La curiosidad de Bruno

Tiempo de lectura: Cerca de 13 minutos.

La curiosidad de Bruno ganó como la mejor historia enviada en el mes de abril, 2016.


Aquel viejo portón con los barrotes oxidados no iba a detenerlo más, Bruno sentía la curiosidad desde hace meses; ese edificio abandonado y semidestruido lo incitaba todos los días cuando iba rumbo al colegio. Muchos rumores habían respecto a ese enorme inmueble, y algunos aseguraban haber escuchado extraños quejidos por las noches provenientes del interior del que alguna vez fue un gran «centro de investigación» hacía cuarenta y un años atrás. Le faltaban solo dos meses para graduarse y no quería irse de la ciudad sin saber cómo era el interior de ese edificio.

Miles de judíos desfilaron por esa misma entrada y cruzaron ese mismo portón para nunca más salir, o al menos eso es lo que contaban los más antiguos pobladores del lugar. Miles de almas fueron atormentadas dentro de esas instalaciones; derrumbados sus muros ahora, producto del último bombardeo y el pasar insorteable de los años.

Aprovechando la poca luz al amanecer, se deslizó entre los retorcidos y oxidados fierros y, en cuestión de segundos, ya estaba dentro. Caminó rápidamente y, una vez dentro del edifico, encendió su linterna y se dispuso a explorar.

No quedaba nada intacto; después de todo, habían pasado cuatro décadas desde que dejó de funcionar. La mayoría de las cosas habían sido robadas o destruidas por el paso del tiempo. Caminó por los pasillos cautelosamente, leyendo con atención cada uno de los pocos letreros que aún se mantenían legibles. Avanzó por un largo pasillo y, al llegar al final, se encontró con un bloqueo causado por el derrumbe de una pared. Logró divisar un pequeño agujero por el que costosamente entraría, y —armado de valor y curiosidad— continuó su recorrido a través de aquel estrecho túnel. Del otro lado solo encontró dos puertas más en ambos lados y una pared en medio; decepcionado, se disponía a irse cuando tropezó con un borde levantado de una compuerta que se encontraba en el piso, de lo que esperaba que fuera un sótano o al menos una bodega. Se devolvió al derrumbe para buscar algo que lo ayudase a abrir la compuerta y, después de mucho batallar, logró separar un trozo de varilla de la estructura. Unos quince minutos después, la compuerta había cedido y Bruno estaba listo para adentrarse en su nuevo descubrimiento.

El agua se filtraba por algunas paredes y las mantenía húmedas y cubiertas de un extraño musgo; el pasillo estaba desordenado, con muchas sillas y bandejas metálicas tiradas por doquier; algunos restos de lo que parecían pinzas y otras herramientas también debían ser esquivadas conforme avanzaba hacia la extraña puerta que se encontraba al final del pasillo.

Limpió un poco el letrero instalado en la puerta, y la leyenda indicaba: «Forschungsraum». Abrió la puerta y, aferrándose a la luz de su linterna, continuó su exploración.

A diferencia del resto del edificio, este cuarto no parecía dañado por los años; al contrario, era como si el tiempo se hubiese detenido dentro de ese cuarto, todo se veía nuevo. Caminó despacio, observó varios círculos pintados en el suelo con extrañas formas dentro y letras desconocidas alrededor; algunos de ellos tenían runas, otros varios triángulos. Al lado de una pared un círculo enorme con la Estrella de David en medio y alrededor muchos pentagramas. Este círculo era diferente a los otros; además del tamaño considerablemente mayor, era de color rojo y no estaba tan bien detallado como los demás, que eran perfectos. Más bien, parecía hecho a mano por alguien con mal de Párkinson, y la zona donde estaba parecía quemada. Apuntó el haz de luz hacia la pared y pudo ver que también parecía quemada y estaba agrietada, y comprobó con horror que habían figuras humanas pintadas con los brazos levantados, como protegiéndose de algo. Estas figuras le hicieron recordar las fotos que vio en el libro de su tío de lo que quedó de las víctimas de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Era indudable que algo malo había ocurrido ahí.

Observó al final del enorme cuarto un tanque de vidrio con un líquido verduzco dentro. Se acercó, limpió un poco el cristal y retrocedió de inmediato: dentro del tanque había lo que parecía una persona muy delgada conectada a lo que se asemejaba a un respirador artificial, pero eso no era posible, el diseño era muy adelantado para la época en la que fue construido el edifico, y era más extraño aún que el cuerpo estaba intacto, casi parecía vivo. Se acercó un poco más para mirar con mayor detenimiento, y el hombre dentro del recipiente abrió los ojos; horrorizado, dio un salto hacia atrás, pero una mano posada sobre su hombro le impidió el paso.

Se volteó lentamente y solo consiguió mirar algo enorme con ropa blanca mientras perdía el conocimiento.

Despertó un tanto adolorido y desorientado. Intentó levantarse, pero no podía. Observó con detenimiento con el único ojo que podía abrir y se encontró sujetado a una silla, no podía mover siquiera la cabeza. Intentó gritar, pero algo dentro de su boca ahogó el rugido.

Delante de él se encontraba un hombre viejo, fácilmente sobrepasaba los setenta años, apoyado en un bastón metálico con púas en la punta que apuntalaba al suelo y una mirada siniestra. Y, detrás de él, algo enorme con forma humanoide, pero que media más de dos metros y tenía una masa muscular espantosa. Trataba de comunicarse con extraños gemidos que el viejo parecía entender, ambos reían mientras lo observaban hasta que notaron que había despertado.

El anciano se acercó lentamente en tanto lo inspeccionaba con sus ojos vidriosos; tocaba su cara con la fría punta del bastón y las púas amenazaban con incrustarse en su carne. Después de unos minutos de silencio, el viejo por fin habló:

—Ciertamente, no esperábamos un voluntario para los ensayos tan pronto… Todavía faltan algunas cosas que ajustar, otros sujetos con los cuales experimentar…

Volteó trabajosamente y, mientras se dirigía al tanque con el ser en su interior, continuó hablando:

—Desde la caída de nuestro imperio, continuamos trabajando, investigando en este laboratorio que fue de las pocas cosas que sobrevivieron al bombardeo; aunque muchos de nuestros colegas y sus apuntes perecieron por el fuego, suficiente información pudo ser rescatada como para continuar con los estudios. Pude obtener también varios sujetos de prueba gracias a los mutilados por la explosión de la bomba… bastó con terminar de amputarles las extremidades restantes y esperar a que sanasen… ¿sabes? Es mejor si el sujeto de pruebas no tiene ninguna forma de escapar…

En lo que una macabra sonrisa se dibujaba en sus labios, extraía una jeringa de su escritorio y la llenaba con el líquido contenido en el tanque. Acto seguido, introdujo la aguja dentro del ojo cerrado de Bruno mientras el objeto en su boca apagaba el horripilante grito de dolor.

Despertó violentamente. Al instante en que abrió sus ojos, descubrió que la hinchazón había desaparecido; se sentía realmente bien y pudo observar que ya no estaba atado a la camilla, ahora poseía una especie de grilletes que lo sujetaban a la pared cerca del enorme pentagrama color rojo.

Nuevamente, apareció el enorme ayudante del anciano trayendo esta vez una bandeja con comida para Bruno.

No sabía cuánto tiempo llevaba ahí encerrado, dentro de algunos recuerdos confusos de las veces que despertó durante algunos segundos, luego de que el anciano le inyectara ese líquido, recordaba unos hombres discutiendo sobre lo precipitado de los experimentos, y su último recuerdo fue ver cómo sacaban un torso en una camilla y el desmayarse cuando el sujeto muerto volteó la cabeza producto de un desnivel en el piso, pudiendo ver su rostro de desesperación grabado al momento de la defunción.

Sin mucho apetito, comió lo que su captor le ofreció, más por el miedo a ser golpeado nuevamente o torturado si no comía que por hambre. Minutos después de que la mole se marchó con la bandeja y las sobras, llegó el anciano, trayendo consigo un estetoscopio y una pequeña linterna, la cual, al apuntarle el haz de luz directo al ojo izquierdo, le provocó un inmenso dolor y una furia asesina que nunca antes había sentido.

En el rostro del anciano había cierto deje de preocupación, pero, al preguntarle Bruno por las otras personas que discutían con él sobre lo apresurado del experimento, su semblante cambió.

Sin decir una sola palabra, el anciano se levantó y se dirigió de nuevo hacia el estanque, extrajo otra jeringa del extraño líquido, y, de nuevo, esa sonrisa maquiavélica se dibujó en su rostro. Bruno comenzó a agitarse, a intentar por todos los medios liberarse de las cadenas, pero un golpe en su nuca propinado por la enorme mole debilitó al instante todos sus impulsos; y, mientras lo sujetaba por detrás con una llave y le impedía cualquier movimiento, podía sentir su fétido aliento penetrar en sus fosas nasales en tanto el abominable anciano introducía la aguja, esta vez directo en su vena yugular. Volvió a desmayarse…

En esta ocasión su letargo no duró tanto tiempo, y pudo mantenerse despierto por más tiempo entre los lapsos de delirio.

Pudo contar ahora a tres extraños personajes, que parecían satisfechos con el anciano esta vez, pero algo no iba bien: al mirar con más detenimiento a estos sujetos, pudo descubrir que no eran exactamente humanos; es más, no parecían sólidos, ya que se distorsionaban levemente cuando el aire de uno de los ductos de ventilación soplaba a través de ellos. Poco a poco, fue recobrando la consciencia, y, al intentar gritarle algunos improperios a sus captores, notó que nuevamente algo apagaba sus gritos mientras maldecía con toda su alma el instante en el que había entrado por esa maldita puerta.

El leve sonido que pudo escapar fue suficiente para que los ahí reunidos voltearan hacia el pobre desdichado, y, con una señal, el más obeso de todos le indicó al anciano que era momento de proseguir con lo planeado…

Apareció la mole nuevamente y lo levantó con violencia. Soltó las cadenas de la pared y lo arrastró hacia el lugar donde estaban pintados los pentagramas y símbolos  extraños. Bruno trataba de liberarse con todas sus fuerzas, pero poco podía hacer en esa condición y contra ese enorme ser que lo llevaba a rastras. Fue sujetado al piso con sus brazos y piernas abiertas y, segundos después, el anciano atravesó su pecho con una enorme aguja conectada a una extensa manguera metálica. El viejo accionó unas palancas y del techo bajaron lentamente ocho espejos que reflejaban la imagen un tanto distorsionada.  Mientras el anciano colocaba grandes piedras de colores a su alrededor, una en cada extremidad y otra grande y citrina sobre su cabeza, la mole fue depositando a su alrededor varios torsos sin extremidades. La mirada de estos infelices estaba perdida y no tenían nada cubriéndoles la boca. Esto fue espantosamente aclarado al momento en que una aguja similar a la que tenía fue clavada en el pecho del individuo a su izquierda; este abrió la boca, pero no emitió ningún sonido: no tenía cuerdas vocales ni tampoco lengua. Se encorvó levemente y, segundos después, quedó inmóvil. Este procedimiento fue repetido con los otros seis infelices, y, una vez que todos fueron conectados y amarrados al piso, mole y maestro se dirigieron al panel con los controles.

—Auf Wiedersehen —le dijo el anciano con una mofa en su rostro, accionó la última de las palancas y las piedras comenzaron a brillar al tiempo que la temperatura comenzaba a ascender. Conforme la luz de las piedras se intensificaba, aparecían siluetas en los espejos: pudo reconocer en ellos a varios de los sujetos espectrales que vio cuando aún estaba medio adormecido. Pudo ver claramente sus rostros, deformes y malévolos; la silueta era humana, pero esos rostros definitivamente no lo eran. Golpeaban con fuerza los cristales, desde el otro lado, desesperados por cruzar hacia este mundo. La temperatura seguía subiendo y ampollas aparecían en sus brazos, su cabello también comenzaba a achicharrarse y el dolor aumentaba cada segundo. Cuando sus fuerzas comenzaron a flaquear, y el dolor era tan intenso que le obligaría a gritar de agonía, el líquido del contenedor comenzó a descender hacia su pecho a través de la manguera metálica. El dolor se volvió insoportable, lanzó dos ahogados gritos y perdió el conocimiento. Al instante, una fuerte descarga eléctrica lo despertó. El anciano caminaba en círculos con ansiedad y preocupación. El dolor fue disminuyendo hasta que, de pronto, no sintió nada más y el tiempo se detuvo. Aunque las piedras seguían brillando y quemando su piel, el dolor había desaparecido por completo, y, lentamente, los espectros del espejo cruzaron a este plano, traspasando el vidrio cuan cortina de agua; cayeron pesadamente al piso y el ritual se detuvo.

Notó  en el rostro de satisfacción del anciano que el ritual había sido un rotundo éxito. Este se acercó de prisa junto con la mole y, uno a uno, colocaron a los seres en camillas y los sacaron de la habitación dejando a Bruno amarrado en el piso.

Casi perdía el conocimiento, pero unos golpes provenientes del contenedor de cristal lo hicieron voltear la cabeza. Dentro del recipiente, ahora vacío, la criatura convulsionaba, como cuando colocas un pez en un recipiente sin agua; parecía estarse ahogando, pero aún tenía el respirador artificial conectado. Comenzó a golpear cada vez con más fuerza las paredes del recipiente y logró romperlo. Se quitó el respirador de prisa y saltó afuera de su prisión de cristal. Miró los torsos en el piso y corrió hacia ellos mientras su brazo expedía una importante cantidad de sangre, producto de los cortes al romper los vidrios. Se posó sobre el primero y abrió una enorme boca, con varias filas de tajantes dientes, y, desmontando su quijada, comenzó a devorar al primer infeliz. Bastaron cinco de minutos y tres de los sujetos casi habían desaparecido. Sintió el hedor cerca de sus oídos y, justo cuando comenzó a sentir el dolor de las garras de la criatura al aferrarse para comenzar a devorarlo, escuchó una fuerte detonación; de repente, la mitad de la cabeza de su escuálido pero hambriento depredador había desaparecido.

Detrás de la humeante arma se encontraba el anciano, quien no podía dar crédito a lo que había ocurrido y se le veía bastante preocupado. Envió a la mole a levantar los cuatro torsos restantes y comprobó que yacían muertos, aunque no podía determinar en ese momento si la criatura los había eliminado o simplemente no habían soportado el experimento.

Bruno siguió en el piso mientras limpiaban todo el desastre, y, al cabo de unos minutos, la enorme mole recogió también su cuerpo. Observó con debilidad cómo lo sacaban de la habitación a rastras y, totalmente agotado, se desvaneció de nuevo.

 

Lentamente, abrió los ojos y se encontró en una oscura gruta. Sus ojos pronto se acostumbraron a la oscuridad, pero su nariz no podía acostumbrarse al hedor a carne descompuesta que impregnaba el lugar. Se levantó pesadamente e intentó caminar, pero tropezó con un bulto pesado y viscoso. Horrorizado, comprendió que era uno de los torsos utilizados en el experimento, y que el terrible olor provenía de cientos de cadáveres que habían sido arrojados desde lo que parecía meses. El zumbido de las moscas le advertía que ese lugar llevaba bastante tiempo albergando cuerpos. Con gran dificultad, logró desplazarse a través del mar de carne y alcanzar por fin la tierra firme. Caminó unos minutos siguiendo la dirección de algo que esperaba que fuese agua que corría débilmente, y una luz le indicaba la posible entrada de la cueva. Aceleró el paso, esperanzado; deseaba con toda su alma volver a casa, a la tranquilidad de su cama. En cuanto saliera, iría corriendo a la policía; estos horrores debían ser detenidos a como diera lugar. El aire fresco lo alentaba. Corrió hacia la luz, casi la abrazaba. Podía escuchar personas del otro lado y, aunque era un solitario, nunca había estado más feliz de poder estar acompañado.

Aceleró el paso, corrió con todas sus fuerzas, y el dolor fue insoportable al chocar de frente contra la pared invisible. Se tomó la nariz e intentó detener el sangrado con una mano, mientras que con la otra seguía golpeando, pero nadie del otro lado lo escuchaba. Acercó su rostro a la pared y, cuando su vista por fin se acostumbró a la claridad, no podía dar crédito a lo que estaba viendo: del otro lado estaba su familia, felizmente reunida y celebrando una fiesta. ¿El celebrado? ¡Era Bruno con su traje de graduación! ¡Ese era su cuerpo! Lo llamaban para la foto familiar y se disculpó un momento para irse a arreglar al espejo. Al llegar, sonrió con una gran burla y colocó la mano cerrada mostrando el dedo del medio donde estaba su cara en el espejo. «Auf Wiedersehen…», dio media vuelta y se fue a celebrar junto con su familia. Bruno rompió a llorar y una mano huesuda y viscosa se posó sobre su hombro mientras algo le mordía el cuello. Contempló la escena nuevamente y rápidamente perdió el conocimiento.

Creepypasta Propia
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Forgius

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4 comentarios de “La curiosidad de Bruno”

  1. SPOILERS

    Vaya, ese es un final triste. Lo he leído antes en algunas historias, y siempre me llega al corazón. Los creepypastas con finales trágicos siempre pueden ser muy efectivos.

    Para lo que resta, es una historia sólida. Muy pocas inconsistencias o detalles que la harían absurda. Todo es creíble, si tienes mente abierta. Felicidades por tu lugar en el Salón de la Fama. Este es tu mejor trabajo.

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