El profesor

Tiempo de lectura: Cerca de 15 minutos.

—Decime en dónde están, ¡maldito hijueputa! ¡¿Dónde están?! ¡Hablá ya o te vuelo la cabeza!

—¿Usted cree que esa arma me asusta, inspector? ¿Cree que eso hará que le diga lo que quiere? No sé por qué se altera tanto. Debería agradecérmelo, porque yo simplemente me he encargado de hacerlo un mejor policía y un mejor papá.

Aún se me eriza la piel cada vez que escucho esta parte de la cinta. Generalmente la detengo y la guardo, pero hoy es un día diferente. Trabajo como reportero de la nota roja desde hace veinte años, y durante ese tiempo pude ver miles de atrocidades: cuerpos descompuestos, balas en la frente, violaciones, mutilaciones y genitales quemados. Pero jamás vi nada parecido a lo que le pasaba a las víctimas de «El Profesor», el alias con el que había sido conocido en los medios el asesino en serie más perseguido en toda Nicaragua.

Yo hacía lo que fuera con tal de conseguir la información para una nota. Le pagué a policías para acompañarlos como uno más en sus redadas; viví encubierto con las pandillas más atroces y vendí drogas para poder llegar hasta los jefes narcos y sus fortunas. En las facultades, los maestros me ponen de ejemplo como una oveja negra del periodismo, el ejemplo que no se debe seguir. Quizás tengan razón. He hecho de todo, pero creo que ha llegado el momento de parar.

Según los registros oficiales, El Profesor había matado a cuatro niños. Trabajaba como profesor de química en la Facultad Regional Multidisciplinaria de Estelí, y el inspector Cruz, el mero mero de la Unidad Especial Anticrimen, logró capturarlo después de dos años gracias a un simple problema en las tuberías de una vecina de El Profesor.

La vecina presentó una queja en la empresa de acueductos por unas averías en su sistema. Cuando destaparon las tuberías que conectaban a ambas casas, los técnicos notaron una sustancia pastosa y unos trozos de un material que no conocían. Cuando el departamento químico de la empresa lo analizó, decidió pasarlo a Auxilio Judicial para corroborar el hallazgo, y la policía verificó la identificación de restos de huesos humanos. El inspector Cruz lideró el equipo de captura con su unidad.

Durante esos dos años, el inspector lo había buscado sin éxito, siguiendo pistas que no terminaban en nada, analizando muchos perfiles de asesinos seriales y entrevistado a muchos informantes. Una semana antes de atraparlo, él mismo y el rector de la facultad habían sufrido en carne propia, pues sus hijos pequeños fueron raptados del centro de desarrollo infantil.

Yo entrevisté a El Profesor porque el inspector Cruz, en su desesperación, pensó que yo podría sacarle algo sobre el paradero de los niños si lo tomaba desprevenido en la conversación, o si le ofrecía publicar su historia en los medios para que el legado de sus crímenes se volviera viral. Lo hice como un favor personal, porque Cruz había sido invaluable para mí anteriormente.

El Profesor fue seco y directo en la entrevista, como si de una situación normal se tratase. A pesar de ser el gran reportero de la nota roja, el desarrollo de la entrevista me llevó a otros lugares de mi vida personal. Hoy solo puedo agradecer que en el momento de la entrevista hubiera un vidrio protector entre nosotros.

Aquí está la cinta en su totalidad. Dejo esto para que sirva de algo, y, al hacerlo, apenas puedo contener las ganas de vomitar.

—Esta es una cinta oficial de la Policía Nacional. Cinta número noventa y tres; caso 11109. Alias «El Profesor».

—Me llamo Roberto Fernández y soy del diario La Noticia. Le agradezco el tiempo para esta entrevista en la que queremos dar a conocer su historia. Iré directo al grano, ¿por qué mató a esos niños?

—Porque quería purificarlos. No quería que sufrieran lo que yo sufrí.

—¿A cuántos mató?

—Seguro quiere decir: ¿a cuántos purifiqué? A unos cuantos.

—Los registros oficiales decían que eran cuatro.

—Los registros están mal.

—Ya veo. ¿No sentía ningún remordimiento al matarlos?

—Está tentando su suerte, señor. Quiere decir al purificarlos, ¿verdad?

—Lo siento, sí. Al purificarlos.

—Pues no.

—¿Simplemente no?

—Sí, simplemente no.

—¿Eso no le resulta extraño?

—No. Mire, yo no tengo un botón de encendido y apagado. Solo tengo una misión y un conjunto de principios. Cumplí con mi deber.

—¿Cómo los mató?

—Usted me empieza a incomodar, señor periodista. Pero ya que quiere saberlo, los purifiqué por medio de un proceso bello y sencillo. Los tomaba de los Centros de Desarrollo Infantil. Sí, pues con todo lo que publican en Facebook estos días, conocer los hábitos de alguien es muy fácil, y llevarse a un niño de una escuela, mucho más. Los niños son tan inocentes y preciosos que no merecen estar en un mundo como el nuestro, un mundo que está lleno de injusticias. Yo los llevaba a mi casa. Para purificarlos, los drogaba, me ponía unos guantes de látex y los metía en un contenedor especial. Luego, llenaba el contenedor con veinte galones de sosa cáustica y lo tapaba. Ahhh, ¡y así los salvaba de la suciedad de este mundo! Lo que más me gustaba era ver cómo se apagaban sus ojos y cómo se retorcían al igual que esas conchas a las que se les pone algo de limón. Era como si sus almas supieran que estaban siendo liberadas. La sosa cáustica o hidróxido de sodio, por si no lo sabe, es una sustancia utilizada en la industria de la fabricación de papel, tejidos y detergentes. Como verá, es el ingrediente perfecto para un proceso de purificación ideal.

—Eh… Ehm. ¿Cuánto tiempo se tardaba un cuerpo en deshacerse?

—Tranquilo, no se altere. Veo que no le gustó mi explicación. El proceso tomaba veinticuatro horas.

—¿Y con lo que quedaba? ¿Qué hacía?

—Lo echaba en una fosa.

—¿En cuál fosa?

—En una fosa especial que tenía en mi casa.

—Sus conocimientos son admirables. ¿Hace cuánto enseña en la FAREM?

—Hace dos años.

—Es un hombre joven e inteligente.

—Eso dicen casi todas las personas que me conocen. ¿Por qué me adula?

—Es la verdad. Según leí, usted fue todo un niño prodigio y se graduó muy joven de la universidad. Hay muchos grandes académicos que lo admiran. Yo también he empezado a admirarlo.

—Eso no me extraña. Toda mi vida he buscado la perfección en lo que hago. Lo que no entiendo es su repentino cambio. ¿Ahora me admira?

—Dicen que usted es un genio de la química.

—Así es. Es la reacción esperada ante mi grandeza.

—¿Dónde está el hijo del Inspector Cruz y el del rector?

—¿Qué?

—Esos niños raptados, ¿dónde están? Si me lo dice, voy a publicar sus historias en todos los medios posibles para que su fama crezca. De esa manera, su grandeza se magnificará. Lo van a conocer en todo el mundo, profesor; lo van a conocer como el Gran Purificador. Y, además, el inspector no hará nada. Es una de esas situaciones ganar-ganar.

—¿No hará nada de qué?

—Todo depende de usted.

—Esta entrevista terminó. Llame al Inspector Cruz y dígale que solo voy a hablar con él. Mientras tanto, señor Roberto, quiero que cuide a Marta. Su hija es una niña muy dulce y se ve muy linda con ese vestidito azul que usa para ir a la escuela. Me gustaría mucho verla retorcerse en mi contenedor. Hay otros que, así como usted dice, me admiran y me siguen. Usted cree que trabajar encubierto lo oculta del mundo. Pues no, ¡trata de ocultarse tanto, que se muestra por completo, señor periodista!

—¡Inspector Cruz! ¡Venga ya! ¡Este pedazo de mierda solo hablará con usted! ¡Haga lo que tenga que hacer! ¡Le juro que si algo malo le pasa a mi hija….!

—Decime en dónde están, ¡maldito hijueputa! ¡¿Dónde están?! ¡Hablá ya o te vuelo la cabeza!

—¿Usted cree que esa arma me asusta, inspector? ¿Cree que eso hará que le diga lo que quiere? No sé por qué se altera tanto. Debería agradecérmelo, porque yo simplemente me he encargado de hacerlo un mejor policía y un mejor papá.

—¿Qué es lo que querés, pedazo de mierda?

—¿Quiero que me traiga unas cosas?

—Primero tenés que decirme dónde están los niños, hijueputa.

—Tráigame unas cosas, primero.

—No. Dame toda la información ahora. ¿Sabés que tengo a tu hermano? ¡Ah!, ¿no sabías? La va a pasar muy mal si no me lo decís. ¿Un genio dejando cabos sueltos? No puedo creerlo.

—No, no lo sabía; pero tampoco me extraña, inspector. Usted está jugando a algo muy peligroso. ¿Cabos sueltos? Eso solo lo piensa usted. ¿Cree que me atrapó por su gran capacidad policial, verdad? Mi hermano es estúpido, pero es leal y no le dirá nada.

—Ya veo que te importa bastante. Lo tengo en un cuarto oscuro y solo basta una orden para que le pongan corriente en los huevos. ¿Vas a seguir con tu jueguito?

—No lo lastime. Es estúpido, pero es leal. Le daré una parte de lo que quiere si lo suelta.

—Lo quiero todo, animal. Y no lo voy a soltar.

—Suéltelo, por favor.

—¡Dame la información ya o le frío los huevos a tu hermano!

—No, no lo haga. En el basurero que está a unas cuadras de aquí, cerca de la entrada a la planta de reciclaje, hay una tapa de alcantarilla que tiene un bajo relieve de un ángel. Dígale a mi hermano que «el ángel debe hablar», y pídale a sus hombres que lo lleven. Él le mostrará el camino que debe seguir en la alcantarilla. Pero tiene que prometerme que lo soltará después de esto.

—No tengo que prometer nada, mierdoso. Oficial Martínez, vaya a la celda E-4 y dígale al hermano de este animal que «el ángel debe hablar». Luego, métalo en una patrulla y siga las indicaciones que le dé. Yo lo estaré monitoreando por radio. Lleve el equipo acostumbrado.

—A la orden, inspector.

—Ahora, decime algo: ¿quién más te está ayudando? ¿Quiénes son los otros que te admiran y te siguen?

—Son muchos, inspector. ¿Usted cree que un joven con recursos tan escasos, y que ha realizado tantos avances en el proceso de desalinización de agua, puede pasar desapercibido?

—No me refiero a ese tipo de admiración, idiota. Me refiero a posibles copiones.

—Ah, no sea ingenuo. Vivimos en la era de la información. Ya ve lo que lograron con esa estupidez de la Ballena Azul, y lo que provocó después ese simple mensajito por Facebook. Todo se debe a la falta de pertenencia e identificación de los jóvenes en este mundo tan sucio. Y el resto, bueno, el resto fue el desenlace esperado. Es otro ejemplo de los procesos de purificación social que necesitamos. Cosas oscuras como la deep web no son necesarias en estos escenarios. Solo requerimos una chispa que desate las llamas. Yo estoy ayudando en ese proceso y mi ayuda es invaluable para lo que viene. Si de algo puede estar seguro, es que allá afuera, en cualquier lugar, alguien se maravilla con mi trabajo.

—¿Y qué es lo que viene, pedazo de mierda?

—La expiación, inspector.

—¿Así que te vas a someter a la pena que te impongan los tribunales, rata de mierda? Eso está muy bien. Pero bueno, ¡ya fue suficiente! Decime en dónde están o tu hermano está listo y servido.

—Inspector, ya llegamos al punto indicado. Cambio.

—Soy todo oídos, oficial. Adelante. Cambio.

—Tiene que prometerme que soltará a mi hermano. Hasta usted debe tener palabra.

—¡No tengo que prometerte nada! Callate ya, hijueputa. Adelante, oficial. Cambio.

—Estamos en la alcantarilla. El hermano nos trajo por una red de túneles hasta llegar a una sala de mantenimiento. Aquí hay un ángel blanco en una mesa. Es una imagen de tamaño natural, como la que está en la Catedral. Tiene unas letras y unos números en las alas. Cambio.

—Léamelos, oficial. Cambio.

—EC104B802344. Cambio.

—¿Alguna idea? Cambio.

—No, ninguna. Cambio.

—Ya tiene lo que quería. Suéltelo, inspector.

—Solo tengo un número, hijueputa. Y eso no es nada. Oficial, ¿llevó el equipo acostumbrado, verdad? Cambio.

—Sí, señor, así es. Cambio.

—Fríale los huevos, oficial. Hágalo ahora y suba el volumen del radio. Cambio.

—A la orden, señor. Ahora si vas a ver estrellas, hijueputa. Enciéndanlo.

—¡¡Ahhhhh!! ¡¡Ayyyyyyyyyy noooooooooo!!

—No lo haga, inspector. Yo estoy cooperando. ¡No lo haga!

—Dame la información ya y con gusto me detengo, mierdoso.

—¡¡Ahhhhhhh!! ¡¡Ayyyyyyyyyyyy nooooooooooooo!!

—Está volteando los ojos, inspector. Es una maravilla. Cambio.

—Inspector, como representante de la Defensoría de Derechos Humanos, le ordeno que se detenga.

—Saquen a este hijueputa de la sala. ¡Es una orden!

—¡No puede hacer eso! Nuestro mandato es verificar el proceso. Esto le va a pesar.

—Míreme hacerlo, señor garante.

—¡¡Ahhhhhhhh!! ¡¡Ayyyyyyyyyyyyyy nooooooooooooooo!!

—Se está poniendo rojo, inspector. Es la primera vez que veo carne de ese color. Cambio.

—Está bien. Ya no más. Le daré información. Le recuerdo que ese señor que sacó está escribiendo un informe. Con la fama de torturador que tiene, no demorarán mucho en detener esto si no se me dan las condiciones adecuadas, inspector.

—Hablá ya. Si seguís jugando, tu hermano va a pagar. Me valen verga los Derechos Humanos.

—Significa: Estación Central, casillero 104B. Los seis números son…

—Una combinación. ¿Escuchó, oficial? Cambio.

—Sí, inspector. Estoy enviando a dos hombres allá. Lo llamarán pronto. Cambio.

—Bien, que se den prisa. Cambio.

—Inspector, estoy cooperando con lo que me pide, pero he estado aquí por casi un día sin nada de beber o de comer.

—Estoy esperando más noticias. No te voy a dar nada hasta que tenga lo que quiero.

—Pero si ya tiene todo lo que quiere. ¿No ve que ya estoy en sus manos?

—Deja de jugar. Vas a tener mucho tiempo para comer después. ¿Y qué hay de tus copiones? Lo que te espera no es bonito, animal. Tu hermano ya lo está viviendo.

—Señor, oficial Ventura desde la Estación Central. Ya tenemos el contenido del casillero. Es una tabla periódica de elementos que tiene señalados los cuadros de Ar, Ca, C y Ni. Cambio.

—Entendido. Cambio.

—¿Qué es eso, pedazo de mierda? ¿Por qué señalaste esos elementos?

—¿Qué cree usted?

—No sigás jugando. Decime qué son.

—Otro niño abandonado por nuestro sistema educativo…

—Decime qué significa, perro.

—Química básica, primer año de secundaria: Argón, Calcio, Carbono y Níquel.

—¿Y eso qué significa?

—Ordene los símbolos de los elementos, inspector. ¿Quiere que le haga un dibujo también?

—NiCaArC… ArNiCaC… ArCCaNi… CArNiCa, ¡eso es!, ¡CARNICA! La tienda de comidas rápidas que está en la estación.

—Al fin, inspector. El depósito en desuso al lado de la tienda tiene un sótano. La puerta usa la misma combinación del casillero. Ahí encontrará sus respuestas.

—¿Escuchó, oficial Ventura? Vaya allá ahora mismo. Cambio.

—A la orden, señor.

—Será mejor que encontremos lo que buscamos, mierdoso. Será mejor que no sigás haciéndote el gracioso conmigo.

—Señor. Estamos en el depósito. Acabo de entrar al sótano. Espere… hay algo aquí. Sí, es un niño, inspector, ¡un niño! Está amarrado, tiene una sonda en la boca y una bolsa con una especie de jugo. Está un poco aturdido, pero está bien. ¡Es el niño del rector, señor! Cambio.

—¡Bien! Pónganlo a salvo. ¿Y mi hijo también está ahí? Cambio.

—No, señor. Lo siento. Cambio.

—Decime en dónde está mi niño, ¡maldito hijueputa! ¡¿Dónde está?! ¡Tu hermano ya casi está muerto y lo va a pasar muy mal si no me lo decís! Fríale los huevos completamente, oficial.

—Inspector, ya tiene todo lo que quiere. Ahora, si quiere que le diga el resto, si quiere saber dónde está su hijo, ¡deme de comer!

—¡Sos un pedazo de mierda!

—Quiero mis libros y un Value Pack 4 con gaseosa grande de CARNICA. También quiero la foto de mi madre que mi hermano deja en la tienda en su casillero de empleado. Usted me tiene sin comer y sin beber, y aquí está como testigo el garante de Derechos Humanos que usted sacó de la habitación. Yo estoy cooperando y usted no me ha concedido nada, ni siquiera una llamada. Usted sabe muy bien que hasta yo tengo derechos, inspector.

—Este maldito sistema solo protege a los criminales. ¡Oficial Ventura! ¡Tráiganle lo que pidió a este pedazo de mierda! Sí, los libros y la foto también. Cambio.

—Entendido, señor. En un momento vamos para allá. El niño del rector ya va en camino al hospital. Acabo de hablar con el padre y se dirige hacia allá también. Cambio.

—Hace lo correcto, inspector. Creo que ya empezamos a entendernos.

—Andate a la mierda. El garante puede escribir lo que quiera. ¡A esos les importa más un pedazo de mierda que una vida! Es la vida de mi hijo, hijueputa, ¡mi hijo! Mi esposa está desesperada y yo te voy a destrozar. Voy a averiguar dónde está y nadie va a impedirme hacer lo que sea necesario.

—Aquí está lo que pidió, inspector. Está todo ahí, los libros, la comida y la foto.

—Déselo de una vez a este perro maldito.

—Gracias. Después de esto podemos continuar. Si me disculpa un momento, voy a comer y a leer un poco.

—No tenés idea de lo que le voy a hacer a tu hermano y a la vieja de la foto. Última oportunidad para salvarlos, maldito hijueputa. Oficial, si en cinco minutos este hijueputa no me dice dónde está mi niño, póngale candela al hermano y luego venga por mí para ir al asilo a matar a la vieja.

—Su hijo está aquí, inspector. Con nosotros. Lo molí en una máquina en la tienda de comida y me lo acabo de comer junto con las dos pastillas de fosfuro de aluminio que tenía la carne.

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7 comentarios de “El profesor”

  1. El fosfuro de aluminio es un compuesto químico que es extremadamente tóxico para cualquier ser vivo, por lo tanto El Profesor murió a causa de haberse tomado esas pastillas

  2. 🙂 hay un asesino peor en Nicaragua ahora, uno real, Daniel Ortega se llama, el presidente bachi burro del país, mató a más de 500 personas por oponerse a sus robos y más cochinadas y su esposa con esa cara merece un creepypasta completo, es bruja por cierto, bruja real no mamadas y bromas, hace convenciones de brujo y todo mate.

  3. :v y por cierto me causó gracia lo de “otro niño abandonado por nuestro sistema educativo” refiriéndose al policía v: es gracioso porque es cierto, los policías de Nicaragua a lo mucho pisaron una primaria, fuera de eso, buen creepy, pero siento que se alargó mucho para la idea que se quería transmitir.

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