En el bus

Tiempo de lectura: Cerca de 10 minutos.

Las calles, caminos y carriles polvosos de Colombia han sido territorio fértil para mitos y leyendas incluso antes de la llegada de los españoles. Se habla de cuentos como La Patasola, un alma en pena de una pierna que por siempre está en búsqueda de su hijo, o El Duende, un trasgo con las piernas invertidas que conduce a viajeros a su perdición, perturbando su tranquilidad durante siglos. Aunque estas historias principalmente inquietaban a aquellos que circulaban o residían en áreas rurales, el crecimiento de las ciudades trajo consigo un florecimiento de leyendas urbanas cimentadas en la desconfianza que todavía albergamos en algún lugar dentro de la tecnología moderna. Un ejemplo de esto es el bus fantasma que presuntuosamente merodea las calles de la ciudad por las noches. Según se relata, las mujeres jóvenes que lo abordan desacompañadas son encontradas mutiladas en la periferia de los campos, días más tarde, y una mirada irreparable de profundo terror ilustra el momento de su último y atormentado aliento.

Con eso dicho, dado que son las cuatro de la tarde de un martes y ciertamente no eres una jovenzuela, o al menos no lo eras la última vez que revisaste, los buses fantasmas y duendes minusválidos son la última cosa en tu mente. Has estado usando el sistema de transporte público de Bogotá por más de dos décadas y tu mayor preocupación es que la densidad del tráfico ha sido todo menos manejable desde que el último alcalde tomó el cargo. Sin embargo, tu casa está a ochenta bloques de distancia, así que tu única opción es esperar hasta que llegue el bus. Caminar tomaría más tiempo que lidiar con algún embotellamiento.

Cuando el bus mostrando la señal de tu ruta se asoma, su tarifa es doscientos pesos más baja que la cobrada estos días, indicio de que el vehículo en cuestión es más antiguo y menos cómodo que la mayoría, pero a ningún conductor de buses en la historia le ha importado un comino eso. Los ciudadanos que se consideran adinerados y «por encima» de este medio de transporte pagan siete veces más para ser paseados en un taxi, exponiéndose estadísticamente a mayores probabilidades de ser asaltados. Más poder para ellos, ¿no?

Como nunca eres alguien que deja ir la oportunidad de más descuentos, le preguntas al conductor si te llevaría solo por mil. Los ojos del hombre ni siquiera se apartan del camino mientras toma tu billete y lo desliza en el monedero que cuelga de la palanca de cambios. Satisfecho, diriges tu atención a la cabina: lo que haría ideal a este viaje sería un asiento desocupado.

Curiosamente, no hay suficientes pasajeros como para que alguien tenga que ir de pie. Hay unos cuantos asientos disponibles a la vista, así que escoges uno en la izquierda, por el centro del bus. Tanto el asiento del pasillo como el de la ventana están libres, y suspiras agradecido en tanto te recuestas sobre uno con tu pierna descansando en el otro. Este viaje no debería tardar mucho.

La radio del conductor está apagada y la batería de tu celular murió hace una hora; sin nada más que hacer, pasas el rato viendo por la ventana, observando a los vendedores ofrecer su mercancía y a los conductores mover su cabeza al ritmo de sea cual sea la música que escuchan. Rápidamente, la posición que tomaste comienza a volverse incómoda para tu espalda, así que te enderezas y te das un momento para examinar a tus compañeros de viaje. Ninguno de ellos parecen estar viajando juntos, dado que todos están en silencio, mirando al frente del bus. También son inusualmente viejos, ninguno parece tener menos de sesenta y cinco. Esto te parece un poco extraño, y por un momento la idea de que no perteneces ahí se dispara en tu mente. Es un pensamiento tonto, pero combinado con el particularmente fuerte —aunque no necesariamente atípico— olor a moho y metal, te hace anticipar con impaciencia el final del viaje. Puesto que faltan otros treinta o cuarenta bloques, vuelves a mirar por la ventana y dejas que tu mente fluya por un rato.

El anuncio de la Pastelería de Pacho te saca de tu ensueño veinte minutos después. Te levantas y te abres paso hacia la salida posterior, donde buscas el pequeño botón plateado que le avisará al conductor que has llegado a tu parada. Cuando lo encuentras bajo la puerta, notas que nadie ha abordado ni salido del vehículo desde que te subiste. Descartándolo como otra extraña coincidencia, presionas el botón y te agarras de la

Estás acomodado en tu asiento, viendo hacia el frente del bus.

¿Qué… acaba de pasar?

Miras alrededor y notas que todos están sentados al igual que hace un segundo. Tratar de hacer contacto visual con ellos es inútil; parecen estar perdidos, divagando en lo que sea que sus viejas mentes divaguen. Te llega la necesidad de decir algo, pero optas por guardar silencio. ¿Qué dirías, de todas formas? Probablemente estabas tan sumido en tus pensamientos que imaginaste haberte levantado para sonar la campana del conductor. Sí, eso tuvo que ser. Además, dejaste atrás tu parada hace dos bloques; debes bajar del bus. Te levantas una vez más y te diriges a la salida trasera, un tanto intranquilo por el desinterés estoico de los otros pasajeros en cuanto a lo que ocurre a su alrededor.

Ahí está el botón, justo donde recuerdas que estaba. Excepto que no puedes recordarlo, claro, porque nunca has estado aquí atrás realmente; quizá lo viste de reojo cuando entraste al bus. Tras agarrar el pasamanos —estos conductores a veces paran al instante en que suena la campana—, pones tu pulgar en el botón

Estás acomodado en tu asiento, viendo hacia el frente del bus.

Un frío desgarrador recorre tu espalda, que no decae, y más bien se esparce por cada una de tus extremidades. No es un cambio de temperatura en tu cuerpo o el ambiente, es el escalofrío que sientes cuando eres consumido súbitamente por ese miedo ligero precede al terror. No sabes qué está sucediendo con exactitud, pero te quieres ir, ya no quieres seguir ahí ni un momento más. Ahora un sentimiento de soledad amarga está royendo tu mente: sean cuales sean los pensamientos de esas persona a tu alrededor, claramente no les interesa en lo absoluto lo que está pasando contigo.

Por lo tanto, decides una vez más que guardarás silencio y solo te levantarás de tu asiento, obviando el hecho de que lo haces con menos agilidad de la que normalmente hubieras empleado. Tu única intención en este momento es salir del bus. Además, ya has avanzado más de diez bloques desde tu calle, una distancia desagradablemente larga para caminar.

En tanto reanudas tu trayecto hacia la parte trasera, una mujer anciana en las últimas filas se voltea hacia ti. Su expresión no te dice nada, pero la manera en que te mira —a tu torso, para ser precisos—, como si solo fueras otra parte del vehículo, intensifica la casi abrumadora sensación de terror que corre por tus venas. La ignoras, no puedes entrar en pánico, no ahora. Te paras en la parte trasera del bus y, en vez de ir por el botón, le gritas al conductor. Le dices que pare, que te deje ir, que ya has sonado la campana dos veces; pero no recibes nada de él. Lo maldices, le dices de qué morirá y le deseas que males terribles caigan sobre su ser, pero la puerta continúa asegurada. El hombre no está escuchando. O no le importa. O no quiere que te bajes. Pero a ti no te interesa lo que él prefiere o no, así que te agarras del pasamanos, das un paso hacia atrás para impulsarte y tiras una patada sólida directo en la columna de bisagras que

Estás acomodado en tu asiento, viendo hacia el frente del bus.

Asimilar la situación te toma un momento. Quizá más que un momento, un minuto completo. Y mientras digieres la poca intensión que tiene el bus por permitirte bajar, también te das cuenta de que tu rodilla derecha duele con una tensión innatural y punzante. Es la misma pierna que usaste contra la puerta, y ahora se siente como si estuviera al borde de estar rota. Aunque esto se vuelve una preocupación distante cuando estimulas el músculo con un masaje, porque entonces notas tus manos.

Estas no son manos de alguien de treinta años. Están arrugadas, marcadas por venas bien definidas e incluso pigmentadas por paños de la edad. Mientras le das varios vistazos a tus manos y brazos, un horror incontenible envuelve cada rincón de tu mente. Tocas tu rostro y palpas una rugosidad que no debería ser propia de tus mejillas. Tu cabeza está cubierta por algunas hebras de cabello anémico. Con las yemas de tus dedos reposando sobre tu áspero cuero cabelludo, una chispa de electricidad brota de este y se interna en las profundidades más íntimas de tu ser. Tus ojos son despojados de todo brillo, completamente abiertos e incrédulos. Debes abandonar este bus maligno, debes irte de una vez antes de que finalice lo que ha comenzado.

Cuidadosamente, sales del asiento y te diriges al frente, hacia el conductor. Quizá puedas razonar con él, o quizá puedas azotarlo a muerte con una linterna o algo, pues siempre hay una variedad de utensilios y aparatos en el frente de l

Estás acomodado en tu asiento, viendo hacia el frente del bus.

Te toma unos buenos cinco o diez minutos procesar lo que está pasando contigo, entender que tu vida está esfumándose frente a tus ojos. Ahora tus manos son como las de tu abuela, tu espalda te molesta desde su base y todo el recorrido hasta tu cuello, tus ojos apenas pueden concentrarse en las enormes señales estampadas sobre las ventanas. Tu mente también carece de su agudeza previa, y te toma algo de tiempo para decidir hacer otro intento por salir del bus.

Quizá la violencia no es la respuesta, quizá puedas abrir la puerta con gentileza. Quizá si consideras al bus como algo viviente, un ser viviente gentil en vez de un ente demoniaco, te dejará salir, quizá…

La anciana te está viendo de nuevo. Estudias su chaqueta azul, que es demasiado grande para ella. Si vistiera con una blusa de la misma talla, colgaría, libre, de su complexión delgada. Una lágrima fina y vacilante se forma en su rostro y se desliza serpenteante por sus facciones delicadas, acabando en su muñeca con un deje melancólico. Hay un reloj Totto verde alrededor de esa muñeca, del estilo que actualmente es la onda entre los niños de secundaria.

Examinas la puerta. Dos paneles unidos por una línea vertical de bisagras, recubierta desde la derecha por una almohadilla de caucho para evitar lesiones al maniobrarla. La puerta está ligeramente hundida hacia el interior, y notarlo se proyecta en ti como un último despojo de esperanza. Si solo pudieras introducir

Estás acomodado en tu asiento, viendo hacia el frente del bus.

¡Qué carajos! ¡¿Qué mierda está pasando?! ¡Mis manos, son viejas, son las de un bendito anciano! ¡Todo mi cuerpo lo es!

El señor detrás de ti se pone de pie. Te giras hacia él y le gritas, lo tomas del rostro y aplicas presión con tu mano, y le gritas que te diga cómo bajar. Un murmullo intenta salir de su boca, escoltado por hilos de sangre tejidos por su dentadura roída…

Por Dios, sus dientes… mis dientes… son diminutos, polvo casi. ¡¿Qué carajos, cuánto tiempo he estado aquí?! A la mierda, voy a romper la ventana con mi codo y me vale que me lo fracture. No quiero morir aquí, no

Estás acomodado en tu asiento, viendo hacia el frente del bus.

Tras un periodo de tiempo considerable, te enfocas en tus manos con insistencia. Son las garras repulsivas, artríticas y teñidas en sangre de una vieja bruja que ha visto más que la porción de horrores de su generación.

¿Vieja bruja? Esa no es la expresión correcta. Tu rodilla todavía duele, pero no tanto como tu codo. Se siente roto… Ah, sí. El bus. Te debes bajar del bus. Sabes que te debes bajar de él de inmediato. No recuerdas por qué exactamente, pero es imprescindible que lo hagas. Es urgente. Era urgente. Estás tan cansado.

Tratas de sacar tu cuerpo del asiento, pero tu rodilla se tambalea bajo el peso, y caes. Debes bajarte del bus. Recuerdas que estos buses solían llevarte al trabajo. Te recuestas. Intentarás bajar del bus… en un momento. Necesitas descansar. El bus puede esperar.

Estás acomodado en tu asiento, viendo hacia el frente del bus.

Estás acomodado en tu asiento, viendo hacia el frente del bus.

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La traducción al español (y edición ligera) pertenece a esta página. Fue escrito en inglés por Lucas Llinás Múnera:
http://creepypasta.org/creepypasta/on-the-bus

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103 comentarios de “En el bus”

  1. ._. rayos ahora tendré pánico de subir al bus…
    Buena creepy,mientras lo leía sentí una ligera desesperación y sentía que me faltaba el aire :v

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