Susurro

Tiempo de lectura: Cerca de 28 minutos.

Susurro ganó como la segunda mejor historia enviada en el mes de abril, 2015.


…Otra vez lo mismo. Siempre es igual, nada cambia, nada en absoluto. Ya es tercera vez esta semana. Otra vez un caso de asesinato fue reportado en comisaria y nos enviaron a revisar el cadáver. Como lo esperé otra vez fue una víctima del mismo asesino de los dos casos anteriores a ese. Cada semana aparecen más y más muertos, ya comienza a ser preocupante. Si es que mi memoria no me falla, ya van en total doce muertos este mes. Al igual que el anterior y el anterior a ese. Tres meses y la misma historia. La misma forma de matar sin cambiar ningún detalle en absoluto, ya casi me aprendo de memoria cada uno de sus movimientos y aun así no tenemos ninguna pista de su paradero o de cómo es. Todos los testimonios son iguales y no ayudan a avanzar en la investigación, cada uno de los testigos que hemos tenido que interrogar dicen lo mismo, y lo más extraño es que siempre repiten esa frase. Esa maldita frase y luego dejan de hablar con una mirada perdida en el vacío. «Una leve risa entre el susurro de la oscuridad», sea cual sea la pregunta que les hagamos siempre es esa la respuesta. No sé cuál es la razón y a estas alturas ya no me importa. Estoy cansado de buscar y terminar en el mismo callejón sin salida. Sin pistas, sin nada. Lo único que nos queda es revisar una y otra vez la escena del crimen, y otra vez terminamos en lo mismo, nada. Solo nos queda inspeccionar el cadáver nuevamente para ver si esta vez encontramos algo.

Esa misma escena que ya se ha repetido un millón de veces ante mis ojos. El cuerpo de la víctima siempre está en la misma posición, sus brazos detrás de la espada con variadas marcas de latigazos o de cortadas de cuchillos o cualquier objeto que pueda cortar la piel y músculos fácilmente. En el brazo derecho una cortada que abarca casi la totalidad del brazo dejando ver el hueso al interior; el brazo izquierdo está partido a la mitad, una parte está tirada en el piso cerca del cuerpo con diversas marcas de cortadas, mientras que la otra sigue unida al cadáver con el hueso sobresaliente. El estómago de la víctima está perforado variadas veces con unos agujeros al parecer hechos con clavos o tornillos. Las piernas están cocidas entre si imposibilitando el movimiento de estas. Y la mirada del cadáver está centrada a la pared en donde hay un mensaje escrito en sangre obscura.

—«Ja, ja, ja» —leyó el mensaje de la pared—. ¿Este tipo se burla de nosotros? —dijo John, un compañero de mi escuadrón, ya bastante cansado al igual que todos de repetir la escena una y otra vez.

—Si eso quería, lo logró. Llevamos meses sin encontrar una pista de él y los testigos tampoco ayudan con la investigación —dijo resignado Arthur mientras encendía uno de sus cigarros.

—¡Pero ya no es natural Arthur! ¡Debería aunque sea haber una pista o algún descuido de él! Pero nunca hay nada, nada en absoluto, solo la misma escena una y otra vez —dijo John ya bastante enfadado y frustrado de la situación.

—Sé directo, John, lo que sea que quieras decir, dilo —dijo Arthur exhalando humo de cigarro mientras miraba a John esperando lo que tenía que decir.

—Qué tal… Sé que es una locura…, ¿pero qué tal si este tipo no es humano? —dijo John en tanto miraba el cadáver en descomposición que compartía la habitación con nosotros.

—He escuchado rumores… pero dudo que sean ciertos —dijo Arthur mientras su cigarro se consumía en su mano.

—Qué tonterías dicen ustedes, par de inútiles… —dije algo enfadado a ambos novatos.

—¿¡Acaso tienes una mejor explicación!? —cuestionó enfadado John—. ¡Entonces explícame cómo hace para no dejar rastro alguno de su existencia! ¿¡Cómo hace para que cada asesinato se vea exactamente igual anterior!? ¡Explícamelo de una maldita vez! —me gritó John con toda esa ira que tenía contenida por causa de la frustración de no hacer ningún avance en la investigación del caso.

Arthur desde ese momento se mantuvo en silencio el resto de la conversación, escuchado con detalle lo que iba a decir. Suspiré, miré a John y le respondí:

—¿De verdad crees en esas cosas infantiles? ¿Y así te haces llamar profesional? ¿Estás echándole la culpa de tus errores a un asesino que no existe? ¡Piensa lógicamente una vez en tu vida! Él solo trata de confundirnos, y como veo lo está logrando. Es un asesino profesional y como novato tú nunca has tratado algo como esto. Tarde o temprano tendrá que descuidarse y caerá en su trampa. —Suspiré y lo miré enfadado.

—¿Y cuántas vidas más planeas arriesgar para que este «asesino profesional» del que hablas aparezca? —dijo John con una seriedad de un agente profesional.

La sala se quedó en silencio varios minutos, él tenía razón. No podíamos seguir arriesgando vidas de gente inocente, pero sin pistas no había alternativa más que esperar. John salió de la habitación para volver a interrogar a los testigos a ver si podía sacarles algo aparte de esa típica frase que siempre mencionan. Arthur lo siguió, deteniéndose en la puerta, susurrando: «Quizás esta vez no tengas razón, Steve».

Salió de la habitación con intenciones de ayudar a John. En ese momento pensé que solo se ponía de su lado por ser amigos desde niños y que solo lo protegía por ser un buen amigo. No le di importancia a su comentario y ya sin nada que hacer en el lugar de los hechos decidí marcharme a la comisaria para buscar mis cosas y volver a descansar a casa. El auto con el que nos trasladábamos de un lugar a otro se había descompuesto, por lo que tuve que caminar a estas horas de la noche hacia la comisaría. Iba distraído y solo quería llegar lo más rápido a casa para poder descansar.

Después de caminar horas y horas por fin llegué unas cuadras cerca de mi destino, cuando un susurro hizo que me detuviera en medio de la vereda. No lograba entender lo que intentaba decirme. Un escalofrío recorrió mi espalda al escuchar cómo una voz ronca y suave decía mi nombre. Por instinto, me volteé sin lograr ver nada fuera de lo común, lo que causó que un miedo desgarrador invadiera mi ser sin razón; estaba incómodo y comencé a sudar. Apresuré el paso hasta llegar a la comisaria que extrañamente estaba por completo desértica. Ningún alma caminaba por el lugar. «Debieron retirarse temprano hoy, después de todo es viernes», pensé. O al menos eso quería pensar. Intenté relajarme y dejar de lado el extraño suceso. Fui a recoger mis cosas a los camerinos. La habitación estaba completamente a oscuras. Con suerte podía ver a dos metros delante de mí. La pereza me controló por lo que solo caminé por el pasillo sin encender la luz. Caminé inseguro, sintiendo que cada paso hacía que mi miedo creciera. Solo quería tomar mis cosas e irme lo más rápido de ahí.

«Solo es mi imaginación jugándome una mala pasada», me dije para tranquilizar mis nervios. «Solo es mi imaginación», me repetía una y otra vez mientras cruzaba aquel pasillo que, por alguna razón, esta vez se me hizo eterno. Por fin llegué al final del pasillo donde en un banco del fondo podía ver claramente mis cosas desordenadas como de costumbre. Suspiré de alivio, pensando: «Todo esto terminó, volveré a casa y haré como si nada hubiera pasado». Caminé con seguridad entre los casilleros que se encontraban en el lugar.

Me disponía a tomar mis cosas e irme a casa, pero ya a unos centímetros algo me detuvo. Un sonido, un sonido que provenía de uno de los casilleros. Volteé mi cabeza hacia la fuente del sonido y vi cómo una puerta de un casillero se movía salvajemente como si algo estuviera atrapado adentro. «Un gato debe ser. Sí, eso es un gato», mi mente comenzó a buscar explicaciones lógicas a causa de mi temor. Aun sabiendo que es imposible que un gato entrara y quedara encerrado en un casillero, eso quería creer, y eso creí. Me acerqué sigilosamente con intenciones de liberar a la criatura de su encierro. Caminé despacio al casillero y comencé a acercar mi mano a él con la misma rapidez de mis pasos. Pero antes de poder abrirlo, un líquido de color carmesí comenzó a escurrir de los agujeros del casillero. «Es pintura roja, es pintura, simple pintura», me dije.

Me quedé paralizado en el lugar, no me movía aunque quisiera, mi pánico no me dejaba mover ni un músculo más. Mi sentido común me decía que me fuera rápido del lugar, pero como de costumbre no le hice caso y me quedé ahí, estático, mirando el casillero que cada vez hacía más y más movimientos salvajes y bruscos. Finalmente, la puerta se abrió con un sonido que siempre odié, ese rechinido espeluznante que hacía que mi terror creciera. Se abrió completamente y algo rodó hacia afuera y chocó con mi zapato. No quería ver qué era, pero aun así lo hice. Bajé mi mirada hacia el objeto que rodó hacia a mí y sentí cómo mi cordura se destrozaba a cada segundo. Era una cabeza decapitada no hace mucho, puesta ahí. Me alejé rápidamente y me apoyé en la pared, me sujeté la cabeza con ambas manos mientras decía: «Es mi imaginación, mi imaginación, ¡mi imaginación, joder!». Respiré hondo y exhalé el aire que había juntado en mis pulmones intentando calmarme. Repetí ese proceso una y otra vez sin lograr nada. Nada hacía que mi miedo se fuera, seguía ahí conmigo. Cerré los ojos y mi terror comenzó a descender. Creí que era un mal sueño y pronto despertaría durmiendo en casa con una botella de vodka a mi lado. «Sí… un mal sueño», me dije.

Mi respiración volvió a ser normal; no obstante, el miedo seguía conmigo y aún no tenía el valor de abrir los ojos. Caminé a ciegas hacia mis cosas, y cuando sentí cómo mi mano tocaba mi mochila, me alivié. Abrí mis ojos y todo lo que había logrado se esfumó. Ese terror desgarrante volvió a mi ser. Para mi sorpresa, mis cosas estaban cubiertas del mismo líquido rojizo que escurría del casillero de donde salió la cabeza decapitada. Además de que al lado de donde mi mochila estaba ubicada había una mano cortada cubierta de heridas de bala. Parecía que aquella espeluznante mano quería alcanzar el tirante de la mochila por alguna razón en particular. Mi cerebro dejó de responder, ya no tenía explicaciones que darme para alivianar el shock de lo que veía. Solo era cuestión de tiempo para que mi cordura se esfumara.

Caminé cuatro pasos alejándome de mis cosas y caí sentado en el suelo al lado de esa horrible cabeza decapitada que yacía en el piso. «¡Es una broma de mal gusto de ese idiota de John, lo sé!», me dije. «¡John, ya es suficiente de esto! ¡Detente!», grité al vació de la habitación sin respuesta, convencido de que era John tratando de hacerme creer su absurda teoría de que el asesino no era humano. Golpeé el piso con fuerza y comencé a quejarme a solas en esa habitación de él.

Una brisa helada recorrió la recámara. Me quedé en silencio por varios minutos, ya se me habían acabado los insultos y estaba intentando calmarme. Una voz resonó en el cuarto rompiendo el silencio. Las palabras que pronunciaba estaban dichas en un idioma desconocido para mí, pero cada vez se hacían más claras y fuertes. Me di cuenta de que la voz no provenía de muy lejos de mí. Fijé mi mirada en la cabeza decapitada que estaba a mi lado, entonces me di cuenta de que esta me miraba fijamente y movía su boca. No pude contenerlo, grité lo más fuerte que pude, aun sabiendo que eso de nada serviría, pues estaba solo; nadie vendría a ayudarme. No dejaba de mirarme en ningún momento, siempre estaba su mirada centrada en mí, repetía lo que a mi parecer era una misma frase en varios idiomas diferentes. No me iba a detener a pensar qué decía, estaba aterrado y solo quería salir de ahí. Ni siquiera con mis cosas, solo correr sin mirar atrás; pero mi cuerpo me lo impedía, como si unas cadenas me ataran al suelo sin dejarme levantarme y correr. Me alejé lentamente de la cabeza decapitada hasta chocar con un banco cercano a mí. La cabeza se volteó para verme a los ojos, entonces pronunció las palabras nuevamente, pero esta vez no sé cómo lo pude entender. Las dijo tan rápido y seguido que supongo que la adrenalina las tradujo por mí.

«Te eligió, te eligió, te eligió, te eligió», repetía una y otra vez la cabeza que estaba tira frente a mí. Cada vez las paredes se teñían más con un matiz rojizo proveniente del líquido que ya había visto antes… No, sabía que no era pintura, ya sabía que eso no era un sueño. Una gota del líquido que inevitablemente tendré que llamar por su nombre, sangre, calló en mi mejilla. Miré hacia el techo y unas palabras escritas con ese líquido vital aparecieron de la nada:

«Él viene por ti».

No pude más, y con las fuerzas que me quedaban, corrí del lugar esquivando objetos en la oscuridad. Salí a la calle enfrente de la comisaria y me alejé lo más rápido de ahí. Paré debajo de un poste de alumbrado para recuperar alientos, mi mente estaba en blanco. Me apoyé en el poste y miré el cielo lleno de estrellas. Suspiré, pensé que todo había terminado. Me equivoqué. La calle estaba desolada, miré a todos lados y me digné a caminar hacia mi hogar.

Todo estaba tranquilo hasta que saqué por deducción que algo andaba mal. No sabía qué hora sería, pero en esa cuidad nunca había estancias de tiempo con un completo silencio. Si era muy tarde, las putas y las pandillas callejeras estarían en las calles causando alboroto, y si aún fuera muy temprano, habrían autos circulando por la avenida. Algo andaba mal, el ambiente era perturbador, silencioso, desolado. Solo se escuchaban los silbidos del viento que susurraban a mi oído: «Él viene por ti».

Controlé mi miedo y seguí avanzando decidido por la vereda. Miré a todos lados a cada segundo. No me pude quedar quieto; aunque lo intentara, no podía. Las luces de la calle comenzaron a fallar, la calle se alumbraba y oscurecía, en cualquier momento quedaría oscuras. Una espesa niebla nublaba mi vista, pero debía seguir caminado, no podía parar, debía llegar a casa. Un golpe en una ventana a mi lado me sacó de mis pensamientos. Miré, «eso» tenía forma humana, pero aun así no lo era. No tenía ojos, su cabello tapaba la mitad de su cara, sus manos estabas despellejadas y sus uñas eran unas agujas horribles. Dejó manchas de sangre en la ventana. «Ayúdame, ayúdame, ayúdame. ¡Él volverá y va a matarme, ayúdame!», gritó con desesperación lo que parecía ser una mujer. Golpeaba la ventana con la fuerza que le quedaba, cada vez dejando más ensangrentado el vidrio. Muchas voces comenzaron a resonar por la calle repitiendo lo mismo, «ayúdame». Miré a todos lados y de la nada comenzaron a aparecer estas cosas, se acercaban a mí, me pedían ayuda. No sabía qué hacer, no debía entrar en pánico, estaba seguro de que si lo hacia, ellos me matarían. Me abrí paso entre todas esas cosas que se cruzaban en mi camino, corrí, conseguí una tubería abandonada tirada en la calle para poder defenderme de ellos. Golpeé muchos, quizás habré matado a más de uno, pero no me importaba. Aparecían de todos lados, estaba desesperado.

Hasta que a lo lejos pude ver mi hogar. Quizás no estaría seguro para siempre, pero me daría tiempo para pensar en algún plan. Corrí entre los muertos vivientes o lo que hayan sido y entré a casa. Cerré con los siete candados que poseía la puerta principal, cerré las ventanas y les clavé algunas maderas para asegurarme. Apagué las luces y me senté con la tubería ensangrentada en mis manos. Mi respiración era rápida y poco pausada, tragué saliva y me puse una cruz en el cuello. Todo estaba tranquilo por ahora. ¿Qué haría? No tenía idea de qué hacer. Me quedé en el sillón e intenté dormir aunque sea veinte minutos, estaba cansado.

Mientras tanto John y Arthur interrogaban a los testigos nuevamente. John estaba cansado, llevaban horas haciendo lo mismo y no conseguían nada.

—¡Esto es inútil! ¿Que no me pueden decir nada que realmente me sirva? —se quejaba John.

—Deberíamos hacer lo que hizo Steve e irnos. Ya nada nos servirá aquí —dijo Arthur mirando a John seriamente.

—Hmp… odio que Steve siempre tenga la razón —se lamentaba John—. Bien, ya vayámonos de este basurero —suspiró John.

—Es la mejor decisión, John —respondió Arthur algo decepcionado de haber fallado nuevamente.

Ambos estaban dispuestos a irse del lugar. Mientras recogían sus cosas, una niña de no más de seis años se les acercó. Arthur se fijó en ella, le sonrió y se agachó para poder hablarle.

—¿Qué sucede linda? —le preguntó dulcemente Arthur a la misteriosa chica.

—Él va por él. Él está en peligro, pues él lo persigue. Él lo eligió como su próxima víctima. Él está sufriendo en su casa y está a punto de morir —dijo la chica fríamente y con la mirada perdida en el techo. No dijo ninguna palabra más después de eso.

Arthur se levantó y miró a John algo confundido. John se fijó en la niña y, bruscamente, le preguntó:

—¿Cómo sabes todo eso mocosa? ¿Quién te dijo esas tonterías?

La chica no dijo nada, miró a John y sonrío. Se quedó estática por bastante tiempo en la misma posición. John se comenzó a poner nervioso de esa mirada fría que poseía la chica, pero se mantuvo firme. Al cabo de unos minutos la chica respondió con una voz ronca y desafiante:

—Él va por él. Su amigo está en peligro y pronto morirá, va ir a jugar con él y jamás volverá, jamás, jamás, jamás, ¡jamás!

La pequeña niña comenzó a reírse, una risita inocente que a la vez perturbó a ambos oficiales. La chica se fue corriendo por el pasillo mientras su risa se hacía cada vez más y más fuerte. Arthur y John la siguieron, pero al llegar al inicio del pasillo, el infante había desaparecido junto con su risita. Arthur miró a John y luego a su celular; decidió llamar a Steve. Marcó el número de su casa esperando que el contestara.

Sonó el teléfono de mi casa. Miré impresionado el teléfono sonar, pensaba que no funcionaría. Corrí a contestar y escuché la voz de Arthur al otro lado del teléfono. No pude pronunciar una palabra, estaba feliz y había un gramo de esperanza naciendo en mí. Arthur me habló, no le contesté enseguida, no sabía cómo reaccionar.

—¿Steve? ¿Estás bien? ¿Steve estás ahí? —interrogaba Arthur con un tono de preocupación.

Sonreí, pero eso no duraría demasiado. Comencé a escuchar ruidos que provenían del interior de mi casa. La sonrisa se borró de mi rostro, mi expresión cambió, los ruidos eran fuertes. Arthur los escuchó.

—¿Qué es eso Steve? ¿Qué fue ese sonido? ¿Steve? —insistía Arthur.

Desesperado, no pude pronunciar otras palabras que no fueran para que me ayudara. Que me despertara de este mal sueño, que me dijera: «Esto es un sueño, te quedaste dormido en el trabajo y el jefe te regañará», pero sabía que eso no iba a pasar. Los sonidos se hicieron más fuertes y cercanos.

—¿¡Steve!? —me gritó Arthur; en su voz se notaba que había comenzado a asustarse.

—¡Él viene por mí!… ¡¡Él viene por mí!! Me ha estado siguiendo desde que me fui… ¡Ayúdenme, él va a…! —No alcancé a decirle nada más. El teléfono murió de la nada. Me quedé a su lado por un tiempo, unas lágrimas escurrieron de mis ojos; solté el teléfono involuntariamente y caí de rodillas al suelo. Me quedé hipnotizado mirando el suelo mientras las lágrimas caían al piso. Mi única esperanza se había ido. Ya no quedaba nada, solo esperar a que lo que sea que estuviera dentro de la casa me atrapara y me matara de una vez. Unos pasos se escucharon en el pasillo cada vez más cerca de mí. Volteé mi cabeza con lentitud y entonces vi lo que creí que sería lo último que vería. No sabía qué era esa cosa, pero algo sí sabía, no me iba a poner a pensar qué era. Usaba una máscara lisa de color blanco con salpicaduras de sangre seca y algo parecido a una sonrisa invertida. Era alto, usaba unas ropas extrañas, pantalones rasgados y en sus hombros llevaba algo parecido a un caparazón de tortuga de color negro con púas. Llevaba un bate con púas en su mano, pero para mi sorpresa no hacía nada. Solo me miraba de alguna u otra forma fijamente. Miré esa fría máscara que cubría su rostro y unas palabras salieron de mi boca.

—¿No piensas matarme? —le dije a «eso», sin recibir respuesta alguna; solo estaba ahí observando cómo sufría, cómo las lágrimas brotaban involuntariamente de mi rostro. Al cabo de un rato, «eso» giró su cabeza a la derecha mirando el vacío por unos minutos, luego volvió a verme y levantó su bate; lo mantuvo por un rato levantado y luego intentó golpearme, pero falló. Sé que lo hizo a propósito para que yo siguiera sufriendo. El bate estaba encima de mi hombro derecho. Comencé a sudar, esa cosa usó toda su fuerza para golpearme en la cabeza. Caí al piso casi inconsciente, pero alcancé a darme cuenta de que no estaba sangrando. Las púas atravesaron mi cabeza, pero no me hirieron; aún no sé la razón. Lo último que vi fue a «eso» acercándose a mí, asegurándose de que no estuviera muerto. Luego perdí la conciencia y desperté en ese extraño sitio.

No había nada. Nada. Solo era un color blanco infinito. Me quedé tirado en el suelo mientras inspeccionaba el lugar. Sentí que no servía de nada pararme y caminar. No llegaría a ningún lado, prefería morir ahí tirado. De pronto sentí cómo algo me pisaba la espalda. Volteé la cabeza y me di cuenta de que era esa cosa, la cosa que debió haberme traído a ese lugar. Me pisaba fuertemente lo que causó que tosiera un poco de sangre y manchara levemente el piso de un color carmesí. Esa cosa paró, me tomó de la camisa y me aventó lejos. Me levanté con dificultad mientras lo veía. Había una frase escrita en el suelo: «oreasnem». Supongo que así se hacía llamar. Me indicó con su mazo un camino, más bien una dirección, y luego prosiguió su camino al lado contrario.

No me quedaba nada más que hacer que seguir su indicación, pues tampoco pensaba seguirlo por donde él se fue. Me levanté y comencé a caminar.

El lugar era perturbador. Estaba vacío, era una nada horrible. Lo único que se podía ver de vez en cuando era un camino de sangre aislado. Manchas rojizas que cubrían el lugar. Entre más caminaba, más sangre aparecía en mi camino. Llegué a un punto donde a los lados habían lanzas con cabezas decapitadas clavadas en ellas. Habían órganos tirados por ahí, carne mutilada, cadáveres despellejados, piel tirada. A mitad del camino todo lo que me quedaba de cordura se fue por el caño. Muchas veces me daban ganas de reír histéricamente y suicidarme ahí. Pero mi sentido común aún me decía que siguiera caminando.

Al cabo de mucho rato, no sé exactamente cuánto (horas, minutos, segundos… días quizás), comencé a escuchar una risa leve en lo que pensaba que era aire. Se escuchaba lejana de mí, demasiado. Pero ya no había vuelta atrás. Caminé, caminé y seguí caminado. Eso era lo único que me quedaba ahora.

Bastante tiempo después pude ver una silueta. La inseguridad me invadió el cuerpo y me acerqué lentamente; estaba cansado de caminar. Al parecer me escuchó. La risa que oía en el ambiente se detuvo. Era él. No sé exactamente cómo lo sabía, pero escuché a mi corazonada por primera vez en mi vida. Me acerqué lo suficiente para poderlo ver claramente. Él estaba de espalda viendo cómo gente inocente era torturada de unas formas inimaginables y crueles. No pude evitarlo, me di la vuelta y vomité. Comencé a toser, y fue cuando él me escuchó. Se dio la vuelta para mirarme, yo hice lo mismo. Era un hombre común, casi un adolescente. Tenía una tez blanca. Su cabello era negro y corto. Tenía una chasquilla que tapaba la mitad de su ojo derecho. Usaba ropa oscura, pantalones negros, cinturón del mismo color y una camisa ploma con manchas de sangre. Su cara también estaba salpicada con sangre. Uno de sus ojos era de color rojizo y el otro de un azul fuerte. Nunca había visto a alguien como él, aun así no parecía nadie fuera de lo común. Tenía sus manos escondidas en los bolsillos de su pantalón. Me miraba fijamente y yo a él. Ya nada me quedaba, y decidí hacerme el valiente.

—¿Tú eres el asesino de los últimos tres meses, no es así? —le pregunté a aquel adolescente de pelo negro. No me respondió, se paró derecho, se hizo crujir el cuello y comenzó a sonreír perturbadoramente mientras me miraba como si algo le diera gracia. Seguía sin responder, por lo que volví a hablar—. No te vez la gran cosa, pareces un adolescente resentido —le volví a decir a ver si lograba que este hablara. Logré algo peor. Comenzó a reírse levemente, sabía que algo malo pasaría, y no me equivocaba. El chico comenzó a mutar de cierta forma. Más bien, se fue convirtiendo como es en verdad. De su cabeza comenzaron a emerger una especie de cuernos que solo en cuentos de Satanás son descritos, rodeados de otro par que envolvía la base de estos. En su cara aparecieron dos cortadas que comenzaban de la parte inferior de sus ojos y descendían hasta el centro del cuello. De su espalda salieron unas alas que solo las gárgolas poseen. Y entonces su risa aumentó, reía histéricamente mientras me veía. Se burlaba de mí, pero en ese momento no lo pensé. Estaba aterrado, retrocedí unos cinco pasos y después, casi sin querer, caí sentado al suelo. No paraba de reír, me comenzó a lastimar los oídos, el eco chocaba en las paredes invisibles de aquel pasillo eterno y hacía que su volumen aumentara. Mis oídos sangraban, me los tapé y unas lágrimas escurrieron de mis ojos.

Él reía, no paraba de reír, cada vez de manera más tétrica e histérica. Jugaba con mi mente, lo sé. Me levanté y corrí por el extenso camino por el que llegué. Pero ¿de qué me servía? No tenía adónde huir… no sabía cómo volver, y aun si lo hiciera, mi casa era un infierno lleno de esas cosas que se lamentaban por ayuda. No, como todo este tiempo, no pensé en eso. Solo corrí, pero para mi sorpresa no me siguió, nada más se quedó ahí riéndose como el psicópata que era… Me extrañó, pero no volvería atrás a revisar.

Pasaron las horas… o eso creo, y colapsé en el suelo. Mis piernas no daban más y mis pulmones ya casi no me dejaban respirar. En mi desesperación me arrastré a ver si llegaba a algún lugar… pero no, solo ese vacío blanco. ¿Por qué yo? ¿Qué es lo que hice? No entendía y jamás lo haré.

¿Cómo elige a sus víctimas? ¿Es por alguna razón o solo las escoge al azar? Esas cosas que vi, ¿eran reales? ¿O solo estaba jugando con mi mente? Un millón de preguntas sin respuestas vinieron a mi corrompida mente. Ya nada más me quedaba esperar mi hora… pero quería hacer algo. Si me tocaba morir, quería dejar una pista que ayudara a mis compañeros, pero ¿qué? Miré a todos lados y al fondo vi algo, era algo que no era blanco ni rojo. Emocionado, me di las fuerzas y me levanté. Corrí a toda velocidad a aquel oasis en medio del desierto. El tiempo pasaba y parecía que corría en el mismo lugar, sin avanzar ni un centímetro. Veía aquella esperanza alejarse de mi cada vez, pero no me rendiría, no a estas alturas. Corrí, corrí y corrí… y aun así todos mis esfuerzos eran en vano. Me senté en el suelo y cerré los ojos. Solo quería estar ahí, y lo deseé con todas mis fuerzas.

Sentí movimiento y abrí los ojos. De alguna forma, llegué al lugar… Aún no me explico el porqué, pero ¿a quién le importa? Estaba ahí. Me levanté y revisé el lugar con la mirada. Era una oficina, tapizada de blanco al igual que los muebles. Sillones blancos, lámparas blancas, piso, techo, paredes blancas… «Este tipo tiene un problema con el blanco, ¡joder!». Unas plantas verdes es unas macetas de un color café pálido, escritorios… ya saben, lo que hay en las oficinas. ¿Una máquina de café? Me acerqué y saqué un poco. Parpadeé mientras salía el líquido café en un vasito de plástico… era demasiado normal. Lo tomé y enseguida se tornó rojo y un ojo flotaba en el líquido. Grité y lo tiré a uno de los sillones, manchándolo con ese color carmesí.

Caí rendido en otro sillón cercano y me puse pensativo… En mi mente, pude darme cuenta de que el tiempo pasaba diferente a la realidad. Sentí mi celular vibrar, «batería baja». Me fijé en la hora y la fecha. Era el mismo día, y habían pasado tan solo unas horas… aunque al parecer en este lugar habían sido días. Dejé el celular de lado y me levanté acercándome a un escritorio. Estaba lleno de esas notitas adhesivas muy típicas en las oficinas. Las intenté leer sin éxito, estaban en tantos idiomas diferentes que no podía reconocer, todas escritas con un lápiz rojo fuerte y posteriormente machadas con un rojo más oscuro… me imaginaba el porqué. Había un lápiz de color negro tirado en el piso, lo recogí y lo revisé. Era completamente normal, lo que me pareció extraño en un lugar como este. Miré el escritorio nuevamente y desordené las notas buscando una libreta, por suerte encontré una. Pensé en qué escribir y lo hice rápidamente. Estaba sudando nuevamente, ¿por qué? ¿Es él acaso? Ya nada importaba. Tomé la nota y la escondí en un bolsillo de mi chaqueta; sabía que ellos la encontrarían y sonreí con cierto alivio. «Por lo menos ayudé», pensé y cerré los ojos.

Escuché un ruido, viento. ¿Viento? Volteé rápidamente para ver el mismo vacío. «Estúpida imaginación», me dije, para luego devolver mi vista al escritorio. Volteé y él estaba sentado, mirándome con esa sonrisa tétrica con la que lo dejé atrás mientras corría. Salté hacia atrás y lo quedé mirando aterrado.

Él se levantó y me aplaudió, se paró sobre la mesa y luego se hincó mirándome, ladeando levemente la cabeza. No sabía qué hacer, no tenía adónde correr, adónde huir.

—¡¿Qué es tan gracioso, mocoso?! —dije en un acto de desesperación y frustración.

Movía la cabeza a ambos lados con esa sonrisa y me miraba sin decir nada. Él lo sabía, sabía que estaba sufriendo. ¿Qué hacer? Me puse a temblar y retrocedí sin poder hacer más. Él me miraba riéndose hasta que vio el sillón manchado. Ahí su expresión cambió enseguida. Su sonrisa desapareció para dar lugar a una cara de ira; se levantó y se acercó al sillón.

—Mi sillón. —Por fin habló con la mirada perdida en el mueble.

—¿A… Ah? —Estaba algo impresionado al ver que le diera tanta importancia a un estúpido mueble como era ese.

—¡Mi puto sillón! ¡¡Manchaste mi puto sillón, humano asqueroso!! —Comenzó a patear el mueble varias veces con el ceño fruncido hasta que lo destruyó.

Estaba aterrado. «¿Qué hago? ¿Qué hago?», lo único que pensé fue en correr, pero una de esas cosas de las que me trajo aquí me sujetó de ambos brazos para mirar de frente. Temblando, miré al chico que devolvió la vista a mí. Se acercó a mí y sacó una aguja de quién sabe dónde.

—Debes pagar, pagar, pagar —dijo y tomó mi mano.

Con aquella aguja me la atravesó los dedos, cociéndolos uno junto a otro. Mi sangre corría por el brazo de él, gritaba de dolor, y las lágrimas salieron sin yo querer. Era un dolor que jamás imaginé que tendría que sufrir.

—¡¡Detente!! —le grité mientras sufría por aquella horrible tortura.

Me miró y cortó el hilo. Tomó un hilo quirúrgico y comenzó a cocer mi boca de una forma lenta y dolorosa; yo solo podía llorar y gritar internamente, pues ya nada más me quedaba. La sangre cada vez machaba más el piso con aquel color rojo de mi propia sangre.

Terminó su tarea, pero continuando, clavó la aguja en mi ojo con intenciones de sacarlo. Ya no podía más, solo sufría. Sentí cómo la sangre caía por mi mejilla de una forma exagerada, y luego de un rato vi mi ojo caer al piso. Tiró la aguja ensangrentada al piso y tomó mi ojo, lo echó en un vaso con agua, se tomó el líquido y dejó el ojo en su boca solo para destrozarlo frente a mí con sus dientes. Era una escena que nadie podría soportar. Era asqueroso y aún me dolía todo. Me golpeó en el estómago bastante fuerte con su rodilla obligándome a abrir la boca, causando que me desgarrara todo los labios dejando mis dientes a la vista. Vomité sangre y vi cómo él se ponía a reír mientras todo eso pasaba. Mientras agonizaba él se reía a carcajadas.

—Empecemos el juicio —dijo con una sonrisa y se puso a caminar volviéndose a ver como un adolescente común. Se puso las manos en los bolsillos mientras esa cosa me arrastraba a mi fin… Mi Juicio.

Un nuevo cuerpo fue encontrado esta mañana. Lamentablemente fue el de Steve… Me sentía tan impotente, soy un torpe. Debí…

—Deja de lamentarte, Arthur. No fue tu culpa —me dijo John mirándome con algo de enojo.

—Pero pude hacer algo, ¡y no lo hice, John! —le grité casi trangándome el cigarro con el que estaba. Tosí y escupí el cigarro—. Joder.

—¡Ya nada podemos hacer! Nada… —Formó con sus manos unos puños mientras veía el asqueroso y deplorable cadáver de Steve que yacía en su cama.

Suspiré y junté el valor para revisar el cadáver. Como siempre las mismas señales, aparte de unas extras: su boca estaba cocida y luego destrozada, aparte de que uno de sus ojos ya no estaba ahí. La frustración me corrompió hasta las lágrimas; John intentó calmarme sin resultados. Luego de un rato, John vio algo sobresaliente en la chaqueta de Steve.

—¿Qué es eso? —Se fijó en un bolsillo de la parte interna de la chaqueta y lo indicó.

Yo lo saqué, era una nota escrita con un bolígrafo. No logré distinguir bien el color.

—¿Una nota? —le dije y me alejé del cadáver. La revisé por ambos lados, pero solo tenía una frase—. ¿Qué mierda?… —dije bastante confundido.

—¿Qué dice? —John me miró tragando algo de saliva.

Me quedé helado al leer las palabras de la nota. Luego de recuperar el aliento, las leí en voz alta.

—«Tenían razón, no es humano… perdónenme».

El silencio abundó en la habitación por varios minutos. Una atmósfera tensa abundaba toda la habitación, ya no sabíamos qué hacer. John miró por la ventana alcanzando a ver a un chico que nos miraba fijamente a mí y a él.

—¿Y ese? —dijo John mirando hacia abajo de reojo.

Miré hacia abajo y era un adolescente, uno bastante extraño. Tenía una tez blanca, su cabello era negro y corto, tenía una chasquilla que tapaba la mitad de su ojo derecho. Usaba ropa oscura, pantalones negros, cinturón del mismo color y una camisa ploma. Uno de sus ojos era de color rojizo y el otro de un azul fuerte. Alcancé a ver a uno de nuestros compañeros que trabajaban por esa área y le pregunté si lo conocía.

Él miró al chico y ladeó la cabeza, luego volvió a mirarme y me respondió:

—Se llama Gray Rose. Es un chico nuevo que vive por aquí, por alguna razón se hizo famoso rápido… y ya tiene hasta sobrenombre. Lo hacen llamar «Black Demon». ¿Raro nombre para un chiquillo nuevo, no? —Se puso a reír y luego se fue a su lugar.

John y yo nos miramos y luego miramos al chico. Para nuestra sorpresa, sonrió de una manera tétrica. Entonces comenzó a hablar, estaba diciendo unas palabras, parecía que nos hablaba a nosotros.

«Ustedes son los siguientes».

Se fue caminado con las manos en los bolsillos y con algo extraño… ¿ah? Era algo raro… su celular era idéntico al de Steve.

Me

Someone

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2 comentarios de “Susurro”

  1. Debo admitir que me gustó más el desarrollo que el desenlace. Como creepypasta, temas tan excesivamente sobrenaturales quitan credibilidad si no los sabes manejar bien. Más que eso, se sintió apresurado. La tortura del protagonista fue muy breve y casi murió de un párrafo a otro. Si la observamos como una historia de terror cualquiera y no un creepypasta, la presión es menor y la calidad mejora.

    Da la impresión de ser un prólogo a una historia de mayor escala. Sería interesante ver cómo continúa, y en qué termina una vez que ha concluido de una manera más satisfactoria (¿qué ocurre con el caso y los demás investigadores?).

    Felicitaciones por tu lugar en el Salón de la Fama.

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