El Viejo del Machete

Tiempo de lectura: Cerca de 14 minutos.

El viejo del machete ganó como la tercer mejor historia enviada en el mes de julio, 2016.

Final adaptado de la leyenda urbana Killer in the Backseat y el film Urban Legend.


viejomachete

Después de cumplir su turno en el hospital, Lucía volvió a casa para disfrutar uno de sus pocos placeres: quitarse los zapatos y el sostén, tumbarse frente al televisor, subir los pies en un banquito y mirar la emisión nocturna de Crónica TN8. Esa noche, los titulares los acaparaba la noticia del descubrimiento del cuerpo de una mujer. La mujer, que vivía sola, como Lucía, fue asesinada frente a su casa. Su cuerpo fue descuartizado y algunos vecinos, que oyeron gritos y se asomaron por unas rendijas por miedo a ser descubiertos, reportaron que vieron a un hombre viejo salir rápidamente del lugar con lo que parecía un gran machete en su mano. El noticiero, amarillista e irrespetuoso como siempre, titulaba la noticia de manera espeluznante: «Asesino descuartiza a chavala que vivía sola». Lucía no lo sabía, pero esa mujer era la octava víctima del Viejo del Machete, como se había empezado a conocer al asesino en los medios locales.

Siguió viendo la televisión y, después del noticiero, miró un capítulo de Rastros de Mentiras, la novela brasileña que le fascinaba, especialmente porque en ella figuraba un hospital privado, como en el que ella trabajaba. Lucía llevaba ocho años viviendo sola desde que había completado la carrera de medicina en la UNAN. No tenía novio ni hijos y disfrutaba su soltería dedicando sus energías a su profesión. Le gustaba vivir sola, por la independencia que esto implicaba y por la libertad para hacer lo que quisiera sin dar explicaciones a nadie. Su mamá vivía con su segundo marido, pues el primero la abandonó después de que Lucía se bachilleró. A Lucía eso le cayó como un chorro de lava en su corazón, una herida que nunca terminó de cerrarse.

Al día siguiente, cuando volvió del trabajo y completó su ritual, se sorprendió al ver que otra mujer había sido descuartizada frente a su casa en el Residencial Millenium. Las muertes no eran coincidencias, sino el trabajo de un psicópata.

Los meses transcurrieron con normalidad hasta un negro jueves de octubre, cuando Lucía volvía a su casa en el Residencial Campo Bello, después de pasar dos días de turno en el Hospital D’Avellino. Eran las 5:40 de la tarde. Parqueó su carro en el lugar acostumbrado —bajo el árbol del almendro—, se bajó con el celular, puso las llaves en la bolsa trasera del pantalón, sacó su bolso del maletero y se dirigió a su casa, la E12, el sitio que ella llamaba «hogar».

Caminó despacio, su cuerpo azotado por la falta de descanso y el estrés de la guardia. Solo recibió el saludo de Bobby, un barbudo gnomo de jardín con sombrero rojo y cachetes rosados que sostenía un letrero de bienvenida entre sus manos. Una de sus compañeras de trabajo se lo había regalado en su cumpleaños. Hasta entonces, Bobby parecía ser el único hombre en su vida. Llegó hasta la puerta y sus dedos buscaron sin éxito las llaves, escudriñando el contenido del gigantesco bolso GD —vanidades, tampones, una billetera, pintura de labios y un cepillo—, pero estas parecían haberse esfumado. Fue entonces que sintió cómo los pelos de la nuca se erizaban mientras toda la piel de su cuerpo se ponía como de gallina. Lucía se sintió observada. Miró hacia los lados y contempló las calles desiertas del residencial. Las hojas secas de los almendros circundantes cubrían buena parte de la calle y se dejaban llevar, alegres, por el viento vespertino. Era bastante raro, pues a esa hora volvían de sus trabajos la mayoría de los vecinos. Miró hacia el cerco hecho con limonarias que estaba frente a su casa y tampoco notó a nadie, pero sí sintió un aroma putrefacto en el aire, como si el ambiente del residencial se hubiera infectado repentinamente.

El viento empezó a soplar con un silbido poco usual y Lucía empezó a sentir miedo y desesperación. Presurosa, se puso el celular en la boca, subió su rodilla derecha y se colocó el bolso en el regazo para buscar mejor. Buscó desesperadamente mientras su frente y las palmas de sus manos empezaban a sudar. Las llaves no estaban por ningún lado.  Algo captó la atención de la esquina de su ojo. Con movimientos lentos, miró hacia la derecha y vio a un hombre que empujaba con dificultad un carretón. Lucía se desesperó aún más y, mientras buscaba con locura las llaves en su bolso, notó que el hombre ya estaba muy cerca de su casa. Sin decir nada, el hombre, que era claramente un viejo, dejó el carretón parado cerca de la acera, caminó alrededor de él y se dirigió al senderito de piedras zopilotas que llevaba hasta la puerta. Lucía buscó y buscó y no encontró las llaves, mientras que el hombre pasaba al lado de Bobby. En su desesperación, apretó su bolso contra su pecho, como poniéndolo de escudo, se dio vuelta, apoyó su espalda en la puerta y gritó: «¡Nooooo!». El hombre, al que Lucía no pudo verle el rostro, se detuvo y no avanzó más; su cabello cano brillando con la luz de las luminarias que acababan de encenderse en el residencial. «Ay, ¡no me mate, por favor!», dijo Lucía con la voz quebrada por el miedo, su alma saliéndose del cuerpo con cada palabra.  En ese momento, un Hyundai Excel dobló en las esquina y se aproximó despacio por la calle. El hombre se dio vuelta vertiginosamente, volvió a su carretón y se alejó por donde había venido.

Lucía sintió un alivio momentáneo y también un dolor en su nalga derecha. En ese momento recordó que, al salir del carro, había guardado las llaves en su bolsa trasera. Abrió la puerta, tiró el bolso y las llaves en el comedor y fue directo al baño. Se lavó la cara para calmarse un poco y se puso la mano en el corazón, que palpitaba con un dramático ritmo. Se miró en el espejo del tocador y contempló la cara de una joven muerta de miedo, los ojos abiertos como un personaje de anime y el labio inferior preso de un indetenible temblor. Se quitó el sostén y los zapatos, se tumbó en el sofá, subió los pies al banquito y encendió la televisión, justo a tiempo para Rastros de Mentiras. Esa noche no pudo dormir bien, pues no podía dejar de pensar en las mujeres descuartizadas y en el Viejo del Machete. ¿Era ese hombre que vio cerca de su casa el asesino? ¿Por qué no la había matado cuando tuvo la oportunidad? ¿Por qué la policía tardaba tanto en atrapar a un hombre con tan fácil descripción? Estas y otras preguntas bailaron por su mente hasta que no supo más de sí y se perdió en los sueños.

Sin saberlo, Lucía empezó a obsesionarse con el caso y, al día siguiente, buscó todos los artículos sobre el mismo.  Abrió el navegador de su computador y en la página de Google escribió: «Viejo del machete». El motor de búsqueda arrojó cientos de enlaces de páginas, la mayoría de las cuales correspondían a artículos de La Prensa, El Nuevo Diario, Hoy, El Mercurio y Confidencial. No era común que en Nicaragua un asesino en serie pudiera seguir a sus anchas, cuando se pensaba que la Policía Nacional era de las más efectivas del mundo. Todos los artículos planteaban básicamente lo mismo, que el Viejo del Machete solo mataba a mujeres jóvenes que vivían solas en residenciales de clase media. Todas habían muerto descuartizadas y en las heridas se podía apreciar la saña del asesino.

Mientras sorbía su taza matutina de café y miraba por la ventana, Lucía planeó qué hacer en su día libre. Trató de olvidar el episodio del día anterior, terminó su café, cogió las llaves y salió de su casa. «¡Nos vemos más tarde!», le dijo cariñosamente a Bobby mientras pasaba a su lado. Era un día maravilloso, con un sol radiante y un azul infinito en las alturas. Lucía vestía una fresca camisola blanca de algodón y unos jeans gastados, su visión protegida por unos grandes anteojos a lo Jackie O. Se subió al carro y ajustó el retrovisor. En el reflejo, la imagen del cerco de limonarias le dio tranquilidad. Se dirigió al centro de la ciudad y pasó por el mall, por la Dry Cleaning y por el salón de depilado láser VIP. Con un pequeño ardor en su entrepierna, resultado de la sesión en el VIP, volvió a su casa.

El residencial parecía tener una cara distinta a la del día anterior. Parecía más colorido y más lleno de vida. «¿Ya vine, amor? », le dijo con tono sarcástico al pobre Bobby, cuyo sombrero ya mostraba los efectos del nicaragüense sol. Antes de abrir la puerta, miró hacia los lados y a lo lejos vio a unos niños que jugaban en la acera. Eso la reconfortó y le dio ganas para seguir disfrutando del día. Puso las compras sobre el desayunador y la ropa draiclineada en el armario, gabachas con gabachas, pantalones con pantalones, como debía ser.  Se quitó toda la ropa y adoptó la modalidad «comfy», es decir, calzón de vieja y camisola antigua con huecos por todos lados. Fue a la cocina y se preparó un arroz con atún. Almorzó sola, como siempre, y para completar su almuerzo se sirvió una enorme taza de café que disfrutó junto a la ventana mientras veía a los niños que jugaban todavía, como ella jugaba todos los días cuando sus padres estaban juntos y su papá no la había abandonado.

Ya había olvidado todo sobre los asesinatos, hasta el momento en que puso la taza sobre el borde de la ventana. Como si hubiera activado un switch, el cielo se oscureció y empezó a llover a cántaros. Los niños volvieron a sus casas y la calle se convirtió en un riachuelo que arrastraba pequeños barcos formados por las grandes hojas redondeadas de los almendros. El golpeteo de la lluvia sobre la ventana empezó a sintonizarse con la aceleración del ritmo del corazón de Lucía. Miró nuevamente por la ventana y, para su horror, contempló la imagen que creyó haber borrado de su mente. Parado junto al cerco de limonarias, estaba un hombre viejo: un gran machete en su mano, la ropa empapada y la mirada puesta en la ventana de Lucía.

Lucía cerró de golpe las cortinas y vio cómo temblaban sus manos al hacerlo. Impulsada por el miedo, corrió hasta la puerta, la aseguró y buscó su celular. Llamó a la policía y, casi sin aliento, reportó el suceso: «Hooola. Mire, vivo en el Residencial Campo Bello. Hay un hombre afuera de mi casa. Tiene un machete. Tienen que venir rápido, por favor, creo que es el hombre de las noticias», dijo con voz entrecortada. «Cálmese, muchacha. Tranque bien la puerta. Hay una patrulla cerca. Ya se la mandamos», contestó la operadora.  Lucía hizo caso,  fue a su cuarto y se metió debajo de la cama. Pasaron lo que parecieron siglos, hasta que escuchó un ruido y se alegró al creer que era la policía, pero un sonido de cristales rotos la hizo quedarse inmóvil en su escondite. Con las palmas y su barbilla sobre la alfombra, pudo ver un par de pies que entraban en su cuarto. Los pies llevaban zapatos mojados y a su lado se movía el filo de un enorme machete curvo.

Lucía se sintió perdida, empuñó una de sus manos y con la otra se tapó la boca para no emitir ningún sonido, las lágrimas inundando su rostro y nublando su vista. El viejo del machete estaba en su cuarto. El hombre caminó alrededor de la cama y lucía siguió su caminar con los ojos, los estruendosos latidos de su corazón a punto de delatarla. Desde su escondite pudo ver cómo el hombre caminaba por el cuarto, disfrutando su estadía en el lugar, regocijándose por encontrarse en la intimidad de su próxima víctima. Lucía no podía más, estaba a punto de desmayarse por el miedo y a punto de gritar en su impotencia.

En ese momento, el hombre se acercó a la puerta. Lucía se alegró al ver que el asesino no la había descubierto. Pero cuando este estaba a punto de salir del cuarto, se detuvo en seco, pues algo había llamado su atención. Lucía cerró sus ojos e imploró la misericordia del altísimo. Los pies del hombre permanecieron inmóviles por varios minutos hasta que caminaron hacia la cama, el machete como un improvisado péndulo moviéndose junto al hombre al ritmo de sus pasos. Se sentó en la cama y su peso hizo que el colchón bajara hasta presionar la cabeza de Lucía contra el suelo. Estaba tan cerca que Lucía pudo sentir el apestoso olor que salía de esos zapatos mojados. Estaba a punto de darse por muerta, cuando sonaron de forma estridente unas sirenas. El hombre se detuvo y salió corriendo del lugar. Costó un mundo que Lucía saliera de su escondite, pero, al fin, pudo reunir fuerzas, ponerse una bata y salir a la puerta.

Los agentes policiales le hicieron preguntas y otros que habían venido en otras patrullas rodearon la casa en busca del hombre que Lucía describía. No pudieron encontrar nada y de la casa solo se llevaron la descripción hablada que Lucía les había dado. Antes de irse, uno de los agentes se detuvo cerca de donde estaba Bobby, su libreta aún en su mano. «¿Tiene algún lugar más donde quedarse hoy?», le preguntó. «Sí, bueno, sí, algunos lugares. Trabajo en el Hospital D’Avellino», le contestó. «Le aconsejo que se vaya para allá. No va a estar segura aquí hasta que agarremos a ese hombre. Es posible que vuelva o que la siga a lugares familiares», le dijo.  «Bueno, hoy tengo que ir al hospital en la noche porque tengo que atender unos pacientes. Ahí me puedo quedar», dijo Lucía. «Me parece bien. Manténgase acompañada, en lugares donde haya vigilancia. Buenas noches», concluyó el oficial. Lucía no esperó mucho. Tomó la primera gabacha que encontró, su celular, las llaves y voló hacia el hospital. Cuando estuvo allá, le contó todo a Alexandra, su colega, la que le regaló a Bobby, el gnomo. Ella le ofreció alojamiento en su casa y Lucía, gustosa, aceptó para tratar de olvidar lo sucedido.

Pasaron los días y el trabajo y la compañía reconfortaron a Lucía. Su alma retomó su habitual tranquilidad. Un día, recibió una llamada de su madre, quien vivía en Estelí y a quien no veía desde hacía meses. La llamaba para saludarla y para invitarla a una fiesta de cumpleaños que le habían organizado en la Terraza Colombiana. «¿Cómo estás, amor?», le preguntó. «Bien, mami. Ya el susto me pasó y me he estado quedando donde la Alexandra. Creo que pronto podré volver a mi casa. Parece que ya se calmaron las cosas», le dijo. «¡Qué bueno, Luchillita! —le contestó su madre, recordándole su apodo infantil—. Mirá, venite entonces el sábado. Decile a la Alexandra que venga también y así se vienen acompañadas», continuó. «La Alexandra tiene turno el sábado, mama. Pero yo si voy a ir. Trabajo hasta las 5:30 ese día, pero no se preocupe, voy a estar bien», le dijo Lucía. «Dale pues, amor, te espero. Un besito, mi reina». Y con eso, Lucía escuchó el continuo tono del teléfono. Presionó el único botón del aparato, lo guardó en la bolsa delantera de la gabacha y siguió trabajando.

Llegó el sábado y Alexandra le prestó alguna ropa de fiesta a Lucía, pues ella no quería pasar por su casa buscando algo para ponerse. Eran las 5:40 de la tarde cuando tomó la carretera norte hacia Estelí. El camino estaba bastante despejado, salvo por unas vacas que se le cruzaron antes de llegar a San Benito. Unos kilómetros después, la estatua de Andrés Castro la despidió antes de internarse en una de las partes más desoladas de la carretera.

El sol empezaba a ocultarse y, cuando pasó por Maderas, tuvo que encender las luces y poner el parabrisas para ver bien, pues había empezado a llover. En las afueras de Maderas acababan de inaugurar una gasolinera con una sola bomba, en la que los clientes podían servirse gasolina personalmente. También había una tiendita de tabla y cinc y una bodega con un rótulo de Castrol, en la que seguramente se guardaban lubricantes y otros productos automotrices. Lucía entró en la tienda para comprar combustible y alguna chuchería para comer en el camino. Tomó la manguera, programó 700 córdobas y, cuando terminó de cargar el combustible, entró a la tiendita para comprar unos jugos.

Cuando salió, la lluvia había arreciado y tuvo que correr para no quedar completamente empapada. Se subió al carro, se ajustó el cinturón y limpió el agua que había caído sobre sus anteojos. Le puso un mensaje por WhatsApp a Alexandra y le dijo que todo marchaba bien. Alexandra le contestó enviándole una foto de Bobby con el texto: «Te mando esta hermosura para que te acompañe. Buen viaje. XOXO. (:».  Lucía miró el tablero del carro y vio que la luz del aceite estaba parpadeando en rojo. «Solo esto me faltaba», pensó. Miró para ver si había algún trabajador que la pudiera ayudar, pero no había nadie. La lluvia incrementó su fuerza y las ventanas empezaron a empañarse. Prendió el limpiaparabrisas delantero y trasero hasta ver que había una persona frente a la bodega de lubricantes. Abrió un poco la ventana: «Muchacho, ¿me puede revisar el carro? Parece que se me…», dijo sin terminar la frase. La persona que estaba frente a la bodega se dio vuelta y Lucía vio con horror que se trataba de un viejo, la lluvia cayendo sobre sus ropas, su faz oculta en la penumbra que empezaba a caer sobre el camino, como despidiéndose del día. Quiso salir del carro para correr hacia la tienda, pero el cinturón de seguridad se lo impidió. Algo llamó la atención del viejo al mirar hacia donde estaba Lucía. En ese momento, tomó un machete que estaba apoyado en una llanta,  levantó el arma y corrió  alocadamente hacia ella mientras el corazón de Lucía le destruía el pecho. En su desesperación, al no poder salir, Lucía optó por encender el carro y acelerar a fondo. Pasó muy cerca del hombre y lo golpeó con el espejo lateral haciendo que este se quebrara, para luego girar rápidamente hasta alcanzar la carretera. Con el alma volviéndole al cuerpo, después de haber escapado de la muerte, Lucía vio por el retrovisor cómo el hombre seguía levantando su machete, sus manos agitándose con furiosos ademanes. La distancia entre ellos no le permitió escuchar lo que el hombre le gritaba: «¡Lucíaaaaaa, altooooooo, no sigás, soy tu papaaaaaaaaaaa, hay un hombre con un hacha en el asiento de atráaaas!».

Danilo Rayo

danilorayob

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18 comentarios de “El Viejo del Machete”

  1. Muy bueno, loco. Fácilmente considerable una historia de terror clasica (por la forma en la que está contada). No pude evitar notar un cameo a La Masacre de Texas y Viernes 13 (personalmente hablando, claro). Muy bueno, che. Me encantó, sinceramente. Ojalá se pudieran apreciar historias así de elaboradas más seguido.

  2. Esta historia me recuerdo a un episodio de Hitchcock, en donde precisamente una mujer casada pero que se quedaba sola todo el día y que estaba nerviosa por que había un asesino matando a mujeres cerca a su casa que cumplian con sus caracteristicas y vivian solas, jaja y pues el final efectivamente como las leyendas urbanas que mencionaste

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