Una para la melancolía

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Tiempo de lectura: cerca de 12 minutos.

Fue escrito originalmente en inglés por S. H. Cooper, publicado bajo el título One for Sorrow.

La traducción al español es propiedad de esta página.

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Algunas lecciones se aprenden por las malas. Sin importar cuántas advertencias recibas, sin importar cuántas veces te digan que no, tienes que quemarte antes de darte cuenta de que quizá mamá sabía de lo que hablaba cuando te dijo que el fuego es caliente. La mayoría de los niños caerán en cuenta después de uno —o quizá dos— tropiezos y ajustarán su comportamiento. ¿Pero Graham? Graham era una mierdecilla.

Fue un buscapleitos desde que salió del vientre; casi asesinó a mi hermana en el parto. Para ser justa, casi se mató a sí mismo también, pero mientras se recuperaban, el daño emocional que causó en Patty no era algo de lo que alguna vez se iba a poder recuperar. En su mente, casi perder a su pequeño niño bebé lo transformó en una criatura eternamente frágil que requería atención y devoción constantes. No se percató de sus dos hijas mayores que perdieron el amor de su madre o la manera en la que su favoritismo las alienaba de su hermano.

Patty solo tenía ojos para Graham.

Fue lo mismo a lo largo de su escuela primaria hasta la escuela secundaria. El resultado, como uno podría adivinar, fue un niño de mami obstinado con una cualidad de engreimiento igual de ancha que de larga. Tratar de hacer que siguiera las reglas era un dolor de cabeza, observarlo maltratar a sus hermanas era un dolor de cabeza. ¿Y si alguien le decía algo acerca de su mal comportamiento a Patty? Prepárate para un sermón.

«¡No lo entiendes! —chillaba—. ¡Graham no tuvo la intención de hacer nada malo! ¡Quizá sus hermanas empezaron! ¡Es un niño sensible, déjenlo en paz!».

Era una sucesión infinita de excusas con Patty. Tratar de hacer al niño entrar en razón directamente era incluso peor.

«¡No me puedes decir qué hacer! ¡No tengo que hacerte caso! ¡No eres mi jefe!».

Menos mal, niño.

Para cuando se graduó de la escuela secundaria, había inflado una cantidad sustancial de deudas a nombre de sus padres después de haberles robado sus tarjetas de crédito. Había estrellado más de un carro que le habían dado como regalo, y casi había incendiado mi casa después de que no lo dejé llevarse mi laptop nueva a la universidad. Dijo que esto último había sido un accidente, que no había pretendido botar la candela y quemar mis cortinas, y yo le dije que tampoco fue en serio cuando le partí la madre y lo dejé en el hospital accidentalmente.

Sí, me pasé de la raya y golpearlo no iba a resolver nada de todas formas, pero se sintió bien haberle quitado esa sonrisa pretenciosa de la cara mientras su mamá me gritaba por haber sido abusiva.

Como dije, mierdecilla.

Pero Graham nunca la cagó realmente hasta su fiesta de despedida. Fue a finales de agosto, justo antes de que se fuera de viaje hacia la universidad, y yo estaba tan feliz de ver que se fuera, que opté por ser la anfitriona de la fiesta en mi casa incluso sabiendo que bien podría incendiármela. Mi familia se había reunido para celebrar en el patio trasero con una barbacoa y unos cuantos regalos, y, sorprendentemente, todo había despegado bastante bien. Hasta sus hermanas, Franny y Ellen, habían decidido asistir, a pesar de que tuve que sobornarlas con cantidades copiosas de alcohol.

Estaba sentada en mi pórtico con las chicas, escuchándolas hablar sobre tener que prepararse para sus últimos años en la universidad, cuando un graznido estridente interrumpió a Ellen a la mitad de su oración.

—¿Qué fue eso? —preguntó, mirando de reojo hacia el sonido.

—Probablemente las urracas —dije—. Tienen un nido en uno de los árboles. Malditas ruidosas.

Para ser honesta, amaba a esos pequeñas cabronas. Es uno de los animales más inteligentes del planeta, demasiado ruidoso, y una gran molestia cuando estaba tratando de hacer la jardinería bajo su árbol si se sentían territoriales, pero, en su mayoría, teníamos un entendimiento. También me recordaban a mi difunta abuela, una vieja supersticiosa que me había dicho constantemente cuando era niña que siempre respetara a tres cosas por encima de todo lo demás: a Dios, a tus mayores y a las urracas. No te convenía quedar mal con un ave que podría traerte nada más que una suerte terrible, o al menos eso solía decirse.

Pero aunque no lo creía realmente, aun así me quitaba mi sombrero figurado ante ellas en memoria de mi abuela.

Ellen me dio un codazo.

—Oye, creo que Graham les está tirando cosas.

—¿Qué?

Me giré justo a tiempo para ver a Graham arrojarle una botella de cerveza de vidrio a la urraca macho. El ave, quien le había estado cacareando al chico desde una rama, recibió la botella justo en el pecho. Me encontraba a mitad del patio cuando la urraca aterrizó en la tierra con un golpe suave. Se quedó ahí, estremeciéndose, obviamente sufriendo, con su pequeña cabeza rotando débilmente de lado a lado. Graham levantó la botella, la cual permanecía intacta, y la dejó caer sobre la pobre criatura de nuevo.

Por encima, su pareja se revoloteaba ansiosamente en el nido.

—¿Qué mierda estás haciendo? —Empujé a Graham con tanta fuerza que trastabilló hacia atrás y cayó sobre su espalda.

—¿Qué diablos? —soltó, sorprendido.

Lo ignoré, bastante consciente de que si no lo hacía, iba a hacer algo mucho peor que un simple empujón, y me arrodillé frente al ave. Ahora solo estaba temblando y su pecho se alzaba y caía con alientos rápidos y fútiles. Un líquido negro burbujeaba desde su pico. Lo agarré y lo acuné en mis manos mientras mi familia, atraídos por la conmoción, nos rodeaban.

Murió silenciosamente; tan solo un temblor pequeño y luego una quietud flácida y terminal. Su pareja continuó llorando por encima de nosotros, sobrevolando en círculos y revoloteando en medio de una angustia errática.

—¿Se cayó? —preguntó mi madre

—¡Graham lo mató! —gritó Franny acusadoramente.

—¡Él no haría tal cosa! —comenzó a protestar Patty, pero bajé al ave y me di la vuelta hacia ella.

—Saca a tu hijo de mi propiedad antes de que lo mate.

—¡Solo estaba jugando! —dijo defensivamente, viendo hacia nuestros padres y a su esposo en busca de apoyo—. ¡No fue su intención!

—¡A la mierda que no! —No había esperado estar tan enojada, ni siquiera había estado tan molesta cuando hizo esa mamada con la candela, pero esto… esto era diferente. Había torturado a un ser viviente. Lo había asesinado por diversión.

—Vamos a calmarn… —Mi cuñado se la quiso tirar de mediador, pero yo no estaba de humor.

—Entonces ustedes dos también se pueden ir. He dejado pasar mucha de su mierda a lo largo de los años, ¿pero esto? No. Ni siquiera ustedes pueden inventar excusas para esto.

—¡Solo es un ave! —soltó Patty.

—¡Fuera! —rugí, dándole un empujón. Mi madre colocó una mano en mi brazo, pero me la sacudí—. Llévatelo y vete antes de que llame a la policía y lo reporte por abuso animal.

Con indignación, Patty y su esposo acogieron a Graham entre ambos y se lo llevaron. Él tuvo la osadía de sacarme su dedo medio por encima de su hombro, y casi le tiro al reverso de su cabeza la misma botella que había utilizado para matar al ave. Solo mi papá habiéndose postrado frente a mí me detuvo.

Ahora que los ánimos de fiesta se habían ido, enterramos a la urraca y comimos una cena silenciosa en mi cocina.

Esa noche, a medida que mis padres se iban con mis sobrinas, mi mamá me hizo a un lado y me dio un beso en la mejilla.

—Sé que es difícil amar a un niño como Graham…

—Tiene dieciocho, no es un niño.

—Aunque sea así, cariño, por favor trata de superar esto. Por la familia.

—Es culpa de Patty que sea así.

Mi mamá suspiró y asintió.

—Lo sé, pero amenazarlo no ayudará en nada.

—¿Entonces qué?

—No lo sé. ¡Desearía que lo supiera! Odio verlas pelear —Sonrió, pero se veía cansada y fatigada—. Graham aprenderá su lección en algún momento, pero no creo que sea tu deber enseñársela.

—¿Entonces quién demonios lo hará? —dije, irritada.

Después de eso, se habían ido. Me senté en el patio trasero con una cerveza y escuché a la urraca llamar continuamente a su pareja. Era un sonido suave y triste, y me hizo pensar en mi abuela de nuevo y un poema viejo que solía recitarme.

Una para la melancolía,

dos para el júbilo,

tres para un funeral,

cuatro para un nacimiento,

cinco para el Cielo,

seis para el Infierno,

siete para el Demonio

en persona.

Pues… Graham ciertamente se había asegurado de que la urraca restante estuviera llena de melancolía.

La mañana siguiente, el nido que habían ocupado durante los últimos años estaba vacío. Me sentía un poco triste por haber perdido ambas aves, pero no fue exactamente difícil seguir adelante. Eran animales salvajes, no mascotas, y ahora que Graham se había ido a la universidad, era más fácil dejar ir a mi enojo. Aún me rehusaba a ver a Patty e intentaba evadir noticias acerca del psicópata que tenía por hijo, pero eso fue más por años de resentimiento que finalmente habían hecho erupción en vez de solamente por el incidente más reciente.

A decir verdad, descubrí que una vida sin Graham era increíblemente gozosa. Es algo terrible odiar a tu único sobrino varón, pero sí me llegué a dar cuenta y a aceptar que el asunto había ido demasiado lejos. Quizá nos íbamos a reconciliar un día, pero no planeaba que eso sucediera en el futuro cercano.

Desafortunadamente, incluso ignorar su existencia no significó que me encontraría completamente a oscuras acerca de su paradero. Las noticias familiares tienen su forma para colarse incluso cuando no las deseas.

—¿Cómo está Graham? —le preguntó mi mamá a las chicas una noche durante la cena. Se habían quedado a visitar por el fin de semana y, dado que Patty no pudo llegar, yo estuve más que feliz de ir a la casa de mis padres para cenar con ellas.

—Está bien —dijo Franny rodando los ojos—. Solo jodió otro auto.

—Este es su tercero, ¿cierto? —preguntó Ellen.

—Eso creo.

—Estuvo en un accidente —me dijo mi mamá, a pesar de que hice una demostración de que no estaba escuchando al sorber ruidosamente mis fideos—. Golpeó a alguien en reversa.

Resoplé.

—Se le ha estado haciendo difícil adaptarse a la universidad.

—Es su propia culpa —se mofó Ellen.

—No todo —dijo mi mamá.

—¿Por qué no nos cuentan cómo les está yendo a ustedes, chicas? ¿Solo les queda un semestre más después de este? —Las desvió discretamente mi papá de lo que sin duda se iba a convertir en una discusión acalorada.

Incluso con el intento de mi papá por alejarnos del tópico, Graham continuó surgiendo en la conversación. Aprendí que, junto a su accidente vial, se había caído por unas escaleras al querer salir al patio y se torció su muñeca, perdió una memoria USB que contenía un informe muy importante para una de sus clases, y rompió sus anteojos —quedando gravemente miope hasta que le pudieran mandar un reemplazo—.

Sentí exactamente cero empatía por él.

A medida que las semanas continuaron, más malas noticias acerca de mi sobrino continuaron llegando. Había salido a trotar y se tropezó en un arbusto espinoso, y estaba llegando tarde a clase. No me importaba recibir este tipo de noticias; en todo caso, alumbraban mi día solo un poco.

Pero comenzó a empeorar para el final de su semestre. Escuché de su madre que se estaba rehusando a salir de su habitación, que estaba paranoico y tenía miedo de ir a la intemperie. Le gritaba a cualquiera que tratara de hacer que abandonara su dormitorio. Era un misterio qué era lo que lo estaba inquietando; no lo decía. Incluso yo estaba empezando a preocuparme un poco por el cambio acelerado de su comportamiento, pero no había nada que pudiera hacer. Patty lo resolvería y eso sería todo.

Excepto que Graham no acudió a su madre, ni a nadie más que hubiera estado más inclinado a ayudarlo. En su lugar, me llamó a mí.

Era tarde por la noche y yo estaba a punto de irme a la cama cuando mi teléfono timbró. Al ver el número de Graham, casi no respondí, pero mi alma generosa pudo más.

—Hola —dije con un suspiro.

—¿Cómo lo hiciste? —me preguntó Graham con un tono crispado, que me hizo imaginármelo encorvado en una silla, con el cabello enmarañado, ojos rojos y hundidos, y meciéndose de atrás hacia adelante mientras se aferraban al teléfono.

—¿Ah?

—¡Dime cómo lo hiciste! ¿Cómo lo estás controlando?

—¿Hacer qué? —Estaba a una pregunta críptica más de colgar.

—¡La maldita ave, estúpida! —Su voz se quebró y lloriqueó ruidosamente por la línea.

—Bien, vas a tener que explicarme esto porque no tengo idea de qué estás hablando.

—¡La urraca! Me ha estado siguiendo por meses. Espera hasta que esté solo y luego me ataca, ¡me hace caerme! Me tiró por las escaleras, a un arbusto, me botó mis anteojos. Si dejo algo en la mesa cuando estoy afuera, ¡se lo roba! ¡Fallé una asignación enorme porque se robó mi informe!

—Claro.

—Ha hecho cosas peores. ¡Incluso voló hacia la ventana de mi auto y me hizo chocar!

—¿La… urraca?

—¡Sí! Se sienta en la ventana mi habitación y golpetea el vidrio toda la noche. No puedo dormir para nada; no he dormido bien en semanas. ¡Tienes que detenerla! —Su voz estaba fatigada con una súplica desesperada.

—Espera, ¿realmente crees que estoy controlando a esta ave de alguna forma? —No pude ocultar mi incredulidad por completo.

—¡Tienes que! Aún estás enojada por esa maldita ave de la fiesta, ¿no es así?

—Graham, en serio, ¿qué está sucediendo?

—¡Te lo dije! ¡Es la urraca! ¡La enviaste detrás de mí, lo sé!

—Suenas demente —dije inexpresivamente. Gritó, angustiado, y yo hice una mueca—. Bueno, escucha, yo no envié a esa maldita ave detrás de ti, no soy la princesa de un cuento de hadas que habla con las putas criaturas del bosque.

Se quedó callado por un momento y lo único que escuché fue un gimoteo patético.

—¿Qué hago?

—No lo sé. Si crees que es el ave de mi patio, entonces… ¿has intentado disculparte con ella?

—No…

—Pues, la mataste.

—¡No fue a propósito! —Se quejó con actitud desafiante.

—Lo que sea, ya te dije lo que creo que deberías hacer. Ahora depende de ti.

Le colgué a la mitad de su llanto.

Después de que había bajado el teléfono, caminé hacia mi ventana trasera y pasé la mirada por el patio oscuro, al árbol en donde las urracas habían hecho su nido. Había permanecido vacío desde que la hembra lo había abandonado.

Razoné que el chico debía estar teniendo algún tipo de colapso nervioso. ¿Era posible que el ave lo hubiese seguido al otro lado del estado? ¿Podían las urracas ser tan agresivamente vengativas?

No. No. Solo no podía lidiar con la universidad; la presión era demasiada, estaba perdiendo la cabeza. Pasa con más frecuencia de la que uno se imagina con los estudiantes de primer año.

Pero eché un vistazo por la ventana de nuevo y escuché el eco de la voz de mi abuela al reverso de mi mente, y, por más tonto que fuera, supe que no me había convencido del todo.

Una para la melancolía.

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Esta es una traducción mía de:
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Tubbiefox

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