Baños públicos

Tiempo de lectura: Cerca de 10 minutos.

Tiempo de lectura: cerca de 10 minutos.

Darksparx creó esta historia, escrita originalmente en inglés bajo el título Public Restrooms.

Traductor: Creepypastas​.com


Era tarde, justo alrededor de las ocho de la noche. En noviembre, esto significaba que las sombras de la noche ya estaban deglutiendo al mundo. Pero no hacía frío afuera. El viento era gentil y acarreaba el olor del follaje gracias a los varios jardines que tapizaban el terreno del campus.

Paseé por las aceras mientras admiraba el clima. Amaba la noche, en especial cuando las estrellas habían salido. Desafortunadamente, no podían ser vistas desde aquí incluso en la más clara de las noches, dado que la universidad estaba ubicada afuera de la ciudad.

Una ardilla amistosa se cruzó en mi camino súbitamente, acercándose a solo centímetros de mis pies antes de alzar su mirada hacia mí y chacharearme como si le hubiera hecho una fechoría. No me mostré asustada en lo absoluto, y, con un movimiento repentino, la pisoteé. En lugar de escabullirse, la criatura permaneció plana en el suelo. Sentí que posiblemente podría arrodillarme y recoger a la criatura si hubiese querido. Sin embargo, había estado asistiendo a la universidad por meses y sabía por experiencia que la cosita se iría corriendo ante mi tacto.

Continué mi camino. Tenía un destino en mente y ya no me podía atrasar más.

Justo al frente, por los bordes exteriores del campus, estaba el único sanitario de mujeres que seguía abierto a esa hora. Por lo general, el campus como tal cierra temprano los viernes, así que tenía suerte de que hubiera al menos uno que no estuviera asegurado, aún más si consideraba que tenía un viaje de una hora por delante. Sinceramente, no tenía ganas de detenerme en una estación de gas para un propósito como ese tan tarde durante el día.

Al girar por el último edificio, llegué a la estructura solitaria. Miré detrás cuando una brisa captó mi atención. El estacionamiento estaba a unas cuantas yardas de distancia, rodeado por el césped verde y llano de la universidad. Los edificios del campus estaban oscuros, entre las sombras; la mayoría ya no estaba albergando ninguna clase a esa hora. Cuando vi que no había nadie ahí, continué mi camino.

La puerta chilló a modo de protesta cuando entré; había óxido cubriendo las bisagras y descarapelándose ágilmente. El sonido reverberó en la habitación pequeña. Como era normal para los sanitarios, el piso estaba hecho de linóleo, las paredes eran de un blanco genérico y una sola luz amarilla iluminaba los seis cubículos que estaban alineados contra la pared.

Solo había dos lavados y un solo rollo de toallas sanitarias que estaba colgando encima de un basurero. Caminé a un lado y, como era usual, escogí el cubículo que se encontraba a un lado del cubículo para discapacitados. Siempre me sentía mal cada vez que entraba al cubículo para discapacitados, porque están diseñados para quienes tienen problemas usando los retretes regulares. Cuando era más joven, encontraba gusto en lo espacioso de esos cubículos, pero ahora soy más consciente.

A pesar de la creencia popular, los sanitarios de las mujeres no huelen precisamente mejor que los de los hombres. Por diversas razones, para mí siempre han olido peor. En la escuela secundaria, fui retada una vez a entrar a cada uno de los sanitarios de los hombres en la institución. Lo hice, por supuesto, siendo la temeraria que era.

Esta vez olía peor. Como si algo hubiese muerto y luego lo hubiesen dejado a que se pudriera en el pequeño basurero suspendido entre uno de los cubículos. Conociendo el tipo de cosas que normalmente tirarían ahí, no sentí la prisa por investigar y me enfoqué en mis asuntos.

No fue hasta que terminé, que lo escuché. Un ligero sonido de jadeo, como si alguien con asma estuviera en el cubículo a mi lado.

Dado que no escuché que nadie hubiera entrado en los sanitarios, hice lo inmaduro y eché un vistazo. Me incliné y giré mi cabeza hasta que pude ver por debajo de la pared a mi izquierda, lo cual me permitió espiar a los cuatro cubículos a mi lado.

Al principio, no vi nada. Todos estaban vacíos, así que supuse que el sonido de seguro había provenido del cubículo para discapacitados que estaba a mi lado. Antes de que pudiera girar mi cabeza, noté que un par de piernas se dejaron caer sobre el suelo del cubículo que estaba al final.

Fue ahí cuando me di cuenta de que alguien estaba sobre el retrete del primer cubículo. Sus piernas estaban desnudas, lo cual probablemente significaba que su dueña utilizaba un vestido o pantalones cortos. En cuanto a la ausencia de zapatos, no estaba segura. Las personas no caminan por la ciudad simplemente descalzas. Aliviada de haber encontrado al culpable, suspiré y cerré mis ojos, lista para sentarme derecha si algo más sucedía.

Una cabeza brotó desde el primer cubículo, que obviamente pertenecía a la misma persona de las piernas, pero algo se veía raro en ella. Parecía ser una chica castaña con cabello rebelde y descuidado. Su piel era bastante pálida, como si no hubiese visto la luz del día en mucho tiempo. Las facciones de su rostro eran más prominentes —delgadas y oscurecidas—. Se veía un tanto joven como para estar asistiendo a la universidad; ¿quizá era una estudiante de primer año de secundaria? De cualquier forma, sus mejillas y ojos estaban hundidos anormalmente. Sin embargo, sus ojos parecían ser de un negro puro.

Me encontraba a cuatro cubículos de distancia, confeccionando todo tipo de juicios acerca de la chica, cuando me di cuenta de que acababa de ser descubierta espiándola. Eso fue un tanto embarazoso, así que me enderecé de inmediato, sonrojándome furiosamente.

¿Me debería disculpar? ¿Las personas hacen eso en los baños públicos? ¿Y qué hay de sus ojos?

Hice a un lado la última pregunta, suponiendo que había sido producto de mi imaginación. Solo se veían de esa manera porque estaba tan alejada que no la podía ver apropiadamente.

Me paré, lista para salir del cubículo e irme con tal de sacudir mi vergüenza, pero escuché algo más. Algo… inusual.

Era un sonido de movimiento, como si alguien tratara de deslizarse por debajo de los cubículos. Los cabellos del reverso de mi cuello se me pusieron de punta cuando me di cuenta de lo extraño que la situación se había tornado. ¿Por qué estaba escalando por debajo de los cubículos? ¿Era autista y se había perdido? Eso ciertamente explicaría su apariencia. ¿Quizá se había alejado de su tutor y decidió jugar en el baño de las mujeres? Después de todo, nunca estaba cerrado, ni siquiera durante la madrugada.

Decidí que iba a llamar a la policía y reportarla en caso de que fuera una persona desaparecida. Tampoco quería asustarla; la pobre se veía enferma y probablemente estaba famélica.

Así que recuperé mi compostura y me incliné, solo para descubrir que la chica me estaba mirando desde un cubículo más cerca. Originalmente, iba a tratar de conseguir su nombre, pero me detuve en seco cuando mis ojos contemplaron su figura.

Sus ojos eran negros, no había duda. Tan negros como el carbón. Su piel era pálida y estaba agrietada en varios lugares, como si se hubiera secado y ya no retuviera ni una sola gota de humedad. Su garganta, la cual no había notado antes, tenía lo que parecía ser un corte horizontal con algún tipo de residuo seco y oscurecido a lo largo de los bordes. Sin embargo, no podía discernir el resto de ella, dado que solo su cabeza se estaba asomando por debajo del cubículo. No podía identificar el resto, pero, para este punto, no quería.

Esa cosa no era humana.

El miedo me sujetó a medida que me senté. Mis nervios se intensificaron y mi respiración comenzó a acelerarse. Había sentido como si mi corazón fuera a saltar desde mi pecho de un golpe.

Si trataba de salir corriendo del sanitario, tendría que ser más veloz que esa cosa.

Cerré mis ojos en tanto las imágenes de ella saltando encima de mí, y convirtiéndome en jirones, empezó a llenar mi cabeza. ¿Cómo podría esquivarla?

No sé cuánto tiempo estuve ahí entrando en pánico, pero sí noté cuando comenzó a moverse de nuevo. Pero esta vez escuché golpes secos, como si estuviera golpeando las paredes gentilmente. El latido de mi corazón se propulsó hasta el cielo mientras trataba de permanecer en calma, contenta de haber terminado con mis asuntos. Por un momento, consideré simplemente correr a un lado de ella. Era mi única oportunidad, dado que no tenía más opciones. Luego me di cuenta de algo.

Se había detenido.

Comencé a agudizar mis oídos para localizar a la criatura por medio del sonido, pero no escuché nada. Los ruidos de jadeo se habían ido y ya no escuchaba a la cosa moviéndose o golpeando las paredes. ¿En verdad estaba ahí?

Sabía que tenía que mirar. Ahora existía la posibilidad de que estuviera parada por la salida. O peor: podría estar afuera de mi cubículo.

Tenía que tomar una decisión rápido mientras contemplaba las posibilidades. Finalmente, me ahombré y eché un último vistazo por debajo de los cubículos. La cosa había desaparecido. Así que —habiendo contenido mi aliento inconscientemente—, miré de reojo hacia la salida.

Nada.

Una ola de alivio me bañó justo a tiempo para que un sonido de movimiento a mi derecha captara mi atención. Antes de que pudiera procesar lo que era, giré mi cabeza, temiendo que ella me hubiera estado observando a solo centímetros desde el cubículo que no me había molestado en inspeccionar. Lo que vi fue un par de botas de montaña.

Me tomó un momento para procesar esto. Había alguien en el cubículo para discapacitados. ¿Cuándo había llegado ahí?

Oh, a quién le importaba. ¡Había alguien más conmigo! Y aunque no tenía idea de quién era esta persona, a raíz de esa… cosa…, me sentía en paz sabiendo que ya no estaba sola.

Como era usual, mi sentido de alivio duró poco cuando noté el sonido de jadeo que provenía desde adentro de mi cubículo.

Me congelé por un minuto completo antes de que fuera capaz de ver hacia arriba.

Ahí estaba.

Una explosión de aire fétido me bañó —mucho más fuerte que la peste original—. Su rostro se había contorsionado por la ira. Su cabello salvaje se había anudado y estaba volando por encima de su cabeza, en tanto que esos agujeros negros miraban con desprecio a mi alma misma. Su boca se había moldeado en una mueca feroz, partiendo sus labios y revelando sus dientes podridos. Fue entonces, mientras estaba mirando a los ojos de ese monstruo, que llegué a una conclusión.

Estaba hambrienta… y me deseaba.

Ese pensamiento fue la única motivación que necesité para salir corriendo. Pateé la puerta con tanta fuerza, que el seguro se desprendió de inmediato y me precipité hasta la salida.

Quería huir hacia mi auto, conducir a casa, ovillarme en mi cama y pretender que todo había sido una pesadilla, y lo hubiera hecho de no haber sido por la chica con la que casi me tropiezo. Logré quitarme de su camino justo a tiempo. La chica estaba vistiendo con una chaqueta pequeña un tanto a la moda, pantalones ligeramente rotos y una camiseta sin mangas. Me lanzó una mirada extraña antes de ir al sanitario.

Debí haberle dicho algo; quizá haberle advertido de lo que esperaba allí adentro. Pero mientras permanecía parada, agudizando mis orejas de nuevo para poder escuchar el más vago de los sonidos, el silencio cayó sobre mí.

Unos momentos después, empecé a unir todas las piezas. Quienquiera que estuviera en el cubículo para discapacitados debió de haber tenido sus pies levantados desde un principio cuando yo entré. Probablemente, estaban grabando los sonidos, anticipando gritos. O peor: estaban filmándome en el cubículo. La otra chica tuvo que haber sido una actriz muy bien vestida que estaba ahí para sacarle la mierda del susto a cualquier pobre alma que deambulara en el sanitario.

Pues, ¡que se jodan!

Me di la vuelta y me apresuré hacia mi auto, habiendo sacado el celular. Le informé a la policía acerca de la escoria que me había estado filmando en el cubículo. Sabía que filmar a alguien en un baño, por broma o no, era ilegal.

Dijeron que lo revisarían y que podía conducir a casa sin preocupaciones…

Al día siguiente, llegué al campus solo para descubrir que había sido clausurado y que estaba infestado con autos de policía y oficiales. Una chica había sido asesinada en el sanitario de mujeres la noche anterior. El tiempo estimado de muerte eran las ocho de la noche con treinta y cuatro minutos. Era la chica con la que me había encontrado.

Aparentemente, había habido una serie de asesinatos en la ciudad. Un hombre había sido visto en algunos de los sitios, evacuando los sanitarios de mujeres en donde las chicas eran encontradas. Esperaba en los cubículos para discapacitados hasta que las chicas se dirigían al lavado, y entonces salía por detrás de ellas y les cortaba la garganta.

Fuera lo que fuera esa cosa que vi en el sanitario, me había salvado.

Traducción mía:
http://www.creepypasta.org/creepypasta/public-restrooms

Tubbiefox

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