Campamento para gordas I

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Primer capítulo de Campamento para gordas, una serie de cinco capítulos escrita originalmente en inglés por la brillante S. H. Cooper y publicada bajo el título Fat Camp.

Capítulo dos.

Capítulo tres.

Capítulo cuatro.

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La traducción al español es propiedad de esta página.

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Fui una adicta. Lo negué por mucho tiempo, inventaba excusas acerca de por qué lo que estaba haciendo estaba bien. Me convencí a mí misma de que no estaba haciéndole daño a nadie, así que realmente no importaba. Todas las justificaciones típicas que son exclamadas desde las profundidades de una espiral descendente. Cuando mamá lo notó, lo atribuyó al síndrome del hijo del medio y dijo que era una treta para conseguir atención. Papá lo hizo a un lado, opinando que había cosas peores. Mis hermanas estaban demasiado ocupadas siendo perfectas como para hacer un comentario.

Papá tenía razón, en cierta forma. No era como si me estuviera prostituyendo en esquinas a cambio de metanfetamina ni nada de eso. Definitivamente había cosas peores que comer hasta enfermar. Lo que había empezado como merendar por consuelo —para lidiar con una combinación de autoestima pobre y acoso escolar— se transformó lentamente en una necesidad, una compulsión, una picazón que no me podía rascar del todo.

No podía ver comida sin que sintiera el deseo de metérmela en la boca como un intento vano para llenar el vacío que se revolvía en mi estómago. Y cuando sí me dejaba llevar, había una excitación sin igual y el deseo era silenciado, incluso si sólo era así de forma temporal. Me sentía muy culpable, sabía que lo que hacía estaba mal, y eso solo me incitaba a hacerlo más. Estaba atrapada en un ciclo vicioso de autodesprecio perpetuado por la única cosa que me podía hacer sentir mejor: comer.

Se volvió embarazoso muy rápido. Traté de ser discreta, comiendo porciones normales frente a los demás, para luego atiborrarme detrás de puertas cerradas hasta que sentía que podría vomitar. No era capaz de verme en un espejo sin querer llorar. Mi rostro se estaba volviendo más redondo, se hacía más difícil ponerme mi ropa y mis hermanas empezaron a preguntarme si estaba reteniendo agua. Esa era su noción de tacto. Mamá era incluso más directa.

—Te estás poniendo gorda —dijo una mañana durante el desayuno.

Kelly y Jasmine fingieron interés en sus cereales, pero pude ver sus sonrisas entretenidas. Me tragué las lágrimas y me encogí de hombros. Nunca había sido delgada, algo que mamá priorizaba, y era un tema delicado entre nosotras. No importaba lo que intentara o lo que me hiciera hacer, simplemente nunca podía rebajar al tamaño ideal que ella y mis hermanas tenían.

—¡Es asqueroso, es holgazán, es descuidado! ¿Eso es lo que quieres que las otras personas piensen de ti? ¿O de tu familia? ¡Casi tienes diecisiete años, por el amor de Dios!

—No —murmuré.

—¿Entonces qué harás al respecto?

—He estado intentando, mamá…

—¿Intentando avergonzarme? Porque has estado haciendo un buen trabajo en eso. Cathy Mulrooney te vio en la piscina del club la semana pasada, ¿y sabes qué fue lo que me dijo? Dijo que parecía que realmente estabas disfrutando tomarte el verano libre para relajarte. ¡Fue tan insidiosa! ¡Quise arrastrarme debajo de una roca y morirme, Natalie!

—Lo siento.

—Si lo sientes tanto, entonces baja la cuchara y ve a correr.

Sí corrí, todo el camino hasta mi habitación, en donde me encerré y desenterré la provisión de golosinas que mantenía escondida detrás de mi clóset. Me senté en el suelo y traté de ahogar las palabras frías y agresivas de mamá con el crujido ruidoso de papitas y caramelos, pero solo las hice más audibles. Capté una mirada de mí misma desde el espejo que colgaba al reverso de mi puerta, y me detuve —con una mano aún en la bolsa de mini Snickers—. Mamá tenía razón, era una cerda. Asquerosa, fea e imposible de amar.

¿Cuán suertuda fui, entonces, cuando me dijo días después que tenía una solución?

—Si no lo resolverás tú, lo haré yo. —Había entrado a mi habitación mientras estaba limpiando y me tiró unos panfletos en la cama.

Levanté uno y le di una ojeada a la página frontal.

—¿Campamento para gordas? —pregunté, y un sentimiento enfermizo burbujeó desde el reverso de mi garganta.

—Es uno de los programas con la mejor reputación del país para… niñas como tú.

—¡Iré al gimnasio! ¡Me ejercitaré todos los días!

—Sí, lo harás. En el campamento para gordas.

Esa noche, cuando traté de reclutar a papá a mi lado del asunto, me sentó y me dejó llorar en su hombro. Él sabía cuán fatigada era mi relación con mamá, y simpatizaba, pero era un pusilánime. No podía hacerle frente a mamá más de lo que yo podía.

—Quizá será bueno para ti, cariño —dijo gentilmente—. Saldrás de la casa, conocerás personas nuevas, probarás actividades nuevas. Podría ser divertido.

—Me odia —dije inexpresivamente. Lo había sabido por un largo tiempo, pero nunca lo había dicho en voz alta.

—¡No es así! Tu mamá te ama, es por eso que se preocupa tanto sobre tu peso. Quiere que seas saludable.

—Quiere que sea flaca.

—Natalie…

—Me iré a la cama, papá. Buenas noches.

La mañana en la que partía al campamento, mamá me dejo comer cualquier cosa que quisiera para el desayuno. Lo consideró una especie de última cena. A pesar de los nudos de indisposición en mi estómago, me las arreglé para devorar tostadas francesas, tocino, salchichas, huevos y un tazón lleno de fresas. Mamá forzó una sonrisa, a pesar de que podía notar que se sentía repugnada. Me dio una palmada en el hombro a medida que me dirigía al auto con papá.

—Tus hermanas querían decir adiós, pero salieron a trotar y todavía no han regresado. Te veremos en seis semanas. ¡Buena suerte!

El viaje hacia el norte del estado fue largo y silencioso. Papá hizo unos cuantos intentos de conversación, pero yo no quería hablar. Solo quería terminar con eso.

El campamento era hermoso, lo cual admití a regañadientes para mí misma en tanto nos estacionábamos. Un lago destellaba de manera seductora por detrás de una fila de cabañas de troncos, caminos pulcros se bifurcaban hacia los árboles, y banderas y pancartas coloridas habían sido erigidas por todos lados, dándoles la bienvenida a los nuevos campistas a su nuevo hogar por el siguiente mes y medio. Tan pronto como nos habíamos estacionado, una mujer radiante y excesivamente jovial me sacó del auto para darme un abrazo.

—¡Hola, soy Stacey, una consejera! ¿Cuál es tu nombre?

—Natalie Hunter.

Revisó su portapapeles y le dio dos golpecitos con el dedo entusiasmadamente cuando encontró mi nombre.

—Ah, ¡aquí estás! Estás en la cabaña tres con Ashley. Si puedes agarrar tus cosas, te mostraré el camino.

Papá me dio un abrazo fuerte y susurró:

—Si es terrible, llámame. Te vendré a traer.

—Gracias —respondí, pero sabía que no lo haría.

Se me asignó un catre y solo se me dio suficiente tiempo para desempacar antes de que nos escoltaran a un gran salón comedor. Me encontraba rodeada por otras chicas, cada una de las cuales se veía tan emocionada por estar ahí como yo, y sentí la punzada familiar de nervios que se accionaba siempre que encaraba una situación nueva. No quería nada más que ir a casa, acurrucarme en mi pijama favorito y comer. Mi estómago concordó con un rugido.

Los consejeros se presentaron a sí mismos e hicieron su mejor esfuerzo para ser optimistas ante un público tan reticente, lo cual no tuvo mucho efecto. Aparentemente, un campamento para gordas no era la idea de una escapada de verano divertida para nadie. Después de un acto incómodo acerca de cómo hacer amigos, nos sirvieron el almuerzo: hamburguesas de pavo con pan integral, ensalada verde, brócoli hervido y una paleta de helado como postre. Aún me encontraba famélica cuando el platillo se había acabado, pero nos sacaron a tropezones para desarrollar una serie de actividades para romper el hielo.

Cuando se avecinó la hora de la cena, me había empezado a llevar bien con un par de las chicas de mi cabaña y pensaba que quizá el campamento no sería tan terrible después de todo. Se nos entregó una porción decepcionantemente pequeña de pescado y arroz. Para el final del platillo, me sentía adormilada. Después de todo, había sido un día largo y estresante, así que estuve feliz cuando nos dieron permiso para regresar a nuestras cabañas. Me quedé dormida al momento en que mi cabeza tocó la almohada.

Clink.

—¿Ah? —Hice un esfuerzo por abrir un ojo y tuve que parpadear hasta recuperar el enfoque de la habitación.

Mi cabeza se sentía como si hubiese sido rellenada con algodón, causando que fuera difícil anexar un pensamiento con otro. Mis brazos estaban extendidos incómodamente hacia la cabecera de la cama, pero cuando traté de moverlos, el metal helado me pinchó las muñecas.

Clink.

Me revolví, estirando mi cuello para alzar la cabeza, y me tomó un buen minuto de mantener la mirada fija para comprender exactamente qué era lo que estaba viendo: un par de esposas metálicas. Alguien me había esposado a la cama. Parpadeé con torpeza, tratando de procesar lo que eso podría significar en una mente que aún permanecía enturbiada por el sueño. A mi alrededor, escuché murmullos similarmente confundidos y el tironeo curioso de esposas.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Gloria desde la cama a mi lado, cuyo nombre supe recordar del día anterior.

Los murmullos se volvieron más frenéticos a medida que los hechos se volvían evidentes. Las seis de nosotras estábamos encadenadas a las camas desde nuestras muñecas, incapaces de movernos más allá de retorcernos patéticamente. Una de nosotras comenzó a gritar y luego todas lo estábamos haciendo. La puerta en nuestra cabaña se abrió de golpe y Ashley, nuestra consejera, se precipitó hacia adentro.

—¿Cuál es el problema? —preguntó, viendo entre nosotras con una mirada amplia.

—¡Ayúdanos!

—¡Alguien nos encadenó!

En vez de preocuparse más al escuchar nuestra súplica, se relajó, sonriendo.

—¡Oh, chicas! ¡Está bien! No hay necesidad de pánico. Yo hice eso.

Hubo una demanda colectiva para saber por qué.

—¡Para comenzar su viaje hacia una versión de ustedes mismas más saludable y feliz! ¡Ya lo verán, chicas, todo es parte del plan!

De alguna forma, eso no ayudó. Le gritamos que nos desencadenara, pero simplemente negó con la cabeza —manos en sus caderas—, sonriendo en todo momento.

—Aw, ¡escúchense! ¿Solo ha pasado un día y ya se están quejando? —Chasqueó la lengua desaprobadoramente.

No tomó mucho para que me dolieran los brazos. Traté de sentarme con tal de ayudar a aliviar un poco la presión en ellos, pero ninguna posición era cómoda. Me preguntaba si las otras cabañas estaban experimentando un tratamiento similar. No había visto a nadie caminar por nuestras ventanas ni había escuchado ninguna voz afuera. Ashley caminaba de arriba hacia abajo entre las camas, entonando sonetos, jubilosa, mientras nos observaba forcejear con nuestras ataduras.

—Tengo que ir al baño —dijo Morgan a modo de ruego.

Ashley se detuvo a su lado y se agachó.

—¡Está bien, cariño! ¡Solo hazlo!

—¿Có… Cómo?

—¡Hazlo!

—¡Ashley, por favor, es una emergencia!

—¡Nadie te está deteniendo!

No podía ver a Morgan desde donde estaba, pero podía escuchar la desesperación en su voz a medida que suplicaba por ser liberada. Continuó por otros cuantos minutos antes de que no lo pudiera aguantar más. Empezó a llorar, humillada, y Ashley la silenció de buen modo.

—¡No pasa nada, cariño! ¡No deberías estar avergonzada! Ya vives un estilo de vida muy enfermizo, ¿por qué debería ser diferente esto? —Su tono de voz permaneció amigable, incluso empático—. Los cerdos viven en su propia mugre, ¡señorita Morgan!

—¿Qué es lo que te pasa? —preguntó Gloria reciamente—. ¡No puedes hablarle así! ¡No puedes hacer esto!

Ashley se acercó con lentitud y se postró entre nuestras camas, sonriéndole a Gloria desde arriba.

—Oh, cariño, sé que es difícil que te recuerden lo asquerosita que eres, ¡pero estamos en esto juntas! Piensen en mí como su pastora, ¡y en ustedes como mi pequeño rebaño de cerditas gordas! Solo estoy haciendo lo que ustedes son demasiado débiles como para lograr: ¡asegurarme de que dejen de atiborrarse la boca con comida el tiempo necesario para que pierdan esos rollos!

—¡Esto es secuestro!

—No hay necesidad para ser tan dramática, señorita Gloria. ¡Sus padres firmaron exenciones! Y ahora voy a ir a agarrar algo para desayunar, pero volveré pronto. Ustedes diviértanse, ¿está bien, chicas?

Nos dejó en un silencio aturdidor. ¿Nuestros padres nos habían enlistado para esto sabiendo lo que acarrearía? Quería llorar, quería estar sorprendida por que mi madre hubiera hecho algo como eso, pero lo único que sentía era entumecimiento. Algunas de las niñas trataron de gritar de nuevo, pero nadie llegó, así que lloraron en vez de ello. Las lágrimas fueron reemplazadas por enojo y todas maldijimos y le hicimos amenazas vacías a la puerta cerrada. Tratamos de consolarnos la una a la otra lo mejor que pudimos, discutimos posibilidades de escape, pero fue poco entusiasta y al final todas nos quedamos en silencio, perdidas en pensamientos amargos.

El hambre se asentó huecamente en mi estómago, refunfuñando y gruñendo por querer ser aliviado. Mi boca se hacía agua ante el pensamiento de todo lo que quería, y sacudí mis esposas, irritada. En el reverso de mi mente, podía oír la voz de mi madre reprendiéndome por estar tan preocupada en comida en un momento como ese, y fui bañada en seguida de culpa y vergüenza. Cerré mis ojos, rezando por cualquier tipo de alivio.

Ashley no regresó por muchas horas, y para entonces todas nosotras yacíamos sobre nuestros propios desperdicios. Me sentía tan avergonzada que apenas podía motivarme a ver a las otras chicas, y mucho menos a Ashley y su sonrisa alegre y constante.

—Vaya, ¡aquí huele como una pocilga! ¿Quién quiere una ducha?

Espabilé ligeramente y noté que Gloria había hecho lo mismo. Habíamos discutido acerca de someter a Ashley e intentar fugarnos en el momento que nos liberara. Esa esperanza fue arrasada con el primer rocío de la manguera de Ashley, la cual no vi encubierta discretamente detrás de su espalda. Jadeé y escupí bajo la ola de agua helada esparcida generosamente por la cabaña, empapándonos a todas por igual.

—Listo. ¿No nos sentimos mejor? —agregó Ashley cuando había terminado—. Ahora, dado que todas estamos bonitas y limpias, ¡vamos a comer algo!

Mi estómago rugió a modo de respuesta y ella rio, girándose hacia mí:

—¡Vaya, vaya, señorita Natalie! ¡Tu mamá nos advirtió acerca de ese apetito, y ahora puedo ver a qué se refería! —enunció con un aplauso—. Muy bien, cerditas. ¡Es hora del almuerzo! ¡Tara, tráelo!

Otra consejera llegó rodando un contenedor de basura grande.

Nos sonrió ampliamente y, a medida que ella y Ashley sacaron un par de guantes de goma, dijo:

—¡Hola, chicas! ¡Soy Tara! Soy parte del personal de la cocina de aquí. Sé que ustedes simplemente deben estarse muriendo del hambre. Es decir, ¿alguna ya había tenido que pasar tanto tiempo sin comer?

Ashley negó con la cabeza y se rio como si hubiera sido uno de los mejores chistes que había escuchado.

—¿Acaso has visto estos culos obesos?

Juntas, movieron el contenedor de basura al lado de la cama de Gloria, y Ashley se inclinó hacia él para sacar un puñado de lo que parecía ser una combinación de la comida de ayer: hamburguesas a medio comer, pedazos de pescado cuyo olor ya indicaba que se estaban pudriendo, pedacitos marchitos de ensalada… Gloria negó con la cabeza, cerrando su boca herméticamente cuando Ashley lo sostuvo a la altura de sus labios.

—Ah, ¡esta cerdita no tiene hambre! —se quejó Tara—. ¿Qué piensas, Ash? ¿Alguna de ellas tendrá?

—¡Descubrámoslo!

Una por una, se nos ofreció la comida de la basura, y una por una nos rehusamos. Estaba segura de que no iban a dejar que nos muriéramos de hambre, no podían, ¡y yo no iba a comer basura! No trataron de obligarnos, solo siguieron su camino cuando fue claro que ninguna de nosotras iba a comer algo. Lo continuaron con agua fresca, la cual fue vaciada desde un balde. La sorbí codiciosamente hasta que Tara la apartó, chasqueando la lengua a modo de reproche burlesco.

—¡Vaya! ¡Qué buen primer día! —dijo Ashley una vez que habían acabado—. Están aprendiendo a escuchar a sus cuerpos, chicas, solo comiendo cuando tienen hambre. ¡Estoy tan orgullosa! Bien, ahora quiero que todas ustedes piensen seriamente acerca de cuánto han logrado hoy. Tara y yo vamos a devolver su comida a la cocina, pero no se preocupen, ¡la traeremos de vuelta mañana! Sin despilfarro, no hay miseria, ¿cierto?

Se rieron y le pusieron la tapadera al contenedor antes de dirigirse a la puerta de la cabaña. A medida que salían, Ashley se dio una media vuelta:

—¡Felicitaciones, chicas! ¡Todas están encaminadas a una versión de ustedes mismas más sana y feliz!

La puerta se cerró ruidosamente detrás de ellas, dejándonos húmedas, hambrientas y, por primera vez, más que asustadas.

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Esta es una traducción mía de:
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Tubbiefox

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