El pañuelo

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Recuerdo la casa en la que vivía cuando era una niña.

No era una casa muy grande, recuerdo que todos dormíamos y comíamos en la misma habitación, ya que no había dinero para ampliar la casa. Éramos cinco hermanos, sin contar a los niños sin hogar que mi madre había acogido bajo su techo sin ningún tipo de ganancia. En total, éramos nueve niños que tenían que ser cuidados por una misma persona. A pesar de lo pobre que era nuestra gran familia, nunca faltó qué comer. No fui consiente de todo lo que tuve hasta que cumplí cierta edad.

Recuerdo la belleza de la mujer que me crio, una dama delicada que nunca dejaba ver su cuello, el cual cubría con un pañuelo de seda. Pensaba que podría ser alguna cicatriz, pero nunca tuve el valor de preguntarle. Todas las noches dejaba su pañuelo colgando de la ventana para que se secara con la brisa —durante el día, su pañuelo terminaba totalmente empapado con la baba de los bebes, y debía lavarlo para usarlo al día siguiente—. Sin embargo, en la mañana, el pañuelo nunca estaba en su lugar, sino flotando a unos cuantos metros en la playa que estaba cercana a la casa. Nuestro vecino pescador lo traía siempre. Mi madre nunca supo la razón de esto.

Pero yo sí lo sabía, ¡era un ladrón! ¡Sí, un ladrón!

Hubo una noche en que me tocó dormir en la cama que miraba en dirección a la ventana. Como no podía conciliar el sueño, a cierta hora pude ver cómo una mano se asomó por la ventana y tiró del pañuelo hacia abajo, para luego no volverse a asomar.

Cuando le conté lo que había visto a mi madre, ya habían pasado muchos días, y el pañuelo había sido secuestrado y devuelto varias veces, por lo que ella, aburrida de la situación, no se notó muy contenta al oír mi relato. Recuerdo que gritó que yo era una tonta, que era imposible que alguien pudiese agarrar su pañuelo. Nunca más abrí el tema.

De eso creo que ya han pasado diez años.

En la actualidad, vivo en un lugar bastante alejado de lo que alguna vez fue mi hogar. A veces extraño los viejos tiempos, pero no cambiaría lo que tengo por nada en el mundo.

Hace unos días, recibí una carta anunciando la muerte de mi madre, por lo cual debía acudir a mi antiguo hogar para reunirme con mis hermanos y discutir los temas del entierro y la administración de las propiedades que había logrado obtener.

Cuando estuvimos todos los hermanos reunidos, me enteré de que mi madre había dejado un testamento. El mayor de los hermanos leyó el escrito: «[…] Pero lamento decirles, mis niños, que no hay nada más que yo pueda darles que mis propiedades y esta casa. Haced con ellas lo que os plazca. Lo único que pido a cambio, es que tiréis esta caja por la ventana en la que llega la brisa marina, esa de la casa en la que vivisteis cuando erais pequeños. ¿La recordáis? Dentro, está algo que le gustaría recibir a los que están durmiendo allí abajo».

Hubo murmullos de confusión de parte de algunos. El mayor solo atinó a abrir la caja para ver lo que contenía: era el pañuelo que mi madre siempre llevaba puesto. Aunque nadie entendió la razón de esta decisión, ni por qué el pañuelo estaba ahí, decidimos cumplir con su pedido y tirarlo por la ventana que estaba nombrada explícitamente en el testamento. Uno de mis hermanos tomó la caja y la tiró con todas sus fuerzas a través de ella.

Cuando sonó un «splash» distante en vez de un sonido más duro, no pude evitar asomarme por la ventana.

Justo bajo esa ventana estaba el borde del precipicio que daba a la playa. En el borde de esta estaban unas enormes y afiladas rocas que apuntaban hacia arriba; la caja había logrado caer en el agua, así evitando destrozarse. Sentí miedo de improvisto al ver hacia abajo, había residido años en esa casa sin saber que vivíamos en el borde de un precipicio.

—¿Qué es esa reacción? ¿Es que te dan miedo las alturas?

Tras esto, bajamos a la playa para ver si la caja lograba salir de su trampa de rocas y navegaba hacia su libertad en el mar, pero, al parecer, se había hundido tras chocar contra un peñasco.

Uno de los lugareños se acercó para advertirnos de lo peligroso del lugar y que debíamos alejarnos de allí. Recuerdo sus palabras vívidamente:

«Muchas personas han sido víctimas de esa trampa de rocas. Según parece, hay un tipo de agujero bajo este precipicio, el cual atrapa a quien sea que tenga la mala suerte de caer allí. Han sido muchos los suicidas… y, bueno, también bañistas inocentes cuyos cuerpos no hemos podido recuperar debido a esta especie de “aspiradora”».

No he vuelto a ir a ese lugar, no después de lo que me contaron.

Muchos dirán que soy una cobarde. Yo no lo veo tan así. Nunca creí en fantasmas, ni en esas torpes historias en las que dicen que alguien cuya muerte fue horrible se repite una y otra vez. Tampoco creí en las palabras de mis hermanos, esos que me dijeron que mi madre se había suicidado, que ella no había podido más con la presión de ese lugar. Que nosotros debíamos terminar con lo que ella no pudo lograr.

Mi madre me ha enseñado bien. No se debe juzgar antes de oír el final de la historia.

«Hace varias décadas, antes de que ustedes naciesen, uno de los tantos encallamientos que hubieron en esta zona obligaron a un marinero a escalar el precipicio para buscar ayuda, puesto que le era imposible nadar hasta llegar a tierra. El hombre alcanzó la casa ubicada al borde del precipicio y se apoyó de lo primero que notó para entrar a la casa. A la mañana siguiente, el hombre estaba sobre una de las rocas, muerto, con un pañuelo de seda en la mano».

Creación propia

Bella Covallo

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