LGBT [4]

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Escrito en inglés por Caitlin Spice. La traducción al español pertenece a esta página.

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Mis padres siempre me dijeron que era lo correcto, que había hecho lo correcto. Geoff era mi hermano menor y lo amaba. Él me amaba. Hacíamos todo juntos y era mi mejor amigo. Jugaba cualquier juego conmigo, incluso si era algo «femenino» que los chicos no debían hacer. Esto fue en la década de los cincuenta y los varones no jugaban con muñecas Ruthie ni cochecitos de bebé. Yo no pensé que fuera raro porque los niños no se preocupan por cosas como esas.

Pero nuestros padres fruncían el ceño ante sus conductas «femeninas», así que Geoff y yo aprendimos a ocultar nuestros juegos. Estos eran tiempos más simples y de mayor confianza; los padres dejaban que los niños merodearan el vecindario y que tomaran el autobús hacia la ciudad. Una vez que estábamos en el parque, Geoff se llevaba mi bolso a los arbustos y se vestía con ropa mía. Cuando emergía, nacía Susie.

No había ningún nombre para esto en ese entonces, con la excepción de «homófilo» e «invertido», palabras cuyos significados desconocíamos. Para mí, solo era cuestión de que mi hermano menor se convirtiera en mi hermanita. Los niños no perciben el «error» de tales asuntos.

Más concretamente: en la cumbre del cristianismo occidental, realmente no conocíamos la diferencia entre los chicos y las chicas aparte de la manera en la que nos vestíamos y nos arreglábamos el cabello.

Y una vez que Geoff se ponía una de las pelucas rubias de mi madre y le ató algunos listones, nadie podía distinguir que él realmente no era una ella.

Desde mi punto de vista, Susie era real.

Ese fue nuestro ritual por años. Siempre me pareció que Geoff estaba mucho más vivo cuando era Susie. Más libre, más genuino. Pero a medida que crecíamos, me di cuenta de que algo andaba mal con lo que hacía, así que se lo conté a nuestros padres.

Sí, me culpo a mí misma por ello, pero pensé que estaba haciendo lo correcto. Deben entender los tiempos en los que nos encontrábamos, cuando Dios predominaba en Estados Unidos y el temor del «depredador homófilo» estaba en su apogeo. El pequeño Geoff, ahora con trece años y yo dieciséis, fue destrozado por mi padre con el cinturón hasta que su costado estaba sangrando. Cuando la paliza comenzó, sus aullidos de terror y dolor me ahuyentaron a mi habitación, en donde presioné mis almohadas sobre mis orejas y lloré. Pero podía escuchar los gritos de mi hermano incluso a través del lino y el edredón. Mi madre me dijo que hice algo bueno y que le informara si alguna vez volvía a suceder. Mi padre no hablaba de ello en lo absoluto; hasta donde le concernía, nunca sucedió.

Geoff me dejó de hablar por completo. Cuando se levantaba de la mesa del comedor, dejando una mancha sangrienta en las sillas pintadas de blanco, me miraba con tanta melancolía que mi corazón se quebraba un poco en mi interior. Y por supuesto que extrañaba a Susie. ¿Cómo no podría extrañarla? Me hacía falta ir a las tiendas con ella y correr por las calles con ella, riendo. Me hacía falta contarle sobre los chicos que me gustaban y me hacía falta leer con ella en el kiosco repleto de hiedra del parque.

Pero Susie no se había ido; fue sepultada.

Cuando me mudé a la universidad, dejé un montón de ropa que ya no me quedaba en la casa. No sabría decir si las dejé ahí por Geoff. Es una de esas cosas que has recordado de tantas formas que ya no estás seguro de cuál es la verdad.

Independientemente, esa ropa fue utilizada en mi ausencia.

Geoff siempre había sido un chico pequeño y delicado, muy similar a nuestra madre. Nuestro padre era un hombre apuesto de hombros anchos y siempre había afirmado que Geoff «crecería sobre sí mismo» una vez que fuera un hombre. No creo que Geoff quisiera eso.

Después de mi segundo año en la universidad, recibí un mensaje de que Geoff se había escapado y la policía lo estaba buscando. Llegué a casa para el día de Acción de Gracias y, por capricho, revisé el armario de mi vieja habitación.

Faltaba ropa.

Pensé en decirles a mis padres, pero, en un momento de oposición, decidí mantenerlo en secreto. Nunca había perdonado a mi padre por las golpizas con las que había castigado a mi hermano, así que mantuve mi boca cerrada. «Sé libre, Geoffy —pensé—. ¡Aléjate lo más que puedas de esta casa y sé tu mismo!».

Y hasta donde sé, así hizo —y lo fue—.

Cuatro años más tarde, tres semanas luego de haberme comprometido con Teddy Lewis, Geoff llegó a casa. Cuando lo encontraron, la policía nos contactó. Había estado viviendo en una comunidad de homófilos, vestido como mujer, y se había dejado crecer el cabello un poco más allá de la altura de sus hombros. Al principio, creyeron que era una mujer, pero cuando fue registrado, descubrieron lo contrario.

Ahora estaba sentado con un sobretodo gris en la sala de estar de nuestros padres, esposado, y su cabello largo y dorado había sido rapado crudamente. Esas facciones delicadas estaban arrugadas con un pesar agonizante, y supe que lo que le habían hecho estuvo fundamentalmente mal.

Mi padre seguía pretendiendo que no pasaba nada, y mi madre se encontraba inconsolable. No dejaba de gritarle a Geoff: «¡Mira lo que le has hecho a nuestra familia!».

Al día siguiente, llegaron algunos doctores y le quitaron las esposas a Geoff. Luego lo pusieron en la parte trasera de una ambulancia, diciéndonos que se lo llevarían para «tratarlo».

¿Qué podía hacer? Estaba a poco de ser una mujer casada; sin poder propio, no había nada que pudiera hacer. Me dije a mí misma que una vez que me casara y me asentara, podría hacer un esfuerzo por sacar a Geoff del asilo psiquiátrico y traerlo a casa conmigo.

Me aferré a ese sueño a medida que la ambulancia se alejaba por la utopía suburbana perfecta de nuestro vecindario.

Lo visité cuando pude, lo cual no era a menudo.

El hospital estaba muy alejado de la ciudad (fuera de la vista, fuera de la mente) y necesitaba que Teddy me condujera hasta ahí. Desde el exterior, era un lugar de aspecto idílico, pero los gritos de las personas en el interior siempre tintineaban en mis nervios hasta desatar una histeria de temor. A decir verdad, odiaba ir de visita.

En su uniforme pulcro, Geoff era un paciente modelo. Los doctores decían que le iba bien, que respondía al tratamiento. Tenían la esperanza de que pudiera ser liberado pronto.

Sin embargo, teorizaban que el peligro estaba en que, a veces, los homófilos sabían cómo fingir «normalidad», así que tenían que estar seguros por medio del uso de medicamentos y terapia.

Nunca pregunté cuáles eran esos medicamentos o en qué consistía la terapia.

Cuando al fin fue liberado, honré mi promesa interna y le permití vivir conmigo y con Teddy. Cuando estábamos solos al día siguiente, después de que Teddy se había ido a trabajar, me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar.

«Gracias, Lizzy», fue lo único que dijo.

Una semana más tarde se había ido de nuevo, junto con una peluca y parte de mi ropa.

No me importó, ni le dije a nadie.

A veces me imaginaba lo que Susie podría estar haciendo; si estaba viviendo una vida feliz. Quizá estaba trabajando en algún centro comercial en un estado adyacente, y coqueteaba inofensivamente con la clientela masculina. Quizá era una recepcionista bien vestida en alguna empresa jurídica, con una falda de tubo entallada cuidadosamente y medias. Quizá tenía un novio o incluso un esposo que era igual que ella, a quien no le importaba que fuera un hombre debajo de todas esas prendas y maquillaje.

Y realmente deseaba que fuera feliz.

Pero en la Navidad de 1970, mi madre se emborrachó y me confesó un secreto terrible: habían encontrado a Geoff de nuevo —no mucho después de su escape— y se encontraba en un hospital diferente y mejor. Le supliqué que me dijera en dónde, pero ella negó con la cabeza y me miró con ojos adormilados y empañados.

«Lo único que quiero es recuperar a mi niñito. Ellos me lo van a devolver».

Mi hija tenía tres años para cuando Geoff regresó a casa de nuevo.

Mi madre celebró y mi padre le dio el gusto. Los doctores les aseguraron que Geoff había vuelto a ser el «niño de mami».

Y tenían toda la razón.

Geoff tenía problemas para hacer las cosas más sencillas. Abotonarse la camisa era una faena para él, y mi madre tenía que ayudarlo. No podía recordar mucho más de lo que había estado haciendo durante los últimos cinco minutos, y a veces se ponía incontrolablemente enojado y agitado sin provocación alguna, llorando y gritando ininteligiblemente hasta el cansancio. Los doctores nunca nos dijeron cuál fue el tratamiento, pero años después descubrí que las cicatrices simétricas a los lados de las cuencas de sus ojos seguramente se debían a una lobotomía.

A veces se orinaba en sus pantalones, y babeaba con frecuencia a menos que alguien le limpiara sus labios y mentón.

Mi hermano se había ido.

No estamos del todo seguros de cómo sucedió, pero dentro de él, algo aún debió de seguir con vida. Era Acción de Gracias de nuevo y Teddy y yo estábamos sentados en la mesa del comedor de nuestros padres junto a nuestros dos hijos, Stephanie y Michael.

Mi madre había llamado a Geoff para que bajara de su habitación, pero no hubo respuesta. Sin pensarlo, mandé a Stephy para que lo fuera a traer.

Los gritos no fueron como nada que había escuchado antes. Mi madre se desmayó al compás del choque frágil de cristal en el piso y el repiqueteo de cubertería caída. Yo corrí a las escaleras tan rápido como pude con mi instinto maternal a toda marcha.

Encontré a Stephy —aún gritando como si el mundo se estuviera acabando— en la cima de los escalones. Ataviado con uno de mis vestidos de noche, Geoff estaba colgado del pasamanos con el viejo cinturón de mi papá; su rostro estaba azul e inerte.

Agarré a Stephanie y corrí hacia el teléfono.

Algunas personas desagradables dijeron que fue mejor que Geoff se hubiese suicidado.

Yo no estoy de acuerdo. Nunca pude ver el daño en su estilo de vida.

Pero tengo un problema más inmediato con el que debo lidiar.

Stephanie tiene un amigo imaginario, que dice que solía ser un niño.

Su nombre es Susie.

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Esta es una traducción mía de:
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