Olvídame

Olvídame ganó como la tercer mejor historia enviada en el mes de julio, 2016.


Fui una hermosa joven una vez, llena de amor y vida. Mi piel blanca como el lirio era suave y cálida, mi estómago hinchado con vida nueva, y mi mano sostenida por mi esposo, Eduardo. Eduardo era un buen hombre. Nos casamos jóvenes, en la primavera, cuando el aire estaba impregnado con la esencia de los árboles floreciendo y la tierra húmeda con el rocío. Recuerdo cómo sonrió cuando levantó mi velo, como si me hubiera visto por la primera vez. Sus ojos eran suaves y azules, arrugándose a los costados mientras me decía que me amaba. ¿Cómo podría haber sabido que este hombre se convertiría en mi maldición? Este hombre gentil, amable, cuyo amor me dio tanta vida que quizá viviría para siempre.

El invierno llegó y mi estómago se abultó con el fruto de nuestro amor. Los vientos fríos obligaban a que me quedara dentro, y las mucamas atendían cada una de mis necesidades. Varios días pasé cosiendo frente al fuego, cantando canciones suavemente sin querer durante horas y horas.

Y entonces, una noche, lo sentí.

El dolor era inmenso, como si hubiera sido rasgada desde adentro. Grité por mis mucamas, y una tomó mi brazo y trató de llevarme a mi cuarto. Otra corrió a por Eduardo y él vino estrellándose a través de la puerta, su comportamiento salvaje con miedo y ansias. Tomó mi otro brazo y me llevaron gimiendo por las escaleras, lamentándome y resoplando con el paseo. Cuando finalmente estaba a salvo en mi cama, el doctor vino. Fue por su camino, y me ordenó pujar y respirar mientras Eduardo sostenía mi mano; los dos estábamos empapados con sudor. De repente, el doctor paró. Habló silenciosamente con la partera y acompañó a Eduardo afuera del cuarto. Él protestó como nunca, gritando sobre su hombro: «¡Estoy contigo, Johanna!».

Sonreí a través de las colas de rata de mi pelo mojado y lo calmé: «No temas por mí, Eduardo. Estaré a salvo aquí». Mi voz, aunque rasgada por el dolor, sonó sorpresivamente calmada. Me miró de vuelta desesperadamente, y la puerta fue cerrada frente a él.

Esa fue la última vez que verdaderamente vi a Eduardo. El doctor dijo que estaba sangrando demasiado y que él no podía pararlo. Lloré: «¡Mi bebé! ¿Mi bebé va a vivir?», pero lo juro por mi vida que no puedo recordar si me contestó. En ese instante, el mundo pareció volverse entumecido. El dolor continuaba, pero menos intenso, como un cuchillo romo. El cuarto pareció tornarse gris ante mis ojos. Podía ver al doctor levantando a mi bebé en una manta empapada con sangre, pero todo lo que pude escuchar fue el colosal zumbido en mis oídos, y no supe si la criatura lloró. La oscuridad se intensificó desde las esquinas de mis ojos, como si estuviera cayendo por un agujero sin fin, y finalmente, me envolvió por completo.

Aún así, no me fui realmente. Era nueva, levantada de mi cuerpo y parada en la esquina de mi cuarto. Por un momento todo estuvo en silencio, menos el zumbido, aunque la luz había vuelto a mí. Vi al doctor abrir la puerta y hablar con Eduardo, y lo vi caer en sus rodillas y gritar en dolor. Vi a las mucamas sorprenderse y tapar sus bocas, y a la partera meciendo a mi bebé en sus brazos, cantando suavemente, sus ojos rojos y punzantes. Y vi mi cuerpo, estirado en esa cama sangrienta, mis ojos aún abiertos y mirándome directo. Traté de tocar mi mano, pero mis dedos pasaron a través. Nos miramos por un momento, como si tuviera la esperanza de que mi cuerpo parpadeara y se sentara. Aun así me acosté ahí, estoica, muerta testarudamente, y sentí cómo me achicaba, como si estuviera siendo drenada completamente de todo lo demás.

Luego, todos los sonidos brotaron de nuevo y me despertaron de mi estupor; los sollozos de Eduardo, el llanto de las mucamas y los gritos de mi bebé. Fui hasta la partera, aunque ella no me vio. En sus brazos rellenos, él se veía tan pequeño. Él también estaba cubierto en sangre, pero estaba muy vivo. Sus llantos fueron la cosa más hermosa que alguna vez había oído, y entre toda la pérdida en mi hogar, nueva vida nos había agraciado.

Por un momento, Eduardo no miró a nuestro hijo. Dejó que las mucamas cambiaran las sábanas y me pusieran sobre nuevas como si estuviera dormida. Se acostó a mi lado y me abrazó toda la noche, sus lágrimas empapando mi fría y muerta piel. Era como si tratara de calentarme, de revivirme. Cuánto quería abrazarlo de regreso, decirle que seguía con él, pero no parecía haber forma. Así que me acosté del otro lado de mi cadáver, descansando y mirando a mi querido Eduardo dormir, deseando con todo mi corazón volver con él. Pero solo podía ver.

Eventualmente, los empresarios fúnebres vinieron a tomar mi cuerpo. Eduardo no se resistió, sino que se sentó y los miró con ojos hundidos y muertos de dolor. Él y yo nos levantamos juntos hacia la ventana mientras mirábamos al auto llevarme, y sostuve su mano. Aunque mis dedos fantasmales no podían sostener nada mundano, parecía sentirme, y miró a su mano por un tiempo largo; luego a mi cara, o donde estaría mi cara. Aumentó la presión en el aire, pero aún sentía que estábamos juntos, a través de los mundos de la vida y la muerte, y casi pude sentir la calidez de su mano en la mía.

No dijo nada de esto, por supuesto. Pero, esa noche, fue al cuarto del bebé, donde la enfermera se sentaba y tejía a su lado. La despidió y se sentó en su lugar. Vio a nuestro hijo, luego hacia la habitación. «¿Estás conmigo, Johanna?», dijo.

«¡Sí!», lloré, pero no podía escucharme. Esperó por una respuesta, y, desesperada, toqué el móvil sobre la cama con la punta de mis dedos. Se meció adelante y atrás, y Eduardo lo vio y supo que era yo. El bebé rio ante las aves tejidas que se movían con el móvil y estiró pequeñas manos regordetas hacia ellos.

Eduardo miró a nuestro hijo con amor y me habló de nuevo. «Mientras estés conmigo, mi querida, soy un hombre bendito. Pero el Cielo sabe que te extraño aunque estés aquí —acarició la cabeza del bebé—. Él es todo lo que tengo de ti ahora, mi pequeño. Él es la evidencia de nuestra unión, y no lo he nombrado aún —dejó que lágrimas cayeran por su cara mientras el niño tomaba su dedo en su pequeña palma—. Jonatán —susurró—. En memoria de mi Johanna».

Sonreí y me paré a su lado mientras acunaba a nuestro hijo, como un retrato familiar retorcido. Puse mi mano en su hombro y le cantamos juntos, una canción popular que mi madre me había cantado cuando era pequeña, y la madre de Eduardo a él.

Duerme ahora, mi amor, por toda la noche
Sueños suaves hasta la luz
Calienta tu corazón y calienta tu mente
Y te enseña sabiduría y amor amablemente.

Duerme ahora, mi amor, por todas las estrellas
Brillando, mirando a lo lejos
Todos los ángeles te verán en los arbustos
Mientras duermes a gusto.

Eduardo durmió en la silla esa noche, con Jonatán suavemente roncando en sus brazos. No pude dormir en mi nueva y espectral forma, pero estaba contenta de ver a mi familia y quedarme con ellos.

Pasaron tres años y Jonatán creció como un niño hermoso, con los ojos azules de Eduardo y mi cabello castaño. Las mucamas lo adoraban, y Eduardo se enamoró de él. Nos sentábamos en el piso juntos y jugábamos, y Jonatán parecía sentir mi presencia con él, justo como Eduardo. A veces, una mucama parecía ver a Eduardo hablándome y retrocedía a cotillear, pero ellas no nos molestaban. Éramos la familia perfecta.

Ese invierno, luego de su tercer cumpleaños, Jonatán se enfermó terriblemente. Su fiebre subió y gotas de sudor caían de su cabecita, y Eduardo lloraba por él. La tos era la peor parte. No podía sostener a mi bebé en mis brazos y decirle que todo estaría bien, sino solo pararme y mirar mientras tosía sangre y mocos. Su regordete cuerpecito se volvió demacrado y su cara se chupó con enfermedad. El doctor le dijo a Eduardo que era muy tarde para salvarlo, y que todo lo que podían hacer era tranquilizar su fallecimiento. Lloró toda la noche, sosteniendo la mano de mi dulce bebé, y cuando lloraba, lo llamaba Johanna.

Me preguntaba si mi bebé me acompañaría en la próxima vida, y si quizá pudiera tocarlo. Había visto otros espíritus en este reino: el fantasma del hijo del jardinero que fue aplastado por un árbol caído, el espectro del viejo que había vivido aquí antes que nosotros… pero no muchos. Había hablado con ellos una o dos veces, pero uno a uno me dejaron. El anciano fue primero, siguió adelante menos de un mes después de que había venido a este mundo, y el hijo del jardinero se fue cuando su padre murió, luego de que una terrible fuerza hizo que su corazón parara. Estaba sola en este lado de la realidad.

Supongo que era egoísta desear esto a costa de Eduardo, pero era una existencia tan solitaria. Nunca deseé la muerte de Jonatán, sino que vino por sí misma. Había estado enfermo por tanto tiempo, fue casi un alivio cuando finalmente falleció. Podía verlo en los ojos de Eduardo, detrás del dolor de su pérdida. Él sostuvo la mano de mi bebé tan fuerte que fue casi imposible para el doctor alejarlo; luego se encerró en nuestro cuarto, llorando sin control.

Yo también lloré. Había perdido a mi único hijo. Nunca más lo vería riéndose con Eduardo o revolverse en el regazo de la mucama, y aun así no vino a mí en la próxima vida. Esperé por días, pero él nunca apareció. Sentí el dolor de la pérdida en su máximo esplendor, verdaderamente se había ido, alejado de mí por siempre. Grité y aullé, y la tristeza se volvió furia, dándome la fuerza para mover vasijas de su lugar, romper espejos y abrir puertas en busca de mi hijo. Las mucamas ya se estaban volviendo locas de miedo y llamaron al sacerdote para exorcizar la casa, pero Eduardo no lo dejaba llevarme. Buscamos juntos, yo en el mundo de los espíritus y él en sus sueños, pero aún así no había signo de Jonatán. Eduardo casi ni dejaba su cuarto, sino que se sentaba en su cama y me hablaba, incluso cuando no estaba ahí con él. Supongo que lo tranquilizaba el no estar solo. Pero yo estaba sola, y tenía miedo de estarlo para siempre.

Varios doctores vinieron a verlo, amigos, e incluso religiosos, con la esperanza de hacer que su salud mejorara. Le dijeron: «No se detiene en los sueños. Todos debemos continuar», pero Eduardo se negaba. Expresó su miedo a ellos diciéndoles que yo me había quedado, pero Jonatán no había vuelto. Preguntó si Jonatán estaba perdido y asustado, o si era yo la que me había quedado atrás. Ellos solo negaron con la cabeza. «Johanna no está aquí», decían, mientras yo sostenía su mano.

Mientras mi miseria crecía, me hice más fuerte con ella. El rumor rápidamente se esparció por la ciudad sobre fantasmas en mi hogar. Los sirvientes le contaron a sus amigos de cosas moviéndose fuera de lugar, de puertas abriéndose y cerrándose solas, velas apagándose sin viento y mis llantos sin cuerpo haciendo eco en la casa. Una mucama, simple criatura llamada Marianne, estaba limpiando el mantel una noche cálida de junio, y miró al espejo. Detrás de ella, vio mi imagen fantasmal, oscurecida por furia y pérdida, pero cuando se volteó, no pudo verme. Renunció esa noche. El cocinero no tardó en unírsele luego de que forcé que los cuchillos se clavaran en la pared cerca de donde él estaba parado. Nunca quise lastimarlos, solo alejarlos; así podríamos estar solos, mi esposo y yo. Esos rumores que esparcían eran tóxicos para él, y sabía que tenía que protegerlo. No tenía idea de lo que deparaba mi propio destino.

Un año entero pasó, y cada sirviente en el área se negó a trabajar para Eduardo en su casa encantada. Jonatán aún no volvía a casa, así que Eduardo y yo nos sentábamos cerca de la chimenea y esperábamos, en silencio. Con los entrometidos sirvientes lejos, no tenía necesidad de actuar con furia, solo de amar a mi esposo. Leía sus libros y me sentaba en mi silla y lo miraba, pacíficamente. Cuando estábamos juntos, me sentía segura de nuevo, pero cuando él dormía, sentía que el miedo y la soledad volvían de nuevo a mí como vómito subiendo por mi garganta, y una vez más destruí la casa y lloré por Jonatán.

Eduardo se colgó en el quinto aniversario de mi muerte y el nacimiento de Jonatán, desde el candelabro de la sala de estar. Me pregunto si verdaderamente traté de salvarlo, o lo dejé morir para que estuviera conmigo. No puedo recordarlo ahora, han pasado muchos años. Nadie ha trabajado para mi esposo por tanto tiempo, pasaron días antes de que encontraron su cuerpo, pudriéndose desde las vigas.

El mito continuó con nuestro legado por nosotros. Muchas familias se mudaron aquí luego de que Eduardo muriera, pero ninguna duraba demasiado. Todas se iban en un apuro, clamando apariciones terroríficas, gritos y llantos, de figuras oscuras en las sombras. Estaba atrapada en esa casa, y mientras mis historias vivieran, yo también lo haría. Quizá Eduardo y Jonatán estaban atrapados aquí también —muchas familias se quejaron de apariciones que yo nunca hice, de un niño riéndose, de un hombre cantando suavemente—. Quizá estaban aquí conmigo, pero no podía verlos, o quizá las familias habían exagerado sus historias, pero de todas formas me hizo enojar. Deambulé en esa casa por cientos de años tratando de buscar a mi familia, pero nunca los vi de nuevo.

Veía otros espíritus a veces, como antes. Vi a una niña pequeña que había sido atropellada por una carreta, y una esposa que había sido golpeada por su esposo. Vi las quemaduras cartilaginosas en el espectro de un panadero que había muerto en un incendio, y oí el llanto de bebés que habían sido perdidos antes de aprender a hablar. Algunos de ellos se iban mucho más rápido que otros, porque la gente comenzaba a olvidarlos. La esposa golpeada desapareció un día, al morir su hermana y su esposo casarse con otra mujer para atormentar. El panadero falleció con su esposa, y los bebés desaparecieron cuando sus madres dieron luz a nuevos hijos e hijas. Pero la gente no me olvidaba, en mi casa encantada. Mi historia pasó de generación en generación, y mi casa se convirtió en una casa fantasma para turistas. A veces los adolescentes se metían en los cuartos de los sirvientes y se desafiaban a pasar la noche conmigo, u hombres sin hogar venían a refugiarse de la lluvia y el viento.

Me atraparon aquí, esas historias. Me di cuenta pronto que yo había sellado mi propio destino, en desesperación de encontrar a mi hijo y mi esposo, había creado una leyenda. La gente siempre me recordaría, la madre que se perdió a sí misma y a su hijo, y que llevó a su esposo a la locura. Otros espíritus solo tenían que permanecer aquí mientras otros lloraban sus pérdidas, pero el llanto para mí terminó con Eduardo. Nadie llora por mí, pero nunca me olvidan. Entonces deambulamos por la casa, separados pero juntos, por quizá una eternidad, buscándonos entre sí y a nuestro hijo. Me cansé de buscar en vano, pero no puedo dejar de existir cuando otros me maldijeron para quedarme. Quizá Jonatán y Eduardo ya siguieron adelante, y solo soy yo quien está atascada en esta imitación de la vida. Quizá nunca lo sepa. Todo lo que quiero hacer es descansar en paz con mi familia, pero me dejan aquí, como una demostración en un zoológico retorcido.

Y entonces lloro aquí, sola por siempre, rogándote que me olvides.

Imagen de perfil de Spoby

Traducción mía
http://www.creepypasta.com/forget-me/

Spoby

Hasta que el león aprenda a hablar, todas las historias glorificarán al cazador.

Please wait...

6 reflexiones en “Olvídame”

  1. Se puede decir que cuando recordamos a un ser querido que nos ha dejado no solo nos hacemos daño nosotros mismos sino que también se lo hacemos a él?…

    Buena historia.

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