El Fémur

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En un condado de clase media-pobre, en las afueras de la Ciudad de México, en un departamento de tres pisos  y en una calle gobernada por el vandalismo, habitaba un joven de 17 años de edad, robusto, de buen aspecto y salud, pero con muy poco dinero como para vivir una vida realmente satisfactoria. En él, todo marcaba que no podría llegar a ser lo que siempre soñó: analista de crímenes; ese era siempre su sueño, pero a los 11 años su mamá falleció y su padre calló en bancarrota y en la drogadicción cuando él había cumplido los 13 años de edad. Más tarde, a los 16, como su padre tenía arranques de ira y de paranoia, tuvo que dejar su hogar y, con el poco dinero que había conseguido ahorrando, rentó su hogar en un departamento.

En un día, como en cualquier otro, él salió de su casa  para dirigirse a su mediocre y aburrido trabajo como empleado en una tienda de servicio de alimentos varios, semejante al OXXO, pero en vez de ello, una tienda de servicio independiente, que no cubría ni los estándares de limpieza básicos del establecimiento y muy poco visitada por nuevos clientes, obviamente por la misma razón de ser un lugar bastante antihigiénico. Él tenía que caminar bastante ya que su trabajo se encontraba 2 horas a pie de su departamento, por la razón que no tenía dinero suficiente para ni siquiera comprarse una mísera bicicleta que lo transportara más rápido. Llego al lugar y notifico su asistencia con el jefe Juan Manuel. Ese hombre era bastante vulgar e irresponsable, no trataba a los trabajadores con el debido respeto y constantemente los arriesgaba de su salud en tareas bastante humillantes, como limpiar el piso con trapos sucios y con los pies, colgar en las paredes –fuera del establecimiento- anuncios publicitarios de una altura de 2 metros y medio sobre el suelo sin usar una escalera, sino subiendo por adentro de las instalaciones y colgarlo desde el mismo techo de la mugrosa tienda. Para el jefe de ahí era un ultraje hasta sus mismos trabajadores sometidos a él, ya que todos los que laboraban para ese infeliz hombre necesitaban dinero urgentemente o para subsistir en el margen de la vida y la muerte.

Nuestro protagonista llegó y le dijo lo siguiente:

– Hola, buenos días, ya llegué a trabajar.

– ¡Qué demonios tienen de buenos, mísera basura arrastrada, llegas 37 segundos tarde, los tengo totalmente contaditos, bestia inmunda!

– Por favor, Juanma, sólo fueron 37 segundos, se lo recompensaré en mi jornada de trabajo.

– Eso desearías, alimaña, ahora como castigo te tocará limpiar los inodoros repletos de heces fecales que excretó un obeso con colesterol ayer antes de cerrar.

-Sí, señor (suspiro)

– Y espero que te arregles un poco, muchacho vándalo, tienes la cara como si fueras a asaltarme, inútil, y para que no se me olvide, te pondré en mi registro de incumplimiento laboral, a Leonardo Sergio Añejo Borges.

Lo más lamentable de esto es que Leonardo debía seguir los insultos y abusos de autoridad sobre los fastidiosos comentarios de su jefe, o de lo contrario sería despedido por dar auge de poder vandálico, lo que no entendía muy bien porque su jefe se lo repetía bastantemente sin descansar.

Eran alrededor de las 3:00 p.m. cuando un señor alto y esbelto ingresó a la tienda con cierto aspecto sospechoso, ya que vestía un sobrero bastante antiguo y que le ocultaba cierta parte de la cara. Este mismo solamente rondaba por la tienda, tal vez esperando a alguien o intentar asaltar la tienda en el momento que toda la demás clientela se fuera de la tienda y quedaran solamente él y Leonardo, ya que su inmundo jefe tuvo que salir a conseguir más trapos para limpiar el nefasto y asqueroso suelo del lugar.

Pasaron los minutos y, efectivamente, toda la poca clientela restante del lugar salió a su vida cotidiana, dejando a Leonardo y al sujeto misterioso en el presunto lugar de venta de comida sana y fresca. Este hombre se le aceró al joven y le dijo que le cobrara una manzana que se había comido en su estancia en la tienda, Leo se la cobró y el hombre sacó una cartera; esta misma tenía una peculiaridad: un símbolo en una de las esquinas de la misma, un símbolo parecido al pentagrama inverso del demonio o algo por ese mismo estilo. El hombre alto, ya que había pagado la manzana, se tornó en sí mismo y parecía que iba a salir de la tienda. Leonardo sintió un pequeñísimo alivio a la hora que este hombre parecía marcharse, pero en el momento más abrupto e inesperado de Leonardo, este hombre dio una patada casi no con la facultad de ser percibido por el ojo humano, dando como resultado atroz e irremediable la inconsciencia de Leonardo y su desplomo al frío suelo.

Pasaron la horas y Leonardo, con mucho esfuerzo y con nada de sosiego a la situación inexplicable y extraño, el abrió los ojos y empezó a percibir siluetas borrosas y sonidos de fondo muy leves. Ya en el momento que este recobró casi toda su consciencia, vio a dos policías y dos clientes tratándolo de ayudar de su caída. Leonardo sentía su cabeza contundida y como si fuese golpeada por un puño de hierro, porque jamás había sentido un golpe tan poderoso y vigoroso en su vida,  y menos de una patada, dado que en todas sus peleas sus adversarios no podían subir su pierna ni siquiera a la altura de la cintura. El golpe y la caída fueron en extremo dolorosos para él, aunque no sufrió ningún tipo de heridas o lesiones, ya que la patada fue conectada en la frente del joven y caída no implico más que el suelo y su cuerpo en él.

Los policías conversaron con él y le comentaron de un hecho bastante inusual: la tienda no había sido robada o saqueada. Leonardo quedó completamente impactado y confundido al compás de la noticia, ya que él había dejado la caja registradora abierta cuando fue completamente noqueado por ese artista de las patadas perfectas y contundentes.

Aún tratando de buscar una respuesta lógica a la situación, Leonardo se cuestionó mucho sobre quién era ese hombre alto y delgado, cuáles eran sus propósitos al noquearlo, ya que no fue saqueada la tienda y Leonardo no tenía ni el más mínimo dato de su extraña existencia; no lo secuestró y no le robó nada a él, entonces, ¿Qué quería? El aprendizaje de todo esto no tenía donde aterrizar y lo único que rondaba por la cabeza de Leonardo era buscar una respuesta que lo aliviara de su interrogante y saber porque fue víctima de un salvaje tira-patadas. Sería una experiencia inolvidable un suceso de ese calibre.

Leonardo se fue a su casa, consternado, fatigado y claramente adolorido por el golpe, aún preguntándose lo mismo una y otra y otra vez sin ningún fin claro, cuando se percató que su jefe nunca llegó para cerrar, lo que le pareció un misterio en su totalidad porque si jefe siempre cierra antes de marcharse, y el tuvo que cerrar el mugroso establecimiento por él mismo.

Al día siguiente, él salió temprano de su departamento y se dirigió a su tedioso trabajo de nueva cuenta, ya no dando tanta importancia al suceso de ayer. En el momento que llegó a su destino, abrió la tienda y entró con toda tranquilidad y serenidad a laborar en otro día de trabajo en ese lugar que tanto detestaba. Empezó a barrer el lugar con el poco ánimo que tenía para hacerlo y lo hizo bastante bien en el momento que no había absolutamente nadie en la tienda.

Pasaron las horas, sus colegas de trabajo empezaron a llegar a trabajar con el mínimo ánimo que tenían, como cualquier otro día común de sus existencias, pero algo no cuadraba en la escena: su jefe no llegó a trabajar, lo que fue sumamente sospechoso, ya ni siquiera extraño, porque su jefe siempre gozó de una salud envidiable y ferviente, con mucha fuerza para trabajar y todos los días llegaba primero que nadie y tenía el detestable pasatiempo de arruinar la vida de sus empleados al límite, con nada de dulzura y  justicia, sólo con la sed de una víbora de hacerles el trabajo trágico y rígido, no comparado en lo absoluto con otro trabajo, porque claramente él era el jefe más vil y repugnante de la faz de la tierra.

Todos los trabajadores comentaban de la ausencia del jefe y cómo este también no se presentó en la tarde por ausentarse a comprar más útiles laborales, asemejando al profesor que fuese a comprar libros para los pequeños de un colegio de primaria, pero serían de la extracción del mismo infierno si se compara con el jefe dictador de la sucursal.

Al día siguiente se repitió la misma trama, y al siguiente, y el otro también, hasta que pasó un mes completo sin saber su paradero. Las autoridades se conmocionaron de su desaparición y lo declararon oficialmente desaparecido de la ciudad, ya que no se encontraba nadie que supiera de él, ni siquiera cuando fue a comprar más trapos inservibles.

Leonardo no sabía cómo actuar ante tal situación, porque no sabía si sentir pena por el Juanma o simplemente festejar que ya no regresó, porque lo más probable haya sido que este fue secuestrado, porque en la región de la ciudad que se encuentra la tienda lo rodea de bastantes crímenes, típicos que puede sufrir cualquier persona en un día común.

Leonardo tuvo que hacerse responsable de la tienda, ya que debía haber alguien al mando de la tienda, encargado de las entregas de mercancía de las fábricas y dirigir a los empleados, siendo mucho mejor jefe que su antiguo jefe, pero tampoco con la experiencia del mismo.

Pasaron las semanas y aún no se encontraba ni pizca del jefe desaparecido, pero realmente a nadie le consternaba, ya que Juanma era una persona antisocial y seguramente sin familiares preocupados por él.

En un día como cualquier otro, llegando el inminente ocaso, Leonardo cerró la tienda y se dirigió a su casa a pie. Fue caminante y sereno en su trayecto a descansar en su cama y olvidarse de lo sucedido del día, como todos los días de su existencia sin sentido y felicidad, cuando de pronto alcanzó a percibir a lo lejos a un hombre alto y esbelto, aproximadamente a 30 metros de Leonardo. La silueta de este hombre estaba completamente estática, no se movía por ningún lado y Leonardo tenía la inquietante y perturbadora sensación que este mismo lo estaba mirando fijamente, sin mirar a ningún otro lado, pero Leonardo no estaba del todo seguro, ya que él se encontraba bastante lejos para confirmar su paranoia. La tensión aumentaba cada vez que nuestro joven se acercaba lentamente a esta silueta, despacio y con cuidado, pero a medida que esto sucedía, sentía males estomacales y una sensación terrible y temblorosa por su espina dorsal. Cada vez más cerca y más cerca y el hombre no dio respuesta coherente alguna. Leonardo se empezó a sentir cada vez peor, como si parásitos rastreros recorrían de pies a cabeza su tierno y débil cuerpo. Se reducían más los metros: 25, 20, 15, 10 y el hombre seguía exactamente en la misma posición que hace varios metros. Finalmente el hombre empezó a moverse, lentamente como Leonardo, pero no a caminar, sino sacar algo de sus recónditos bolsillos de su pantalón de lana que tenía bien hecho a la medida para su altura. El hombre vestía todo de negro, lo que dificultaba percibirlo en las penumbras de la noche. Este hombre sacó pasivamente una especie de palo, bastante largo y al parecer blanco, desde la perspectiva de Leonardo. Al momento  de sacarlo el hombre se agachó y empezó a golpear el suelo con ese palo blanco fuertemente, con mucho ruido que aparentemente nadie se daba cuenta de ello, de ese incesante golpe al duro concreto. Leonardo estaba demasiado nervioso, casi a tal punto de orinarse en sus bóxers comprados en una ganga. El hombre seguía golpeando frenéticamente el concreto y, con cada golpe que impactaba el concreto, su corazón latía más fuerte y acelerado, desesperando a Leonardo en tal grado que nunca había sentido punzadas en la piel y sudor deslizándose por los costados de su cabeza. Ese, sin duda, era de los momentos de pánico y miedo más grandes de su vida, y lo peor  aún, es que ese hombre realizó ese sonido por alrededor de 180 segundos, y nadie de la vecindad daba importancia en ello, sólo estaban situados en esa calle del terror el hombre y lo que parecería probablemente su víctima.

Cuando el hombre paró de golpear el suelo, deslizó el palo blanco hacia los pies de Leonardo con sus propios pies, y este se percató que no era un palo blanco, sino un fémur de un ser humano. Al ver esto, Leonardo sintió acidez en la boca y un temblor recurrente e imparable por todo su cuerpo, además de un escalofrío que penetraba sus vulnerables órganos y un miedo que rasgaba sus perceptibles huesos. Lo que más consternó a Leonardo fue al observar el nombre de su jefe grabado en él con rayones, seguramente hechos por una sierra. Juan quedó paralizado cuando leyó el nombre, no sabía qué debía hacer, estaba casi a punto de desmayarse cuando el hombre delgado y alto se quita el sombrero para identificar la atmósfera de su faz. Juan vomito al ver a ese hombre de la tienda el día que este lo noqueó, pero era totalmente diferente cuando vio una parte de su rostro el día del incidente.

El hombre tenía una piel excesivamente blanca, con pestañas largas tan filosas como una espada, una horrenda y tenebrosa uni-ceja extendida en su frente, una gran cabeza  tan grande como dos bolas de boliche, una cara asimétrica del lado derecho con respecto al izquierdo, unas cicatrices iguales y perfectamente situados iguales en cada cachete que asemejaban el símbolo de la cartera el día en que Leonardo fue noqueado, un contorno de ojos oscuros y ojos rojos enfermizos, como si un niño hubiera jugado un día entero a un videojuegos, unos ojos horribles y aterradores, perturbadores que penetraban el alma inocente de Leonardo y su más gran valentía lo pisoteaba tal cual insignificante insecto, mirándolo fijamente y clavándolo a un destino atroz, y por si fuera poco, una sonrisa maligna y endemoniada, tan grande que recorría esquina y esquina de su gran y tétrica cara, rojos oscuros como la misma espesa sangre de venas y arterias.

Leonardo estaba al borde de salir huyendo de ese escenario de una muerte segura, lenta y agonizante que los ojos del gigante le transmitían en su ser, pero en ese instante el hombre le extendió una hoja de papel con algo controversial escrito en ella.

Leonardo no tuvo más remedio que aceptar esa hoja, aunque esa sonrisa que emanaba de la cara del hombre no era de ninguna confianza, pero prefirió seguir ese macabro juego antes de tener un peor destino de la muerte, porque claramente ese hombre no era un humano, por lo menos no uno de la creación de la naturaleza y mucho menos de Dios.

En la hoja decía lo que Leonardo le puso el esqueleto y su alma rebotar dentro de su sensible cuerpo: “Corre”. Repentinamente, el hombre alto del infierno se fue alejando del Leonardo y Leonardo no sabía si debía estar nervioso o aliviado, ya que la nota lo aconsejaba de dejar ese deplorable sentimiento de muerte que recorría todas sus venas en toda su necesaria sangre. El hombre diabólico se alejaba más y más, parecía que se iba a ir del lugar para siempre y alivianar el alma del pobre Leonardo, pero lamentablemente el destino de Leonardo lo dejaría con el alma aplastada con todo y su cuerpo. El hombre se quedo inamovible  en el tiempo que Leonardo apenas podía visualizarlo en las penumbras del miedo de la noche agonizante.

De forma violenta y ágil, el hombre se tornó en sí y empezó a correr a una velocidad inimaginable, de esa misma razón que Leonardo empezó a correr también, latiendo su corazón de manera alucinante y moviendo su cuerpo con toda adrenalina y desesperación de muerte. Leonardo empezó a llorar cuando seguía corriendo y el hombre corría aún más rápido. Leonardo empezaba a perder energías y el hombre seguía corriendo y corriendo como la velocidad del sonido. Fue ahí cuando el hombre empezó a subirse a postes de luz y brincaba de en uno a uno, dando saltos larguísimos y magistrales para alcanzar a su jugosa presa. Leonardo cada vez se ponía peor consigo mismo, al borde que empezaba a sudar sangre por una vena reventada en su frente por estrés extremo y desesperación infrahumana.

El hombre seguía colgándose y saltando de poste a poste y Leonardo estaba a punto de caer rendido en la fría acera, cuando de pronto no escuchó mas saltos, así que volteó para ver a su cazador y no vio nada. Por un momento se sintió un poco tranquilo al no ver nada, que todo había acabado o que sólo era un terrible sueño que le propició su torcida y malévola mente que tenía, pero claro que no fue un sueño y, lo que peor aún, su cazador estaba más cerca de lo que Leonardo podía pensar e incluso percibir con todos los sentidos que poseía su cuerpo. Fue así que Leonardo, sin tener ningún juicio de pensamiento, volteó otra vez para no volver a ver a su perseguidor, dando como resultado un alivió masivo en el cuerpo y alma de Leonardo, porque detrás suyo tampoco se encontraba su atacante. Leonardo sólo se dispuso a ir a su casa y dormir como un niño pequeño consentido por su mamá cuando este tiene un mal sueño y lo consuela con mucho cariño y amor.

Leonardo estaba aún un poco temeroso, pero mucho mejor al perder a su atacante. Cuando llegó a su departamento, entró y subió a su habitación en el departamento. Llegó a su habitación, tomo las llaves del mismo y abrió la puerta con despreocupación. De forma atroz y  espeluznante, Leonardo dio un grito de muerte y vio al hombre justo en su puerta dentro de su morada, quien dijo simultáneamente cuando Leonardo gritaba:

-Duerme bien, risueño.

Leonardo recibió el golpe más contundente de su vida.

Leonardo estaba absolutamente desconcertado y desgraciado por todo lo ocurrido, porque nunca pensó que alguien como él pudiese vivir una situación tan diabólica y horrenda que ningún ser humano, a su criterio, merecería de vivir, fuese quien fuese, hasta el más perverso, pero solamente lo pensó por unos instantes.

Él estaba completamente noqueado e inconsciente, no sabía que pasaba a su alrededor ni que le haría ese hombre perverso que interrumpió su casa y su vida como él lo había imaginado, pero sólo esperaba un milagro para no sufrir un destino fatal, tal vez peor que la muerte, un alma en pena y sufrimiento eterno en el averno o hasta incluso peor.

Leonardo empezó a tomar conciencia de su mente y empezó a abrir los ojos; desafortunadamente, no podía ver mucho, ya que lo que parecía una capa negra le tapaba un ojo y medio a si vista, pero lo que vio simplemente era algo horrible, no humano, indescriptible de forma sana y coherente, no tenía palabras para expresar tal horror que su medio ojo izquierdo pudo presenciar y observar claramente.

Leonardo se encontraba colgado por unas cadenas de metal, deducido por él porque la sangre le venía a su cabeza y sus pies estaban fuertemente sostenidos, además que escuchaba choques de cadenas en sus pies; él podía ver una especie de caldero en medio de un extraño escenario, seguramente para un ritual satánico o algo por ese mismo estilo; vio varios fémures con nombres grabados colgados en la habitación, por lo menos uno de cada persona; visualizó a otra persona que también estaba colgada en el otro extremo de la habitación o auditorio con una especie de capa negra que le cubría toda la cara. también vio varios hombres altos, de piel totalmente blanca y esbeltos en toda la habitación, parados enfrente del escenario en donde se ubicaba la caldera y sólo alcanzó un poco a ver a su secuestrador, que le provocaría a Leonardo interminable noches por los terrores nocturnos que sufriría noches tras noches por el resto de su vida.

Pasaron unos pocos minutos antes de que el ritual del infierno empezara. Cuando dio inicio, un hombre se paró enfrente de la caldera y empezó a hablar en un dialecto bastante peculiar, como si se tratase de chino, ruso y francés al mismo tiempos, haciendo varias pausas entrecortadas y chirridos y ruidos raros emanados y producidos con varias técnicas de vocalización difíciles de dominar a la perfección. Lo que venía no tuvo nada bueno por donde mirar, por lo que es conveniente no describir los horrores que Leonardo vio en su llegada a su propio infierno, lo que vio cuando los hombres hicieron cosas simplemente repugnantes y puramente malvadas a esa pobre persona colgada. Le hicieron muchísimas cosas antes de tirarlo al caldero y tomas su fémur derecho como representación de premio u ofrenda. Para Leonardo, esa debía ser la secta más abominable jamás creada por el hombre o, mejor dicho, por esos humanoides que seguramente no eran personas.

Leonardo estaba en el momento más horripilantes y agonizante de su vida; sufrir lo que acababa de contemplar con su ojo no lo podía contener. Él sólo pateaba, gritaba, se agitaba cuando estaba encadenado, de todo con tal de no sufrir el mismo destino que la otra víctima.

Por obra de un milagro divino, antes de ser mutilado de formas indescriptibles, se escuchó ruidos de policías provenientes del exterior, lo cual fue un sonido angelical para los oídos de Leonardo. Cuando los miembros de esa secta espeluznante oyeron eso, dejaron inmediatamente ese auditorio y se llevaron con ellos todos los fémures que habían arrancado a los inocentes. Leonardo, antes de que llegara a la policía, fue noqueado de nueva cuenta y tirado en el suelo de ese auditorio.

Cuando volvió a despertar de otro noqueó que simplemente lo puso con rabia e ira por el dolor, estaba en el hospital siendo atendido. Al margen de la situación, Leonardo simplemente estaba en extremo traumado y con una dolorosa migraña. Los huesos de su cuerpo no aguantaban su horrible pánico del sufrido anteriormente.

Un psicólogo fue a su habitación y le dijo de forma rígida que le contara todo lo que había pasado para poder ayudarlo con la explicación que diese. Leonardo, aunque el psicólogo creyese que estaba desquiciado, le contó su versión generosa y verídica todo lo ocurrido como víctima del suceso. Un sollozo se produjo en él. El volumen de lo increíble de lo que contó era muy trágico, porque simplemente era una historia difícil de creer, además de lúgubre.

El psicólogo no podía hacer un análisis propicio ante la herida mental del paciente ante dicho suceso; algo inolvidable para él como esa historia, pero con disciplina y certeza se podría superar esa inflación de horror que contenía ese adolescente y, sólo tal vez, sacar un aprendizaje de ese experimento que le prohíbe a Leonardo vivir tranquilo en un futuro. El psicólogo sólo espero que Leonardo no cometiera suicido u homicidio y se marchó sin nada más que develar al paciente.

Leonardo estaba muy triste pero a la vez suertudo y  alivianado que salió parcialmente ileso, obviamente por los golpes que lo noquearon pero no dejo heridas, y que todo había acabado.

El insípido sabor que Leonardo sentía en él mismo de no vivir como siempre sólo lo atrapaba en su órbita que era su vida. Él se determinó a vivir mejor su vida y ser mejor persona, olvidando lo que paso y haciendo buenas acciones.

Cuando salió del hospital, sólo regreso a casa para dormir. De nueva cuenta, se tornó de noche y todo estaba oscuro, pero esta vez Leonardo se sentía confiado, ya que pensaba que lo policías se encargaron del caso antes. El fue caminando tranquilamente por en medio de la calle, ya que en esa calle no había coches rondando, y caminó pasivamente hacia su hogar. Leonardo  tuvo que hacer un necesario respiro, cerró los ojos por 3 segundos y cuando los volvió a abrir estaba rodeado por 50 hombres altos, muy pálidos y esbeltos. Leonardo estaba en una enredadera, su vista se oscureció y sólo sintió un terrible miedo en todo su exoesqueleto y en la sensible piel. Sobrevivir claramente ya no era una opción y el hombre que siempre le dio problemas y lo noqueo varias veces le preguntó:

– ¿Qué se siente estar consciente, en un callejón sin salida? ¿Qué se siente estar con tus verdugos que harán trisas tus huesos y te robaran lo más preciado de tu bolsa de carne con huesos? ¿Qué se siente el miedo?

Leonardo quedó paralizado. Lo único que vio antes de morir fue la cara del mismo demonio del hombre alto, esbelto y pálido que conoció por primera vez en esa misma tienda.

Nadie sabe ni supo cual fue el paradero de Leonardo Sergio Añejo Borges ni como este desapareció, pero realmente eso nadie lo supo porque no tenía gente cercana. Él sólo se esfumo y nadie sabe más de él hasta el día de hoy.

Creación propia

Francisco L

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8 thoughts on “El Fémur”

  1. Larga? No es largo, vale la pena leerla, además las incoherencias no necesariamente son falta de talento o redacción, ellas guardan misterio e intriga, lo que en ciertas creepypasta no está siempre de más. Me encanto y el que diga que el terror en esta historia está en el Gore es el verdadero ignorante, el terror se encuentra en la persecusión, en creer que todo acabo y encontrarte con letras que te digan que recién empiezas. Esta historia te alivia, te pone en suspenso, te persigue… No te deja descansar 8.5 muy buena!
    Suelo ser estricto con las notas, no es la excepción.

  2. Pues… si hubiese estado mejor redactada tal vez hubiese quedado mejor, ya no sé que ocurre con esta página, anteriormente subían creepypastas que daban miedo, ahora solo se concentran en el gore… es una lástima

  3. Terrible. La idea en sí está buena, pero es extremadamente larga. Incoherente. Usas demasiados adjetivos, dudo que conozcas más de la mitad de ellos.

  4. Exoesqueleto (del griego ἔξω, éxō “exterior” y σκελετός, skeletos “esqueleto”) es el esqueleto externo continuo que recubre, protege y soporta el cuerpo de un animal, hongo oprotista.

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