La insatisfacción del todo

Tiempo de lectura: Cerca de 22 minutos.

Les presento, queridos noctámbulos, una historia escrita anónimamente de 5 actos, disfruten.

ACTO I:

El mimo

Érase una vez un mimo que vivía en el interior de lo que parecía ser una enorme caja de paredes color salmón. Pasaba las horas muertas, aletargado, sumido en la más absoluta somnolencia. Raras veces quebraba la simetría de su propio inmovilismo; y cuando lo hacía, era con el único propósito de desentumecer sus músculos.
El mimo ignoraba como había llegado a convertirse en lo que era: una víctima propiciatoria del concepto. Pero eso no le inquietaba demasiado, pues pensaba que su presencia ahí, dentro de aquella caja color salmón, era necesaria… incluso, vital.
¿Necesaria? ¿Vital? ¿Para qué? No tenía la menor idea. Pero era mejor pensar eso, que llegar a la conclusión de que su presencia entre esas cuatro paredes color salmón se debía pura y simplemente al azar. La conclusión que podría sacar entonces de todo esto, no sería en absoluto de su agrado. Porque de ser así, de ser el azar quien lo hubiera puesto ahí a él, y no a otro, su presencia se tornaría insustancial, carente de todo significado, un mero accidente, un absurdo nacido de la casualidad. Por eso mismo, el mimo prefería pensar que su confinamiento perseguía un propósito concreto, para el que su presencia —y no la de otro— era indispensable. Porque si no estuviese convencido, probablemente, le sería imposible mantener el equilibrio emocional; principal responsable de que la eternidad se hiciera un poco más llevadera.
Nunca se había planteado qué podría haber al otro lado de los tabiques color salmón que ponían cotos a sus dominios.
¿Qué podría ofrecerle lo que fuera que hubiera más allá de aquellos tabiques color salmón, que le indujera a abandonar un mundo hecho a su medida?
Últimamente, y cada vez con mayor frecuencia, había algo extraño en su propio comportamiento, que le hacía sentir una cierta incertidumbre que, poco a poco, derivó en preocupación. A veces, algo estallaba en lo más hondo de su ser, una especie de furia contenida, que lo encolerizaba hasta tal punto, que su calma se veía quebrada por un torbellino incesante de movimiento. Iba de un lado a otro, cual perro rabioso. Palpando las paredes primero y arañándolas después. Tan ebrio de vehemencia que ni siquiera la sangre que brotaba bajo las uñas de sus manos era capaz de apaciguar su ira. Era como si, en su desesperación, buscase un resquicio por el que poder colarse… ¿y escapar?
Con la misma celeridad con la que se había desatado la devastadora furia motriz, acudía otra vez la calma. Entonces el mimo se desplomaba, abatido y exhausto, apoyando el culo sobre los talones. Y se quedaba ahí, de rodillas, hecho un ovillo, sintiéndose terriblemente mal, sin saber muy bien por qué.
Hasta que el sueño no lo vencía, permanecía en esa misma posición fetal, contemplando el temblor de unos dedos —los de sus manos— que no habían sido moldeados para temblar.
Algo grave le sucedía, de eso no le cabía la menor duda. Estaba perdiendo el control sobre sí a pasos agigantados. Los platillos de una balanza, antes firmemente estable, se desequilibraban ahora con excesiva facilidad.
Sólo en sus sueños, el mimo podía disfrutar del desenfreno y el descontrol que le eran negados durante la vigilia. Aunque era como si dichos sueños ya no pudieran contener las llamaradas del estallido del revoltijo de miedos, deseos y frustraciones que amenazaban con consumirle por dentro. Por lo que todos esos sentimientos, que siempre habían estado bajo su control, florecían ahora con estrépito y embadurnaban la realidad que se extendía más allá de los dominios de Morfeo; mostrando lo que realmente eran y no lo que se esperaba que fueran las cosas. Cólera y rabia entremezclada desenmascaraban el verdadero rostro oculto bajo el espeso maquillaje de un mimo. ¿Qué hay tras la máscara de un mimo? La respuesta es bien sencilla: bajo el maquillaje de un mimo, sólo hay un hombre.
Las crisis cada vez eran más frecuentes. Sus ataques de furia más salvajes e incontrolados. Tras cada nueva crisis, el mimo creía haber sobrepasado de largo su capacidad de aguante, pensaba que ya nada podía ser peor y que, de serlo, sería incapaz de soportarlo. Mas el último ataque siempre era mucho más doloroso, mucho más violento, mucho más descarnado que el anterior, Mientras él, en medio de esa insufrible agonía, sólo quería llorar, romperse definitivamente, para no tener así que rehacerse nunca más, y volver a padecer ese terrible suplicio otra vez.
No, por favor suplicaba sin palabras el mimo Por lo que más quieras, otra vez no…
Los ataques no sólo no cesaron, sino que las paredes color salmón dejaron de ser las únicas víctimas de su vehemencia desatada, infringiéndose en sus propias carnes el más sangriento de los castigos; desgarrando capas y capas de la epidermis que rodeaba sus muñecas con las uñas embadurnadas por la sangre que brotaba a borbotones de sus venas amoratadas.
Y mientras se retorcía como un animal herido, sólo tenía cabida un pensamiento en su mente, el temblor de sus manos. ¡Dios!, eso era lo peor, el temblor…
Cuando despertaba, el mimo descubría, al principio con sorpresa, luego con ira y, finalmente, con resignación, que las huellas de sangre esparcidas por toda la estancia, tras cada nuevo ataque, habían desaparecido por completo, recuperando los tabiques su esplendor asalmonado; y las venas de sus muñecas palpitaban como si nadie las hubiese reventado.

ACTO II:

Una puerta dibujada en el tabique

Los párpados descendieron paulatinamente, hasta que la pared color salmón, situada justo frente a él, desapareció bajo el telón negro de sus pestañas. En ese momento, cautivo de una oscuridad deseada, sintió como una ráfaga de aire fresco acariciaba su rostro y dilataba los poros de una tez seca y mal hidratada, debido a la espesa base de maquillaje que los cubría. Mientras disfrutaba de la embriagadora brisa, cuyo sólo contacto le hacía trascender más allá de lo físico, le pareció oír un susurro que se le antojo melodioso. Guardó silencio, concentrado toda su atención en el sentido del oído. Escuchó, escuchó y escuchó…
Largo rato después, confirmó su hipótesis. Efectivamente, lo que había llegado hasta él a través de sus oídos no eran otra cosa que los primeros compases de una composición musical.
De pronto, ante sus ojos, se generó una puerta. Aunque más que una puerta, como objeto físico, parecía el dibujo de una puerta, como si alguien hubiese trazado sus contornos con un trozo de carbón sobre uno de los tabiques color salmón. La música provenía de dentro, de detrás del tabique.
El mimo, algo temeroso, mas su curiosidad era mayor que su miedo, introdujo los dedos de sus manos en la negrura de una de una de las líneas verticales. Supuso que hallaría un asidero, algo a lo que poder anclarse para abrir la puerta. Y así fue, aunque sólo fue capaz de agarrar el canto de la hoja con la yema de los dedos. Tiró como pudo, pero su punto de agarre no era bueno y, en cuanto hacia fuerza, las yemas de sus dedos resbalaban y soltaban su presa. Aún así, no se rindió. Tiró una vez más. Nada, la puerta parecía estar atrancada. Siguió tirando. Nada. Insistió. Nada.
Entonces tiró con toda su alma, en un último y desesperado intento por abrir la puerta. Su espalda se dobló en un arco imposible mientras sus músculos se tensaban como cables de acero y sus pies se anclaban al suelo. El mimo no estaba dispuesto a ceder. ¡Jamás! Era una cuestión de tiempo. Su orgullo estaba en juego. La puerta o él. Y hasta que su columna vertebral no dijera basta, él no cejaría en su empeño.
Sin que el mimo se diera cuenta de ello, algo comenzó a crecer en lo más hondo de su ser. La rabia, nacida de la frustración, había abierto un resquicio por el que se filtraba la ira; mantenida anteriormente a raya gracias a la quietud.
El mimo, por un momento, se asustó y estuvo a punto de ceder ante la puerta. Pero no lo hizo. Aunque el precio a pagar fuera demasiado alto, bien valdría la pena. Todo con tal de lograr su objetivo y vencer en su denodada lucha contra una puerta atrancada.
En ese momento, mientras su cuerpo se retorcía debido a la terrible presión a la que eran sometidos todos y cada uno de sus músculos, justo en ese preciso momento y no en otro, con la razón nublada por el dolor, hubiera vendido su alma al mismísimo diablo si este le hubiera tentado. Todo con tal de traspasar el umbral de una puerta dibujada en la pared.
Su cuerpo comenzó a temblar espasmódicamente, su rostro se crispó bajo el maquillaje, sus ojos, desorbitados, se inyectaron en sangre… Y, entonces, no pudo reprimir un alarido, cuyo sonido no sonó como el de un animal herido, no, más bien sonó como el de un loco. Era la carcajada de un demente. No gritaba, reía. ¡Y no sabéis cómo! La locura parecía haberse adueñado de él.
En plena catarsis de agónico gozo, donde las lágrimas del llanto se mezclaban con la saliva de la risa, se oyó un chasquido y la puerta se abrió unos pocos centímetros. El mimo salió repelido hacia atrás, al resbalar sus dedos del canto de la puerta. Y tras cruzar por los aires toda la habitación, sus huesos chocaron violentamente contra la pared opuesta.
Antes de incorporarse, se quedó unos segundos en el suelo, como si quisiera sosegar su furia, apaciguar la rabia, mientras gruñía y gemía entre jadeo y jadeo. Finalmente, logró calmarse, a pesar de que sus manos continuaban temblorosas y el sudor impregnaba todo su cuerpo. Se incorporó y se encaminó hacia la puerta, que ahora permanecía entornada.
Cuando llegó a sus inmediaciones, se detuvo, paralizado; quizá víctima del miedo, quizá llevado por la prudencia. Pero fuera como fuese, inmediatamente después, asomó su ojo derecho por el hueco que quedaba entre el quicio y el canto de la hoja, y lo que vio al otro lado, le sobrecogió.
Más allá del umbral, atisbo un majestuoso cuadro a medio hacer. Un lienzo salpicado por un crisol de colores y tonalidades diferentes, difuminado todo por el continuo movimiento rotatorio de una decena de manchas informes. Nunca antes los ojos del mimo habían sido testigos de tan portentoso espectáculo. Necesitó un tiempo para acostumbrarse a la luminosidad de un lugar que no era éste sino aquél.
Las manchas fueron aclarándose, los contornos adquiriendo un mayor contraste respecto al fondo y los rasgo perfilaron formas y dieron profundidad a la composición. Los borrones repartidos simétricamente por todo el cuadro eran en realidad las siluetas de distinguidos caballeros, vestidos con sus mejores galas, y de sus respectivas damiselas, encorsetadas en bellísimos vestidos, muy escotados y provocativos, que bailaban al compás que les marcaba la música. Girando y girando, cual peonzas humanas.
El mimo espió durante una eternidad, quizá relativa, pero eternidad a fin de cuentas. No se atrevía si quiera a moverse, por lo que se limitaba a permanecer, temeroso de poder hacer. Era como si el simple hecho de plantearse la posibilidad de traspasar la fina línea que separaba dos mundos, estrangulara su ánimo. Una miscelánea de sentimientos antagónicos reverberaba en lo más hondo de su ser. Se sentía abrumado ante semejante mare mágnum de nuevas sensaciones. Desconcertado y excitado a un tiempo.
Mientras tanto, el majestuoso espectáculo que se desarrollaba más allá de una puerta que no debería estar, pero que aún así estaba, proseguía impertérrito, a pesar de la intrusión de un extraño que estaba, pero que no debería estar.
Dos mundos convergían en un mismo instante y ninguno sabría jamás de la presencia del otro.
El mimo era la única persona que parecía ser consciente del anormal acontecimiento que estaba teniendo lugar. Los demás, entregados al baile como estaban, parecían demasiado preocupados por no equivocar los pasos como para notarlo.
Pero algo ocurrió, que hizo que el mimo dejara de lado la generalidad para centrarse en lo particular. Pues el sensual influjo que expelían unos ojos verdes, resplandecientes como esmeraldas, enmarcados dentro de un rostro ovalado y armonioso, hizo presa de él. La legitima dueña de tan hermosos ojos se hallaba de pie en un rincón, como si quisiera pasar inadvertida entre la multitud. Su piel blanquecina permanecía cubierta, en parte, bajo la fina tela de un sencillo vestido gránate, con tirantes y de una sola pieza, que le llegaba hasta la mitad de sus muslos, y que dejaba entrever sus redondeces pequeñas y firmes bajo los numerosos pliegues de la ropa. Parecía una campesina en medio de un baile de príncipes. Mas ni una sola de aquellas damas, pensó el mimo, podría competir en belleza con ella.
De pronto, mientras el mimo permanecía absorto, con sus ojos fijos en la muchacha del vestido gránate, la puerta se cerró; primero lentamente, y luego con un golpe seco, como se cerraría la contraportada de un gran volumen tras su lectura.
El mimo necesitó de un tiempo para tomar conciencia de lo que había ocurrido. Era como si, segundos después de que la puerta se hubiera cerrado, saliese del trance en el que se hallaba sumido y se diese de bruces con la cruda realidad. Otra vez volvía a estar solo, entre cuatro tabiques color salmón.
Se inclinó, posando una de sus orejas sobre donde antes hubo una puerta, y escuchó, con la esperanza de oír la música, mas sólo oyó el silencio.
Sí, otra vez estaba solo.

ACTO III:

La muchacha

El mimo se había entregado a la quietud en busca de refugio, mas seguía asediándole el recuerdo de aquellos hermosos ojos esmeralda.
Las crisis se fueron sucediendo y los intervalos de calma entre una y otra se iban acortando paulatinamente. La mente del mimo se desquiciaba con cada nuevo arrebato de furia motriz y el temblor de sus manos se acrecentó hasta hacerse evidente a simple vista. No estaba bien, nada bien.
Pero un día, en el que se levantó más tranquilo de lo que había estado desde hacia mucho tiempo, decidió que ya nunca estaría solo. Su cabeza no retumbaba, por lo que podía pensar con claridad, por lo que podía reflexionar acerca de lo acontecido. La puerta dibujada en la pared había aparecido cuando se encontraba en medio de una oscuridad deseada y había desaparecido cuando su atención se había centrado en lo particular, abstrayéndose de lo general. Así que pensó que si su propia imaginación, arrastrada posiblemente por su deseo de no estar solo, había sido la responsable de crearlo todo, tal vez, si lograba imaginar solo a la muchacha, ésta podría venir a él.
Con premura, pues temía que una nueva crisis diera al traste con todo, se puso manos a la obra. Se situó en el centro de la estancia y dejó que sus párpados cubrieran sus ojos. Y, otra vez prisionero de una oscuridad deseada, la imaginó, pero no sólo como algo físico… no… imaginó también el sonido de su voz, su tersura, su olor…
Entonces notó el frescor de la brisa sobre su cara y, en ese momento, el mimo hizo una perfecta reverencia, extendiendo su mano como si la ofreciera, gentilmente, a una dama. Su mano quedó suspendida en el aire, con la palma vuelta hacia arriba y los dedos levemente flexionados. Por fin sintió algo, el contacto aterciopelado de una mano femenina que se posaba delicadamente sobre la suya.
Abrió los ojos, y su corazón dio un vuelco. Si hubiera podido llorar, lo hubiera hecho. Ante él se hallaba la muchacha del vestido gránate, mirándole tímidamente con aquellos radiantes ojos esmeralda, mientras esbozaba una sonrisa nerviosa que aparecía y desaparecía.
El tiempo avanzaba inexorablemente dentro de la caja color salmón. La muchacha parecía adaptarse bien a su nueva situación. O al menos, eso era la impresión que transmitía de puertas afuera, pues nunca se quejaba del desagradable hedor que exudaba una estancia de aire viciado, ni tampoco de la sensación de suciedad que provocaba las altas temperaturas y que impregnaba todo su cuerpo de una pringosa película de sudor. Mas en días muy contados, cuando el calor resultaba insoportable, podía atisbarse en su faz el terrible malestar que le afligía; aunque ella se esforzara para que su anfitrión no se percatase de ello.
A medida que pasaba el tiempo, la muchacha empezaba a padecer los estragos intrínsecamente ligados al confinamiento. Era bien cierto que nadie le había obligado a tomar la mano del mimo y que, durante los primeros días, había disfrutado como una niña de cada instante pasado a su lado. Pero tampoco era menos cierto que no podía evitar desear, sobretodo en aquellos días de temperaturas extremas, huir lo más lejos posible de esa maldita caja. Se sentía como si le faltara el aire. Tenía la impresión de que las paredes color salmón que la rodeaban habían comenzado a achicar sus dimensiones, reduciendo el espacio paulatinamente, como si quisieran ahogarla. Además, con el tiempo, ella había empezado a sentirse como un elemento discordante, como si ella estuviera ocupando un espacio que no le correspondiese. Por otro lado, estaba convencida de que el mimo no podría vivir jamás fuera de esas cuatro paredes color salmón. Que moriría tan pronto como se le sacara de la caja. El razonamiento era demasiado complejo como para que ella pudiera seguirlo sin perderse, pero de lo que sí estaba segura era de que el mimo y la caja eran un solo ser: un compendio de caja y hombre. Por lo tanto, uno sería incapaz de vivir sin el otro, y el otro sin el uno. Pues, pensaba que, sería imposible justificar la existencia de la caja de tabiques color salmón, ubicada en todas y en ninguna parte, sin la presencia del mimo. Debido a esto, la muchacha se sentía culpable por sus ansias de libertad. Ya que de huir de la caja color salmón, irremisiblemente, debería dejar atrás a su preciado mimo. Cosa que pasaría sin ningún género de dudas, porque cómo iba a poder romper el vínculo, el cordón umbilical que le unía a la caja color salmón… no, era imposible.
La muchacha, aunque de manera muy solapada, estaba convirtiéndose en mujer. Los cambios por fuera eran evidentes, los cambios por dentro, es decir, a un nivel puramente hormonal, pronto lo serían. Con dichos cambios, probablemente, emergería en ella el deseo natural de encontrar un compañero. Alguien con quien poder entregarse a la pasión. Y, una vez colmado su apetito sexual, quizá concebir una vida que se gestaría milagrosamente en su útero.
La muchacha pasaba la mayor parte del tiempo que el mimo dedicaba a la quietud a explorar su cuerpo. Deslizaba el dorso de sus manos sobre la tersa de piel de sus mamas, comprobando que estaban más abultadas que la última vez que las palpó, y que también volvía a experimentar ese agradable cosquilleo cuando presionaba sus dedos. Pasó la yema de sus dedos por los pezones y comenzó a juguetear con ellos. Llevadas sus manos por la curiosidad del autoerotismo, frotaron su cuerpo, húmedo, yendo de una zona erógena a otra, como si supiese la localización exacta de cada una de ellas.
En pleno clímax sexual, mientras la muchacha acariciaba los labios de la vulva, sus dedos palpaban el canal vaginal y su otra mano estimulaba el monte Venus, la cara interna de los muslos, el vientre, la cara lateral del tronco… no pudo reprimir un suave gemido que quebró, inmediatamente, la quietud del mimo. Éste miró de reojo, y vio como se tocaba. No dijo nada, no hizo nada. Se limitó a entregarse nuevamente a la quietud.

ACTO IV:

El muchacho

El mimo era incapaz de comprender el comportamiento de la muchacha. Por lo que pasaba la mayor parte del tiempo entregado a la quietud, pues lo prefería a tener que afrontar el problema, el cual le resultaba sumamente violento. Le costaba hacerse a la idea de que aquella hermosa muchacha del vestido gránate, que tiempo atrás le cautivara con sus ojos esmeraldas, hubiera cambiado tanto. De lo que sí estaba completamente seguro era de que él no podría calmar el recién descubierto deseo sexual de una muchacha que había dejado de serlo. ¿Por qué? Pues porque en algún retazo de su memoria escondía la vergüenza de no ser capaz de colmar la pasión de una mujer. ¿Qué cómo podría saber eso, si nunca, al menos que él recordase, había tenido que amar a una mujer? No tenía ni la menor idea. Simplemente, lo sabía. Y, para él, eso bastaba.
El dilema era el siguiente: el mimo sabía que si no hacia algo, las cosas sólo podían empeorar, mas si ponía remedio al problema, corría el enorme riesgo de perderla. Porque el remedio consistía en satisfacer a la muchacha; y si él era incapaz, otro debería hacerlo en su lugar. No le importaba que otro copulara con ella, lo que le molestaba es que una tercera persona se interpusiera entre ellos dos. El mimo la amaba desde su quietud. La había convertido en el pilar fundamental que sostenía la inestable estructura de toda una vida dedicada a la soledad. Había logrado una relativa estabilidad con el calor de su compañía, aunque el temblor de sus manos seguía ahí. El problema radicaba en que se sentía responsable de ello, pues era él quien le había traído hasta allí. No le quedaba más remedio que hacerlo, pensó apesadumbrado: debía proporcionarle un compañero.
Un día, tras desentumecer sus músculos, se dirigió a la muchacha que se encontraba recostada en un rincón, la despertó y la obligó a levantarse y a caminar hasta el centro de la estancia. La muchacha, aún adormecida, se dejaba hacer, limitándose a lanzar algún que otro gruñido en señal de protesta, mientras arrastraba los pies y se resistía a realizar el titánico esfuerzo de levantar los párpados.
El mimo cerró los ojos e, instantes después, los volvió a abrir. La muchacha le imitó y, sumida en la oscuridad como estaba, comenzó a impacientarse a medida que su expectación crecía. Poco a poco, sintió los párpados más ligeros, y tuvo que esforzarse para evitar que estos no se levantaran cual persianas. Entonces, notó como alguien le cogía cuidadosamente la mano derecha; en cuando hubo sentido el frío tacto de su piel supo que la mano pertenecía al mimo. Mas, cuando el mimo tiro de su mano hacia delante, percibió el roce cálido de otra mano, más robusta. Un escalofrío la hizo estremecerse y la obligó a abrir los ojos.
Ante ella había un apuesto joven de tez cetrina, rostro alargado y melena negra azabache, que la miraba con la misma mezcla de extrañeza y euforia con la que ella, pensaba, debía estar mirándolo a él. Llevaba puesto unos pantalones bombachos de color gris, unas botas altas de cuero y una camisa blanca, también muy amplía, con el cordel del cuello suelto, asomando el vello rizado del pecho, y adornado sus puños con puñetas.
Los días se sucedieron. La muchacha y el joven, ambos extremadamente tímidos, tardaron muchísimo en comenzar a relacionarse. Siendo necesaria la intervención del mimo que, al ver que ninguno de los dos hacia nada por acercarse al otro, se las apañaba para que terminasen juntos, bailando hasta la extenuación y riendo a mandíbula batiente. Pero lo que el mimo no lograba entender era su propia reacción cuando los veía bailar y se fijaba en como las manos de él se aferraban a la cintura de ella, las tripas se le revolvía y no podía evitar sentir nauseas…
Los dos jóvenes comenzaron a pasar todo el tiempo el uno al lado del otro, sentados en el suelo, o de pie, apoyados en alguno de los cuatro rincones que unían los tabiques color salmón de la caja. Se susurraban a la oreja, se miraban, cuchicheaban, se reían, se tocaban…
Y entonces, un día, pasó lo inevitable. Los dos amantes se entregaron a la pasión.
El mimo, tan pronto como oyó los gemidos de la muchacha y la vio retorciéndose entre sus piernas, literalmente engarzada de pies y manos al cuerpo desnudo de otro hombre, no pudo impedir que el odio exacerbado y la repugnancia más absoluta lo contaminara. Hasta tal punto fue así, que su fisonomía fue transformándose bajo la espesa base de maquillaje que escondía su rostro. El cual se agrietó en un sin fin de líneas inconexas que acrecentó, más si cabe, el halo de locura que ahora dominaba su expresión. Miraba a los dos amantes con los ojos inyectados en sangre, el rostro crispado grotescamente y los dientes apretados y asomados tras unos labios replegados.

ACTO V:

La metamorfosis

Después de amarse, sus cuerpos desnudos, impregnados uno de la esencia del otro, permanecieron, durante los que le pareció un mundo, compartiendo el silencio, hasta que el sueño pudo con ambos.
El joven durmió con la sien izquierda apoyada sobre el brazo, extendido a ras de suelo, mientras su otra mano reposaba delicadamente sobre la cadera de la muchacha; quien se mantuvo todo el tiempo acurrucada contra él, dándole la espalda, con los brazos encogidos tímidamente, y las muñecas dobladas delante de sus pechos, como si, inconscientemente, tratara de cubrir su desnudez.
El joven se despertó y ahogó un bostezo, llevándose la mano que tocaba la cadera de la muchacha a la boca. Después de retirar un mechón rebelde de su frente, se asomó, inclinando la cabeza, para comprobar si ella aún dormía… mas, tan pronto como sus ojos contemplaron su angelical rostro, éste se quedó totalmente ensimismado.
Una sibilante respiración, cuyo arrítmico sonido se clavó en su cerebro, cual mil alfileres calentados al rojo, lo devolvió bruscamente a la realidad.
Como si buscase al causante de tan desagradable ruido, apartó por un momento los ojos de su amada y miró al frente. Y a punto estuvo de vomitar su corazón por la boca, cuando al alzar su mirada dio de bruces con el grotesco rostro del mimo situado a un palmo del suyo. Entonces, se quedó paralizado, temblando como una hoja de papel, con los ojos muy abiertos y trémulos, sin saber qué hacer.
El mimo lo miraba fijamente, con ojos inquisidores, en la más absoluta quietud. Encorvado, acuclillado, como una depredador que se dispusiera a saltar sobre su presa. Mas se guardó mucho de que las manos, entrelazadas por detrás de su espalda, permanecieran ocultas. No quería que su incesante temblor rompiera la simetría de su pose, haciéndolo menos amenazador a los ojos del joven. En aquella faz agrietada y grotesca, sólo había lugar para la cólera, ni rastro de lo que algún día fue.
De repente, el mimo le dedicó al joven una macabra sonrisa llena de amarillentos y pequeños dientes, afilados como colmillos, e, inmediatamente después, se levantó como un resorte, girando sobre sí mismo, dándole la espalda. Volvió sobre sus pasos y se detuvo a metro escaso del joven, con la cabeza escondida entre los hombros y las manos, ahora, entrelazadas sobre su regazo.
Mientras el joven trataba de calmar su corazón desbocado, temeroso de que alguno de sus ventrículos pudiera reventar, el cuerpo del mimo adquirió una rigidez antinatural.
El joven escudriñó al mimo, mirándolo, expectante, durante un buen rato. Al ver que éste no daba muestras de movimiento, se tumbó otra vez. Aunque ahora lo hizo bocaarriba, soltando toda la tensión acumulada. Eso sí, sin apartar en ningún momento los ojos del mimo, al que ahora podía vigilar sin necesidad de incorporarse.
El joven, comenzó a parpadear… cada vez con mayor insistencia… hasta que los párpados le pesaron demasiado como para mantenerse despierto, y el sueño lo venció.
Si el joven en vez de ver la nuca del mimo, hubiese contemplado la expresión de éste, no se hubiese visto arrastrado por el sueño, sino que hubiera sido la locura la que lo hubiera conducido a otro mundo, igual de onírico, sí, pero mucho más desquiciado y mucho menos placentero. El rostro del mimo estaba repugnantemente desencajado, con los ojos cubiertos por una fina película blanca y la boca abierta, exageradamente grande, como las fauces de una víbora, asomando una lengua viperina de entre sus labios. La cual estaba hinchada y amoratada a causa de los afilados colmillos que se clavaban en ella, desbordándose la sangre, que manaba de los cortes, por su barbilla, saliente y convulsionada.
De pronto, el mimo miró por encima de su hombro. E, inmediatamente después, se acercó a los cuerpos desnudos de los amantes y se situó justo detrás del joven, poniéndose a la altura de su cabeza. Entonces, se agachó y, como si tirase de un hilo invisible conectado a la cabeza del joven, al alzar la mano, ésta quedó suspendida en el aire. Acercó su otra mano, con los dedos índice y corazón formando una uve. Los ojos del joven se movieron bajo los párpados, como si fuera a despertar de un momento a otro. El mimo juntó sus dedos índice y corazón, y la cabeza del joven se desplomó sobre el suelo, sin un aliento de vida.
La muchacha se despertó sobresaltada, como si acabase de tener una pesadilla. Y cuando vio a su amado tirado en el suelo, muerto, soltó el más descarnado de los alaridos. Seguidamente, se arrodilló a su lado, sollozando histéricamente, mientras acunaba la cabeza de un cadáver, que en vida le hizo el amor.
El mimo cogió a la muchacha por la cintura, y la zarandeó. Tras darle la vuelta, la abrazó con todas sus fuerzas, intentando calma así el sufrimiento de su hermosa muchacha de ojos esmeraldas, como tantas veces antes había hecho.
Mientras la sostenía entre sus brazos, ella expiró su último aliento de vida y su cuerpo se convirtió en algo blando y correoso. El mimo trató de evitar que el tronco de la muchacha se escurriera de entre sus manos o que se balanceara de un lado a otro, empeñándose en poner una y otra vez su espalda derecha… Y de los ojos del mimo brotó una lágrima que contenía más dolor que toda una vida de llanto.

FIN

Anonima

Ulilop

Pocas cosas me gustan más que hacer sufrir a alguien.

Please wait...

15 comentarios de “La insatisfacción del todo”

  1. Bueno… Y nunca dijeron que diablos hacia el mimo ahi… como fue que llego a ser un mimo, qe era la caja color salmon… esa era mi verdadera duda… y en vez de eso se pusieron a escribir de una tipa que se masturbaba y un wey que se la cogia….

    No me gusto la historia, esperaba algo mejor… NEXT!!

  2. Es increíble, me gustó sobremanera, la forma de escribir es muy formal y a la vez engulle al lector. la historia es fantástica, me gustó mucho.
    Sólo un pequeño detalle en un par de detalles ortográficos y de puntuación, te lo recalco ya que la forma de escribir es muy buena como para enmarañar las palabras con detallismos de escritura.
    (Y)

  3. Me gusto bastante, esperaba en todo momento un troll, pero resulto bastante buena, quiza fue una muerte muy corta, me hubiera gustado ver mas sufrimiento en ese amante.. (Jeje..) 4/5 :cerealguy:

  4. wow crei que seria una historia estupida, donde el mimo resultaba ser uno de esos jugete que salen de una caja con manivela.
    Pero wow resulto ser muy profunda, me gusto 😀

¿Quieres dejar un comentario?