La sierra

Tiempo de lectura: Cerca de 14 minutos.

La sierra ganó como la tercer mejor historia enviada en el mes de mayo, 2016.


Con un desgastado lapicero anotó en una libreta el importe de su último viaje, después hizo la suma y una expresión de preocupación se dibujó en su rostro; aún le faltaba una cantidad considerable de dinero para completar su cuota e irse tranquilo a casa. Antonio estiró sus piernas para relajarse un poco, llevaba ya varios minutos sentado en una silla destartalada de plástico en la estación de taxis donde trabajaba, somnoliento por la fatal de trabajo y el calor abrasante. Miró alrededor y vio el despachador de agua vacío. Hurgó en su bolsillo para sacar un par de monedas para dirigirse a las máquinas expendedoras de refresco que estaban afuera. El cielo estaba despejado completamente, solo un par de nubes blancas se asomaban discretas, pero en su mayoría había un azul profundo por todo lo alto. Antonio seleccionó su bebida favorita de la máquina cuando una mano fuerte se posó en su hombro y lo sacó abruptamente de sus pensamientos; al volverse, un hombre joven y muy bien vestido le sonrió.

—Buenas tardes, ¿es usted conductor de taxi?

—Sí, así es, ¿deseaba usted algún servicio?

—Claro —Sonrió de nuevo—. Necesito que nos lleve a a sierra.

Antonio meditó un momento, una señora con una niña se acercaron a ellos y lo saludaron secamente.

—Le voy a ser franco —dijo Antonio—, ir a la sierra en taxi es muy caro, estamos hablando de un viaje de una hora u hora y media. Puedo llevarlo a la estación de autobuses y de ahí tomaría uno que lo deje en el poblado de San Juan, es la mejor entrada a la sierra.

El hombre lo miró fijamente. Le volvió a sonreír mostrándole los dientes.

—¿Cuánto ganas en una semana, amigo? —preguntó el hombre con son altanero.

El conductor hizo un cálculo elevado y le dio una cifra alta; el hombre soltó una carcajada tan sonora que hizo que los transeúntes voltearan rápidamente. Se buscó dentro de la chaqueta, sacando un fajo de billetes muy grande para ponérselo en las manos a Antonio.

—Esto es más de lo que ganarías en un mes —le dijo con suficiencia—, solo te pido que me lleves ahí antes de que se meta el sol, tengo mucha prisa.

En la mente de Antonio había confusión, no sabía si aquello era un golpe de buena suerte o algo muy extraño estaba pasando. La verdad era que quería declinar la oferta, pero ese dinero extra solucionaría algunos de sus problemas financieros, sin mencionar que le daría más tiempo para pasar con su familia. Aceptó y fue por su taxi para que la familia se subiera. La mujer y la niña, que supuso que eran esposa e hija del hombre, tenían facciones muy finas, blancas y de cabello negro, pero había en su mirada un cierto destello de desconfianza que llamó la atención de Antonio por el retrovisor; el hombre notó esto y comenzó a hablar mientras se dirigían a la carretera.

—Soy profesor de la universidad —explicó—, voy con unos colegas a ver los resultados de un estudio que realizamos en la sierra.

Antonio le preguntó su nombre y él solo le respondió que era Martín. Mientras el auto recorría la carretera, el clima fue cambiando; pronto se volvió cada vez más fresco y unas nubes oscuras tapizaron todo el cielo anunciando que una tormenta fuerte se avecinaba. Aquello fue muy extraño, pues minutos antes no había ni atisbo de lluvia.

De vez en cuando, intercambiaban palabras, pero la mayoría del viaje permanecieron callados mirando el impresionante paisaje natural lleno de contrastes verduzcos que se extendían por pastizales extensos. Sin embargo, había una tensión implícita en el ambiente que provocaba una inquietud casi palpable. Antonio notó que el hombre llevaba un extraño anillo en el dedo anular de la mano izquierda, era de oro y tenía grabado unos símbolos extraños que él nunca había visto antes, solo distinguió una calavera justo en el centro. Cuando al fin el pueblo de San Juan se divisó a la distancia, el conductor sintió un alivio tremendo, pues la verdad era que rezaba para que esto terminara pronto.

Las calles de San Juan eran angostas y apenas cabía un vehículo en muchas de ellas. Había casas pintorescas repartidas por largas cuadras con colores vivos de diseños antiguos pero muy hermosos. Parecía un lugar agradable y tranquilo, que te daba la sensación de haber vuelto unos años en el tiempo. En la plaza principal, una iglesia de piedra caliza se erguía imponente como el edificio más alto del poblado; varias personas que estaban sentadas en las bancas de la plaza los miraron con mucha curiosidad, pero ellos siguieron de largo hasta llegar al camino que los llevaba al primer descanso, donde se situaba el sendero por el cual se accedía a la sierra.

—Esperen aquí —le ordenó Martín a su mujer y a su hija—, no tardo. Necesito que me esperen aquí mientras termino mi trabajo —se dirigió ahora a Antonio—. No me demoro nada.

Diciendo esto, Martín salió del auto. Para sorpresa de Antonio, al otro lado del descanso había vehículos elegantes estacionados y un grupo de hombres bien vestidos como su cliente; recibieron a Martín con un saludo extraño emprendiendo así su camino por el sendero, y a los pocos minutos aquellos hombres se perdieron de vista.

—¿Quieren que abra las ventanas? —les dijo Antonio a las mujeres.

La madre lo miró profundamente, como si no diera crédito a algo.

—¿Es en serio? —le dijo la madre con molestia—.  ¿Acaso no se da cuenta que esto no está bien?

—Señora —respondió Antonio, perplejo—, si ese hombre la ha dañado a usted o a su hija, la llevo a la policía. Es lo más que puedo hacer.

—¿La policía? —dijo con sarcasmo—. Jamás creerían lo que está pasando aquí, pero usted se arrepentirá de haber tomado este viaje, eso se lo aseguro.

Los nervios de Antonio se pusieron de punta, estaba incómodo y empezó a sentir un escalofrío extraño que le recorrió todo su cuerpo. Salió del auto para poder fumar y relajarse un poco, además que ya no soportaba la mirada penetrante de la señora que no le quitaba los ojos de encima, como esperando algo. Al salir, vio los árboles meciéndose al ritmo del viento intenso. Le fue difícil encender su cigarro, pero, cuando lo hizo, vio en lo profundo del bosque unos ojos amarillentos que le helaron la sangre… Súbitamente, su presión sanguínea se fue a tope y el miedo comenzó a hacerle sentir que sus piernas flaqueaban; no sabía si esa cosa lo veía a él o al vehículo, pero de inmediato apagó su cigarro y subió al auto.

Un grito desgarrador que venía de la parte de atrás hizo que brincara de su asiento. La niña se retorcía con violencia, mientras que la madre trataba de calmarla; Antonio se volvió para intentar ayudarla, pero la niña lo golpeó en el rostro con una fuerza descomunal haciéndolo sangrar. Sus ojos se pusieron en blanco y un grito gutural salió de sus labios, después comenzó a bufar cual toro y su cuerpo se contorsionó de una forma tal que cualquier ser humano se hubiese roto la espalda.

—¡Sáquenos de aquí! —ordenó la madre con desesperación mientras luchaba en vano por controlar a su hija.

—Sujétese —advirtió Antonio.

Encendió el coche y pisó el acelerador con desesperación. El camino era de tierra, le era muy difícil controlar el auto. Para colmo de sus males, la lluvia había comenzado tan intensa como se anunciaba. De pronto, sintió dos manos pequeñas alrededor de su cuello; trataban de ahorcarlo, y Antonio pisó el freno desesperado. Para su sorpresa, las manos habían tocado un pequeño rosario de plata que llevaba en el cuello y lo había soltado de inmediato cual si se tratase de hierro al rojo vivo. Al sentirse liberado, el conductor pisó el acelerador y comenzó su camino hacia la iglesia del pueblo lo más rápido que pudo. La madre de la niña le quitó el rosario del cuello y se lo puso a la niña en la frente haciendo que esta emitiera un chillido de dolor agudo. La lluvia no hacía sino empeorar dificultando la visibilidad; Antonio apenas y distinguió las casas de pueblo al llegar, lo único que le interesaba era encontrar la iglesia lo más rápido posible. Después de unos minutos, al fin llegaron a ella y, entre la madre y él, lograron meterla con mucha dificultad. Dentro, Antonio comenzó a gritar por ayuda al mismo tiempo que luchaba con todas sus fuerzas para que la niña no se le zafara de las manos. Un joven párroco apareció detrás de una puerta y miró horrorizado la escena.

—Pronto, acuéstenla aquí —les ordenó con voz potente—. Iré por mis cosas.

Diciendo esto, fue al altar y sacó un frasco, dos Biblias y un crucifijo. Entregó una Biblia a Antonio y le pidió que respondiera cuando él se lo pidiera. Comenzó el ritual mientras la niña se zarandeaba violentamente de un lado a otro gritando improperios contra los presentes. Antonio respondía cada que el padre le pedía, la madre de la niña lloraba con impotencia mientras rezaba implorando piedad por su hija. La niña intentaba con todas sus fuerzas sobrenaturales liberarse, gritaba con voces que no eran las de ella, todas diferentes que hablaban latín con fluidez; solo el padre entendía los horrores que estaban diciendo. Esta había comenzado a morderse a sí misma buscando lastimarse lo más posible, la madre gritaba horrorizada ante semejante acción. De pronto, como si algo hubiese abandonado su cuerpo, la niña simplemente se desmayó. El silencio espectral se apoderó de la iglesia, todos la miraban con miedo y expectación, como si esperasen lo peor; sin embargo, nada pasó.

—Ayúdenme a acostarla en una banca —les pidió el padre.

Los tres tomaron a la niña mientras la recostaban y su madre se ponía a su lado. El padre miró a la madre con severidad.

—Ustedes no son de aquí —acusó—. ¿Fueron a la sierra, verdad?

La madre solo asintió, pues el llanto no le permitía hablar.

—¿Cómo se atreve a hacerle eso a su familia? —preguntó el padre a Antonio con molestia.

—Yo… yo no —contestó Antonio, nervioso—. No son mi familia, soy conductor de taxi, yo únicamente los traje aquí.

—¿Y el padre de la criatura? —inquirió el párroco.

El estruendo de las puertas abriéndose con violencia exaltó a todos. En el umbral estaba Martin, empapado, con la cara llena de furia, pero lo más sorprendente era ver que parecía haber envejecido unos treinta años; nada quedaba del hombre jovial que llegó a la estación. Miró a todos con odio y se precipitó con dificultad hacia su familia. Parecía herido, sin embargo, tomó con fuerza el brazo de su esposa y se echó en la espalda a la niña.

—¡Quédate con el dinero! —le gritó a Antonio—. ¡Ya nos van a llevar a casa!

Diciendo esto, se llevó a rastras a su hija y a su mujer, quien lloraba desconsoladamente. Cuando salieron, se podía aún escuchar el llanto de la mujer a la distancia. El párroco le dio unas palmadas en la espalda a Antonio y lo invitó a sentarse.

—Siéntate, hijo —pidió—. Debes estar mal.

—¿Qué fue eso? —preguntó Antonio, aún en shock.

El padre lo llevó a una de las bancas, después le trajo un vaso con agua mientras Antonio trataba de asimilar lo que estaba pasando.

—¿Dónde los encontraste? —preguntó el padre.

—En la ciudad. El hombre, creo se llama Martín, quería venir a la sierra con urgencia —explicó—. Me ofreció mucho dinero y acepté, pero algo era raro; decía ser un profesor, pero en el inicio del sendero se encontró con otros hombres muy bien vestidos como él y se adentraron en el bosque. Después pasó todo esto.

—¿Llevaba un anillo de oro?

Antonio lo miró con asombro.

—Así es —contestó.

El padre solo movió la cabeza de un lado a otro en signo de desaprobación.

—No sé cómo explicarte esto —comenzó—, tal vez pienses que soy joven e inexperto como padre, pero en este pueblo he visto tantas cosas que mis colegas más experimentados ni en sus peores pesadillas se imaginan —Se aclaró la garganta—. Quiero que sepas por qué ese hombre hizo lo que hizo y que entiendas qué pasa aquí.

—La codicia y la carencia —continuó— son dos males que juntos abren la caja de Pandora por sí misma, la combinación de ambos desata una catarsis negativa que nos envenena cuerpo, alma y espíritu. Desde que llegué a San Juan, he visto a personas perderse en sus males y hacer cosas increíblemente terribles. Por desgracia, esto no ha parado ni parará nunca mientras sigamos alimentándolos. Lo que te voy a contar no es para que te convenzas de seguir a un Dios en específico, lo único que quiero es advertirte de los peligros que hay ahí afuera… La sierra, desde tiempos remotos de antiguas civilizaciones ha sido testigo silencioso de muchos acontecimientos, pero en particular ha presenciado cruentas batallas desde que se tiene registro de algún asentamiento por esta zona. Como tal, esto ha creado energía especial en ella, tan especial que…

El padre dudó un momento, después miró a Antonio con intensidad:

—Ese hombre no ha venido aquí porque sea un profesor, o por algo bueno, ese hombre ha venido a cumplir su pacto con el mismísimo Demonio.

Antonio abrió los ojos de par en par, no podía dar crédito a lo que sus oídos acababan de escuchar. Sin embargo, el Padre lo miraba con sinceridad. Antonio no pudo articular palabra alguna.

—Sé lo loco que suena —dijo el párroco—, yo mismo no lo creía hasta que la gente arrepentida de lo que había hecho acudía a mí pidiendo ayuda; en algunos casos funcionaba, pero en otros era simplemente demasiado tarde. Te puedo decir que, en el pueblo, es un secreto a voces lo que pasa, pero por miedo no se habla de ello. Cuando tú subes a la sierra queriendo hablar con el maligno por primera vez, una cueva aparecerá frente a ti. Dentro encontrarás un camino rodeado de aquello que más te gusta: dinero, comida, mujeres, todo aquello que para ti sea importante y que codicies en ese momento se pondrá ahí, simplemente para que tú lo tomes de la manera más sencilla posible; pero siempre hay una trampa, y es que aquel que toma algo, justo en el instante que sus manos tocan el objeto deseado, provocará que la cueva se cierre para siempre y todo desaparezca; quedará encerrado en completa oscuridad hasta que se acabe su cordura y muera lo más lento posible envuelto en miseria. Si resistes la tentación, llegarás a un altar, donde el maligno estará sentado en un trono de piel y sangre dispuesto a concederte hasta el más bajo de tus deseos, pero con una condición.

Las velas que iluminaban la iglesia comenzaron a titilar de manera constante y violenta. El padre miró con atención alrededor como si ya supiera lo que estaba pasando. Se volvió hacía Antonio y continuó su relato.

—La condición es que entregues el alma de un inocente, una «palomita», como le dicen ellos, y tendrás que hacerlo tú mismo. Después, él te dará un anillo que tendrás que llevar puesto durante toda la vida sin quitártelo; el pacto está sellado.

—Pero —interrumpió Antonio—, ese hombre ya llevaba un anillo…

El padre sonrió con tristeza.

—Ese hombre no era un iniciado, él venía a cumplir su manda de todos los años.

—¿Cuál es?

—Cuando ya estás pactado, subes a la sierra y se te aparecerá la misma cueva que alguna vez viste, pero esta vez no hay riquezas ni nada, solo verás en ella una mesa y un trono igual al que te dije primero, además de su estatua al fondo. Tendrás que acostarte en la mesa y él aparecerá… Te devorará vivo mientras tú sufres el intenso dolor de la tortura lenta y despiadada, sentirás cómo cada parte de ti es arrancada sin más ni más hasta que de ti quede nada. Perderás la consciencia y aparecerás afuera de la cueva. Si cumples esto, se te quedará otro año más del beneficio que le pediste.

—¿Y la niña por qué se puso así?

—Porque a veces ese sufrimiento para él no basta, quiere más, se alimenta del miedo y el dolor. Entonces le pide algo a su pactado para saciar sus ansias. Si el pactado falta un año o no ofrece algo más, morirá terriblemente y su alma se irá con él para toda la eternidad. Te podrás imaginar qué le ofreció él en sacrificio, pero, al parecer, algo falló, gracias a Dios.

El silencio se hizo de la iglesia, solo se escuchaba el golpeteo de las gotas de lluvia de afuera. Antonio no podía asimilar todo lo que le acababan de contar, pero no dudaba de su veracidad por todo lo que había visto esa tarde.

—Así que, hijo, por favor —advirtió—: si alguien te pide que lo traigas a la sierra de nuevo, nunca lo hagas. Quédate aquí y vete tranquilo a casa mañana, sobre todo debes tener cuidado.

Antonio lo miró y asintió. Esa noche se quedó en la iglesia, pero no pudo dormir pensando en el rostro de la niña. A la mañana siguiente, quemó todo el dinero que el hombre le había dado junto al padre y, jurando jamás volverse a aparecer por ahí, se fue a la ciudad… Por desgracia, el padre se enteró después que Antonio jamás llegó a la ciudad, y que nunca se volvió a saber de él jamás.

Autoria Propia

Miranda M

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2 comentarios de “La sierra”

  1. Muy bueno. Las últimas líneas pudieron sobrar, pero lo que antecede me ha dejado satisfecho. Me gusta la escritura, me gusta la seriedad. Si el ritual también es de tu autoría, te has lucido.

    1. Gracias por comentar, los rituales no son míos, solo unas cuantas cosas agregué, fueron un compendio de varias experiencias que me contaron en diversas ocaciones, sobre lo que pasa en los lugares con cerros en varias partes de México. Me pareció excelente hacer una historia con eso.

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