El sueño maléfico: tres noches en el Infierno

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Tiempo de lectura: alrededor de 15 minutos.

El sueño maléfico: tres noches en el Infierno ganó como la mejor historia enviada en el mes de noviembre, 2014, y como la cuarta mejor historia del año.


Yo siempre tuve problemas para dormir. Normalmente, tenía que tomar pastillas que me recetó el doctor: mi amigo y colega de la Universidad de Cambridge, el Dr. Henry Rutterford. Pero, antes, tras la desesperación del no poder dormir, había hecho que mi doctor utilizara métodos mucho más «extremos», supongo yo. Tras un par de exámenes, él me había diagnosticado insomnio hace dos meses atrás, por lo que me recetó una pastilla de difenhidramina antes de dormir. Así «podría dormir plenamente», algo que realmente necesitaba por el excesivo requerimiento que mi trabajo solicitaba.

Hice caso omiso a mi doctor y, después de salir de su consultorio, me dirigí a casa después de un día largo de trabajo como tesorero de la compañía Microsoft en el Reino Unido. Llegué como de costumbre a las 7:27 p.m. y me preparé la cena: dos huevos revueltos con tortilla abajo, bolillo y un poco de cereal con leche. Después de haber comido mi cena, decidí irme a dormir. Sabía que tras tomarme la pastilla tardaría aproximadamente unos treinta minutos en hacer efecto, así que me puse mi pijama e hice un poco de ejercicio para hacer mi estadía en la cama un poco más «placentera».

Después de veintiocho minutos, más o menos, dormí como nunca. No sé cómo explicarlo, solo sabía que estaba dormido, aunque no estaba consciente de eso en mi sueño. Sin embargo, estaba soñando y eso era lo que importaba. Pero a pesar de mi exitosa tarea de dormir, me había topado con algo que hubiese preferido no toparme. Rápidamente, el sueño se convirtió en una de mis más grandes pesadillas, que dejaría huella en mí por toda mi vida…

Soñé que estaba en mi cama completamente dormido, pero fue una sensación extracorpórea. Era como si mi alma estuviese fuera de mi cuerpo, atrayendo mis ojos hacia mi cuerpo que yacía en la cama. Podía verme a mí mismo dormido. «¿Qué es esto?», pensé. «¿Qué está pasando?». Realmente no podía explicarlo, y sentía un miedo y una explotación de adrenalina siendo expulsada de mi cuerpo en ese momento. Me sentía, también, demasiado inmóvil a decir verdad. Solo escapé de mi estado de asombro cuando di el primer paso hacia la caja de pastillas para dormir. Extendí mi mano para tomarlas y saqué el envoltorio donde venían, solo para darme cuenta de que, sea lo que fuese que pensaba en esos momentos (que, además, creí estar muerto; en realidad, creí…) no era posible: «¿Me hubiese tomado más de dos pastillas?». Rápidamente, volteé hacia mi cuerpo que yacía en la cama y, en un punto de desesperación, comencé a llorar. «Habré muerto, en realidad habré muerto», pensé. «¡No quiero estar en este lugar, no quiero!», grité con toda mi energía, que hasta me hizo sentir que mis cuerdas vocales se desgarraban.

Mis pensamientos y gritos, en ese momento, se vieron interrumpidos por una especie de incomodidad. Sentí que alguien me observaba desde algún punto de la habitación, pero no sabía dónde. Después de darme la vuelta para buscar el motivo de mi incomodidad, di bruscamente un salto hacia atrás al ver una figura oscura entre la televisión que estaba frente a mi cama y mis cortinas. Parecía una silueta con una túnica negra. Sentí pronto una expulsión completa de adrenalina, un miedo inmenso al ver que esa figura demoníaca estaba viéndome; o mejor dicho, viendo mi cuerpo «muerto» en la cama. No sabía cómo lo sabía… es decir, tenía una túnica negra cuya oscuridad no dejaba ver su rostro, pero sabía que me estaba observando detenidamente. Estudiándome.

Quería correr con todo. Con mi corazón en mano, en una milésima de segundo decidí hacerlo, pero mis acciones fueron detenidas por el pensamiento de: «¿Y si me atrapa?». Solo me quedé allí, inmóvil, sin ningún tipo de plan en mente. Mis nervios y mi cordura mental estallaron cuando esa criatura infernal comenzó a moverse hacia mi lado de la cama. Sentí, en ese momento, cómo mi adrenalina tomaba su punto más alto, y sentía unas inmensas ganas de vomitar, llorar y gritar… Quería despertar, ahora.

Después de un momento a oscuras, y por algún momento de rareza espiritual (o científica), vi mis ojos cerrarse cada vez más fuerte. Después, abrí los ojos… Había despertado. Mi mente daba muchas vueltas en ese momento. «¿Qué había pasado? ¿Morí, me desmayé o de algún modo que no puedo explicar, pude sacar mi alma de mi cuerpo?», pensaba. Mi cara estaba inexplicablemente ardiendo, sentía que tenía un dolor de cabeza tremendo. Me quité las lagañas y me estiré lo más que pude sin tener las agallas para salir de la cama, porque tenía la sensación de que solo podía ver a esa criatura con el alma y no materialmente, así que esa cosa podía seguir en el cuarto sin que yo me diese cuenta. Volteé mi cabeza para observar el reloj: 9:43 a.m. ¡Me había retrasado una hora y trece minutos! Salí de la cama disparado y agarré mi camisa de vestir blanca y me la puse junto con mis pantalones, calcetines y zapatos. Acomodé todo mientras bajaba por las escaleras. «¡Llegaré tarde al trabajo, maldita sea!», grité con todo mi enojo y frustración. «¡Carajo!».

Llegué del trabajo, como de costumbre, cansado y fatigado. Después de una alerta de mi jefe, Damian Waters diciéndome que «si llegaba tarde de nuevo, tendría que suspenderme», sabía que tenía que ser más precavido y poner una o dos alarmas extras.

Mi mente estaba recordando aquella experiencia maligna con la criatura maléfica. «¿Y si pasaba de nuevo?», pensé. Mis ojos se entrecerraron a la idea de que tenía que dormir para tener fuerzas al día siguiente… No podía darme el lujo de no dormir. Mis ojos se posicionaron a las pastillas… ¡Esas pastillas! Eran aquellas cosas mágicas y maravillosas que me hacían caer en un pozo de desesperación. Era como si el dormir para mí tuviese un costo; el costo de un tremendo susto.

Llegó la hora de dormir y me encontré ya dentro de mi cama, con mi cabeza en las almohadas mirando hacia el techo de mi habitación, rodeado de pensamientos como la metáfora de que los planetas giran alrededor del sol. Sabía que debía tomar esas pastillas, lo sabía… pero no quería. Mis pensamientos se vieron interrumpidos cuando un rayo cayó en algún lugar recóndito de Londres y comenzó a llover. Aproveché la situación para hacer un poco de ejercicio y… tomarme las pastillas para dormir.

Esta vez, las pastillas no demoraron mucho tiempo; puedo suponer que tomó aproximadamente como unos veinte minutos en hacer efecto y hacerme sentir dormido. Soñaba que estaba en el bosque, a unos cuantos kilómetros de mi casa. Estaba con mi novia, Katherine Travis, con una fogata, guitarra, malvaviscos y una lona viendo las estrellas. Comenzaba a abrazarla y decirle cuánto la amaba y disfrutaba de su presencia.

—Te amo tanto, me haces el hombre más feliz —dije, con mi corazón en mano, sintiéndome más regalado de saber que ella lo sabía—, y no sabría qué hacer sin ti.

—Yo también te amo, mi amor —respondió ella. Ante tal respuesta, solo sonreí y salió una risita nerviosa.

La situación comenzó a ponerse un poco más cuando comencé a ver por mí mismo las estrellas. De repente, una ráfaga de aire frío pasó entre nosotros y Katherine comenzó a reírse… Pero no fue una risa común y corriente; fue una risa como si hubiese dos entidades dentro de ella, una voz femenina y una voz masculina, riéndose de una manera como si hubiese asesinado a alguien y le hubiese encantado la idea.

Me sentí inmóvil de nuevo, con un miedo y adrenalina siendo expulsadas de mi cuerpo. Comencé a tratar de moverme y a gritar, pero fue en vano. La misma criatura infernal que había visto en mi cuarto la noche de ayer comenzaba a hacerse presente desde la lejanía del bosque. Cada paso que daba era un latido bastante fuerte en mi corazón; sentía que me iba a dar un paro cardíaco. Al momento, mi «novia» se había apoderado de mi mano, y la estrujaba tan fuerte que sentía que mis dedos iban a salir disparados de ella, porque los estaba inclinando hacia atrás. Me dolía mucho, pero eso fue lo de menos. La risa macabra cesó. Todo se hizo peor cuando la cosa infernal, ese demonio, se colocó delante de mí. Mi corazón iba a explotar del miedo… Sentía un tremendo dolor en mi pecho, era mi corazón a punto de estallar (y realmente sentía que iba a estallar). Lo único que recuerdo, antes de amanecer en el hospital, fue a esa cosa decirme con voz lúgubre, esa voz gutural que haría que una persona, en su sano juicio, se volviese loca. Me dijo: «La muerte es el principio de la inmortalidad».

Desperté en el hospital esa mañana, solo para darme cuenta de que estaba conectado a un monitor donde señalaban los latidos de mi corazón. Al lado mío estaba mi doctor, Henry Rutterford, observando el monitor. La conversación tomó lugar cuando dije con mi voz seca y poco entendible: «¿Qué pasó conmigo?». El doctor Henry Rutterford se volteó y me dijo: «¡Ah, Christopher, estás despierto! Buenas tardes. Despertaste un poco tarde, son las 2:54 p.m. ¿Dormiste bien?», asentí con la cabeza. «Mira, no llegabas a tu trabajo y pensaron que algo andaba mal. Llamaron a tu casa como tres mil veces y no respondías. Supusieron que algo había pasado, así que llamaron a la policía. Irrumpieron en tu casa y te encontraron tirado de tu cama. Tuviste un paro cardíaco». Ante tal idea, pensé que estaba bromeando, pero ¿habrían gastado equipo en vano solo para hacerme una broma? No lo creo.

Recuerdo esa tarde como un millón (exagerando) de llamadas de mi familia, amigos y conocidos preguntando todos de si me encontraba bien. A todos ellos les dije que me encontraba bien ahora, y que no se preocuparan por mí, que saldría pronto del hospital. Después de un tiempo, mi doctor me había dicho que requería estar, por lo menos, tres días en el hospital para hacerme algunos estudios más. Hablé por teléfono con mi jefe, quien ni corto ni perezoso, demostró su angustia por mí (aunque para mí representaba una angustia hipócrita, porque días antes me había regañado de una manera poco ortodoxa, amenazándome con que iba a correrme… «Genio»). Yo le mencioné que el doctor me había dicho que debía quedarme en el hospital por tres días más. Por supuesto que mi jefe estaba de acuerdo; según sus palabras, «para mejorarme y después dar todo de mí».

Mi doctor, una cuantas horas más tarde, entró a mi habitación para decirme que las enfermeras iban a traerme la cena a mi cama. Aproveché el tiempo a solas para avivar un poco la conversación. Él se encontraba observando el monitor de las pulsaciones de mi corazón cuando inicié la plática.

—Doctor —dije—, alguien me está hostigando en las noches. Creo que esa «cosa» quiere algo de mí. Quizá esa cosa fue la razón del porqué tuve el paro cardíaco.

Mi doctor lentamente volteó su cabeza hasta la mía con una clara expresión de angustia y confusión.

—Sé que debe de sonar un poco extraño, doctor, pero es la verdad. Yo lo vi; él me observa por las noches y me siento hostigado. Siento que no puedo comer, no puedo dormir, porque él está siempre conmigo. La noche que tuve el paro cardíaco, él me dijo que la muerte era el principio de la inmortalidad. No sé qué es lo que pasa, pero sé que mi tiempo aquí es corto. Por favor, dígame cómo pararlo… No puedo más.

El rostro de mi doctor parecía confuso, angustiado, como si supiera que estaba hablando con un loco o psicópata que trata de convencer a alguien de asesinar de una manera despiadada a un niño o a una persona. Su rostro me dijo que no me creía ni una sola palabra.

Ante mi desesperación, el doctor llamó a las enfermeras. Puedo deducir que mi cordura mental había decaído en ese momento. Ahora ya no era su amable cliente Christopher McKensy, ahora era Christopher «el Loco» McKensy.

Intenté advertirle, pero solo podía enloquecer en el momento en que recordaba las dos noches en que esa cosa había estado en mi dormitorio y en mis sueños. Por un momento, creí que, en realidad, estaba completamente loco; pero ¿cómo un sueño puede sentirse tan real? Las enfermeras llegaron solo para tratar de tranquilizarme. «¡Aléjense, no estoy loco, estoy diciendo la verdad, aléjense!», gritaba con todas mis fuerzas. Mis intentos por no ser sedado llegaron a tal nivel que me vi obligado a soltarle un puñetazo a una de las enfermeras que trataban de amarrarme. Finalmente, fui sedado en contra de mi voluntad.

Me encontraba en el mundo de los sueños. Lo sabía porque estaba viendo de nuevo mi cuerpo en la sala del hospital. Todo era oscuro, con niebla fría y penetrante sobre el piso de mármol. Salí del cuarto hacia los pasillos del hospital. Podía ver las habitaciones y escuchar voces en estas, pero no podía ver a nadie. Por un momento, tuve la extraña sensación de estar en el Reino de los Muertos, y que podía escuchar a las personas que estaban en los pasillos, mas no podía verlos.

Recorrí los pasillos en búsqueda de un alma. Fui al piso de arriba por las escaleras y veía nada más que los cuartos. Todo se había vuelto oscuro. Un negro azulado como si el frío denominara el hospital entero y la niebla sobre el piso fuese el único amigo que nunca me abandonaría. Más tarde que temprano, fui hacia los pisos de abajo, solo para encontrarme la puerta principal del hospital sellada. «¿Cómo es que está sellada si soy un espíritu?», pensé. Después de un tiempo de reflexionar, entendí que alguien o «algo» no deseaba que yo abandonase el lugar.

Después de recorrer todos los lugares por alguna posible salida, no del mundo espiritual sino mi entrada al mundo material, de nuevo pensé que el mejor lugar para volver sería yendo hacia mi cuerpo material. Aunque no recordaba muy bien mi habitación (la habitación 434), la encontré por mi bajo sentido de orientación. Después de entrar, me senté en la silla de abajo. Habrían pasado unos quince minutos cuando sentí un frío que penetraba en el fondo de mi corazón, en lo más recóndito de mi cuerpo. Podía sentir mis bellos erizándose del frío. Sabía que eso estaba cerca.

Observé hacia la ventana y vi una figura oscura, con túnica negra que no dejaba ver su rostro, sus pies o sus manos. La misma figura que había visto las veces anteriores. Me asusté mucho porque había dejado la puerta abierta e iba a entrar por ella. Mientras más se acercaba, mi miedo más incrementaba. Sentía esa sensación de inmovilidad, esa sensación de adrenalina siendo expulsada de mi cuerpo a ritmos increíblemente altos, esa sensación de asombro y no querer ver pero, por alguna extraña razón, sigues mirando.

Él entró por la habitación y se quedó viendo mi cuerpo que yacía en la cama del hospital, dormido. Mirándome, observándome, estudiándome. Después de un tiempo muy corto, me armé de valor y dije en voz baja, casi entendible: «¿Qué quieres de mí?». La figura volteó su cabeza hacia mí y algo me dijo que no estaba contento por atreverme a hablar con él, o siquiera pensar que él podía responderme.

Mi horror decayó y comencé a llorar del pánico cuando esa criatura dejó su posición del otro lado de la cama para venir hacia donde estaba yo. Ante sus movimiento tan horribles, horripilantes de ver, lo único que pude hacer era quedarme de cuclillas y rezar… Todavía recuerdo qué es lo que escuché en mi mente, como si ese demonio me hubiese hablado en mi mente con su misma voz lúgubre, gutural y seca: «No importa cuánto reces, no servirá de nada». La criatura infernal puso una parte de su túnica, que identifiqué como su mano, en mi cabeza; pero no podía sacarla de su túnica, porque pienso que la túnica negra era demasiado larga como para sacar su mano. Sentí, después de un momento, que mi cabeza comenzaba a quemarse, literalmente lo sentía. Comencé a gritar del dolor: «¡Por favor, no me hagas nada, haz que pare!». Mis cuerdas vocales comenzaban a rasgarse por la fortaleza de mis gritos. Sentía ese chisporroteo de adrenalina siendo expulsada de mi cuerpo, ese miedo de retraerme cada vez más hacia la pared del hospital como si pudiese romperla y salir de allí. Lo último que escuché fue: «Eres mío». Y se alejó.

Cuando desperté, pensé que estaba intacto. Le dije a mi doctor si podía ir al baño para revisar mi cabeza en búsqueda de algo que no cuadraba. Él, a pesar de sus oscuros pensamientos en contra de mí acerca de que podía autoinfligirme, accedió hacerlo. Fui al baño, no sin antes ser revisado de que no tenía algún tipo de arma blanca. Una vez que terminó la incómoda revisión, me apresuré hacia el baño para explorar cada centímetro de mi cabeza. ¡Bingo! Sea lo que fuese, dentro de mi cabello había una marca, un tipo de círculo con un pentagrama invertido, poco distinguible por mi cabello negro. Pero también pude notar no muy claramente las letras «D-M-R».

Supuse que eso podía significar algo, así que exigí poder utilizar una computadora, laptop o dispositivo que se conectara a internet. Conseguí una laptop que me prestó una enfermera. Entré a Mozilla Firefox, abrí la página de Google y tecleé en el buscador: «Pentagrama, D M R». Aparecieron los enlaces; unos eran sobre jugadores y clanes de Halo Reach, otros eran algunas páginas sobre información de mundos en World of Warcraft, hasta que, buscando en la página siete, encontré un sitio de ocultismo y satanismo llamada En Búsqueda del Cordero. Había una publicación corta pero muy efectiva, que supuse que podía darme muchas pistas a mis incógnitas.

D-M-R, mejor conocido Dumar, es el demonio del silencio. Suele representarse con una cabeza de cerdo, patas de cordero y cuerpo de serpiente. También suele aparecer en una túnica negra que hace poco distinguible las facciones de su rostro, manos, cuerpo y pies.

Su firma es un círculo de serpiente con un pentagrama invertido. Posiblemente, su firma es muy pequeña y casi distinguible. Su posicionamiento debe ser siempre en la cabeza o en las zonas genitales.

Según los diccionarios demonológicos, aquellos que posean la firma de Dumar son aquellas personas que son propiedad de él, y son acechados por Dumar tres noches antes de ser raptados y misteriosamente llevados a algún lado desconocido. Muchos demonólogos afirman que se los llevan al mismo Infierno para ser torturados. Otros dicen que se los lleva al bosque a mitad de la noche; sin embargo, esto es desconocido.

Su color es el negro, su mes es septiembre y su hora preferida las 2:30 a.m. Su nombre significa «Abandonado ante los ojos de Dios».

Terminé de leer el documento cuando un frío penetrante se hizo presente en mi habitación. Sentía mi corazón correr rápidamente. Sentía que no podía hacer nada, una impotencia dentro de mí me hizo llorar porque sabía que, aunque rezara, aunque fuese al templo a pedir clemencia y misericordia ante Dios, no iba a desistir. De todos modos me lo merecía, porque jamás había ido a Misa, jamás había creído en Dios, había blasfemado contra él en millones de ocasiones y ahora me estaba retractando de cada una de las veces en que me reí de él.

Llegó la noche, y sé que mi hora se acerca. Escribí esta historia porque sé que mi tiempo es corto. Sé que él está buscándome ahora, decidido a terminar con mi vida y hacerme sufrir de maneras impensables. Por favor, confíen en Dios, no cometan el mismo error que yo cometí en mis veintiséis años de vida. Sé que muchos no me harán caso pero, por favor, no dejen de confiar en Dios en todo minuto. No pierdan la esperanza. No dejen de amar al mundo. Desearía poder saber esto con anticipación. Quizá habría cambiado mi destino. Solamente puedo mantener mi cabeza en alto y aceptar las consecuencias de mis actos.

Siento algo que no debería sentir, en lo más profundo de mi corazón. Quizá es porque sea un maldito, y ustedes se preguntarán el porqué estoy tan tranquilo en una situación donde nadie lo estaría. Y es porque las últimas palabras de la página web que visité hace unas horas, decían: «Se han reportado varias desapariciones alrededor del mundo. Los desaparecidos, noches antes, afirmaban ser hostigados por una presencia infernal. Ellos afirmaban que serían arrastrados al Infierno […] y no volverían jamás». Quizás la razón por la cual estoy tranquilo… y acepto mi destino, es porque yo no estaré solo… allí abajo.

Creación mía

Abre Mentes

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5 comentarios de “El sueño maléfico: tres noches en el Infierno”

  1. Jetztorm si vale la pena rezar y tenemos q permanecer en oracion y no porque lo dice el creepy, es porq te lo dice la experiencia de la vida y porq hay que tocar fondo para creer en Dios

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