Si tu voz deja de hacer eco, cancela tu viaje por carretera

Tiempo de lectura: cerca de 7 minutos.

Matt Dymerski creó esta historia, escrita originalmente en inglés bajo el título If Your Voice Stops Echoing, Cancel Your Road Trip.

Traductor: Creepypastas​.com


No me entristece el fallecimiento reciente de mi abuelo. En su lugar, estoy motivado a compartir lo que mejor recuerdo de él. Esto sucedió a mis ocho años, y hubiera sido imposible que yo sobreviviera si mi abuelo no hubiera estado detrás del volante.

Estábamos en un viaje de pesca ese día. Mi papá tuvo la intención de unírsenos, pero le surgió algo, así que solo éramos nosotros dos por primera vez. Me sentía un poco incómodo cerca de mi abuelo porque nunca había estado a solas con él. Siempre había observado a los demás interactuar con él, pero un niño de ocho años tenía poco que decirle. También estaba maravillado por cómo él actuaba con mi papá de la misma forma en la que mi papá actuaba conmigo; concretamente, una voz de autoridad. Cuando mi abuelo me contó sobre los diferentes tipos de pescado y qué carnadas usar, lo escuché como si hacerlo fuera la cosa más importante del mundo. Resultó ser algo bueno que tomara sus palabras tan en serio.

Comenzó muy inofensivamente. A medida que caminábamos por el pequeño desfiladero para regresar al auto, pude escuchar la voz de mi abuelo haciendo eco por las paredes de roca altas. Tuve mucho tiempo para merodear en tanto él empacaba nuestras cosas en el auto, y lo utilicé para regresar a aquella área y gritar. Extrañamente, mi grito solo hizo eco una vez y con debilidad. Por más que gritaba, no escuchaba ningún reflejo del ruido.

Era muy joven en ese entonces como para entender realmente lo imposible que era eso. Solo asumí que estaba gritando mal, o que mi abuelo tenía un timbre especial de adulto que le permitía a su voz hacer eco, mientras que la mía solo se extinguía. Aun así, me molestaba, y al final lo mencioné durante nuestro viaje de regreso por la carretera.

Todo sobre ese momento se talló en mi memoria. Eran las tres de la tarde con veintidós minutos según el tablero electrónico del auto. El cielo se había aclarado en su mayoría con algunos rastros de blanco, y los ojos de mi abuelo eran orbes amplios y alarmados posándose en mí, mientras que sus nudillos blancos se endurecían alrededor del volante.

—¿Qué dijiste, chico?

—Te pregunté cómo puedo hacer eco al igual que tú —le dije, sintiendo el temor súbito de que había hecho algo malo—. Grité, pero no pude hacer eco.

Normalmente, su rostro era entrecruzado por líneas que se extendían a lo largo de su piel caída y relajada. En ese momento, su frente y mejillas abandonaron su suavidad, y precipitó su mirada de izquierda a derecha rápidamente. No pareció haber encontrado lo que estaba buscando a través de las ventanas, pero no se vio más tranquilo.

—Toma. —Se reclinó y abrió la guantera frente a mí para sacar una bolsa de gomas de caramelo. Sonreí por un momento, pero no me las estaba dando como un regalo de la manera en la que había pretendido—. Cómetelas todas.

Sostuve la bolsa en mis manos. Se veía como un festín masivo. Si se me hubiera dado la libertad, de seguro me las habría comido todas, pero no de una sola vez.

—¿Por qué?

—¡Cómetelas todas, chico! —dijo con brusquedad; su tono no admitía ninguna protesta.

Empecé a meter las gomas de caramelo en mi boca. Él vio hacia abajo y alrededor, luego por el asiento trasero, y luego a sus termos de viaje en el posavasos entre nosotros. Lo empujó hacia mi mano y lo unió a la bolsa efervescente de gomas de caramelos.

—Bébete esto. ¡Todo!

—¡No tengo permiso de beber café! —le respondí— Mamá…

Me interrumpió:

—Tu madre lo entenderá. Bébetelo. Sé que tiene un mal sabor, pero termínatelo todo.

Su mirada se reenfocó en algo más allá de mí, y giré mi cabeza a mi ventana para ver las colinas arboladas rodando a distintas velocidades según su distancia. Las colinas más lejanas, en el horizonte, apenas parecían estarse moviendo, aunque podía discernir una mancha pequeña encima de una de ellas.

Mi abuelo sujetó mi hombro con una mano.

—¡Bebe, chico! ¡Bebe! ¡Y cómete esas gomas de caramelo! Necesitas el azúcar y la cafeína. Va a tratar de hacer que te duermas. ¡No lo dejes!

Decir que estaba asustado sería un eufemismo. Ninguna parte de mí pensaba que esto era algún tipo de broma. Él era demasiado reservado y austero para eso. El café sabía terrible, pero me lo tragué todo hasta que no quedó nada. Después de eso, empecé a devorar las gomas de caramelo enteras hasta que la bolsa estaba vacía. Volteé hacia mi derecha. La mancha en la distancia seguía ahí, pero ahora estaba un rango de colinas más cerca. Aún era diminuta, pero realizaba un movimiento similar a algo ondeándose de atrás hacia adelante.

Miré a mi abuelo con recelo. Él, a su vez, apartó su mirada de la cosa en la distancia para enfocarse en mi cara. Exhaló por su nariz y volteó hacia el frente, determinado de una forma en la que nunca lo había visto antes. Sus piernas se movieron y el auto empezó a acelerar. Ya habíamos estado yendo al límite de velocidad en la carretera vacía.

La azúcar, la cafeína y el miedo comenzaron a tener un efecto en mí. Recuerdo a mis mejillas y frente calentándose, y a mis manos sudando cada vez más.

—¿Qué está pasando? ¡Estoy asustado!

—Mantente asustado —Inhaló y sus ojos permanecieron en el camino sin que dejase de pisar el acelerador; pude ver a la aguja pasar los ciento treinta kilómetros por hora—. Eso ayudará a que estés despierto. Esta cosa, esta maldita cosa vino por tu abuela, y empezó de la misma manera. Justo antes de un viaje largo, notamos que su voz dejó de hacer eco —Su rostro se deformó en una máscara de furia—. Pero los autos son mucho mejores ahora de lo que eran antes. No dejaré que te lleve.

Mi espalda se lanzó poderosamente contra el asiento a medida que puso el pedal en el suelo. Me fijé en que la aguja pasó los ciento cincuenta kilómetros, y luego me asomé por la ventana de nuevo.

Estaba aún más cerca, y ahora se hacía visible como la silueta de un hombre corriendo por las colinas, entre los árboles, y encima de rocas grandes paralelas a nosotros.

—¡Aún sigue ahí!

Mi abuelo gruñó con enojo y empujó su pie hacia abajo sonoramente. Me agarré de mi reposabrazos y de la manija de la puerta conforme nuestro auto alcanzó un máximo de ciento sesenta kilómetros por hora y empezó a sacudirse. Me pareció que estábamos en un proyectil mínimamente controlado más allá de cualquier límite de seguridad, y me aterrorizaba la idea de que la carretera dejaría de estar sola y embestiríamos otro auto o un camión.

Pero incluso a través de ese miedo y adrenalina sobrecogedora, un cansancio helado se logró filtrar por mi columna. Mis ojos se sentían pesados, y, adormilado, vi hacia mi derecha. La impresión me despertó de nuevo.

Ahora estaba en el hombro de grava de la carretera: una silueta humanoide negra corriendo a una velocidad increíble al lado de nuestro auto. Dentro de esa oscuridad móvil, se veían puntitos encendidos que me hicieron sentir como si estuviera contemplando la noche misma. El sol de la tarde ardía en el cielo por encima y por detrás de ello sin surtir efecto.

Observando cómo sus pies borrosos empezaron a correr a toda velocidad por la línea pintada en el borde del camino, me sentí adormilado otra vez. Eso corría a nuestro lado, pero acercándose.

—¡Despierta! —gritó mi abuelo, arriesgando una mano afuera del volante para poder agitarme—. ¡Está tratando de drenar tu vida! ¡Despierta! —Movió el auto un carril hacia la izquierda, y, aún presionado contra mi asiento por la aceleración, miré hacia la persecución hipnotizante a la mitad de la carretera. Poco a poco, pies negros aterrizaban entre cada zancada, manteniendo nuestro ritmo.

Recuerdo que el auto se sacudía agresivamente a mi alrededor como había imaginado que lo haría un transbordador espacial. Sabía que nos estábamos acercando a los doscientos kilómetros, y acercándonos a lo más que el auto podía ofrecer. En ese momento, me perdí en las estrellas de esas piernas de vacío a medida que corría junto al auto y se avecinaba con una mano para abrir la puerta.

El viento estalló a mi alrededor cuando la tormenta de doscientos kilómetros por hora arremetió contra mi ropa y cabello. Sobresaltándome, grité y mi abuelo movió el auto a la izquierda tanto como pudo sin sacarnos del camino. No importó, la silueta sostuvo la puerta abierta con su brazo estrellado y empezó a prepararse para saltar al auto. El otro brazo me agarraba el cuello, y el frío que me confirió no puede ser comunicado con simples palabras. La descripción más afín que puedo dar, es que la velocidad y fuerza desmedida de esa antítesis cósmica me detestaba. En algún lugar, el hielo y la antivida eran el estándar, moviéndose a velocidades absurdas por el vacío. Y esta cosa representaba una pequeña parte de esa voluntad exánime.

Pero no estaba aquí por completo. Solo podía interactuar con nosotros durante ciertas oportunidades. Mi abuelo emitió el único grito de terror que escuché de él cuando pareció que el auto se estaba desmantelando. Miré hacia el velocímetro y noté que la aguja estaba enterrada ilegiblemente en la banda plástica de rojo, y sentí a la sábana pesada del sueño caer sobre mí mientras la silueta trataba de tomarme, pero fallaba en alcanzarme.

Mi abuelo cerró la puerta de golpe, cortando el viento.

Centímetro a centímetro, comenzamos a alejarnos.

Corrió con furia, a nuestro lado, pero la entidad era tan solo un poco más lenta.

Habíamos escapado. Desperté en un hospital varios días después. Mi abuelo no le contó la historia real a nadie, por supuesto, pero los doctores tuvieron suficientes distracciones. De alguna forma, había perdido un número de electrolitos vitales, sales y demás, y atribuyeron mi coma a una especie de desequilibrio dietético grave.

Pero yo sabía la verdad. Y me he asegurado de decirles a las personas que me importan sobre el pequeño consejo que mi abuelo me dejó. No es prioritario si tiene sentido para ti o no; solo presta atención. Aún está ahí afuera, en el campo abierto del medio oeste, y probablemente ha estado ahí siempre —pero nunca tuvo problemas antes de que incorporáramos las grandes velocidades a nuestro diario vivir—. Todos los días mueren personas por haberse quedado dormidas al volante, y ahora sé con seguridad que no todos esos sucesos son inocentes.

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