Cuando tenía cuatro años, podía ver hadas

Tiempo de lectura: Cerca de 15 minutos.

Eran diminutas —no más grandes que la última coyuntura de mi dedo meñique— y translúcidas —sus órganos eran visibles a través de su carne glassine—. A veces revoloteaban por encima de mi cabeza con sus alas finas, y a veces bailaban entre los racimos de flores, moviendo sus bocas para cantar melodías en una octava que no podía escuchar.

Pero nadie más era capaz de verlas. A medida que crecía, se hicieron invisibles para mí también, o tal vez crecí lo suficiente como para que mi imaginación no pudiese sustentar esa realidad. Al final, comprendí que solo habían sido amigos imaginarios, no muy diferentes a los que otros niños tenían. Así que me olvidé de ellas.

Haber sido criada por una madre soltera no fue tan malo. Pese a que éramos terriblemente pobres, mi madre me dedicaba tanto de su tiempo como podía. Ella era el foco central de mi vida, la persona que más me amaba, la persona que me daba vida.

Por qué no se volvió a casar luego de que mi padre la dejó… es algo que nunca sabré. Era hermosa, mi madre, de una manera frágil y etérea, dando la impresión de que una brisa fuerte podría disipar toda su sustancia en cualquier momento y solo dejar atrás una telaraña esquelética de hilos de seda.

Ciertamente atraía a los hombres. Nunca le faltaban los ayudantes masculinos amistosos y admiradores, pero los evadía con timidez para pasar tiempo conmigo, su única hija.

Aunque tuve una buena vida, la escuela no fue fácil para mí. No era una chica brillante o una chica elocuente; se me complicaba y me quedaba atrás con frecuencia. Para cuando tenía doce, mi únicos talentos notables eran mis habilidades para soñar despierta infinitamente y un nivel de lectura decente. Pero era feliz hasta donde necesitaba serlo.

La muerte de mi madre inundó mi pequeña isla de felicidad con un tsunami que llegó arrasando desde las profundidades, desmantelando mi frágil estabilidad emocional y abandonándome en un mundo de vegetación oceánica y escombros, frío y funesto.

La espera adormecedora en la sala de emergencias finalizó con un doctor de rostro avinagrado explicándome que mi madre murió de un derrame cerebral masivo. Me aconsejó que llamase a mi pariente más cercano con el teléfono público y me dijo que llevarían a cabo una autopsia para explorar más a fondo la causa de muerte.

Pero no tenía ningún pariente a quien llamar; no tenía tíos, abuelos ni hermanos. Con la pérdida de mi madre, tenía dieciséis años y estaba completamente sola en el mundo.

Al no tener a nadie a quien llamar, recurrí a mi profesora de Inglés, la señorita Ross. Me recogió en su VW Beetle y me llevó a la pequeña casa que compartí con mi querida madre.

Nadie esperaba que regresara a la escuela en un largo tiempo, así que utilicé el momento para inspeccionar la reducida pila de cosas que mi madre había acumulado a lo largo de los años. Ella le rehuía a la joyería, pero tenía una buena colección de ropa de segunda mano, todas fabricadas para su delicada complexión con su propio y paciente bordado, todas desplegadas amorosamente y perfumadas con lavanda.

Recuerdo haber atraído esos vestidos a mi boca y haber respirado su esencia; las lágrimas al fin traspasaron mi estado de shock prolongado y humedecieron las telas aromáticas.

¡Oh, madre, te extraño tanto!

Fue difícil, desgarradoramente difícil revisar sus posesiones con la huella indeleble de su personaje único. Pequeñas cajas de conchas de mar, plumas de aves bebé rescatadas, bigotes de nuestro gato que murió hace mucho. Había una caja pintada que contenía cartas organizadas meticulosamente por tipo y nombre; la mayoría de ellas eran de los hombres que la admiraban, la mayoría eran cartas de amor. Facturas y documentos legales se ubicaban a un lado —con las que tendría que lidiar más tarde—, pero al final de la caja había un sobre azul verdoso dirigido hacia mi madre con una caligrafía dorada hermosa. Adentro había una sola carta de papel violeta oscuro, conteniendo un mensaje para mi madre con la misma caligrafía enmarañada:

Querida Elspeth,

Te estoy escribiendo para felicitarte por el nacimiento de tu primera hija; es una pena que no pueda estar ahí para el bautismo.

Con amor,

Tu Tía Abuela Raisa

Al reverso del sobre venía la dirección del remitente, la dirección de mi único pariente con vida: la misteriosa Tía Abuela Raisa.

A pesar de que la carta tenía dieciséis años de antigüedad, mi tía aún residía en la dirección apuntada. Era una curiosa y vieja iglesia de piedra que había sido convertida en un observatorio en algún punto de su vida —el domo en forma de cebolla había sido sustituido por un domo genuino— desde el cual se asomaba el tubo verdín de un telescopio de bronce.

Había gatos que merodeaban libremente el patio frontal tapizado con flores silvestres, y las cuerdas de un piano tintineaban desde adentro del edificio. Mis golpes en la puerta con la aldaba de latón precipitaron un fin súbito de la música y el sonido de botas sobre tablones de madera, acercándose.

Esa Raisa era nuestra pariente, no me cabía duda. La mujer que abrió la puerta era anciana, pero su piel curtida aún tenía la marca delicada del rostro de mi madre, y la estructura similar a la de un ave que ella y yo compartíamos. Me observó por un momento con sus aún ligeros ojos esmeralda, y luego dio unos pasos hacia adelante y me acogió en su abrazo con esencia de lavanda, destruyendo el último soporte de la represa emocional que había estado tratando de erigir desesperadamente.

Me permitió llorar hasta que ya no había más lágrimas, solo bocanadas incómodas y sollozos ruinosos. Me guio a la bella y nítida cocina y puso una hervidora de cobre en la estufa de gas.

—¿Cómo murió? —preguntó mi tía.

Le expliqué el derrame, la ausencia de una causa subyacente, mi profesora de Inglés llevándome a casa y luego haber revisado las cosas de mi madre hasta que encontré la carta. Cuando colocó el té humeante frente a mí, hice la pregunta que había estado quemándome la lengua desde que entré a su casa.

—¿Por qué nunca habló de ti?

—Tu madre y yo tuvimos una discusión hace muchos años sobre una deuda no pagada. Aunque la perdoné, su orgullo no le permitió aceptarme. Pero todo eso está en el pasado. Estás aquí y haré lo que sea para ayudarte.

Aliviada, exprimida y mortalmente cansada, solo asentí.

El primer problema con el que mi tía Raisa me ayudó fue con las deudas estremecedoras de mi madre. Presionando una cadena de oro gruesa en mi mano, mi nueva tía me indicó que vendiera el oro y que resolviera las deudas con el dinero.

Al inicio me rehusé, pero ella insistió, diciendo: «Ahora yo soy tu tutora. Es mi deber proveer para ti y ver que vivas una vida buena y satisfactoria. No aceptaré un no como respuesta».

Así que tomé la cadena bajo la condición de que se lo pagaría de alguna forma.

«Puedes pagarme haciendo una promesa —me había dicho—. Prométeme que siempre encenderás una candela de cera de abeja en el cumpleaños de tu madre».

El dinero del oro fue considerable e hizo más que pagar las deudas que mi madre tenía. Mi tía Raisa puso el resto en un fondo de inversión y me prometió que recibiría el dinero cuando cumpliera veintiuno.

Aunque estoy avergonzada de admitirlo, Raisa fue una mejor madre para mí. Era una amante de las rutinas educativas, a veces dándome tutoría hasta muy tarde por la noche para realzar mis calificaciones en tanto me sacaba de mi predisposición natural a ser holgazán y soñar despierta.

Independientemente rica y poseyendo la iglesia y las propiedades de acres circundantes, Raisa fue capaz de proveer un estilo de vida que esfumó mi acné a los pocos meses y que endureció mi centro flácido con las labores agrícolas y de jardinería.

Le agradecí por todo lo que había hecho por mí, preguntándole qué podría hacer para regresarle el gesto. Como siempre acostumbraba cuando yo sacaba el asunto de mi deuda hacia ella, lo eludió inventando algún pago nebuloso, como «siempre pide un deseo frente a un diente de león» o «nunca le levantes tu voz a un animal». En ningún momento pensé que lo decía particularmente en serio.

Luego de que me posicionó en una pasantía pagada en una firma de leyes, conocí a un joven de mi misma edad llamado Liam. De una niña traviesa y agobiantemente pobre con el atractivo físico de un sapo, había florecido una mujer bonita, inteligente, enfocada y con un futuro brillante. En mi cumpleaños veintiuno, Raisa me regaló el fondo de inversión maduro —el cual había experimentado un éxito desenfrenado y ahora equivalía a más de cincuenta mil dólares—. Liam se me propuso utilizando un anillo tradicional de mi familia que mi tía le entregó, y nos casamos en la iglesia, entre los gatos, las flores y la esencia de lavanda.

Tres meses y tres días después de la boda, Liam cayó enfermo. Los doctores estaban desconcertados; perdía peso a un ritmo alarmante y era afectado por un letargo constante. El olor enfermizamente dulce de Ensure plagaba mis días en el hospital, y tuve que tomar una licencia de trabajo extendida.

Mi tía Raisa pareció distante durante ese tiempo, incluso un tanto fuera de sí de alguna manera intangible. Le pregunté por qué nunca lo visitaba, por qué no parecía importarle. Pero nada fue muy informativo.

Ahora con apoyo vital, mi amado esposo —la persona más preciada en mi vida desde mi madre—, solo se despertaba por algunas horas cada día, pasando las demás comatoso y aferrándose a cada aliento. «¿Está aquí la tía Raisa?», me preguntaba con frecuencia. Cuando le decía que nunca había visitado, me respondía: «Oh, creí haberla escuchado».

El día que Liam murió, agarró mi mano en sus dedos huesudos con una fuerza súbita y febril: «Te amo, Caelin», murmuró, acariciando la alianza de oro y esmeralda en mi dedo. «Es tonto, pero siento un arrepentimiento apenante por no haber mantenido la promesa que le hice a tu tía».

A medida que la tarde acontecía, sus signos vitales se deterioraron y fui sacada de la habitación. Justo antes de la medianoche, Liam fue proclamado muerto.

Por la segunda vez en mi corta existencia, me habían arrebatado al amor de mi vida.

Raisa nunca se presentó al funeral, y, cuando regresé a la iglesia, comencé a empacar mis pertenencias bajo una furia de luto a razón de que ella hubiese sido tan cruel e inhumana frente al alba de la muerte de mi esposo.

Cuando saqué mi maleta al vestíbulo, Raisa estaba ahí, tan puritana y autoritaria como siempre.

—Ayer fue el cumpleaños de tu madre —me dijo, acercándose.

—¡También fue el funeral de mi esposo!

—No encendiste la candela.

—¿No me escuchaste? ¡Estaba ocupada enterrando a mi esposo!

Raisa alargó esos dedos de complexión delgada y me agarró de la muñeca; su fuerza era atemorizante al provenir de alguien tan pequeña y vieja.

—Rompiste una promesa.

—¡No me importa!

Forcejeando mi brazo para desprenderme de su agarre, arrastré la maleta a la puerta y llamé a un taxi con mi teléfono. Tras una miserable espera de media hora entre una llovizna gris, el taxi llegó y abandoné a mi tía Raisa jurando que nunca regresaría.

El dinero se había ido. No tenía idea de cómo hizo Raisa para retomar la posesión del dinero invertido. Los bancos tampoco podían explicarlo, decían que el dinero nunca había existido, y, de hecho, que tenía un atraso angustiante con el pago de un préstamo.

Aún peor era que el pago a la funeraria había rebotado y una agencia de cobro de deudas había dejado varios mensajes repugnantes en mi teléfono. Contacté lo más pronto posible a mi nueva familia política por ayuda —ellos habían pagado la mitad del costo del servicio—, pero en vez de la simpatía y la comprensión que esperaba, la mamá de Liam pareció distante, preguntándome en dónde me estaba hospedando y haciendo promesas apresuradas de que resolverían las deudas.

Tres horas más tarde, fui detenida por un par de oficiales de policía y arrestada por la sospecha del asesinato de Liam Harrington.

Fue, por supuesto, mi tía Raisa la primera en visitarme.

Se veía incómoda fuera de su hogar, fuera de su dominio, pero aún estaba tan en control como siempre.

—Caelin, cariño —empezó—. Ven a casa conmigo. Puedo hacer que todo esto —le gesticuló despectivamente a la estación de policía que nos rodeaba— desaparezca.

—No comprendo —respondí, molesta, confundida.

—Vamos, pequeña. No has de creer que tu buena fortuna hasta ahora fue el resultado de trabajo duro, ¿o sí?

No respondí. No quería pensar en ello.

—Si ese niño estúpido hubiese mantenido su promesa por el anillo, nada de esto habría pasado.

Agujas frías inundaron mi estómago, y luego serpentearon por mi columna y hasta la base de mi cráneo:

—¿Qué le hiciste a Liam?

Los ojos verdes de Raisa brillaron peculiarmente bajo la luz fluorescente del salón de visitas.

—Yo no hice nada. El hombre mismo rompió su parte del trato; yo no ejecuto las consecuencias.

El entendimiento surgió dentro de mí, una luna roja creciente en el paisaje oscuro de mis pensamientos.

—El dinero, la candela en el cumpleaños de mi madre.

La luz en los ojos de Raisa ya no era natural. Una llama extraordinaria —del tipo que no había visto desde que era una niña— ardía en la profundidad de sus pupilas dilatadas.

—En nuestra familia, Caelin, las promesas son la ley, ¡y los pactos son de por vida!

Atragantándome con temor, empujé la silla hacia atrás para escapar.

Inclinándose hacia adelante con una velocidad predatoria, Raisa atrapó mis manos en la superficie de la mesa.

—Existe vida nueva dentro de ti, nieta. Prométeme tu hijo y todo esto desaparecerá.

Sollozando, aterrada, sola y desconsolada, le prometí a mi infante no nacido en ese momento y lugar.

Los cargos fueron retirados con un entusiasmo preocupante, acompañado de una disculpa del jefe de personal y de la familia de Liam. El departamento de patología había mezclado los resultados de laboratorio que evidenciaban el cómo envenené a Liam. Fui exonerada de todos los cargos.

Para Raisa, significó mi regreso al flujo y reflujo de la vida en la vieja iglesia de piedra, de gatos y hierbas, quehaceres y flora. Su nieta estaba en casa, embarazada con el infante que al final le pertenecería.

—¿En verdad eres mi familia? —le pregunté una vez mientras los gatos zigzagueaban por mis tobillos inflamados.

—Oh, sí —me contestó—. Aunque soy muchos siglos más antigua de lo que sospechas.

—Las hadas que veía cuando era niña… eran reales, ¿cierto?

—Por supuesto que lo eran, querida nieta.

Eso fue lo último que conversamos del tema.

Fue la hervidora de cobre, la aldaba de latón, los muebles con soporte de bronce y la cubertería de plata lo que inclinó la balanza de poder a mi favor. Ahora sabía que mi tía era algo místico, algo del reino de las hadas y antiquísimo.

La ausencia de hierro en la casa se había escapado de mi atención hasta ahora, pero alerta de su ausencia, tenía la ventaja.

La cruz de hierro casi no me había costado nada en la tienda de segunda mano, pero era más valiosa que cualquier piedra preciosa u ornamento hecho de oro. Con un embarazo debilitador, esperé a Raisa en la cocina exquisitamente pulcra de cobre y latón.

Ella olió el hierro de inmediato; su rostro inmortal se blanqueó por la ira.

—¡Deshazte de eso ya! —ordenó.

Pescando el collar crudo desde debajo de mi suéter, lo empujé hacia su cara.

—¡Renuncia a tu derecho sobre mi hija!

—¡No funciona así!

Sosteniendo la cruz de hierro como una espada, avancé hacia ella.

—¿A qué te refieres?

—Las promesas solo pueden hacerse o romperse; ¡no pueden ser alteradas!

Humo se levantaba de la piel de Raisa. Dada su proximidad al metal, su piel se ennegrecía y se achicharraba.

—¡Entonces prométeme que nunca me seguirás! ¡Prométeme que me dejarás en paz por siempre!

—¡Lo prometo!

Retrocediendo de la criatura que era mi tía, me di la vuelta y escapé de la casa tan rápido como mis piernas cansadas me lo permitieron.

Fiel a su palabra, mi tía nunca me siguió.

Qué le pasará si rompe esa promesa… no lo sé, pero sospecho que sea cual sea el parentesco que compartimos significa que yo seré el árbitro final de su «castigo».

Cada noche, repito la letanía de pequeñas promesas que le hice a lo largo de los años: siempre pide un deseo frente a un diente de león, nunca le levantes tu voz a un animal, nunca nombres al mesías durante Samhain, nunca veas tu reflejo al vestir de rojo, siempre recoge las crisálidas caídas, siempre duérmete antes de la medianoche… Pues si llego a romper alguna de mis promesas, ella lo sabrá y cobrará su venganza.

Hace tres días, mi hija nació y la llevé a casa en el pequeño apartamento que había rentado con la poca cantidad de dinero que me quedaba.

Recostado sobre la mesa de formica de la cocina, estaba un sobre azul verdoso dirigido hacia mí con una caligrafía dorada hermosa.

Y adentro había una carta del violeta más oscuro, portando un mensaje con letra plateada enmarañada.

Querida Caelin,

Te estoy escribiendo para felicitarte por el nacimiento de tu primera hija; es una pena que no pueda estar ahí para el bautismo.

Con amor,

Tu Tía Abuela Raisa.

La traducción al español pertenece a esta página. Fue escrito en inglés por Cymoril_Melnibone:
https://reddit.com/r/HallowdineLibrary

Creepypastas

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2 comentarios de “Cuando tenía cuatro años, podía ver hadas”

  1. EXPLICACIÓN, para todo aquel que tenga dudas <3.

    ¡Lee esto después de haber terminado el creepypasta!

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    Cualquier fan de Pokémon (o de mitología) sabe que una gran debilidad de las hadas es el hierro. La tía engañó a la mamá de la protagonista para que le entregara a su hija, pero la mamá logró escapar al igual que Caelin lo hizo. La mamá murió al romper una de las promesas que había hecho, dándole la oportunidad a la tía de asesinarla y de apoderarse de Caelin. Es muy posible que la tía haya manipulado todo para que el esposo de Caelin rompiera la promesa, muriera y luego ella pudiera hacer el trato de que Caelin le daría su hija a cambio de su libertad. La tía quiere un bebé para algún motivo majhiko personal.

    Sin embargo, este creepypasta no narra un ciclo, solo una coincidencia. Caelin puede evitar que la historia se repita dependiendo de sus acciones. La tía solo le escribió la misma carta para regodearse.

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