La sed

No ha sido un día fácil, todo el estrés me provoca esta ansiedad, y precisamente en la noche. De nuevo la necesidad, la sed. Tengo que hacerlo, iré por ella, y sé dónde hallarla.

Voy a su encuentro sin hacer ruido; la oscuridad es mi aliada ahora. Abro la puerta y la luz me ciega momentáneamente. La veo ahí, reposando. Otra rubia, como me gustan. Un movimiento rápido basta para tenerla a mi merced, y ahora debo hacer la parte difícil: tuerzo su cuello, y ella hace un sonido que acallo con mi mano.

«Tengo que beberla», pienso, y lo hago. Dirijo mi boca al principio de su cuello y me bebo el néctar de su ser hasta que no queda más.

Ahora tendré que ir por otra. No, por otras, ya que la sed no puede ser saciada solo con una.

La tristeza me invade. Mi esposa me ha descubierto y me ha prohibido salir por más cervezas…

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