Bang

Tiempo de lectura: Cerca de 5 minutos.

Es una gran mentira creer que las historietas de superhéroes son solo cosas de niños, adolescentes o jóvenes adultos. Sí, por supuesto, las historias y los personajes quizás sí sean para el restringido grupo de edad mencionado, ¿pero quieren saber algo interesante? Está bien comprobado que no hay edad en la que el ser humano nunca se pregunte cómo sería la vida teniendo superpoderes. Seguro, cuando estamos niños solo queremos saltar por el balcón y volar, o lanzar energía con las manos. Pero conforme vamos madurando, nosotros no abandonamos esos pensamientos, empezamos a pensar cómo sería la vida si pudiéramos leer la mente. Empezamos a imaginarnos lo bueno que sería si pudiéramos causar algún daño a distancia, y pocos son los que tienen el corazón para contemplar cómo sería de manera realista todo eso, y lo peligroso que nosotros podríamos ser. Simple y llanamente, no sabríamos cómo controlarlo en una sociedad que no estaría al tanto de que tenemos un poder especial y que es mejor que no lo supiera; eso lo sabemos todos de forma implícita, ya que la vida se volvería un infierno. Quiero que piensen cómo sería la vida con superpoderes, y de manera realista ¿creen que en verdad mejoraría su vida, en especial sin tener ningún guía?

Imagínense esto, dos niños jugando. David está sentado en una banca, es un buen niño. Todavía es muy joven pero se puede vislumbrar que va a ser un buen estudiante. La maestra lo quiere muchísimo, tiene una amistad muy especial con ella. David está con Roberto y están jugando a un juego típicamente norteamericano: indios y vaqueros. Una sociedad tan acostumbrada a las armas como la norteamericana no ve nada de malo en esto, así que David se levanta y empieza a corretear a Roberto, y Roberto lo corretea de vuelta, y como David es un niño sumamente humilde y manso, toma el papel del indio y no le importa. Roberto está detrás de él, apuntándole con una escopeta de aire.

—¡Bang, bang bang! —dice Roberto.

Por supuesto, el pobre Roberto no sabe que en esa época las escopetas no eran ametralladoras. David va corriendo y corriendo más para complacer a su amiguito. Entonces, el juego toma una vuelta completamente normal, en la que David finge recoger la escopeta de Roberto y apuntarle en la cabeza. David le dice a Roberto con su linda voz de niño:

—Ajá… ¡tengo tu arma! Ahora vas a ver.

David lo mira y dice «¡Bang!». En ese momento, por pura casualidad, la cabeza de Robert explota en un lindo maremoto de tonos rojos y color carne. David abre los ojos y la boca en consonancia poco a poco mientras las aletas de la nariz se van hinchando. Su piel se vuelve roja y empieza a gritar llorando, y los gritos pronto se convierten en aullidos. Salen los padres de David y de Roberto, quienes estaban bebiendo dentro de la casa. La mamá de Roberto se pone a gritar, se jala de los pelos, va corriendo, se lanza sobre el piso y recoge tiernamente el cuerpo decapitado con los pedazos sangrientos de carne colgando, todavía chorreando, de su hijito. Y grita, y grita, y grita, y el papá se desmaya. ¿Qué va a hacer la policía? Obviamente le dice a los padres de Roberto que esto es algo que ocurre un promedio de veintiséis veces al año en los Estados Unidos: fue la culpa de una bala perdida.

—Algún maldito imbécil se puso a limpiar su escopeta y mató a su hijo; vamos a encontrarlo.

Obviamente no pueden encontrarlo y el caso se dificulta muchísimo, ya que, siendo una escopeta, es bastante fácil saber la distancia de donde se debió haber disparado, y ningún vecino tiene escopeta. Así que las cosas se quedan así. Cabe aclarar que David no dice lo que pasó, no puede, no encuentra la fuerza interior para hacerlo. Queda traumatizado y va al psicólogo, pero este no lo puede ayudar por razones obvias. David sabe, incluso desde la más tierna infancia, que no debe de decir nada, no por cobardía, sino porque ya sabe que lo que sucedió es difícil de explicar a los adultos. Por honor a Roberto, David nunca volvió a jugar indios y vaqueros y creció con pocos amigos.

Tres años después está en la escuela, en pleno recreo y hay una niña que es codiciada por todos los chicos, precisamente porque es muy poco femenina, porque le gustan los juegos de niños. Todos están jugando, mientras que David está sentado en una banca. La niña, llamada Laura, se pone detrás de David y le apunta con dos dedos en la nuca y le dice:

—Te atrapé…

David sigue el juego con cara de asustado. Suelta su manzanita y levanta sus bracitos con una sonrisa en la cara. Ella le dice:

—Voltéate.

David se voltea con la sonrisa. Y como una pequeña psicópata en entrenamiento, lo ejecuta.

—¡Bang, bang, bang! —dice Laura.

David se trata de hacer el muerto en la silla como parte del juego. Entonces, ella le dice:

—Bueno, ahora es tu turno, ¿qué vas a hacer?

David encoje los hombros. Entonces, Laura saca su lado malicioso y le dice:

—Bah, eres un mariquita, ¿no harás nada? ¡Dispárame!

David se queda frío, trata de no pensar mucho en el pasado. Sabe que los demás compañeros están mirando y que va a quedar muy mal. Ella vuelve a gritarle mariquita y que le dispare. Entonces él sonríe fingiendo picardía, tratando de quedar como un completo estúpido, y le apunta.

—Bang…

El cuerpo de Laura sale disparado por lo menos unos cinco metros, de hecho, sale volando por encima de dos mesas y se estrella en la tercera, rompiendo una silla. Ya estaba bastante muerta para el momento en que su cráneo se fracturó al darse contra el reverso de la mesa, y tal fue el impacto, que incluso perdió un bracito. Todos los niños gritaron y se volvieron locos, ¿pero qué fue de David? Mejor, ni hablar. Se puso las manos en la cabeza y empezó a gritar y a llorar descontroladamente, gritó incluso más duro que los demás. Llegaron los padres de Laura, los de David, y los de todo el mundo. ¿Y qué iban a hacer los adultos? Catalogarlo como otra bala perdida y como una horrible coincidencia.

David crece solitario, reprimido y sin amigos, pero tiene muchas cosas maravillosas que ofrecer al mundo y a sus seres amados. Cuando David tiene veintiún años, se consigue una novia a la que ama con toda su alma, no solo por el simple amor en sí, sino porque es lo único que tiene aparte de sus padres. Qué pena que un día tuvieron una pelea, una pelea normal de parejas, y lo único que hizo fue apuntarle con el dedo, sin siquiera decir «Bang». La cabeza de su novia voló en pedazos. Así que ahí se quedó David, sentado, sin llamar a la policía, al lado del cadáver de su novia. Lo único que le quedaba era apuntarse con su mano a la cabeza, y decir «Bang»…

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18 comentarios de “Bang”

  1. disculpa mi ignorancia pero me dio mucha risaxd y mas por la parte en la que ya el pobre david no hace ms que quedarse quieto porque ya esta arrecho de la misma vaina jajajajajja

  2. Que buena historia quien dice que no existe el crimen perfecto?! Ya la habia leido en otra version mucho mas corta pero esta me gusto mas…que bueno que subiste mas historias pense que ya estaba completamente abandonada la pagina

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