La bruja y el tío Víctor

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Escrito por Santiago Sánchez.


Estábamos en la finca en una noche de sábado. En aquel entonces, aún no había energía eléctrica, por lo que iluminábamos con lámparas a gas. Era una noche muy tranquila, contábamos chistes y comíamos gallina, cuando vimos que alguien venía corriendo, sin fuerzas, y apenas haciendo señas: era el tío Víctor.

Mi tío Víctor tiene una finca un poco más adelante que la de nosotros. Si caminas en linea recta, evitando los caminos que dejan los vehículos al pasar, tardarás solo de cinco a diez minutos. Es un trayecto corto, pero no es muy recomendable a través de los potreros porque te podría picar una serpiente o podrías tropezar en uno de los resaltos del terreno y hacerte daño con plantas, piedras o darte un buen golpe. Pero para el tío Víctor esto no es problema. Se conoce el camino muy bien y lo habría cruzado al menos unas cincuenta veces como para sabérselo incluso sin llevar linterna.

Era una noche despejada; la luna hacía muy bien su tarea de alumbrar todo el campo, y como no hay más luces alrededor, tus ojos se podían adaptar muy bien y ver la noche con claridad.

Cuando llegó, dijo: «Jueputa, maldita bruja casi me jode». Para las personas que leen y que no están familiarizadas con la jerga de mi región, mi tío dijo algo como: «mierda, casi me alcanza la maldita bruja».

Inmediatamente, toda la familia nos reunimos alrededor de él. Le ofrecimos agua. El pobre estaba pálido y agitado. Por un momento, pensamos que se iba a desmayar. Mi mamá le preguntó qué había pasado, y luego de un par de minutos, cuando pudo incorporarse, nos empezó a contar qué sucedió.

—Venía caminando normal hacia acá. Ya podía ver la luz de la casa a lo lejos. En ese momento, escuché el silbido de la bruja. Lo escuché muy cerca, así que sabía que iba bien. Agilicé el paso y seguí derecho.

Yo no entendía esto último. ¿Por qué, si escuchaba el silbido de cerca, seguía en la misma dirección? Luego me explicaron que así funciona ese tipo de bruja, para confundirte y que vayas hacia ella. Entre más fuerte suene el silbido, más te estás alejando; por el contrario, si lo escuchas muy lejos, casi a punto de desaparecer, es muy posible que te encuentres con la bruja de frente.

Se podía sentir la angustia en su voz. Para mí, hubiera sido una experiencia traumatizante, pero él lo había manejado de una manera que yo jamás lo habría imaginado… y había sobrevivido para contarlo.

Según se rumora en la región, si una bruja logra atraparte y hacerte entrar en su «laberinto», es muy posible que te pierdas y que después aparezcas muerto sin ninguna causa aparente, reportado como ataque cardíaco o veneno de serpiente por los forenses.

Él continuó con su historia:

—Yo estaba preocupado, pero confiaba que iba en la dirección correcta, porque el silbido seguía fuerte. Pero aun así, por más que caminaba y caminaba, la luz de la casa no se veía más cerca; siempre estaba a la misma distancia. Ahí sí me empecé a preocupar.

»Comencé a correr, pero nada, aún seguía lejos la luz. Me angustié más cuando noté que el silbido comenzó a disminuir muy rápido. Me di cuenta de que estaba yendo hacia ella, pero no sabía hacia dónde agarrar; todo a mi alrededor estaba claro por la luz de la luna, pero el horizonte lucía extraño, no podía distinguir ni siquiera los arboles más grandes. No había visto ningún animal, ni siquiera los mosquitos. No sentía calor, a pesar de que había corrido mucho. Pero estaba sudando mucho, sudando frío. El clima se sentía caliente, pero mi sudor estaba helado.

Ciertamente, había que notar que la ropa del tío Víctor estaba empapada, como si se hubiera echado a nadar con ella puesta. Ya había recuperado un poco el aliento. Se le veía un poco más tranquilo, así que, antes de continuar, pidió algo de comer y se dispuso a la mesa, manteniéndose cerca de la luz todo el tiempo.

Retomó donde lo había dejado mientras tomaba una pata de gallina y se la llevaba a la boca.

—No sabía qué hacer, pero era claro que tenía que mantener el silbido fuerte, así que hice mi mejor esfuerzo para ubicarme sin perder el rumbo hacia acá, caminando hacia los lados. Cuando el silbido estaba fuerte, empezaba a moverme hacia el frente otra vez. Así estuve un buen rato, pero nada, por más que daba vueltas y trataba de esquivarla, no avanzaba. La luz de esta casa se veía a la misma distancia.

»Ahí sí me entró el desespero. Me quedé quieto, se me bloqueó la mente. Ya no sabía hacia dónde agarrar y el silbido empezó a apagarse. Pensé que esas eran mis últimas. Empecé a dar gritos, pero nadie me respondía. No había eco, era como si el sonido de mi voz solo lo pudiera escuchar yo.

Se oyó un ruido que interrumpió la historia. Era el cuidador de la finca que recién había llegado de hacer una ronda, porque uno de los terneros se extravió, aunque ya lo había encontrado y lo dejó en el corral.

Después de unos segundos de silencio, y cuando ya nos dimos cuenta de quién había llegado, el tío siguió:

—Estaba ahí, paralizado. Me agarró el pánico y ya no era capaz de moverme. El silbido era casi inaudible, ya podía sentir que en cualquier momento la iba a ver, y estaba muy asustado. Cuando, de pronto, sentí que algo me tocó la pierna. Brinqué del susto, el corazón me latía a mil, pero se me había espantado el shock que no me dejaba moverme. Miré hacía abajo y era un conejo completamente blanco y de ojos rojos. No había visto ningún animal en todo ese rato, se me hizo muy extraño. Además, los conejos usualmente huyen de los animales más grandes, no se estrellan con ellos. «¿Un conejo que se está quedando ciego?», pensé, y por primera vez sentí que me había regresado el alma al cuerpo y se me salió una sonrisa. ¿No se supone que los conejos tienen excelente vista, y es lo que las mamás te dicen para que comas zanahoria? En ese momento, me olvidé de la bruja. Solo pensé en agarrar al conejo, no sé para qué. Pero justo cuando me agaché a cogerlo, echó a correr. Yo salí corriendo detrás de él, debí haberlo perseguido como medio minuto cuando me tropecé y me caí. Cuando me paré, ya el conejo no estaba, pero estaba cerca del portón de la casa. Anduve un poquito más, y los vi aquí sentados.

Justo en el momento que terminó la narración, llegó el cuidador.

—Don Víctor, lo vi por ahí dando vueltas. ¿Qué se le perdió?

—Me estaba persiguiendo una bruja —contestó con mucha tranquilidad.

El cuidador respondió con el mismo porte, como si fuera lo más común del mundo.

—Qué bueno que no pasó a mayores. Yo ahorita estuve por su casa, y su mujer estaba rezando. Me dijo que usted había salido hace un rato, y que le mirara por dónde iba en mi regreso. Que le había dado un mal presentimiento y no le gusta esa maña suya de salir sin la linterna.

En ese momento, el tío preguntó la hora.

—Faltan diez para las nueve, tío —le respondí.

—Salí hace casi una hora de la casa, con razón. Ya me voy, solo venía a saludarlos y a traerles queso.

Se levantó de la mesa. Mi papá le dijo que se llevara una linterna, pero la rechazó.

—La luna está hermosa y la luz de la linterna me quita más visibilidad de la que me da. Más bien, voy a apurarme a llegar; mi mujer ya debe estar preocupada y yo sé que ella no deja de rezar hasta que llegue.

Luego de decir esto último, se dirigió, apaciguado, al mismo camino por el que había llegado.

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Creación propia

Santiago Sánchez

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6 thoughts on “La bruja y el tío Víctor”

  1. Sinceramente, y perdón la ignorancia, se me está haciendo difícil entender la historia. De todos modos, cabe decir que la redacción es excelente.

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