la sonrisa de los que no estan

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Otro día monótono termina, salí del trabajo y me desvié para tomar un café en modo de compensación por el arduo día en la oficina. De camino a casa, encontré un billete de 50 pesos abandonado a un lado de la calle. Ya una vez en casa, colgué mi abrigo y saludé a mi madre, como todos los días; ella me devuelve ese saludo con una enorme sonrisa. Para celebrar el ascenso que obtuve en la oficina, atenué las luces de la habitación y serví dos copas de vino. Mi madre reposaba en el centro de la mesa sobre la blancura del mantel, siempre sonriendo, siempre mirándome. Estática, donde el tiempo no pasa y su serenidad y alegría no perecen.
Entrada la noche, la nostalgia y el alcohol se apoderaron de mí, provocándome la peor depresión de mi vida. Podía ver como aquellos recuerdos distantes se teñían de un tinte rojo en lo profundo de mi copa. Entre llantos, puede escuchar la vos de mi madre, eran susurros que se colaban en mi mente, poco entendía de lo que me hablaba en mi oído izquierdo, buscando con la mirada la procedencia de ese sonido encontrándome con la imagen de mi querida madre. ¿Era esto un sueño? Mi madre me murmuraba cosas sin sentido, cosas que olvide. Me relataba esa fatídica noche hace ya 15 años, me contaba como había conocido a mi padre, su amor hacia él y también su desprecio.
Aquella noche, mis padres discutían por cosas triviales, no le hubiese dado importancia si no fuese por el grito desgarrador que lanzo mi madre. Un escalofrío recorrió mi espalda, me apresuré a bajar las escaleras para encontrarme con la escena que marcaria toda mi miserable vida.
En mi presente, camine lentamente hasta la cocina mientras que la voz de mi madre relataba la furia con la que mi padre la tiró al piso. Ahora, parada en el umbral de la cocina, una visión del pasado resurgió de mis recuerdos, mostrándome aquello que creía olvidado.
Tome una tiza blanca e hice una cruz exactamente en el lugar en el que mi madre gritaba por ayuda, mientras mi padre hundía un cuchillo en el estómago de su amada, una y otra vez, con una mirada que le helaría la sangre a cualquiera. Arrastrando una silla hasta la cruz, la vos comenzó a explicarme porque la gente no me quería y solo deseaba mi muerte; que nadie echaría de menos a una pobre psicótica medicada.
Comencé a pensar que quizás tenía razón. Entre pensamientos, subí a la silla para encontrarme con aquella vieja amiga, hecha un nudo, colgando desde la biga del techo, su color y manchas reflejaba el largo tiempo que llevaba meciéndose lentamente, esperando…
“Es verdad, si alguien me quisiera, o incluso, si notaran mi presencia; ya te hubiesen llamado.” Pensé y me di cuenta que algo no estaba bien.
“ya te hubiesen llamado” Recordé de inmediato, ese pensamiento no provenía de mi ser, sentí que alguien me impusiera sus pensamientos y al mismo tiempo me hablara.
¿Y si fuese solo un demonio cuyo trabajo sea el llevar almas desdichadas como la mía? Susurrando malicias, derrumbando el espíritu, destrozándonos por dentro. Yo no iba a caer en ese truco, ningún demonio va a apoderarse de mi alma. Pero de repente, vuelvo a escuchar la voz apacible de mi madre, volteo hacia mi izquierda y ahí estaba, sonriente en su marco de plata, sobre la heladera, mirándome.
-Te extraño, mi amor.- Esta vez la voz proveniente del cuadro se hizo más potente.
Con lágrimas en mis ojos. Tomé la soga en mis manos y la coloque en mi cuello. Pero pensé: “¿y si no fuese mi madre? ¿Y si fuese ese demonio?”. Volteé y la miré directo a los ojos.
-Yo también te extraño mamá.- Contesté un poco confundida.
-Entonces hazlo.- Respondió ella, mi queridísima y amada madre.

creación propia

soytoronja

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