La “Cosa Mala”

Anochecía rápido, los fulgentes rayos de la luna iluminaban el agreste paisaje de un pequeño pueblo. Milquiades, abriéndose camino entre la maleza, apresuraba el paso.

Había sido un día festivo; como era tradición cada año, el pueblo daba una gran fiesta para augurar una buena temporada en los cultivos. Empezó desde temprano, después de que compartieran un copioso desayuno, no podía faltar el alcohol que disfrutaron mientras bailaban al compás de la música. Entre tanto regocijo, las horas pasaron volando; fue entonces cuando Milquiades se dio cuenta de que su amigo no estaba en la celebración. Preguntó a varios conocidos, pero ninguno lo había visto. Él no era de perderse fiestas, menos una como esta; supuso entonces que estaba enfermo. Se compadeció de él, así que metió en su mochila unas viandas con comida y salió hacia su casa. Esta se encontraba a unos veinte minutos a pie desde donde estaba.

Con movimientos torpes, descendía un pequeño cerro hasta llegar a una sinuosa cañada. Siguió caminando por esta, cuando, por un momento y con el rabillo del ojo, vio lo que parecía una silueta negra entre los árboles. Envalentonado por los efectos del alcohol, agarró fuertemente la mochila que traía y siguió andando.

Poco después de haber pasado por ahí, logró divisar su destino. Siguió caminando y, ya estando a una corta distancia, percibió en el aire una fetidez que parecía provenir de la casa. Llegó a la puerta y tocó varias veces, pero no hubo respuesta; se dio cuenta de que no estaba cerrada del todo, así que decidió entrar. Las luces estaban apagadas, buscó el interruptor a tientas entre las paredes y lo apretó. Una dantesca escena lo horrorizó, se trataba de los cadáveres de su amigo y su esposa; ambos habían sido desollados de una manera brutal. No tenían ojos en sus cuencas, la sangre inundaba el piso con una nube de moscas que merodeaban los cuerpos.

Al instante le vinieron las náuseas, salió lo más rápido que pudo de la casa. Ya estando afuera no aguantó más y vomitó. Al incorporarse, escuchó claramente el sonido de un relincho que provenía de la parte posterior de la casa. No sabía que su amigo tuviera un  caballo, así que, temeroso, fue a revisar. Cuando lo vio, se quedó estupefacto: era un hermoso animal, corpulento, el color negro de su pelaje parecía fusionarse con la penumbra de la noche. No podía dejar de mirarlo y fue entonces cuando entró en un profundo trance, quedando a su merced. El caballo caminó lentamente y él lo seguía a su detrás; lo llevaba directo hacia la quebrada. Cuando llegaron el caballo se perdió entre los árboles y Milquiades salió de su estado. Asustado, no sabía cómo había llegado hasta ahí.

Observó a su alrededor y se dio con la sorpresa que no estaba solo, una persona yacía sentada bajo la sombra de un gran árbol, pero por la poca iluminación no lograba distinguirlo. Por un momento, dudó en acercarse, pero luego pensó que tal vez era alguien que se encontraba herido y necesitaba ayuda.

Caminó con cautela hasta cierta distancia y se sorprendió al hallar a un niño de tal vez unos diez años, delgado y en harapos.

Este permanecía sentado con la mirada hacia el suelo, entonces Milquiades se agachó hasta su altura y le preguntó:

—¿Te encuentras bien?

Pero el niño no respondió ni se movió. Pensó que tal vez estuviera asustado, así que volvió a preguntar:

—¿Sabes qué ha ocurrido en la casa?

Cuando el niño levantó su mirada, sintió el corazón en vilo. Su rostro no se asemejaba en nada al de un niño, parecía más bien el de un anciano de arrugas prominentes y tez pálida. Esbozó una sonrisa de oreja a oreja y, con una voz de ultratumba, respondió:

—Yo los maté.

Arrojó al suelo cuatro objetos que rodaron como canicas; cuando se detuvieron, gritó de espanto al notar que eran los ojos de las víctimas.

Luego de unos días encontraron el cuerpo de Milquiades en el mismo estado que los otros dos.

El pánico se apoderó del pueblo, hace más de cuarenta años que no había ocurrido algo así. Los ancianos vociferaban: «La “Cosa Mala” ha vuelto».

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