna carta; solo otra imagen.

Esta era un poco más distinguible, pero aún no la entendía. El ángulo de la fotografía apuntaba hasta lo más alto, atrapando la esquina superior de un edificio, y el resto de la imagen estaba distorsionaba por el fulgor del lente debido al sol.

Dado que los globos no viajaron muy lejos, y dado que todos fueron lanzados el mismo día, el mapa se había abarrotado un poco. La política para los estudiantes que aún estaban intercambiando cartas era que podían llevarse las fotografías a casa. Mi mejor amigo, Josh, tenía el segundo número más alto de fotografías llevadas a casa —su amigo por correspondencia era muy agradable y le envió fotografías desde todas partes de la ciudad vecina—. Creo que Josh se llevó cuatro fotografías a casa.

Yo me llevé casi cincuenta.

Después de un tiempo, dejamos de ver mis fotografías. Simplemente guardaba los sobres en uno de los cajones de mi habitación, donde albergaba mi colección de rocas, cartas de baseball, cartas de historietas (Marvel Metal, para quienes las recuerdan) y cascos de baseball en miniatura que conseguía de la máquina expendedora en Winn-Dixie después de las prácticas de baseball infantil.

Para Navidad de ese año, mi mamá me había dado una máquina de granizados pequeña, y Josh en verdad la había codiciado, tanto que sus padres le compraron una ligeramente mejor para su cumpleaños el día antes de Año Nuevo. El verano siguiente, tuvimos la idea de que crearíamos una tienda de granizados para hacer dinero; pensábamos que haríamos una fortuna vendiendo los granizados a un dólar. Josh vivía en un vecindario diferente, así que eventualmente decidimos que el mío sería mejor porque había muchas personas interesadas en sus céspedes. Los jardines en mi vecindario eran más grandes. Hicimos esto por cinco fines de semana consecutivos, hasta que mi mamá nos dijo que teníamos que parar.

En la quinta semana, Josh y yo estábamos contando nuestro dinero. Hicimos un total de dieciséis dólares ese día y los dividimos equitativamente. Cuando Josh me pasó mi quinto dólar, un sentimiento de sorpresa profunda me consumió. El dólar decía «PARA LAS ESTAMPILLAS».

Josh notó mi impresión y me preguntó si había contado mal. Le relaté la historia del dólar, y él hizo un comentario sobre lo genial que era. A medida que pensaba sobre ello, estuve de acuerdo. Me inundó la idea de que el dólar había vuelto a mí después de haber cambiado tantas manos.

Le dije a Josh que tenía que mostrarle algo. De vuelta en mi habitación, abrí el cajón y saqué un lote de sobres. Comencé con la primera fotografía, e inspeccionamos unas diez hasta que Josh perdió el interés y me preguntó si quería ir a jugar en la fosa (una fosa de tierra calle abajo) antes de que su mamá lo viniera a recoger, así que eso fue lo que hicimos.

Tuvimos una guerra de barro por un tiempo, pero fui interrumpido muchas veces por el crujido de los arbustos a nuestro alrededor. Había mapaches y gatos callejeros que vivían ahí, pero esto estaba haciendo un poco más de ruido, e intercambiamos teorías de lo que podría ser en un intento por asustarnos mutuamente. Mi última conjetura fue que era una momia, pero al final Josh siguió insistiendo con que era un robot por los sonidos que escuchábamos. Antes de irnos, se puso un poco serio y fijó sus ojos en los míos: «Tú también lo escuchaste, ¿no? Sonó como un robot. ¿Lo escuchaste verdad?». Lo había escuchado, y puesto que sonó mecánico, concordé en que probablemente era un robot. Es hasta ahora que entiendo qué fue lo que escuchamos.

Cuando regresamos, la mamá de Josh nos estaba esperando junto a mi mamá en la mesa de la cocina. Josh le dijo a su mamá acerca del robot; nuestras mamás rieron y Josh se fue a casa. Mi mamá y yo comimos la cena, y luego me fui a la cama.

No me quedé en la cama mucho tiempo antes de salir por debajo de las sábanas y decidir que, a raíz de los eventos del día, iba a revisar los sobres; todo el asunto me parecía mucho más llamativo ahora. Tomé el primer sobre, lo coloqué en el suelo y puse la Polaroid de postre encima. Coloqué el segundo sobre a un lado y le puse encima la Polaroid con el ángulo extraño del edificio. Hice esto con cada una de las fotografías hasta que formaron una cuadrícula de 5×10. Me habían enseñado a ser cuidadoso con aquellas cosas que estaba coleccionando, incluso si no estaba seguro de su valor.

Noté que las fotografías, gradualmente, se hicieron más discernibles. Había un árbol con un ave en él, una señal de límite de velocidad, cables eléctricos, un grupo de personas caminando en un edificio. Y luego vi algo que me irritó tan poderosamente que, mientras escribo esto, puedo recordar con precisión el sentirme mareado, solo capaz de rumiar un pensamiento insistente: «¿Por qué estoy en esta fotografía?».

En esa imagen de un grupo de personas entrando a un edificio, me vi a mí mismo sosteniendo la mano de mi mamá al final de una multitud de personas. Nos encontrábamos hasta el borde de la fotografía, pero innegablemente éramos nosotros. Y a medida que mis ojos se sumergieron en el mar de Polaroids, me sentí todavía más ansioso. Era un sentimiento bastante raro: no era miedo, era el presentimiento de que estaba en problemas. No estoy seguro de por qué fui embestido por esa sensación, pero estaba sentado ahí luchando con la noción indiscutible de que había hecho algo malo. Y solo se intensificó cuando vi las demás fotografías.

Me encontraba en todas las imágenes. Ninguna de ellas era un primer plano, ninguna de ellas eran solo de mí. Pero yo estaba en cada una de las capturas —a un costado, en el fondo, en la parte baja del marco—. Algunas solo tenían la parte más diminuta de mi rostro capturado en el borde de la fotografía, pero, en cualquier caso, estaba ahí. Siempre estaba ahí.

No sabía qué hacer. Tu mente funciona en maneras divertidas cuando eres un niño; una gran parte de mí tenía miedo de estar en problemas simplemente por estar despierto. Dado que ya tenía el sentimiento inminente de haber hecho algo malo, decidí que esperaría hasta el día siguiente.

El día siguiente, mi mamá tuvo el día libre y pasó la mayor parte de la mañana limpiando la casa. Vi caricaturas, creo, y esperé hasta que pensé que era un buen momento para mostrarle las Polaroids. Cuando ella salió a traer el correo, agarré un par de fotografías y las puse en la mesa frente a mí mientras esperaba que ella volviera a entrar. Cuando regresó, ya estaba abriendo el correo y apartó algo de correo basura. Alcé mi voz:

—Mamá, ¿puedes venir un segundo? Tengo estas fotografí…

—Un momento, cariño. Necesito marcar esto en el calendario.

Después de un minuto o dos, ella se acercó detrás de mí y me preguntó qué era lo que necesitaba. Podía oírla barajando el correo a mis espaldas, pero yo solo observaba las Polaroids y le conté sobre ellas. Conforme se lo explicaba y señalaba las fotografías, sus «ajás» frecuentes disminuyeron, y de súbito estaba completamente en silencio. El próximo sonido que escuché de ella se escuchó como si estuviera tratando de recuperar su aliento en una habitación desprovista de aire. Al menos sus jadeos trabajosos fueron dominados y simplemente botó el correo restante en la mesa, dirigiéndose al teléfono de la cocina.

—¡Mamá! ¡Lo siento, no sabía nada! ¡No te molestes conmigo!

Ella estaba caminando de adelante hacia atrás con el teléfono presionado en su oreja. Jugué nerviosamente con el correo que estaba a un lado de mis Polaroids. El primer sobre tenía algo sobresaliendo que jalé ansiosa e imprudentemente hasta que salió.

Era otra Polaroid.

Confundido, pensé que una de mis Polaroids se había colado de alguna forma cuando ella tiró el correo; pero al darle la vuelta y estudiarla, me di cuenta de que no había visto esa antes. Para mi asombro, era yo, pero esta era una captura mucho más próxima. Estaba rodeado de árboles y sonreía. Pero no era solo yo; Josh estaba ahí también. Esto era de ayer.

Empecé a gritarle a mi mamá, quien seguía discutiendo en el teléfono. Repetidamente, llamé su atención hasta que al fin me respondió con un «¡¿qué?!».

Y solo pude preguntar:

—¿A quién estás llamando?

—Estoy hablando con la policía, cariño.

—¿Pero por qué? Lo siento. No fue mi intención…

Ella me contestó con una respuesta que nunca comprendí hasta que fui forzado a revisitar estos eventos de los años más tempranos de mi vida. Agarró el sobre de la mesa y lo sostuvo a lo alto para mis ojos, pero solo pude verla a ella y observar cómo todo el color se empezaba a drenar de su rostro. Con lágrimas abultándose en sus ojos, dijo que tuvo que llamar a la policía porque el sobre no tenía ningún sello de la oficina postal.

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Esta es una traducción mía (y edición ligera)
https://www.amazon.com/Penpal-Dathan-Auerbach/dp/098554550X

Tubbiefox

Administración de Creepypastas.com

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2 comentarios de “Globos”

  1. me a encantado la historia en verdad esta buenisima!!!
    voy a leerlas todas XD
    asta el final
    :3

  2. Cuando publique el tercer capítulo mañana, colocaré una entrada en la que podremos visualizar todos los detalles del misterio de esta historia según se va desenvolviendo.

    Con este capítulo, solo quiero aclarar el final. Si el sobre no fue sellado por la oficina postal, eso significa que fue colocado entre el correo de la casa de forma manual (el acosador llegó a la casa el día después de haberle tomado la foto al protagonista y a Josh mientras jugaban). La mamá aún no ha visto las 50 Polaroids, y le prohíbe a su hijo que siga vendiendo granizados cuando lo hace.

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