La ocupante de la celda 32

Tiempo de lectura: Cerca de 29 minutos.

Tiempo de lectura: cerca de 30 minutos.

Escrito por Danilo Rayo.


La entrevista acaba de terminar. El guardia entra y me pide que salga. Trago grueso, me levanto y camino despacio hacia la salida. Volteo y veo que ella se queda sentada con el recuerdo a cuestas y la impotencia tatuada en la frente. Sus manos esposadas se entrelazan, como rezándole a un dios que no la escucha, y sus ojos, presos bajo un velo de arrepentimiento inútil, se pierden nuevamente en la negrura de la pared, en las sombras de la incertidumbre. Es Marta, tiene diecinueve años y está condenada a cien años de prisión.

Decidí entrevistarla porque su historia es el reflejo de nuestra propia decadencia. Me costó mirarla a los ojos, pues uno puede perderse en sus interminables llamas, en el lago negro de la infinita maldad generada por las circunstancias. Me preparé bien antes de la entrevista, sin sospechar que para lo que estaba a punto de hacer no existía preparación posible.

Ese día salí de mi casa a las siete de la mañana y en quince minutos estuve en el portón principal del Sistema Penitenciario Puerta de la Esperanza, «La Chácara», como la conoce el pueblo. Después de identificarme, el alguacil me condujo a una oficina donde hablaría con el alcaide, un exmilitar regordete que estaba a punto de retirarse. Los grados sobre una de sus descosidas charreteras y una foto con un general del ejército eran los únicos recuerdos de sus glorias pasadas. Había conversado con él por teléfono para coordinar la realización de la entrevista que iba a realizarle a Marta. Me dijo que solo tendría dos horas con ella y que después ya no podría volver. Fue directo y tosco, como era de esperarse. El alguacil me condujo por la calle de cien metros que une la zona de revisión con los pabellones de las celdas de mujeres. Mientras caminaba, pensé en lo difícil que debía ser estar por tantos años en un lugar tan hacinado y espantoso. Sentí pena por Marta y por los otros reclusos, pues no sabía en lo que me estaba metiendo. Como periodista, solo trato de hacer mi trabajo, pero algunas veces es imposible impedir que nuestros propios sentimientos y nuestras propias realidades se mezclen con la historia. Todos somos de carne y hueso, todos somos humanos y tenemos sentimientos. Bueno, casi todos, porque algunos, como Marta, no.

Llegué pronto a los pabellones de celdas y el alguacil me ordenó que esperara mientras él hablaba con las oficiales que estaban de guardia. Tuve que llenar una hoja de registro y dejar mi celular, mis llaves y mi faja en una cajita de madera. Solo me permitieron llevar mi pequeña grabadora digital y una revista que traía de regalo. El alguacil abrió una reja que daba a un pabellón sombrío, en cuyo centro corría un riachuelo de un líquido maloliente; orines, probablemente. «Pase. Ella está ahí, en la celda treinta y dos. Yo lo voy a esperar aquí. Tiene dos horas», me dijo, señalándose el reloj con su dedo índice.

Caminé por el pasillo, evitando pisar el riachuelo, y cuando llegué a la celda treinta y dos, la vi. Estaba sentada en la cama, con las manos esposadas, viendo hacia la pared. Frente a ella había una silla, puesta ahí para que yo me pudiera sentar. Del techo pendía en un alambre una bombilla vieja, de esas baratas de diez Watts que no iluminan muy bien.

«Hola, Marta. Soy Carlos Benavides, del Diario La Prensa. ¿Imagino que te informaron que iba a venir a entrevistarte?», le pregunté. No me contestó y siguió mirando fijamente a la pared. En la escuela de periodismo, algunos profesores nos enseñaron a respetar el silencio de nuestros entrevistados, pues, en sí, el silencio es una respuesta. Pero otros, los que se habían formado como reporteros en las calles, donde la vida es dura, nos enseñaron a moldear nuestras preguntas, nuestros tonos y a usar cualquier elemento para lograr nuestro objetivo. No voy a mentir, los periodistas no somos totalmente honestos. Hincamos e hincamos hasta obtener lo que queremos. «Me dijo el alcaide que te gusta leer. Te traje una revista como agradecimiento por acceder a realizar la entrevista», le dije, sabiendo que estaba cayendo en lo más bajo del periodismo: sobornar al entrevistado a cambio de sus palabras. «Es TV y Novelas, y creo que te va a gustar», continué. Sin embargo, mi propuesta captó su atención. Y eso fue un regocijo para mí, pues los minutos seguían corriendo.

Volteó lentamente, me miró de pies a cabeza, enfocándose por un instante en la revista que yo sostenía, e hizo un gesto con su cabeza para que entrara. Me senté en la silla, a unos metros de ella. Saqué mi grabadora del bolsillo y puse la revista en mis piernas. Le pregunté si estaba bien que grabara sus palabras. Marta asintió con la cabeza y, al hacerlo, su semblante cambió inmediatamente, de aquella cara perdida en la oscuridad a la de alguien común y corriente, una mujer que perfectamente podía estar sentada en la banca de un parque. Era una mujer bonita, con una cara de ángel y un pelo castaño que le caía sobre los hombros. Llevaba una camisola que sugería la enormidad y perfección de su busto, y, a pesar de no tener maquillaje, sus labios parecían estar pintados con un lápiz labial natural.

Un tanto incómodo ante la imagen de esa mujer tan sensual, tragué un poco de saliva y me hice el pelo para atrás con una de mis manos, el tic del que siempre soy presa cuando estoy nervioso. Presioné el botón rojo de mi grabadora, la sostuve en mi mano y comencé: «Muchas gracias por acceder a esta entrevista. Te aseguro que no vamos a editar nada de lo que digás. Simplemente queremos que nos contés tu historia», le dije, dándome cuenta de que tenía clavados mis ojos en sus pechos. Entonces me callé y la vi inhalar un poco de aire antes de sonreír, pues se había dado cuenta de que yo la miraba. Parecía como si, dentro de ella, una mujer tan joven, estuvieran acumuladas miles de experiencias vividas. Parecía como si fuera una gran estrella dentro de una oscura constelación familiar. Así empezó la narración de Marta, que más que entrevista, se convirtió en monólogo.

Tengo diecinueve años y hace dos que estoy presa. Yo no he hecho nada y aquí me tienen, ¿te podés imaginar? Me tienen aquí condenada por una cosa que no tiene importancia. Mi mama me tuvo a los diecisiete años y enviudó cuando yo tenía quince, el día que mi papa se mató en la carretera. Después de llorarlo por un año, se volvió a juntar con un hombre menor que ella y, cuando lo hizo, se olvidó completamente de mí. Perdió la cabeza por ese hombre y lo llevó a vivir a la casa.

Yo estaba en cuarto año de secundaria en el Colegio Nuestra Señora de Fátima y me creía la dueña del mundo. Todos los días, después de clases, me iba a la casa de Mónica, una de mis amigas, y ahí nos tomábamos selfies sensuales para subirlas al Facebook; ya sabés, lo que hacen las chavalas de hoy. Mi amiga me prestaba unos vestidos cortos y yo los modelaba en las fotos. Después, nos poníamos a leer revistas de farándula en la cama de mi amiga, como esa que me trajiste. También nos gustaba chatear con chavalos mayores que conocíamos en el Facebook. Me la pasaba súper y hacía todo lo posible para volver a la casa solo a dormir.

Yo creía que mi amiga tenía la familia perfecta, sin darme cuenta de que eso no existe. Su papa y su mama se habían casado por la Iglesia y por lo civil y la habían tenido a ella cinco años después de casarse. Eran bien católicos y la llevaban a misa todos los domingos en la capilla del colegio. Yo iba con ellos a veces para no volver a la casa. Y como no me gusta rezar y no me sé las oraciones, solo balbuceaba con mi boca para que las personas pensaran que estaba hablando con Dios, cuando lo único que hacía era burlarme de él.

No me gustaba volver a la casa porque tenía que ver el cuadro de mi mama, sentada en la sala con su hombre, viendo una película o las noticias. No se preocupaba si yo cenaba o no, si yo me vestía o no. Con costos me daba para pagar el colegio y comprar algunas cosas que necesitaba para asearme. Lo que más me enojó en esos días es que cuando llegaba a la casa, el hombre de mi mama creía que tenía derecho de mandarme, como si fuera mi papa. Le decía a mi mama que no me dejara salir y que me pusiera a limpiar la casa mientras ellos descansaban. Y a mí no me gusta hacer oficio. Cuando mi papa estaba vivo yo era su princesa y siempre tuvimos una empleada que nos limpiaba la casa y me llevaba comida hasta la cama. Aquí he tenido problemas con las guardias que me obligan a barrer y a limpiar esta mierda de cuarto.

Como yo lo veía, mi mama era la que tenía que darme todos los gustos. ¿Para qué me tuvo si después no me iba a cuidar? Bueno, por eso me disgustaba todo lo que ella me decía. A Mónica, mi mejor amiga, le prohibieron verme después de un tiempo. Sus padres no aprobaban que una niña buena como ella, una futura profesional, anduviera  con una «zorrita» como yo.

De repente, a mi mama también le agarró por volverse estricta y exigirme que mejorara las notas, pues estaba en cuarto año de secundaria y había dejado tres materias. Ya no me dejaba salir y me iba a buscar al colegio. Cuando llegábamos a la casa, el hombre de mi mama estaba siempre viendo televisión, con una Toña en la mano y la misma ropa de la mañana. El hombre siempre le decía que nos habíamos tardado demasiado y nos preguntaba dónde habíamos estado. Y eso era para mi mama como un afrodisíaco. Si vieras cómo se ponía de loquita cuando lo veía y cuando él le hablaba golpeado. Se volvía a olvidar de mí y se iba rapidito a la cocina a prepararle la cena y a traerle otra cerveza.

No me mirés con esa cara. Ya sé lo que estás pensando, que mi mama era una pendeja. Pues sí, era una pendeja y se lo merecía por haberse olvidado tan rápido de mi papa y por ser tan negligente conmigo.

A mí me valía lo que me decía, y, siempre que podía, me escapaba. Cobijaba una almohada para que pensaran que era yo y trababa la puerta con un calzón para poder entrar más tarde. Eso lo hacía casi todos los viernes. Me iba a Cigar Zone con unos chavalos mayores y me lo pasaba bacanal, ya sabés, bailando reggaetón, perreando, chacobeando y subiendo selfies locas al Facebook cuando ya estaba bien borracha. Y cuando volvía a la casa, ni la pendeja de mi mama ni el hombre ese se daban cuenta. Hijueputas mierdas. Se las hacía todos los fines de semana y ellos de pendejos pensando que yo estaba dormida. Y vos, pedazo de mierda, ¿por qué me ves así? ¿Te gusto, acaso? ¿O me estás juzgando?

Interrumpí a Marta para pedirle que se calmara, porque vi que se estaba alterando demasiado. Me miró con unos ojos profundos y respiró con dificultad hasta que, al fin, se calmó. Le dije que yo no la juzgaba, pero que tampoco quería que le fuera a dar algún colapso nervioso. Volví a darme cuenta de que le estaba viendo los pechos y traté de pensar en cosas horribles para calmarme. Entonces, continuó su historia.

OK, pues. Ya me calmé, pero dejá de verme así que ya sé lo que estás viendo y lo que querés.

Pasó el tiempo y el hombre de mi mama la dejó para irse con una chavala. Ya sabés, lo típico: se aburrió de ella y se buscó otra. Todos los hombres son unos malditos. Vos tampoco debés ser una monedita de oro. Pero bueno, mi mama y yo quedamos solas en la casa. Yo lo consideraba una victoria, pues me había librado del hijueputa vago ese, pero mi mama lo sufrió como la peor de sus derrotas. Se la pasaba llorando todo el día por ese hombre, como si le hubieran arrancado la mitad del corazón.

Pero la tristeza se le acabó después de dos meses y entonces, ¡zas!, se dio cuenta de que tenía una hija. Cuando ese hombre se fue, mi mama enfocó su atención en mí. Pero creo que exageró, porque ya no me dejaba salir a ningún lado y corría a todos los chavalos que llegaban a la casa a buscarme. Fue entonces que, verdaderamente, la empecé a usar como trapo viejo. Si quería mi cariño, entonces le iba a costar caro. Le dije que le iba a hacer caso, pero que necesitaba que me diera reales todos los días para ir a la escuela. Me daba doscientos pesos, y eso para mí era como un tiquete a la diversión. No es que vos debás saberlo, pero mi mama puso una fritanga para mantenernos cuando el INSS le quitó la pensión de mi papa inesperadamente. Esos doscientos pesos que me daba le costaban sangre a la vieja hijueputa, y a mí eso me daba una gran satisfacción. «¡Que se sude y que se mate trabajando!», decía yo. ¿Para qué me tuvo, pues?

La hice pagar caro toda su falta de atención. Le cobré cada centavo con cien lágrimas y eso fue para mí una de las alegrías más grandes de la vida. Me parecía tan injusto que, después de haber sido una princesa cuando mi papa estaba vivo, ahora solo era la hija de una fritanguera. Obviamente, no invitaba a nadie a mi casa, porque me daba pena que la vieran vendiendo enchiladas de frijoles con queso o empacando un gallo pinto con tajadas. Eso era la muerte para mí que era toda una diva en las fiestas y en el Facebook. El tiempo pasó y me convertí inevitablemente en la zorrita que ella nunca quiso que fuera. Casi todos los días me daba un sermón, me pedía que cambiara y que le diera una oportunidad para ayudarme. Pero yo no le hice caso. ¿Por qué iba a escuchar a alguien que no tenía la autoridad moral para reclamarme?

Continué con mi vida alocada y desenfrenada. Una noche de diciembre, salí con un chavalo de Matagalpa, a quien había conocido por Facebook. Era mucho mayor que yo y en la imagen de su muro tenía unas fotos de él montando en un caballo negro en una de los tantos desfiles hípicos que se realizan en el norte de nuestro país. En otra de las fotos, aparecía manejando un Hummer amarillo. ¿A cuál mujer no le va a gustar que las demás la vean en un carro así?

Me invitó a Buho’s, una disco de Matagalpa, y yo acepté gustosa. Me pasó recogiendo por el parque, porque le dije que no iba a estar en mi casa. Le dije eso para que no viera a la fritanguera de mi mama en plena faena despachando un maduro con crema por veinte córdobas. Pero no pasó en un Hummer, sino en un Nissan Sentra blanco con unas luces de neón moradas bajo la carrocería y en los rines. En los espejos polarizados tenía unas calcomanías de herraduras y el perfil de un caballo saltando. Me dijo que tenía el carro en el taller y que se lo iban a entregar el lunes.

Viajamos hacia el sur y en trayecto entre Estelí y Sébaco me contó todas las maravillas de su vida. Me contó que viajaba todos los años a Miami, a la casa de unos tíos que vivían Hialeah. Me dijo que me iba a llevar a Miami para que conociera las cosas más salvajes que jamás hubiera visto. Me habló también de sus caballos y de sus carros. Yo estaba fascinada, como loquita, y para entrar en onda le conté que yo vivía en un residencial y que mi mama era una empresaria de Estelí. Ah, esas mentiras eran tan sabrosas que parecían verdades.

El chavalo estaba guapo, tenía unos brazos musculosos y una mirada bonita. A pesar de apenas haberlo conocido, me sentía muy cómoda con él. Era justamente lo que necesitaba, algo así como una inyección de riqueza para la infección de miseria que yo tenía en ese momento.  Noté que, cerca del freno de mano, en unos espacios cilíndricos para poner refrescos, estaban una lata de Toña y una botella de Smirnoff Ice. «¿Querés?», me preguntó. «Claro», le dije, queriendo entrar en onda. Estaba riquísimo el Smirnoff y, al terminarlo, me dejó un sabor de frutas en la boca.

Entre sorbo y sorbo, entre plática y plática, entre risitas, llegamos a Sébaco y tomamos el camino hacia Matagalpa. No había sentido el camino, pues la plática me había fascinado. «Mirá, Buho’s es salvaje. Ponen una música poderosa y sirven unos tragos brutales. Conmigo nunca te va a faltar nada. ¿Estás lista para volar?», me dijo. A mí se me pelaban los ojos con cada palabra suya, porque estaba bien guapo. Tenía ojos claros y una barbilla afilada. Andaba con un candado rasurado perfectamente. Sus cejas eran grandes y su camisa dejaba ver unos grandes brazos musculosos.

Continuamos el viaje y, cuando estábamos a la mitad de una curva, empecé a marearme un poco y se me nubló la vista. Me dieron ganas de vomitar, pero, a pesar de intentarlo, solo sentía un líquido agrio en la garganta. «No me siento bien», le dije, casi sin fuerzas. «Me voy a parar para que tomés un poco de aire», me respondió. No sé dónde se metió, pero todo estaba oscuro en el lugar en el que se detuvo. Apagó las luces, el motor y se bajó del carro, dejándome en él. Lo vi por la ventana mientras se paraba frente al vehículo. Estaba hablando por el celular y, al hacerlo, se reía bastante, cosa que pude notar, pues la luz del aparato le iluminaba el rostro. Yo empecé a respirar rápidamente y muy pronto perdí el conocimiento.

Unas voces me despertaron y pude ver que me estaban arrastrando de las piernas, mientras que yo, haciendo un gran esfuerzo, intentaba mantenerme consciente en tanto las piedras que estaban en el suelo me golpeaban la cabeza y la maleza me arañaba las manos. Unas manos fuertes me halaban de los tobillos, y en mi inconciencia parcial pude ver a varios hombres caminando junto a mí. Se estaban riendo y platicaban muy amenamente, como si estuvieran en un día de campo. Estaba tan oscuro que no pude ver sus caras, sino únicamente el brillo rojo de los cigarros que fumaban y el ocasional destello de sus grandes hebillas.

«Está bonita la chavala, ¡Gavilán! ¿Dónde la encontraste?», le preguntaron. «En el Face», les respondió una voz, y yo la identifiqué inmediatamente, pues era la del hombre con el que yo había salido. «Cayó solita la babosa y hasta se creyó lo del Hummer», continuó. Yo no tenía fuerzas ni para llorar ante lo que escuchaba. Desconocía totalmente adónde me llevaban, pero sabía exactamente lo que me iban a hacer. Mi vagina me ardía y me dolía la parte interna de los muslos. El que me llevaba de los tobillos apuró el paso, y en poco tiempo llegamos a un claro que estaba rodeado de chatarra.

«Bueno, son tres mil pesos cada uno», dijo el Gavilán. Yo no podía hablar y todo empezó a darme vueltas. No podía ni sostener mi cabeza por más de unos segundos. «Tomá, yo quiero ir primero», dijo uno de los hombres. Vi cómo le entregaba el dinero. «Pero ya no es virgen, ¿OK? —dijo el Gavilán—. Ya me encargué de eso yo, así que tienen que conformarse con lo que hay», continuó. «Sos maldito, Gavilán. Pero bueno, de todas formas está bien buena la chavala». El Gavilán metió sus manos poderosas en mis axilas y me levantó hasta ponerme encima de la tapa del motor de un carro destartalado que estaba ahí. «Dale, Pateperro, tenés veinte minutos. No le pegués mucho, que no queremos un problema», le advirtió.

El hombre que había pagado por mí se acercó despacio, desabrochándose el pantalón mientras lo hacía. Me abrió las piernas violentamente, levantándome a la vez el mini vestido que yo llevaba puesto. Me había puesto ese vestido para conquistar al Gavilán, sin saber que acabaría conquistando a una jauría. Pronto lo sentí dentro de mí, desgarrándome, haciéndome daño. El dolor se intensificó y, a pesar de luchar con todas mis fuerzas, no podía mover ni las manos o hacer el más pequeño esfuerzo por quitármelo de encima. Como yo trataba de luchar, el hombre se incomodó un poco y empezó a abofetearme fuertemente. «Calmate, zorra», me decía mientras me pegaba. Me siguió penetrando violentamente y ya no podía sentir las piernas. El hombre dejaba caer gotas de un pegajoso y maloliente sudor sobre mi pecho mientras me decía cosas horribles en el oído.

«Ya estuvo —dijo el Gavilán—. Si querés más, son otros tres mil cuando te vuelva el turno. Dale pues, Pelón —le dijo a otro de los hombres—. Te toca». El Pelón le entregó el dinero y se tomó el tiempo para contar billete por billete mientras yo quería morirme encima del carro, apenas con aliento para mantenerme despierta. Y así le tocó el turno al Pelón, al Mechas, a Braulio y a Lupe. Todos me pegaron y todos saciaron su apetito voraz conmigo. Ese día, el Gavilán recogió 18,000 córdobas, 15,000 en turnos simples y 3,000 en el turno extra que quiso el Pateperro.

«Bueno, chavalos. Aquí terminamos», les dijo.  Con mi cuerpo destrozado, con múltiples olores y líquidos sobre mí, mis pechos mordidos y la entrepierna desgarrada, quedé a la merced de la naturaleza en aquel paraje sombrío. Me dejaron ahí, desamparada, más muerta que viva, sin el menor remordimiento. Llegó la mañana y sentí que los rayos de sol eran como sal cayendo sobre mis heridas abiertas. Traté de incorporarme, pero no podía.

Cerca del mediodía, cuando estaba toda quemada por el sol y con cada herida emitiendo pulsaciones, oí voces. Me asusté porque creía que mis captores habían vuelto. Pero no eran ellos. Eran unos cheles, de esos que andan en misiones del Cuerpo de Paz. Iban hacia una de las comunidades a ayudarles a las familias a construir unas letrinas. Ellos fueron los que me ayudaron. Llamaron una ambulancia y ayudaron a los paramédicos a cargarme hasta el camino. Hasta entonces pude llamar a mi mama, quien vino desde Estelí. Cuando entró al pabellón del hospital, aún con el delantal con el que despachaba en la fritanga, imagino que solo vio una memoria de la que había sido su hija hasta la noche anterior. Me sobó la frente con su mano y me dijo que no me preocupara. Yo no quería hablar de nada, pues solo tenía un pensamiento en la cabeza: encontrar al Gavilán.

Pero el Gavilán desapareció del mapa. Y también lo hicieron los demás. Después de poner la denuncia en la policía, trataron de buscarlo con mi descripción de él y la del vehículo, pero no lo pudieron encontrar. Al parecer, era de una familia adinerada y se largó a los Estados Unidos para no tener problemas. Me daba rabia ver que la justicia era inalcanzable para los palmados. Y eso me mataba. Pensaba en todo el daño que me habían hecho, en el placer que habían sentido al hacerlo y en la libertad de la que gozaban. No pagaron por nada de lo que hicieron.

Interrumpí nuevamente a Marta. La historia me estaba partiendo el corazón, pero yo trataba de verme lo más sereno posible. Le pregunté si quería descansar cinco minutos, y me dijo que no, que si dejaba de hablar ya no volvería a abrir la boca y que me tendría que ir. Cuando me dijo esto, lo hizo mientras respiraba rápidamente. Pude ver que sus ojos se habían perdido y su mirada estaba ahora cautiva por sus imborrables recuerdos. Por eso la dejé continuar, recordando una de las mejores lecciones de periodismo que me había dado mi maestro Carlos Fernando: «Hay que saber escuchar al entrevistado. Por mucho que uno quiera hacer preguntas, por mucho que uno desee indagar sobre un tema específico, ¡no hablen y escuchen! No hay peor pregunta que la que no se hace, pero tampoco hay peor respuesta que la que no se escucha», nos decía. Así es que, una hora después de haber empezado, Marta continuó con su historia. Y para ello, lo juro, contó con toda mi atención.

Dos semanas después de lo que me pasó, pude volver al colegio. Cuando llegué, noté que las monjas me miraban de forma extraña y susurraban entre ellas. Cuando llegué a mi sección, la maestra me pidió que me sentara atrás. Mónica, mi amiga, no se quiso sentar a mi lado. Ese día sentí en carne propia lo que es ser una extraña entre personas conocidas. Cuando tocaron el timbre para salir, tomé mis cosas y, sin despedirme de nadie, salí rápido del aula. Sor Paciencia, la monja que me caía peor, pues siempre andaba buscando cómo joder, me detuvo en el pasillo. «Espere un momento. Necesitamos hablar con su madre y con usted. Dígale que venga mañana a la hora de salida y entréguele esta carta», me dijo mientras me daba un papel engrapado. Le di el papel a mi mama y le dije que las monjas querían hablar con ella.

Al día siguiente, a la hora de salida, vi cómo mi madre me esperaba en el portón. Afortunadamente, llegó sin delantal, porque me hubiera dado mucha pena que mis compañeras me vieran con mi mama, la fritanguera. Nos dirigimos a la oficina de dirección.  Sor Paciencia nos esperaba en la puerta. «Pasen», nos dijo, mostrándonos el camino con su mano. Cuando pasé al lado de ella, pude ver colores de juicio y de burla en sus ojos. En la oficina estaba esperándonos Sor María Piedad, la directora. «Siéntense, por favor —nos indicó—. Mire, doña Cándida, la convocamos a esta reunión porque tenemos que resolver una situación importante. Ya todos los alumnos, profesores y el resto de la comunidad educativa saben lo que le pasó a su hija. Las noticias se han esparcido como fuego por las redes sociales y vemos eso como algo que no le conviene al colegio». «¿No le conviene al colegio? —preguntó mi mama, sorprendida—. ¿Y no se han puesto a pensar que en el orden de prioridad ustedes deberían preocuparse por lo que le conviene a mi hija? —continuó—. Es que no son cristianas ustedes. ¡Qué mierda! ¿No se acuerdan de la historia del Buen Samaritano y de la Magdalena?».

«Cálmese, doña Cándida. No me levante la voz ni me hable así, que aquí no estamos en su fritanga», le dijo la monja con un tono humillante. A pesar que me afrentaba de mi mama, en ese momento quise tomar un lápiz con una punta fina que estaba en un vaso de barro sobre el escritorio de la monja. Quise tomarlo y clavárselo en un ojo. Pero no lo hice, porque lo que me pasó marcó en un punto de inflexión en mi vida, un punto sin retorno. «Doña Cándida. Hemos decidido que su hija tiene que salir del colegio, porque no es adecuado que una muchacha así sea vista con muchachas de bien. Somos una institución católica que trata de educar a muchachas que anden por el camino recto. Y su hija ya no cumple con el perfil de nuestras estudiantes, pues su imagen ha sido arrastrada por todos lados», dijo la directora. «¿Una muchacha “así”?», preguntó mi mama, parándose de repente y dando un golpe en el escritorio. «Sor Paciencia. Llame por favor al CPF. Dígale que saque inmediatamente a estas perdidas de mi oficina y del colegio. Que no las vuelva a dejar entrar», le ordenó. Y Sor Paciencia, como buena perrita faldera, obedeció en el acto.

Así me corrieron del colegio y más tragedias llegaron con prontitud. Mi mama pasaba todo el día cocinando y vendiendo en la fritanga y yo me la pasaba tumbada en la cama mirando las vigas y las láminas de zinc de mi cuarto, perdida en el recuerdo de mis desventuras.

Pasaron dos semanas más y empecé a preocuparme porque la regla no me venía. No le dije nada a mi mama y pensé que los terribles sucesos por los que había pasado habían causado en mí un bloqueo en todas las funciones de mi cuerpo. Pero la regla no me vino. Solo me vinieron náuseas, vómitos y terribles antojos de jocotes ácidos con azúcar.

Nadie me visitaba, y eso era terrible para mí. No volví a usar mi teléfono ni volví a entrar a Facebook por terror a verle la cara al Gavilán. Ya no quería encontrarlo, ya no quería volver a tenerlo frente a mí. «¿Estás lista para volar?», me había preguntado en el carro antes de lo peor, y yo lo había mirado embobada. Me empezó a crecer la panza y mi mama, como todas las madres, no tuvo que verla para saber lo que me pasaba. «No te preocupés —me dijo—. Yo te voy a ayudar y juntas vamos a salir de esto», me decía. «Yo no quiero tenerlo —le dije—. No quiero tenerlo y prefiero matarme para no verlo cuando nazca. Lo odio, no quiero tenerlo».

Desde entonces, mi mama hizo que durmiera con ella para que no me fuera a matar. La panza creció y los meses pasaron. Yo no podía ni verme la panza. Sabía que me habían violado cinco hombres, pero no sabía de quién era esa cosa. Sí, esa cosa no era un bebé, era algo monstruoso que crecía dentro de mí. Como un parásito. Cada vez que se movía, me parecía que me iba a comer un órgano y que me iba a terminar de matar.

El día de la cesárea, mi mama me acompañó al hospital y estuvo conmigo durante toda la labor, sosteniéndome la mano. Esa cosa nació a las doce en punto. Cuando me lo sacaron, sentí un gran alivio dentro de mí. La enfermera lo envolvió en una sábana cuadriculada y me lo mostró para que lo tomara en mis brazos. «No lo quiero, ¡no lo quieroooooooooooo!, ¡quítemelo de aquííííí, vieja hijueputa!», le grité. Entonces la enfermera se lo dio a mi mama y a mí me dieron un sedante para que me pudiera dormir, pues estaba descontrolada.

Al día siguiente, me dieron de alta y, mientras viajábamos en el asiento trasero del carro, yo solo miraba por la ventana. Mi mama llevaba al niño, sí, era un varón. Lo llevaba envuelto en sábanas y en una de sus manos llevaba la epicrisis que le entregaron en el hospital. No quería verlo, no quería tocarlo. Me daba asco y rabia pensar que eso había salido de mí. Mi mama quería dármelo para que le diera de mamar, pero fue imposible. Yo no permitía que me lo acercaran. Mi mama tuvo que comprarle un sustituto de leche materna para darle la pacha los primeros días y que no muriera de hambre.

Apenas pude incorporarme, sentí un cambio en mi ser. Empecé a salir como lo hacía antes. Me iba a la Cigar’s Zone a bailar y dejaba a mi mama dándole de comer a esa cosa fea. Conocí a otros chavalos y traté de borrar mi memoria perdiéndome en el ocio y en la diversión. Le robaba  reales a mi mama y salía todos los días. Salía a cualquier lado, donde fuera; solo quería salir y olvidarme de todo. Cuando llegaba a la casa, de madrugada, esa cosa siempre estaba llorando. Un día, mi mama no aguantó más y me lo llevó al cuarto. «Tenés que darle de mamar —me dijo—. Se va a enfermar el niño», continuó. A mí me habían violado cinco hombres, y hasta entonces no sabía quién era el papa de esa cosa. Esa noche fue la primera vez que lo tomé en mis brazos y que lo vi a la cara. Y ya no tuve que seguir haciéndome la pregunta. Tenía unos grandes ojos claros y una barbilla afilada. Era todo un gavilán.

Cuando lo vi, lo tiré en la cama bruscamente. Cuando cayó, rebotó y se golpeó la cabeza en la pared. Empezó a llorar y su llanto fue para mí como que me metieran un punzón en los oídos. «Callate, callaaaaaaaaaaaaateeeeeeeeeeee. Te odio, no te quiero, te odio», le grité y esa cosa no paraba de llorar. Mi mama lo agarró rápidamente. Sacó una diclofenac de su bolsa y le puso un poco en la cabeza. Se volteó y me dijo: «Tarde o temprano tenés que quererlo. Es tuyo y no lo podés desamparar». «Váyase a la mierda usted con esa cosa», le respondí. «No me voy y aquí te lo voy a dejar. Yo tengo que trabajar para mantenernos y así no puedo, me tenés que ayudar», me dijo. Me dejó a esa cosa en la cama y salió rápidamente del cuarto. Lo quedé viendo y, sin hacerle caso, busqué una ropa para cambiarme y salir. Se puso a llorar porque seguro tenía hambre, pero yo, inmutable, me seguí alistando. La forma en que lloraba me descontrolaba. «Callate, callate, callate yaaaaaa, monstruo de mierda. Te odioooooo», le gritaba mientras casi se ahogaba en su llanto. Ese día salí y lo dejé llorando en el cuarto.

Cuando volví, en la tarde, encontré a mi mama cargándolo. La cama estaba llena de mierda y de babas por todos lados. «Tenés que cuidarlo. Es tu hijo», me dijo nuevamente. Quitó las sábanas sucias y me dio unas nuevas para que yo las pusiera. Me dio también unas almohadas. «Ponéselas al lado para que no se caiga», me indicó. «No lo voy a cuidar —le dije—. Lo odiooo. No lo quiero. Yo quiero salir y divertirme», continué. «No me importa que tengás que salir. Aquí te lo dejo. Tenés que cuidarlo», me volvió a decir.  «Pero todos los chavalos de mi edad están en una fiesta a la que quiero ir». «Sí, hija —me dijo—. Pero vos tenés una responsabilidad». No me importó nada de lo que me dijo y volví a dejar al niño solo. Salí y no regresé hasta bien entrada la madrugada.

Otra vez estaba mi mama en mi cuarto con esa cosa en sus brazos. «Aquí te lo dejo. Y te lo voy a cambiar y a volver a dejar aquí hasta que recapacités», me indicó. «Lléveselo. Lléveselo de aquí que no lo quiero ver», le dije, pero ella no me escuchó. Lo acostó en la cama, al otro lado de las almohadas que lo protegían. Me quité la ropa, muy enojada. Me senté en una silla que tenía y decidí no acostarme en la cama con esa cosa. Pero esa cosa no paraba de verme y de sonreír. «¿Qué me ves, pedazo de mierda?», le pregunté, como si en verdad esa cosa fuera a contestarme. Y esa cosa no me respondió, obviamente, pero me sonrió.  Su sonrisa no era humana. Era la sonrisa de un gavilán. «Dejá de reírte, monstruo», le grité de pronto y el grito lo asustó. Empezó a llorar sin control. Y ya no pude más. «Callate, pedazo de mierdaaa. Callate yaaaaa», le grité, pero no dejaba de llorar. Me miraba con los ojos claros llenos de lágrimas y lanzaba unos berridos que me destrozaban los oídos.

Sin pensarlo, tomé una de las almohadas y se la puse en la cara. Apreté con fuerza y su llanto bajó de tono. Seguí apretando y sentí cómo se movía ese monstruo debajo de mí. Y entonces, al poco tiempo, se calló. Su silencio fue para mí la cosa más reconfortante del mundo. Ahí estaba esa cosa, en mi cama, con la mirada perdida en el techo, como buscando a su padre, el Gavilán. Agarré una bolsa negra y lo metí como perro dentro de ella. Salí de la casa por la parte de atrás para que mi mama no me viera y llevé conmigo la bolsa. Agarré un taxi y le pedí que me llevara a la cuesta de la Gavilana. Sería una tumba apropiada para el monstruo que llevaba en la bolsa. El taxi me dejó al lado de la carretera y, cuando se fue, subí a un pequeño bordo que hay ahí. «¿Estás listo para volar?», le pregunté. Agarré la bolsa y, con fuerza, la lancé al vacío. La lancé hacia el abismo, hacia la nada, hacia el olvido.

Después de hacerlo, volví caminando a Estelí. Cerca de El Semáforo, me topé con una patrulla. Mi mama venía en ella y se bajó con unas policías. «¿Qué hiciste?», me preguntó. «Le enseñé a volar, como su papa», le respondí, entre risas.

Tuve que llevar a las policías a la Gavilana y mostrarles el lugar en el que lo había tirado. Al poco tiempo, recuperaron la bolsa. Mi mama me abofeteó fuertemente mientras las policías me esposaban. El juicio duró poco y, por supuesto, me condenaron a la pena máxima. La jueza decía que nunca había visto a alguien tan sin alma como yo, pero eso a mí no me importó. Ya era libre; a mi modo, pero libre.

«Señor periodista. Ya terminó el tiempo», me grita el guardia que me había traído. «Un minuto —le digo—. Ya voy».  Me siento horrible tras escuchar la historia de Marta. Sabía que había hecho cosas espantosas, pero nunca me imaginé que fueran ese tipo de cosas. Ella me mira fijamente y, al hacerlo, sonríe mientras balancea sus pies y forma círculos con ellos. «Compa, sálgase ya», me dice el guardia con un tono brusco. «Voy», le digo.  Le pregunto a Marta si tenía algo que decir, y ella me dice que me acerque, que apague la grabadora y que me incline para decírmelo al oído. Lo que me dice me deja helado.

Guardo mis cosas, me despido y le agradezco. Trago grueso, me levanto y camino despacio hacia la salida. Volteo y veo que ella se queda sentada, con el recuerdo a cuestas y la impotencia tatuada en la frente. Sus manos esposadas se entrelazan, como rezándole a un dios que no la escucha, y sus ojos, presos bajo un velo de arrepentimiento inútil, se pierden nuevamente en la negrura de la pared, en las sombras de la incertidumbre.

El guardia me guía hasta la salida. Recojo mis cosas de la entrada y vuelvo al trabajo. La historia es publicada y es todo un éxito de circulación nacional. La publican íntegra, con excepción de lo que Marta me dijo al oído.

Una noche, mientras descanso con mi esposa en nuestra cama, ella me pregunta: «Ya me contaste todo, pero no me contaste qué fue lo que te dijo. ¿Te dijo acaso que estaba arrepentida de todo y que la ayudaras?». No le digo, no me dijo eso. «¿Te dijo que extrañaba a su mama?», continúa. «No, tampoco». «Y entonces, ¿qué te dijo? ¿Te pidió que ayudaras a su mama?».

Harto de tantas preguntas, me armo de valor, trago grueso y busco en el rincón del olvido de mi mente las palabras atroces que Marta me dijo. Hasta hoy, esas palabras resuenan en mi cabeza, pues son las señales de una mujer vacía, destrozada y presa más allá de los barrotes. Le respondo despacio a mi esposa: «Marta me dijo: ¿estás listo para volar?».

Creación propia

danilorayob

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28 thoughts on “La ocupante de la celda 32”

  1. que historia!… demasiado realista y lo peor es que yo estoy pasando por una situación parecida. tengo un bebe de 4 meses al cual no quise desde que me entere que venia en camino, intente de todo para no tenerlo, hasta me introduje un gancho tratando de que saliera… pero por cosas de Dios no salio, decidí entregarlo a Dios. me pidieron que lo amamantara hasta que pueda comer otras cosas y lo pueda entregar… sufrí mucho durante el embarazo, fue eterno, y se me adelanto el parto por lo que tuve una semana hospitalizada para que el naciera, mas torturas para mi…. pero desde que nació, al oír su llanto por primera vez, al verlo note en su mirada inocencia, cuando lo vi sonreír por primera vez me partió el alma… no les niego que muchas veces he tenido esas ganas de que no llore mas, cuando recuerdo que no lo quiero, pero siempre mi cordura vuelve, y el me sonríe cuando se calma, como diciéndome “gracias”… esa sonrisa me da fuerzas cada día para continuar con esto que a veces es un calvario (créanme que si), no les mentire diciendo que lo amo pero se que no tiene la culpa, y por eso lo cuidare hasta que tenga que entregarlo a la iglesia (que por cierto, espero sea pronto)… en el punto que la chica lo ve sonreír creí que (al igual que yo) cambiaría de actitud (con ese angelito), no me imagine el final que le daría…

  2. Todo bien pero… Nadie se da cuenta de que es malísima esta historia. No quiero ser agresiva, he leido historias mucho mejores en este sitio, de un nivel mas elevado. Esta mal narrada, es aburrida y no tiene suspenso ni sentido. Disculpe el que la redacto. Saludos!

  3. dejare mi comentario, mi mente puede estar retorcida hasta cierto punto pero mi cordura me mantiene con la diferencia de lo bueno y lo malo, y esta historia me gusto 😀

  4. Una palabra: Perfecta. El inicio, como se desarrolla la historia, y el final son simplemente perfectos, sin mencionar el realismo con el que se da todo el contexto, al principio, uno piensa que mato a sus violadores, pues poco antes dice, refiriéndose a su madre “¡Esa vieja maldita! ¡Yo no sé por qué no la maté a ella también!” luego te das cuenta que no fue a ella quien mato.
    No lo niego, la parte donde mata a su niño y la manera en que relata como lo oculta, fueron difíciles de leer, no por la manera que fue escrita, sino por el detallismo y realismo de la misma, eso sin duda, fue un punto clave de la narración entera.
    Cabe señalar, que el realismo de la historia en general, se debe a que aquí, en México, y otros lugares donde la pobreza puede llegar a ser extrema, las mujeres jóvenes, e incluso pre-adolescentes, son presa fácil de tipos como los que se nos presenta en tu historia.
    Ya para terminar, el final: «Marta me dijo: ¿estás listo para volar?». Sin duda, una frase que estaré recordando por mucho tiempo.
    Muchas gracias por tan buena historia, espero con impaciencia muchas mas.

    1. Muchas gracias por tus palabras, Naruto123. En realidad es una historia actual, algo que le podría pasar a una hija, a una hermana, a una prima. Es un llamado para protegernos y protegerlas:) Un gran saludo desde NIcaragua y mil gracias por tomarte el tiempo de leer y comentar la historia. Vendrán muchas más.:):):)

      1. Excelente historia, es una realidad que pasa muchas veces, hace poco se dio la Historia aquí en México sobre unos tipicos chavales ricos que violaron en grupo a una chica de clase media, la verdad lo que mas me gustó de tu historia es que retratas una cruda realidad, actualmente en México se tiene permitido el aborto producto de una violación, en cierta forma me compadecí de Marta, tenía que cuidar de un bebé que le recordaba una experiencia atroz, aunque obviamente ya tenía maldad en su corazón, pero pienso que pudo optar por otras salidas como darlo en adopción y concuerdo con Naruto la parte más dificil fue cuando mató a su bebé, no puedo concebir que alguien haga algo así, pero desgraciadamente he leído varias noticias en que esto pasa, eso vuelve aún mas aterradora la historia

  5. Aunque no es mejor que El duende, es increíble. Puedo decir, con total certeza, que sos el mejor autor que he ha llegado a esta página. Si solo has comenzado, harás historia con irremediable facilidad.

    Le comentaba a Spoby en su historia (La quebrada) que está por demás establecido que las traducciones de ella de junio y tus dos historias ganadoras del primer lugar del mes quedarán entre las cinco mejores del año. El orden exacto será difícil de determinar, pero es un hecho que, por el momento, se han llevado todos los honores.

    Cuando la madre le dice que juntas saldrán de esto casi se me asoma una lágrima. La historia puede ser uno de los creepypastas emotivos —melancólicos— más cargados que he leído, junto con El duende. Y, como El duende, el realismo de esta historia está por los cielos.

    Espero que nuestros usuarios te den una recepción similar a la de tus otras dos historias. Nada me gustaría más que ver cómo todos apoyamos tu crecimiento como autor.

    1. Muchísimas gracias, TubbieFox. Tus palabras fortalecen las llamas de mi deseo de continuar escribiendo. Todos los días aprendemos algo nuevo que nos ayuda a mejorar. Mil gracias por tu tiempo y consideración.

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