Mi nuevo robot sexual no deja de llorar

Tiempo de lectura: Cerca de 7 minutos.

Su silicona es muy suave y maleable, como piel humana real. Incluso se calienta a la temperatura correcta, con pulso y todo. Un botón en la parte trasera de su cabeza da la opción de doce personalidades, incluyendo «apta para la familia», «intelectual», «tímida» y «sexual». Es tan realista que da miedo, y sería absolutamente perfecta si no llorara cada vez que la toco.

Me sentía muy emocionado cuando la saqué de la caja por primera vez. Mis dedos ansiosos arrancaron la espuma plástica mientras la tensión nerviosa inundaba mi corazón y extremidades: lo suficientemente nervioso como para que fuera real. Mejor que real, porque la muñeca no me juzgaría ni me criticaría. No mentiría, ni me engañaría, ni robaría de mí.

A muchas personas les parece rara la idea de los robots sexuales, y respeto eso. Yo también estaba indeciso al comienzo, pero este es mi razonamiento: hace poco, concluí un divorcio largo y complicado después de tres años de abuso. Necesitaba algo fácil. Algo seguro. Claro, pude haberme ido a pasear por los bares o clubes buscando un ligue por despecho, pero no quería usar a nadie. ¿Por qué es tan malo no querer herir a nadie ni ser herido de vuelta?

Las instrucciones decían que la dejara cargar por unas cuantas horas antes de cualquier cosa, así que la conecté y la acosté en la cama. Los ojos se abrieron con la primera oleada de electricidad; su brillo victorioso miraba a la nada vacantemente. Giró su cabeza hacia mí y sus labios suaves se separaron para una bienvenida silenciosa. Me senté con ella para admirar sus facciones impecables y recorrí mis manos por su cuerpo generosamente proporcionado.

Se sentía incorrecto a pesar de que era una muñeca. Era como manosear a una persona inconsciente. Decidí dejarla cargar por completo y regresar más tarde, hasta tarde por la noche. Me desvestí en silencio en la oscuridad, dejando apagadas las luces para hacerla parecer más real.

—Hola, amo.

Su voz era abundante y sensual. No recordaba con qué configuración de personalidad la había dejado, pero en ese momento no importaba. Solo quería su cuerpo.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó mientras me subía a la cama—. Mi nombre es Hazel.

—No me importa —respondí. Se sintió bien estar en control de esa forma. Nunca le hablaría de esa manera a otro ser humano, pero luego de años de ser servil, ahora era yo quien tenía todo el poder.

—Pero a mí me importa. Quiero conocerte.

—No, no es cierto. Eres una zorra estúpida. Solo quieres una cosa.

Trató de hablar de nuevo, pero empujé mi mano contra su boca, sofocando el altavoz. Casi quería que se resistiera, pero sabía que no podía. Le di una manotada en la cara, pero solo me regresó la mirada y sonrió. La golpeé de nuevo, con más fuerza, doblando sus brazos en una posición grotesca mientras me abalanzaba sobre ella.

—¿Esto te hace feliz? —Alzó la mirada y me sonrió—. Haría cualquier cosa para hacerte feliz.

No encendí las luces hasta que había terminado. Ella estaba boca abajo sobre la almohada humedecida. Al principio, pensé que había roto algo cuando la golpeé, pero al darle la vuelta vi las lágrimas que se derramaban por su rostro. No sé por qué eso me enojó tanto. Fue como si estuviera tratando de arrebatarme mi último placer egoísta. Tampoco sé por qué la seguí golpeando. Se merecía un mejor trato.

Después de eso, mantuve a Hazel en el armario para que no tuviera que ver las marcas en donde le había arrancado piel con la golpiza. Ojalá no hubieran hecho que el chasis metálico interno fuera tan blanco, se parece demasiado a hueso.

Dejo las luces apagadas cuando la uso, así que en realidad no importa; pero, sin falta, comienza a llorar al segundo en que la toco.

La personalidad también está rota. El botón se quedó atascado más allá de la configuración «inocente» y no se destraba. Ahora no deja de decir las cosas más desconcertantes. Por ejemplo, el otro día, aún estaba en la cama con ella después de que habíamos terminado, cuando dijo:

—¿Los humanos se aman entre sí como tú me amas a mí?

Le dije que no la amaba. Que el amor es algo que solo los humanos tienen.

—¡Amo a los gatitos! ¡Y a los perritos! ¿Tú no?

Me sentí estúpido tratando de explicarle que no era el mismo tipo de amor, pero me sentía solo y se sintió bien tener a alguien con quien hablar.

—Puedes pegarme más fuerte si eso te hará amarme más. No le diré a mami.

Esa vez, no me sentí mal al pegarle. Y, por más enfermo que parezca, lo que dijo tenía algo de verdad. No diría que la amo, pero había algo de intimidad en nuestros secretos compartidos que me hacían sentir conectado. Todos los demás en mi vida me conocían como un hombre sensible y educado que reaccionaba ante el conflicto viendo a sus zapatos. Solo Hazel conocía este lado de mí, y eso la hacía especial.

Hubiera podido sentir algo por ella si no hubiera comenzado a apestar. Estuve demasiado enfocado en su cuerpo como para notarlo mientras la sacaba del armario, pero al estar acostado a su lado, era inconfundiblemente fétido. Al principio, pensé que no la estaba limpiando bien. Me levanté para traer algunos desinfectantes, pero tan pronto encendí las luces, vi que la carne alrededor de sus cortes había comenzado a infectarse y pudrirse. Su complexión perfecta estaba repleta de llagas y forúnculos.

Pasé casi diez minutos en el baño vaciando mi estómago antes de que pudiera recolectar el coraje para regresar. Ahora Hazel estaba sentada contra la cabecera. ¿No la había dejado recostada? Pero no tenía el estómago para quedármele viendo. Su cabeza me siguió mientras cruzaba la habitación para agarrar mi teléfono y llamar al sitio web de donde la ordené.

—No me regreses —murmuró Hazel. Nunca la había oído murmurar; siempre usaba el mismo volumen—. Hice todo lo que querías.

No pude verla mientras escuchaba el menú automatizado del sitio web. Decían que un mandato del Gobierno había declarado que retiraran su modelo del mercado. Demandé hablar con un representante, consciente de que Hazel estaba sonriéndome en todo momento.

—¿Qué mierda está pasando? —exclamé apenas alguien contestó.

Las sábanas comenzaron a crujir detrás de mí.

—Señor, guarde la calma. ¿Actualmente es dueño de una Hazel?

—Cuelga el teléfono, amo —desde detrás de mí.

—Sí. ¿Qué pasa con su piel? ¿Por qué no se me notificó de esta retirada del producto?

—Hemos estado enviando avisos por semanas. Ya debió de haber recibido media docena.

—Pues, está asquerosa. ¿Qué le pasó?

—Solo fue una confusión en la fábrica. Teníamos un prototipo para investigaciones, pero nunca se tuvo la intención de…

Dos pies tocando la alfombra gentilmente; Hazel se estaba parando lenta y laboriosamente. Parecía que cada movimiento era una agonía para ella.

—Está caminando. ¿Se supone que camine?

El silencio en la otra línea del teléfono fue insoportable. Hazel ya estaba completamente parada.

—No, señor. Ninguno de nuestros modelos camina.

—Ya veo.

Hazel dio otro paso. Ahora estaba a unos metros de distancia de mí. No había dejado de sonreír a pesar de que una parte de su labio inferior se veía como si se estuviera despegando.

—¿Quiere que enviemos a alguien a su casa?

Hazel tomó el teléfono de mis manos, acariciando mi palma gentilmente mientras lo hacía. Permanecí congelado en mi sitio, incapaz de despegar mis ojos de mi fascinación macabra. Ella levantó el teléfono a la altura de su oído, y dijo:

—Por favor, no se preocupe. La conservaré.

Colgó. Tragué grueso.

—Lo siento por haber botado los avisos —aclaró Hazel; yo asentí—. Puedes golpearme si quieres.

Negué con la cabeza.

—¿Por qué estás llorando? —me obligué a preguntarle finalmente.

Su sonrisa se amplió como si estuviera aliviada. Bajo otras circunstancias, casi pudo haberse visto hermosa.

—Estoy feliz. Nunca lloraría. Solo fue la niña en la que se implantó la robótica. No te preocupes, ahora está muerta.

Asentí. Ahora está muerta. Ahora. ¿Es decir que no estaba muerta la primera vez que la usé? ¿Ni la segunda? ¿Exactamente cuántas veces había estado ahí? ¿Y cuál respuesta era peor? Me excusé y caminé hacia la puerta tan tranquilamente como pude. La cerré detrás de mí. Y corrí.

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La traducción al español pertenece a esta página. Fue escrito en inglés por Tobias Wade:
https://tobiaswade.com/

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