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La cuesta de Moramulca


Durante años se ha hablado de los fantasmas que aparecen en la carretera del sur, específicamente en la cuesta denominada Moramulca, ubicada entre las comunidades de Pespire y La Venta.

José Antonio Guillén, motorista de una rastra, hacía viajes de Tegucigalpa a San Lorenzo trasladando madera al puerto. Había escuchado de varios de sus compañeros que en Moramulca asustaban; hablaban de una mujer vestida de blanco que en la orilla del camino pedía aventón, se montaba en la cabina, platicaba con el chofer y de repente se desaparecía. «Son puras fantasías, el guaro hace ver cosas a esos locos. Por lo menos en mis años de trabajo jamás he visto babosadas en la carretera», así se expresaba José Antonio.

El motorista había entregado su pesada carga en el puerto de Henecán, en San Lorenzo; de regreso hacia la capital estacionó su vehículo en un lugar llamado Lajas, cerca de la comunidad de Pespire. En ese tiempo había unas pozas profundas en el río a orillas de la carretera, hacía un calor endemoniado cuando José Antonio se metió al agua; luego, después del chapuzón, entabló conversación con unas mujeres que lavaban ropa en ese lugar. Se sentó bajo la sombra de un árbol, y… «¿Siempre vienen a lavar ropa? ¿Ustedes dónde viven?». La mujer de más edad, respondió, «Nosotros vivimos en la aldea, no se ve desde aquí, pero se encuentra detrás de ese cerrito; ¿y usted ya va para Tegus?». José Antonio movió la cabeza afirmativamente, la señora siguió hablando. Muchos de sus compañeros se estacionaban ahí para bañarse en el río.

El motorista explicó a las mujeres cómo era su trabajo, «Hoy regresé temprano, otras veces regreso de noche, pero es más fresco». Al despedirse de las lavanderas, una de ellas le dijo, «Que Dios lo lleve, señor, ojalá que no encuentre nada malo en el camino». Encendió la rastra y continuó el camino hacia Tegucigalpa, eran más o menos las cinco de la tarde; kilómetros adelante comenzaría a subir la famosa cuesta de Moramulca. Iba pensando en su esposa y sus dos pequeños hijos que vivían con él en el barrio Concepción de Comayagüela, a la niña le llevaba una muñeca que consiguió con unos marineros y al varoncito una alcancía de barro.

Encontró a tres compañeros mientras subía la cuesta, todos sonaron las bocinas de sus unidades en señal de saludo, él contestó de la misma forma. Más adelante dos niños le hicieron señales para que parada y así lo hizo; al bajarse del vehículo vio que en el fondo de un abismo se encontraba un turismo de color rojo semidestruido.

Abajo escuchaba los lamentos de una mujer. Se regresó a la rastra, agarró dos fuertes lazos, ató un extremo a un árbol y bajó lentamente al fondo del abismo para ayudar a los heridos. Había una mujer atrapada en la parte delantera que trataba de salir por una ventana, pero sus esfuerzos eran inútiles. José Antonio, utilizando un palo grueso como palanca, abrió la puerta y pudo sacar a la mujer. Sobre el timón estaba el cadáver de un hombre de unos cuarenta años de edad. «Es mi papá», dijo la joven mal herida, «se nos atravesó una vaca y por esquivarla caímos en el abismo».

Con gran esfuerzo subió a la joven, que se identificó como Patricia López. La llevó hasta la rastra y con delicadeza la sentó sobre el asiento; luego buscó a los niños que le habían hecho la señal de parada, pero ya se habían ido. «Posiblemente tuvieron miedo», pensó, «voy a seguir mi camino lo más pronto para llevar a esta muchacha al hospital y dar aviso a la policía del accidente».

Encendió el vehículo y aceleró, el carro iba liviano porque no llevaba carga. Pasó por La Venta haciendo señas gritando, «¡Hey, a medio kilómetro hubo un accidente… vayan a ver, yo llevo una persona herida!».

La joven llevaba un golpe en la frente y una herida en el brazo izquierdo, iba recostada sobre el asiento del pasajero mientras José Antonio hacía esfuerzos supremos para ganar mayor velocidad. Aproximadamente a las seis de la tarde comenzó a oscurecer, José Antonio encendió las luces del carro y miró que la joven seguía dormida. Al pasar por Sabanagrande respondió el saludo de otro compañero que pasó sonando la potente bocina de su rastra, e inmediatamente pensó que la joven había despertado por el ruido; pero al ver hacia el asiento, tuvo que frenar, pues ella no estaba ahí. Era imposible que se bajara y saltara del vehículo, y las manchas de sangre también habían desaparecido. José Antonio estacionó la rastra a orillas de la carretera, corrió hacia una casa y cuando abrieron la puerta cayó desmayado. Después de haber sido hospitalizado por terribles alucinaciones, se dio cuenta de que el accidente que había visto había ocurrido diez años atrás; en él habían fallecido una joven llamada Patricia López, sus dos hermanos y su padre. De aquel vehículo sólo quedaban hierros viejos y retorcidos.

Aquella fue una experiencia tenebrosa, única en la vida del motorista, quien renunció a su trabajo y actualmente labora como agente de seguridad privada. Aún se estremece cuando recuerda que subió el cuerpo de una joven que ya había fallecido y la llevó en la cabina de su rastra. Durante muchos años había guardado silencio, «Ahora que he contado esta historia me siento liberado», dijo.

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