Ojos amarillos

Ojos amarillos ganó como la mejor historia enviada en el mes de agosto, 2015, ¡y como la mejor historia del año!


La noche estaba despejada e iluminada por la lívida luna llena que navegaba en el cielo, bajo el cual, en una desierta y alejada carretera que atravesaba un despoblado, se deslizaba en silencio un viejo taxi que llevaba a Martín y Mónica en el asiento trasero, una joven pareja dormida por el largo trayecto a bordo de esa máquina y el pesado día que habían tenido en la universidad.

Mientras soñaban con sabe Dios qué, el exhausto taxista (quien llevaba más de cinco horas continuas a bordo de ese auto) empezó a cabecear, terminando por dormirse. El taxi siguió su trayecto durante cien metros hasta que una curva los precipitó a un pequeño bosque, quedando el auto atrapado entre decenas de árboles. El estruendo y la brusca sacudida sacó a la pareja de su sueño, ella cayendo del asiento y él golpeándose con el respaldo del asiento del copiloto. Tardaron en reaccionar, pero, afortunadamente, estaban ilesos; no como el taxista, a quien Mónica vio colgado de la cintura en el agujero que había hecho en el parabrisas con su cabeza, desmayado sobre el destrozado capó.

—Oh, Dios. —Como estudiante de medicina que era, salió de automóvil a socorrer al pobre hombre, seguida por un aún aturdido Martín.

—¿Está vivo? —preguntó Martín al ver el ensangrentado rostro del inconsciente taxista, todavía con trozos de cristal.

—Sí, lo está —respondió Mónica después de comprobar su pulso—. Ayúdame a sacarlo.

Entre ambos, sacaron al pobre hombre y lo pusieron en el asiento trasero. Martín vio absorto cómo Mónica le daba los primeros auxilios al accidentado con el botiquín que había encontrado en la guantera.

—Necesita un hospital —dijo, después de auxiliarlo lo mejor que pudo—. Tiene heridas graves.

Martín sacó su celular, solo para ver resignado la señal muerta. Trató de llamar, pero fue inútil, la señal no llegaba hasta ahí, él lo sabía bien.

—No puede ser —Mónica intentó con su celular, obteniendo el mismo resultado. Miró a su alrededor y a la desolada carretera entre los altos árboles. Desde que entraron en ese lugar, no habían visto a ningún alma pasar—. Este hombre está grave.

Martín miró a su alrededor, reconoció el lugar, debían estar a más de dos kilómetros de su casa; pero, para sorpresa de Mónica, empezó a caminar entre los árboles hasta que pareció encontrar algo.

—¿Qué te pasa?

—Sé cómo llegar más rápido al pueblo —Apartó una rama y descubrió un pequeño sendero que se internaba en el bosque—. De pequeño, cuando tenía que ir al colegio, los autobuses no entraban a mi población, así que todos los niños teníamos que irnos por este sendero para agarrar la única micro que pasaba en ese tiempo, que solo llegaba hasta acá… Si me voy por aquí, estaré en mi casa en menos de veinte minutos. Tú te puedes quedar cuidando al señor mientras llego y llamo a una ambulancia o algo.

—Pero…

A Mónica no le agradaba la idea de que Martín se fuera, por alguna razón sentía un mal presentimiento respecto a ese sendero:

—Podríamos ver si el taxi aún funciona. —Mónica vio con pocas esperanzas el destrozado capó del auto.

Martín notó la angustia de Mónica y se acercó al auto, se sentó en el asiento del piloto y trató de encender el contacto, pero el auto solo tosió para después quedar en silencio.

—¿Ves? —Sacó las llaves e inconscientemente las guardó en su bolsillo—. Está muerto —Mónica miró a su alrededor, como buscando alguna salida—. No te preocupes, no tengo cómo perderme.

—¿Y si te pasa algo?

—¿Como qué? ¿Que me ataque un monstruo? —Rio de tal idea—. No hay nada en ese lugar. Además, sí o sí debemos hacerlo, tú lo dijiste, el señor está grave.

—Pero… —Mónica suspiró resignada. Tenía razón, no podía dejar a ese pobre hombre desamparado—. Solo apúrate, ¿ya?

—No te preocupes —Se acercó a ella y le besó la frente—. Vuelo en menos de lo que piensas.

Mónica vio inquieta cómo Martín se perdía entre los árboles. El mal presentimiento se intensificó al punto de quitarle el aire (¿intuición femenina?), pero, cuando sintió al taxista quejarse, salió de su ensimismamiento y procuró vigilarlo.

A pesar de que los años de abandono habían ocultado el sendero debajo de la hierba, aún podía distinguirse la huella. Era una suerte que la luna estuviera llena, de otro modo ese lugar estaría completamente a oscuras.

Después de zigzaguear por el sendero por unos cinco minutos, encontró la parte recta. Comenzó a correr lo más rápido que pudo, no tenía tiempo que perder y, para su fortuna, el aire era fresco y reconfortante. El ambiente tenía ese extraño color azulado que la noche adquiría pasada las diez. Parecía casi onírico, pero no se detuvo a contemplar, solo siguió corriendo.

Después de unos minutos, se detuvo en seco; no por cansancio, sino porque sintió unos pasos acompañar a los suyos. Agudizó su audición, esperando escuchar algo, pero nada. Creyó que fue su imaginación y empezó a caminar, para asegurarse.

«No es nada», se dijo al notar que estaba asustado. «Solo es mi imaginación… estoy cansado… no seas estúpido».

Se dispuso a seguir corriendo, pero sintió el inconfundible crujido de una rama quebrarse y una especie de respiración animal a sus espaldas. Eso no era su imaginación, había algo detrás de él. ¿Un perro? Estaba demasiado lejos de un lugar habitado como para que hubiera un perro, y en ese lugar no había animales salvajes.

Se volteó para encarar lo que fuera que lo estuviera siguiendo, pero solo vio una sombra escurrirse entre los árboles y escuchó el murmullo del aire al agitarse.

El corazón empezó a martillearle los oídos y el sudor comenzó a correr por su rostro; algo lo estaba acechando. Miró a todos lados, buscando ese algo (más bien esperando no encontrarlo) hasta que vio dos círculos amarillos en la oscuridad que brindaba un árbol, justo frente a él. Instintivamente, Martín retrocedió un paso, pero ese algo avanzó hacia él y hacia la luz.

Lo que vio lo paralizó. Era una cosa monstruosa, peluda y gigante, de cerca de dos metros. Tenía unos grandes ojos amarillos sin pupila ni esclerótica. Su forma era ligeramente parecida a la de una persona agazapada, pero más recordaba a algo que Martín había visto en varias películas de terror.

«¿Un lobo?», se dijo, mirando los grandes colmillos de esa cosa, de unos tres centímetros de largo los más pequeños. La pesada realidad de que en este país esos animales no existían lo aplastó.

El primer instinto de Martín fue correr, pero se dijo que no tenía ni la menor oportunidad de escapar de esa cosa, que lo mejor sería quedarse quieto; sin embargo, ese monstruo sintió un cambio en su actitud y se agazapó, listo para atacarlo. Ahora se dijo que debía correr, pero sus piernas no reaccionaron, sus ojos seguían clavados en los de esa bestia, y, sin más, esta le saltó encima, mordiendo hasta quebrar cruelmente el brazo que había levantado para protegerse, haciéndolo dar un grito tan agudo que este no salió de su garganta.

Desesperado y aguantando lo mejor que pudo el dolor y el peso de esa cosa en su destrozado brazo derecho, buscó a ciegas con su mano libre algo para golpear al monstruo. Sintió algo frío, pequeño y puntiagudo atado a algo redondo, y sin reparar en qué podía ser, lo enterró en el ojo de ese monstruo todas las veces que pudo hasta que lo soltó y retrocedió, aullando de dolor y rabia.

Tambaleante y algo mareado por la pérdida de sangre, Martín se levantó con su improvisada arma en la mano, sin darse cuenta de que eran las llaves del taxi que debieron haberse salido de su bolsillo al caer al suelo. Esa cosa se paseó frente a él, rabioso, con el rostro lleno de sangre que provenía de su destrozado ojo derecho y de odio y satisfacción que provenía del izquierdo.

El lobo iba a atacarlo nuevamente, por lo que se dispuso a defenderse, sintiendo esa desesperación salvaje que se siente ante la muerte, pero repentinamente su vista de dobló y una debilidad aplastante lo atacó y tiró al suelo.

Esa cosa avanzó hacia él, sonriente. El ojo del monstruo lo miró fijamente y su debilidad creció hasta nublar su visión. Trató de desviar la mirada, pero sentía todo su cuerpo en tensión, era como si lo hubiera hipnotizado. Solo sentía su respiración y pulso aumentar dolorosamente.

El monstruo abrió su horrible hocico alrededor de su cuello, dispuesto a darle la muerte, cuando un ruido lejano, al parecer del motor del taxi, lo distrajo. La tensión desapareció, haciendo que Martín se derrumbara jadeando, pero no se sintió aliviado, sino aterrado, al ver que el monstruo lo miraba con una sonrisa malvada y se dirigía hacia el origen de ese ruido.

—No… —Martín estiró una mano hacia el lobo, el cual desaparecía sendero arriba en busca de otra víctima. Entonces vio incrédulo cómo un grupo de otros monstruos, cinco quizás, seguían al que lo atacó.

Martín se quedó en el suelo, semidesmayado, sintiendo como si una espacie de veneno se extendiera por cada rincón de su cuerpo.

Repentinamente, escuchó lo más aterrador que había escuchado hasta ahora: unos disparos y el grito de horror de Mónica.

«Mónica». Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, se puso de pie.

Mónica miraba al cielo, tratando de ignorar la situación en la que estaba, cuando sintió un movimiento a sus espaldas. Al voltearse, vio que el taxista (el cual, según su licencia de conducir, se llamaba Roberto) estaba despertando.

—Tranquilo, no se mueva.

—Me duele la cara… ¿qué me pasó?

—Tuvimos un accidente, la ayuda no tarda.

—¿Un… accidente? —Roberto se irguió rápidamente. A pesar de que le había limpiado las heridas de su cara, aun así se veía muy mal—. ¿Cómo está el auto?

—No se preocupe por eso… —dijo, algo sorprendida por esa pregunta—. Debe recostarse, puede tener una contusión.

Lejos de obedecerla, saltó afuera del taxi, tambaleante, y se dirigió hacia el capó, viendo boquiabierto el metal retorcido.

—No, no por favor… —rogó el hombre.

Roberto se sentó en el asiento de piloto y trató de encender el motor. La máquina rugió y tosió, para luego quedarse en silencio. Lo intentó varias veces más, con el mismo resultado. Salió del taxi y trató de abrir el capó. Después de varios tirones, la retorcida lámina de metal saltó, solo para mostrar un caos. Roberto se apoyó en la destrozada máquina, cabizbajo.

—Por favor —Mónica apoyó amigable pero firmemente su mano en el hombro de ese pobre hombre—. Vuelva al auto, puede tener lesiones graves.

Roberto asintió y se encaminó lentamente al asiento trasero. Mónica se adelantó para abrir la puerta, pero se quedó petrificada frente a esta, mirando boquiabierta hacia el sendero.

—¿Qué le pasa «mija»?

Roberto miró en la misma dirección y creyó estar alucinando. Un enorme monstruo peludo de ojos amarillos los acechaba, a punto de saltar sobre ellos. En un acto reflejo, se dirigió hacia el asiento del piloto, manoteó debajo de este, sacó una pistola y dio unos pasos hacia el monstruo con el arma en alto.

—Oh, Dios… —Mónica estaba petrificada mirando la pistola, por lo que no vio al otro monstruo que se acercaba a espaldas de Roberto. Dio un grito de terror cuando el monstruo atacó al taxista, enterrando sus garras entre sus omóplatos hasta atravesarlo y quedarse con el corazón del pobre en su peluda pata.

Vio al taxista ahogar un grito en la sangre que salía de su boca, dar varios disparos al aire y caer inerte al suelo con el pecho destrozado.

Mónica se sintió a punto de desmayarse cuando vio al monstruo comerse el corazón, pero la suerte no le dio tal alivio.

Cuando esa cosa terminó su bocado, miró a Mónica con su único ojo, sonriendo macabramente, con un claro mensaje.

Curiosamente tranquila y resignada, se arrodilló mecánicamente, rezando para que fuera rápido y sin dolor, aun sabiendo que era imposible. Sintió la respiración tibia y el horrible olor a sangre fresca que emanaba del hocico de esa bestia. Cerró los ojos fuertemente y esperó la agonía, pero solo escuchó un disparo, una lluvia tibia mojarle la cara y un quejido animal de dolor. Al abrir los ojos, vio sangre, a la bestia inerte frente a ella con la nuca destrozada y a Martín a unos cinco metros, al lado de Roberto, con la humeante pistola en alto.

Sintió horror al ver a Martín, tenía el brazo derecho destrozado, perdiendo sangre de manera alarmante, pero la expresión de su rostro fue lo que más la asustó. Martín estaba ligeramente encorvado, con los ojos entornados y una media sonrisa fría en los labios, totalmente impropia de él.

—¿Martín? —preguntó, como si quien estuviera frente a ella no fuera él.

—Aléjate de eso, Muni —le dijo con voz rasposa.

No esperó a oírlo una segunda vez. Saltó del suelo y corrió hasta Martín, aunque una ligera voz, casi imperceptible en medio de su adrenalina, le decía que tuviera cuidado.

—Por Dios, Martín, ¿qué te pasó? —La respiración de Martín era pesada, casi un jadeo, que dejaba de vez en cuando escuchar un quejido.

—Esa… cosa… me mordió, pero le arranqué el ojo… —Martín tambaleó, dejando de lado esa frialdad repentina. Alarmada, Mónica lo sostuvo—. Me cuesta… respirar….

—Ven, vamos al taxi —Miró en busca del otro monstruo, pero este había desaparecido—. Creo que hay más de esas cosas.

Caminaron hacia el taxi. Mónica dio un respingo al pasar junto al mutilado cuerpo de Roberto, pero se obligó a desviar la mirada y a seguir. Miró su reflejo en la ventana del copiloto. Su blanca piel y su cabello negro ahora estaban manchados con sangre, hueso y pedazos de cerebro que habían pertenecido al monstruo que había estado a punto de matarla.

Martín se dirigió vacilante a la puerta del piloto, pero ni siquiera alcanzó a hacer el amago de abrirla, sino que se apoyó (más bien derrumbó) sobre el techo de la máquina, jadeando, con los ojos fuertemente cerrados, en una horrible expresión de dolor.

—¡Martín! —Mónica se dispuso a correr hacia él, pero algo la detuvo (¿miedo?). Se empezaron a escuchar gruñidos de entre los árboles, provenientes de todos lugares.

Martín escuchaba los gruñidos, pero estos se vieron repentinamente distorsionados hasta convertirse en risas, risas burlescas y malvadas, risas que se burlaban de él y de su desgracia.

—Cállense —susurró, molesto, aún incapaz de erguirse. Miró en todas direcciones, hasta levantar la vista lentamente al cielo y a la luna que flotaba como un fantasma. Sintió cómo la luz blanca del satélite lo llenaba hasta lo más recóndito de su ser mientras las risas aumentaban a su alrededor—. Cállense… —susurró nuevamente, solo que esta vez se escuchó como una desganada súplica que emitió sin despegar la vista de la esfera celeste.

—¿Qué? —preguntó una atónita Mónica, quien solo escuchaba los gruñidos acercarse—. ¿Martín? ¿Qué te pasa?

Pausadamente, el aludido bajó la vista hasta Mónica con una expresión de terror profundo, como si algo terrible fuera a suceder. Mónica vio con horror cómo, dentro de los ojos habitualmente castaños de Martín, se encendía una opaca luz amarilla, que se extendió hasta ocupar la totalidad de sus ojos, borrando todo dentro de ellos. La expresión de Martín cambió hasta ser tan fría como el viento que corría entre ellos.

Susurró algo incomprensible y soltó la pistola sobre el techo del taxi. Luego, dio un repentino y desgarrador alarido mientras arqueaba la espalda rápidamente, como si lo hubieran apuñalado.

—Martín… —Mónica vio la mano de su novio deslizarse por el techo del taxi, rasguñando la pintura hasta desparecer detrás de la máquina, en medio de ese horrible alarido de dolor.

Lentamente, la aterrada joven tomó la pistola y comenzó a rodear el taxi, esperando (deseando) ver a Martín desmayado en el suelo, pálido por la pérdida de sangre a causa de la herida de su brazo, pero lo que vio la dejó sin aire.

Martín, o lo que quedaba de él, se retorcía en el suelo, jadeando y gruñendo como un animal en tanto un pelaje grueso de color negro lo cubría, aumentando su talla y destrozando su ropa y su piel, acompañado del horrible sonido de sus huesos resquebrajarse y desencajarse.

—No… por favor… —Mónica se quedó paralizada viendo cómo lo que solía haber sido su compañero desde hace cinco años, ahora convertido en un monstruo, se acercaba a ella, amenazante y sin el más mínimo rastro de humanidad, viendo cómo esos amables ojos castaños se habían perdido en esos rabiosos faros amarillos.

Escuchó un horrible sonido entrecortado, similar al sonido de un serrucho, el cual le costó reconocer como sus propios sollozos. Comenzó a retroceder, planeando correr hasta la carretera, la cual no estaba a más de diez metros, pero vio su camino cortado por los imponentes árboles y los enormes monstruos, quienes miraban la escena con morbo y fascinación.

«Planearon esto —pensó, estupefacta—. Planeaban hacerle esto a Martín. Fácilmente pudieron habernos matado después de que le voló la cabeza a esa cosa, pero lo dejaron vivo como venganza, para que esto pasara… y me dejaron a mí como primer bocado… Estas cosas son sádicas…».

Sintió sus rodillas doblarse bajo el peso de este descubrimiento, haciéndola caer irremediablemente. Miró la pesada pistola en su mano; Martín sabía que pasaría, por eso le dejó el arma. Lentamente, levantó la pistola.

—Perdóname… —sollozó.

Haló el gatillo, pero solo el sonido del martillo golpeando el aire se escuchó. No necesitó ver el cargador para saber que la pistola no tenía balas.

Miró con resignación y cierta dignidad los horribles colmillos del monstruo que se le acercaba. Era su fin y lo sabía.

Desde que había visto esos ojos amarillos lo sabía…

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Misdreavus

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5 thoughts on “Ojos amarillos”

  1. Jejejeje… No lo había notado… Supongo que eso son los errores de los que se aprenden. Gracias por la observación. Ojalá pudiera arreglarlo, pues es una inconsistencia grande.

  2. Me gustó bastante, bien elaborada, sólo una duda, ¿Cómo el taxista intentó encender el auto si las llaves las tenía Martín y se las clavo a una bestia en el ojo?

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