Y sobrevivió la más rápida

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Y sobrevivió la más rápida


Escondiéndome. Así paso yo la vida, oteando desde las penumbras, intentando sobrevivir. Ya no sé lo que es virar una esquina sin sentir miedo, la experiencia me brindó ese castigo.

El crecer me ha hecho más fuerte y más débil; recuerdo que cuando pequeña solo me preocupaba de respirar y cuidarme de que no me cayera algo sobre la cabeza, la comida venía a mí por manos de mi procreadora. Ahora la cosa es distinta, yo debo ir por la comida, ya no solo temiendo lo que me pueda caer sobre la cabeza, ahora debo preocuparme, incluso, de mi espalda. Afortunadamente la vida me hizo precavida, eso me ha hecho sobrevivir bastante en este mundo tan inmenso que veo ante mis pequeños y redondos ojos.

Comencé a temerle a la luz, aunque suene extraño, ya que cuando la soledad se combina con la obscuridad es cuando nacen los peores miedos. Nuestro motor llamado imaginación es la mayor incubadora de atrocidades, y actúa más rápido cuando carece de brillo el entorno. Yo desequilibrio aquella balanza, temiéndole con profundidad a la luz, que revela nuestros secretos ante la vista de las demás personas.

Prefiero la oscuridad, por conveniencia; me siento protegida al estar rodeada de penumbra.

Yo los puedo ver, pero ellos no a mí… por lo menos no a simple vista.

Ellos.

Todo cambió cuando me hice consciente de su existencia; ellos ya sabían de la mía, vale decir. Yo era pequeña, me faltaba tanto por aprender que solía salir a veces con mi madre y mis hermanos. Recuerdo que en ese tiempo veía a mi madre como si fuera gigantesca, siendo que yo era la pequeña, pero no quiero entrar en detalles. Todo iba bien, aunque sentía un extraño presentimiento aquel día… estaba segura de haber escuchado voces cuando toda mi familia dormía, voces fuertes y graves, acompañadas de estridentes agudos.

Aquel momento en donde salí junto a mi clan familiar para aprender nuevas cosas fue uno de los peores momentos que jamás viví, por simples y cruentos sucesos: llegaron ellos, encendiendo sus lumbres, con sus gigantescas manos, gigantescos cuerpos y piernas… y yo pensaba que mi mamá era grande. Luego de que nos percibió, emitió un enérgico grito de batalla para llamar a los demás. Mi madre, como primer instinto de ese amor filial infinito, se puso en posición de guardia luego de que nos dijera, por medio de gestos, que huyéramos a nuestro escondite penumbroso. Eso hicimos mis otros hermanos y yo, pero fui más rápida, quizás por eso aún sigo viva, fui más rápida y me escondí detrás de una gran torre de basura que fue lo más cercano que encontré. Mi mirada, entre desesperación y pavor, se dirigió rauda hacia al lugar donde mi madre estaba… quizás no debí haber observado. Aquello, de tamaños superiores a los de mi madre, simplemente la molió a golpes, fatalmente. Quise gritar, correr, atacar y morirme, pero al final solo pude seguir observando. Mi mirada enseguida se enfocó en el siguiente punto de acción: aquella banda de mis pequeños semejantes corriendo en grupo, despavoridos como yo, intentando huir. También me arrepiento de haber mirado hacia allá. Los gritos que emitían tan brutales seres hacían resultado, al cabo de segundos llegó un par y entre estos, sin piedad alguna, fulminaron a todos… todos… mis hermanos.

Se fueron, no encontraron más víctimas, no me notaron. Esperé a que hubiera oscuridad otra vez; cuando no hubo luz salí de nuevo. Caminé a paso tembloroso donde mi madre, que yacía inerte e incluso desmembrada; no pude acercarme mucho más. La misma reacción al acercarme a mis hermanos.

Eran muchos cuerpos como para moverlos yo sola; además, no sabía si volverían a aparecer aquellos verdugos rompe hogares, así que hice lo más sensato para mí en esos momentos: volver a mi hogar. Es extraño buscar la sensatez con la cabeza inundada en odio y penurias, tanto así que incluso se piensa en acabar con la vida propia.

Crecí así, nadando en la oscuridad, esquivando ser vista, alimentándome en silencio, cazando con sigilo, evitando llorar y manteniéndome fuerte. El vivir me hace creer que mis familiares muertos recuperan algo más de la satisfacción que le arrebataron mediante la violencia misma.

Ellos se la arrebataron, los bípedos, con sólo dos globos oculares, sin pelaje y con cuatro extremidades… son la aberración natural más grande que he visto. Aun así dominan más que yo estas tierras, por eso me veo obligada a permanecer oculta en grietas que ellos mismos crean. Creando mis telarañas como me enseñó mi madre, para alimentarme de los amigos ilusos que pasan volando bajo. A veces vuelvo a ver a aquellos verdugos crueles y gigantescos; actúan extraño, siempre vienen acá a mojarse… les agrada mojarse. Yo los miro, desde mi agujero, con mis ocho ojos. Los miro con odio a aquellos que tanto daño me causaron. ¿Les temo? Sí, pero aun así los observo, los imagino envolviéndolos en mi red como a las moscas y tragando sus fluidos rojizos. ¿Les temo? Sí, es por eso que siempre tengo mis ocho patas preparadas para salir velozmente huyendo en caso de que me vean y comiencen a gritar llamando a los demás; pero no me atraparán, soy la más rápida de todas, siempre lo fui, por eso sigo sobreviviendo aún.

Propio -Heber Hayden (Black Crow)
blackcrow.bubok.es

Heber Hayden

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