La Casa Sin Fin

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Una de las traducciones que más orgulloso me hace sentir. Evita los comentarios hasta finalizar la historia.

La Casa Sin Fin


Permítanme comenzar diciendo que Peter Terry era adicto a la heroína.

Fuimos amigos en la universidad y lo seguimos siendo después de graduarme. Nótese que dije «graduarme». Él se retiró luego de dos años de esfuerzo mínimo. Tras pasar de los dormitorios en la universidad a un pequeño apartamento, no nos frecuentamos tanto. Hablábamos en línea de vez en cuando (AIM era líder en los años previos a Facebook). Hubo un periodo que no estuvo en línea por cerca de cinco semanas consecutivas. No me preocupó, era un completo vago y adicto a las drogas, por lo que asumí que sencillamente le dejó de interesar. Pero una noche lo vi entrar de la nada. Antes de poder iniciar una conversación, me envió un mensaje:

«David, hombre, tenemos que hablar».

Entonces me contó de La Casa Sin Fin. Obtuvo ese nombre porque nadie nunca había llegado a la salida. Las reglas eran simples y cliché: alcanza el último cuarto del edificio y gana quinientos dólares, nueve cuartos en total. Estaba ubicada afuera de la ciudad, a unos seis kilómetros y medio de mi casa. Al parecer, él lo había intentado y fracasado. Supuse que su intoxicada mente exageró la situación y salió huyendo por algún fantasma de papel o semejante. Me dijo que sería demasiado para cualquiera, era antinatural. Yo no le creí; ¿por qué lo haría? Le dije que echaría un vistazo la noche siguiente, y no importaba lo mucho que tratara de convencerme de lo contrario, quinientos dólares sonaba muy bueno como para ser cierto. Partí al día siguiente. Esto es lo que pasó.

Al llegar y asimilar mi primera impresión del local… ¿alguna vez han visto o leído algo que no debería causar pavor, pero por alguna razón un escalofrío se arrastra por tu cuerpo? Caminaba hacia el edificio y la sensación de malestar se intensificó conforme abría la puerta principal.

Mi corazón se desaceleró y solté un suspiro de alivio cuando entré. El lugar se veía como el vestíbulo de un hotel cualquiera decorado para Halloween. Un letrero remplazaba al recepcionista, decía: «Habitación 1 por aquí. 8 más le siguen. ¡Llega hasta el final y ganas!». Me reí e hice mi camino a la primera puerta.

El área era una burla. La decoración te recordaba la sección de Halloween de un minisúper, con fantasmas de tela y zombis animados que te gruñían al caminar a su lado. En el otro extremo estaba la salida, la única puerta además de la que usé para entrar. Caminé a través de las telarañas de juguete hacia la segunda habitación.

Fui recibido por niebla cuando abrí la puerta; sin duda hubo un avance en términos de tecnología. No solo había una máquina de humo, sino también un murciélago colgado del techo y volando en círculos. Parecían tener una banda sonora de terror barata reproduciéndose desde algún punto de la habitación. No vi un equipo de música, pero supuse que debían haber utilizado un sistema de megafonía. Pasé por encima de unas cuantas ratas a cuerda y me fui con el pecho en alto a la siguiente zona.

En la tercera habitación es cuando las cosas empezaron a cambiar.

Superficialmente, no podías ver nada fuera de lo ordinario. Había una silla en el medio del piso tapizado con fina madera. Una sola lámpara en la esquina hacía un pobre trabajo iluminando el lugar y proyectaba algunas sombras en el piso y paredes. Ese era el problema. Sombras. Dejando fuera la de la silla, había otras. Fue en ese momento que supe que algo no estaba bien. Ni siquiera pensé mientras automáticamente intentaba abrir la puerta por la que vine… Estaba asegurada desde el otro lado.

Aquello me desconcertó, ¿alguien las aseguraba a medida que progresaba? No, no había manera. Lo habría escuchado. ¿Un seguro mecánico? Quizá. Pero estaba demasiado asustado como para pensar realmente. Me volví al frente de la habitación y las sombras se habían ido. La sombra de la silla se mantuvo, pero las demás se habían ido. Lentamente empecé a caminar. Solía alucinar cuando era un niño, así que atribuí a ello lo ocurrido. Me sentí mejor al seguir el trayecto, revisé abajo por obstáculos, y ahí fue cuando lo vi. O no lo vi. Mi sombra no estaba. No tuve tiempo de gritar; corrí tan rápido como pude a la otra puerta y me adentré a la cuarta habitación sin pensar en lo que podría contener.

Esta fue posiblemente la más inquietante. Cuando cerré la puerta, toda la luz pareció ser succionada y puesta de vuelta en la habitación anterior. Me quedé ahí, envuelto en la oscuridad, sin poder moverme. No le temo a la oscuridad, nunca le he temido, pero estaba aterrado. Toda visibilidad me había abandonado. Sostuve mi mano frente a mi rostro y de no saber que le había ordenado a mi cuerpo tal cosa nunca habría sido capaz de darme cuenta. Oscuridad no lo describe. No podía escuchar nada, era un silencio inerte. Cuando estás en una habitación a prueba de sonido, aún puedes escucharte respirar. Puedes escucharte estando vivo… yo no podía. Comencé a empujarme hacia adelante, mi corazón palpitando agitadamente era lo único que podía sentir. No parecía haber una puerta del otro lado, no estaba seguro de que hubiese una esta vez. El silencio fue entonces roto por un leve zumbido.

Me giré violentamente al sentirlo detrás de mí, pero no podía siquiera ver mi nariz. De cualquier forma, sabía que algo había ahí. El zumbido se acrecentó, más fuerte, más cercano. Di un paso atrás, nunca había experimentado esa clase de miedo. Realmente no puedo describirlo. No temía morir, temía las alternativas. Las luces parpadearon durante menos de un segundo y lo vi. Nada. La habitación estaba de nuevo inmersa en tinieblas y el zumbido era ya un chirrido salvaje. No podía seguir con ese sonido maldito durante otro minuto. Corrí hacia atrás, lejos del ruido, hasta llegar al otro extremo; al dar con la perilla de la puerta la giré y caí a la siguiente habitación.

Antes de que detalle la quinta habitación deben tener claro algo. Yo no soy un adicto a las drogas. No he tenido historial de abuso de drogas o cualquier tipo de episodios psicóticos fuera de las alucinaciones en mi infancia que mencioné antes, y esas solo ocurrían cuando estaba muy cansado o recién despertaba. Entré a La Casa Sin Fin con la mente sana.

Después de caer por el cuarto anterior, mi vista de la habitación número cinco era de espaldas, mirando hacia el techo. Lo que vi no me asustó, simplemente me impresionó. Árboles habían crecido en la habitación y se alzaban por encima de mi cabeza. El techo era más alto que en las otras habitaciones, por lo cual pude conjeturar que estaba en el centro de la casa. Me levanté del suelo, sacudí el polvo, y di un vistazo. Fue sin duda la habitación más grande. No llegaba a ver la salida desde donde estaba, varios arbustos y ramas bloqueando mi línea de visión me debieron impedir ubicar una. Imaginé que a partir de este punto las habitaciones serían más y más aterradoras, pero esto era un paraíso en comparación con la última habitación. También asumí que lo que fuera que estuviera en la cuarta habitación, se quedó en la cuarta habitación. No lo hizo.

En lo que me adentraba al área comencé a escuchar lo que uno escucharía si estuviera en un bosque, el ruido de los insectos y el aleteo ocasional de un ave parecían ser mi única compañía en esta habitación. Eso fue lo que más me molestó. Escuchaba los insectos y otros animales, pero no veía ninguno.

Caminé, esperando que tras el siguiente árbol diera con la puerta. Después de unos momentos sentí un mosquito acomodarse en mi brazo. Lo sacudí y seguí andando. Un segundo después, sentí diez mosquitos más volar hacia mi piel en diferentes lugares. Los sentí arrastrarse de arriba hacia abajo en mis brazos y piernas, y unos pocos bordando mi cara. Hacía un esfuerzo por espantarlos pero seguían viniendo. Cuando vi abajo dejé escapar un grito ahogado. No había un tan solo insecto. Ni un solo mosquito estaba en mi piel, pero podía sentirlos a lo largo de mi cuerpo. Los sentía picarme y los oía volar por mi rostro y alrededor. Me tiré al suelo y comencé a rodar. Estaba desesperado, odio los insectos, especialmente los que no puedo ver o tocar. Estos mosquitos podían tocarme, y estaban por todas partes.

Me puse a gatear. No tenía idea de a dónde iba, la entrada no estaba por ningún lado, y seguía lejos de encontrar la salida. Así que gateé, con mi piel siendo agredida por esos insectos fantasma. Después de un interminable periodo de tiempo di con la sexta puerta. Agarré el árbol más cercano y conseguí ponerme en pie, bofeteando perdidamente mis brazos y piernas en vano. Traté de correr pero no pude, mi cuerpo estaba agotado de arrastrarse y hacerle frente a lo que fuera que tuviera encima. Emprendí algunos pasos tambaleantes hacia la puerta, agarrando cada árbol en el camino para sostenerme. Fue solo a unos metros de distancia cuando lo escuché. El mismo insistente zumbido de antes. Venía de la habitación siguiente, y era más grave. La sensación de los mosquitos se reducía mientras el zumbido tomaba fuerza. Al poner mi mano en la perilla, los mosquitos desaparecieron, pero no me atreví a girarla. Esperé, con mi cabeza apoyada en la puerta y mi mano en un agarre tembloroso. El zumbido era tan ruidoso que ni siquiera podía oírme pretendiendo reflexionar. Sabía que de soltar la perilla los insectos volverían y no habría forma de que regresara hasta la habitación anterior. No había nada que pudiera hacer sino continuar. La sexta habitación seguía, y la sexta habitación era el Infierno.

Cerré la puerta detrás de mí; cuando cayó en su marco el zumbido desistió. Me volteé en el asombro, y la puerta ya no estaba. Miré a mi alrededor. La habitación era idéntica a la tercera, la misma silla y lámpara, pero con la cantidad justa de sombras esta vez. La única diferencia era la ausencia de una salida.

Ya lo dije antes, no he tenido problemas de inestabilidad mental…, pero en ese momento caí en lo que ahora sé que era locura. No grité. No emití ningún sonido. Al principio rasgué suavemente. La pared era dura, aunque sabía que la puerta estaba ahí, en alguna parte. Rasgué donde antes se encontraba la perilla. Con ambas manos, jadeante, mis uñas magullándose contra la pared; la puerta estaba ahí, sabía que estaba ahí…

¿Te encuentras bien?

Salté del suelo y me giré en un movimiento. Me apoyé en la pared detrás de mí y vi qué era lo que me habló, y hasta este día me arrepiento de haber volteado.

La pequeña niña llevaba un vestido blanco fino que caía hasta sus tobillos. Tenía una larga melena rubia, piel blanca y ojos azules. Era la cosa más aterradora que había visto, y sé que en mi vida nunca nada será tan inquietante como lo que vi en ella. Mientras la miraba, veía a la niña, pero también algo más: donde estaba parada veía lo que parecía ser el cuerpo de un hombre cubierto en grueso pelaje, desnudo de pies a cabeza, pero su cabeza no era humana, y los dedos en sus pies pezuñas. No era el Diablo, aunque en ese momento bien podría haberlo sido. Su cabeza tenía la forma de un carnero y el hocico de un lobo. Era repulsivo, y era uno mismo con la niña en frente de mí. No puedo ponerlo bien en palabras; los veía, al mismo tiempo, compartiendo el mismo lugar en la habitación. Mi mente batallaba con lo que estaba tratando de procesar. Miraba a lo que fuera que me había hablado. No había salida. Estaba atrapado ahí con ello. Y luego volvió a hablar.

—David, no debiste haber venido.

Cuando habló, escuché las palabras de la bestia y de la niña fundirse en una voz que no me atreveré a describir. En mi mente se grabó la frase y reprodujo infinitamente, aislándome de todo otro sonido. No supe qué hacer, me estaba sumiendo en la locura y aun así no era capaz de apartar mis ojos de lo que estaba delante de mí. Caí al suelo. Creí haberme desmayado, pero la habitación no me lo permitiría. Solo quería que terminara. Me apoyaba en la pared, con los ojos entreabiertos y la bestia fijando los suyos en mí. A centímetros de mi cuerpo se paseaba una de las ratas a cuerda de la segunda habitación, y ahí me llegó. La Casa se burlaba de mí. Contra toda lógica, ver la rata me dio lo suficiente para recuperar mi mente de cual fuera el turbio estado en el que se encontraba. Iba a salir de ahí. Saldría de esa casa y viviría y nunca pensaría en ese lugar de nuevo. Esta habitación era el Infierno, y no estaba dispuesto a tomar residencia.

Al principio eran solo mis ojos lo que se movía. Busqué en las paredes cualquier tipo de apertura. La habitación no era muy grande, por lo que no tomó mucho explorarla. La voz de la bestia seguía, acrecentándose mientras ella permanecía fijada a su lugar en la habitación. Puse mi mano en el suelo y me coloqué de rodillas, volteándome a revisar la pared detrás de mí; lo que vi me dejó aturdido. La criatura a un tiempo pasó al lado izquierdo de mi espalda, susurrando en mi mente que no debería haber venido. Sentía su aliento en mi cuello, pero me negué a dar la vuelta, y de pronto no me interesaba tanto su presencia. Un gran rectángulo estaba raspado en la madera con una pequeña abolladura en su centro, justo en frente de mis ojos tenía el gran siete que en mi desesperación había rasgado en la pared. La séptima habitación, tras la pared donde la quinta estaba hace unos momentos.

No sé cómo lo había hecho, y tal vez fue mi pánico en el momento, pero había creado la puerta. En mi locura había cavado en la pared lo que más necesitaba, una salida a la siguiente habitación. El demonio estaba justo detrás de mí, mas por alguna razón parecía no poder tocarme. Cerré los ojos y coloqué ambas manos sobre el gran siete. Y empujé. Empujé tan duro como pude. El demonio ahora estaba gritando a mi oído. Me dijo que nunca escaparía. Me dijo que este era el final pero que no iba a morir, que me quedaría a vivir en la sexta habitación con él. No lo haría. Empujé y grité a todo pulmón. Arremetí contra la puerta y grité, y el demonio se había ido. Me quedé en silencio. Me di la vuelta lentamente y fue recibido por la habitación conservando el aspecto que tenía cuando llegué, solo una silla y una lámpara. No lo podía creer, pero no tenía tiempo para pensar. Me volví a la puerta y di un salto atrás en asombro. Lo que vi fue una puerta, no una que había cavado en la madera, sino una puerta normal con un siete grande en ella. Todo mi cuerpo estaba en shock. Debí de girar la perilla por reflejo luego de un segundo; de ninguna manera me quedaría a esperar que esa cosa volviera.

Ingresé a la habitación completamente agotado. La puerta se cerró detrás de mí, y me di cuenta de dónde estaba. Afuera. Era distinto a la quinta habitación, realmente estaba afuera. Caí de rodillas… quería llorar. Por fin salí de ese infierno. Di un vistazo a la puerta por la que salí y me encontré con la entrada principal. Me dirigí a mi coche y regresé a casa, pensando en lo agradable que una ducha sonaba.

Caminando por el pórtico de mi casa me sentí incómodo. La alegría de abandonar La Casa Sin Fin se desvanecía y el miedo poco a poco turbaba mi juicio. Lo hice a un lado por todo lo que había experimentado en las últimas horas. Entré y de fui directo a mi habitación. Sobre la cama estaba mi gato Baskerville. Era el primer ser vivo que contemplaba en toda la noche, y me acerqué para acariciarlo. Protestó y arañó mi mano. Retrocedí extrañado, ya que nunca había actuado de esa manera. Pensé «Lo que sea, es un gato viejo». Tomé una ducha y me preparé para lo que esperaba que fuera una noche en vela.

Después de mi ducha fui a preparar algo de comida. Bajé las escaleras y llegué a la sala de estar, y lo que vi quedará grabado en mi mente por siempre. Mis padres estaban tirados en el suelo, desnudos y cubiertos en sangre. Habían sido mutilados hasta el punto en que era difícil reconocerlos. Sus miembros fueron removidos y colocados junto a sus cuerpos, y sus cabezas dejadas sobre sus pechos, viendo hacia mí. La parte más inquietante eran sus expresiones. Sonreían, como contentos de verme. No sabía lo que había pasado, ni siquiera vivían conmigo en ese entonces. Vomité, y luego algo captó mi mirada. Una puerta que no estaba ahí antes. Una puerta con un gran «8» pintado en sangre.

Continuaba en la Casa. Estaba de pie sobre mi sala de estar, pero dentro de la séptima habitación. Ambos rostros sonrieron ampliamente al darme cuenta de esto. La octava puerta estaba al otro lado de la sala en la pared detrás de los cuerpos mutilados, que ahora estaba seguro que no pertenecían a mis padres. Sabía que no podía detenerme, pero en ese momento estaba rendido. Sus rostros sonrientes tomaron control de mi ser, fijándome a donde estaba parado, inmovilizándome. Vomité por segunda vez y estuve a punto de caer… Entonces el zumbido regresó. Era más fuerte que nunca, y colmó la casa e hizo temblar las paredes. El zumbido fue lo que me obligó a caminar. Mi cuerpo apenas podía mantenerse en pie, difícilmente podía andar, y mientras más cerca estaba de los cuerpos, más cerca estaba del suicidio. Las paredes se sacudían con tanta fuerza que parecían estar a punto del colapso, pero aun así las cabezas me sonreían. A medida que me aproximaba, sus ojos me seguían. Estaba posicionado ahora entre los dos cuerpos, a unos metros de la puerta. Las manos desmembradas se arrastraban por la alfombra hacia mí, al mismo tiempo que las cabezas continuaban mirándome. El pánico se apoderó de mí y aceleré mi paso. No los quería oír hablar. No quería que las voces coincidieran con las de mis padres. Comenzaron a abrir sus bocas, y las manos ya estaban a sólo centímetros de mis pies. En un arrebato de desesperación me lancé hacia la puerta y la abrí y cerré de golpe detrás de mí. Octava habitación.

Era una réplica de la tercera y sexta habitación. Sentado en la silla previamente desocupada había un hombre. Tras algunos segundos de incredulidad, mi mente finalmente aceptó que el hombre sentado en la silla era yo. No alguien muy parecido a mí, ese era David Williams. Me acerqué. Pese a estar seguro tenía que verle de cerca. Él me miró y me di cuenta de las lágrimas en sus ojos.

—Por favor… Por favor, no lo hagas… Por favor, no me hagas daño.

—¿Qué? —dije—. ¿Quién eres tú? No voy a hacerte daño.

—Sí lo harás… —Estaba sollozando ahora—. Vas a hacerme daño y no quiero que lo hagas. —Se colocó en la silla con las piernas entre sus brazos y comenzó a mecerse de atrás hacia adelante. Era muy lamentable verlo, sobre todo porque era como yo, idéntico en todos los sentidos.

—Escucha, ¿quién eres? —Me encontraba a solo unos metros de mi copia. Fue la experiencia más extraña hasta ese punto, ahí, de pie, hablando conmigo mismo. No estaba asustado, aún—. ¿Por qué estás…?

—Me harás daño… me harás daño… Si quieres salir, me harás daño…

—¿Por qué dices eso? Cálmate, ¿sí?

Tuvo que apartar un pie de su cuerpo para permitirme verlo, solo ligeramente. El David en la silla vestía con la misma ropa que yo, a excepción de un pequeño bordado rojo en su camisa, uno con forma de nueve.

—Me harás daño… Por favor no me hagas daño… —Su tono de voz empezó a menguar. Su mirada estaba perdida en un rincón de la habitación.

Yo no podía superar ese pequeño número en su pecho. Sabía exactamente lo que era. Las primeras puertas fueron sencillas y… presentes, mientras que las demás comenzaron a ponerse más ambiguas. La séptima fue rasgada en la pared por mis propias manos. La octava estaba marcada en sangre por encima de los cuerpos mutilados. Sin embargo, la última… este número estaba en una persona, una persona viva. Y peor aún, estaba en una persona que se veía exactamente como yo.

—¿David? —Tuve que preguntar.

—Sí… me harás daño… —inquirió.

Di un vistazo alrededor en lo que él seguía lamentándose. La habitación no tenía puerta, y de manera similar a la sexta, la entrada ya no estaba. Por alguna razón supuse que con rasgar la pared no conseguiría nada. Estudié las paredes y el piso alrededor de la silla, acercándome a esta para revisar si tenía algo por debajo. Desafortunadamente, lo tenía. Bajo la silla había un cuchillo, acompañado de una etiqueta, que ponía: «Para David, de la Gerencia».

La sensación en mi estómago al leer la etiqueta era algo maligno. Quería vomitar, y la última cosa que quería hacer era tomar el cuchillo. Mi mente daba vueltas en un mar de preguntas sin respuesta. ¿Quién puso esto aquí y cómo obtuvo mi nombre? Por no mencionar el hecho de que mientras estaba arrodillado en la fría madera también estaba sentado en la silla, sollozando por la idea de ser herido por mí mismo. Era demasiado para procesar. La Casa y la Gerencia habían estado jugando conmigo todo este tiempo. Mis pensamientos se volvieron a Peter, y de si él había llegado hasta aquí o no; y de hacerlo, si se encontró con un Peter Terry llorando en esta misma silla, balanceándose de atrás hacia adelante. No, no importaba. Tomé el cuchillo y el otro David guardó silencio.

—David —dijo con mi voz—, ¿qué crees que haces?

Me levanté del suelo y apreté el mango del cuchillo en mi mano.

—Voy a salir de aquí.

David permanecía en la silla, ahora mucho más sosegado. Me miró con una leve sonrisa que no me permitió discernir si iba a reír o estrangularme. Poco a poco se levantó de la silla y se colocó frente a mí. Era sorprendente, su altura e incluso su postura eran iguales a las mías. Sentí el mango plástico del cuchillo y lo apreté con más fuerza. No sabía lo que planeaba hacer con él, pero tenía la sensación de que lo iba a necesitar.

—Ahora —su tono de voz sonó un poco más profundo que el mío—, voy a hacerte daño. Voy a hacerte daño y te voy a mantener aquí. —No respondí. Solo contuve la respiración y lo derribé al suelo. Inmovilizándolo, con el cuchillo en posición y listo, miré hacia abajo. Él miró de vuelta aterrado. Era como estar frente a un espejo. En ese instante el zumbido volvió, bajo y distante, aunque lo sentía hasta en lo más profundo de mi cuerpo. David me veía mientras yo me debatía mi siguiente movimiento y el zumbido me parecía cada vez más insoportable.

Sentí algo dentro de mí romperse. Con un movimiento enterré el cuchillo por el bordado y desgarré completamente a David desde su pecho hasta el final de su abdomen.

La negrura llenó la habitación. Caí…

La oscuridad a mi alrededor no puedo compararla con nada de lo que había experimentado hasta ese punto. La cuarta habitación estaba oscura…, pero no como esto. Creí no estar cayendo después de un tiempo. No sentía mi peso, solo una profunda tristeza. La visión de mis padres no abandonaba mi mente. Estaba consciente de que no era real, pero lo había visto, y la mente tiene problemas para diferenciar entre lo que es real y lo que no. Estuve en la novena habitación por días. En la habitación final… y es que era exactamente eso, el final. La Casa Sin Fin tenía un final, y lo había alcanzado. Bajo la impresión de que seguiría en ese estado por siempre, me di por vencido. Ni siquiera el zumbido estaba ahí para retar mi cordura. Había perdido completamente mis sentidos. No había ningún sonido; la vista era inservible aquí. Me acostumbré tanto a lo que estaba viviendo que no sé decir cuándo fue la primera vez que la vi. Una luz. Una de esas luces estereotipadas al final del túnel y la sensación del suelo formándose bajo mis pies. Torpemente tanteé mi alrededor en lo que caminé hacia la luz, previendo el momento en que un obstáculo frustraría una vez más mi intento por abandonar la casa.

La luz era una hendidura vertical por el lado de una puerta no enumerada. Abriéndola por completo volví al lugar donde empecé, en el vestíbulo de La Casa Sin Fin, aún vacío, aún decorado con un tema de Halloween infantil. Después de todo lo que había sucedido esa noche, desconfiaba de mi verdadera ubicación.

Pero nada extraño pasó. Noté que encima del escritorio había un sobre blanco con mi nombre escrito a mano en él. Inmensamente curioso, aunque reticente, encontré el valor necesario para abrir el sobre. Dentro había una carta, igualmente escrita a mano.

David Williams,

¡Felicitaciones! ¡Ha llegado al final de La Casa Sin Fin! Por favor acepte este premio como una muestra de su gran logro.

Por siempre suya,

La Gerencia.

Con la carta venían cinco billetes de cien dólares.

No podía parar de reír. Reí por horas. Reí mientras caminaba a mi coche y en lo que conducía a casa. Reí mientras estacionaba mi auto en el garaje y reí mientras abría la puerta principal de mi casa y me seguí riendo en lo que veía el pequeño diez grabado en la puerta de madera.

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