Diario de un licántropo

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La siguiente información fue extraída de un diario encontrado en los bosques montañosos de los Andes Venezolanos. No se ha cambiado el contenido del mismo, y aún no se determina la fecha de origen. Sin embargo, se estima que tiene menos de treinta años de antigüedad. Lo que está a punto de leer es real; tome sus precauciones como lector.

18:00 — Empieza a caer el sol. El momento de regresar a casa está llegando, la hora de la cena se aproxima, y luego, irse a dormir. O al menos eso haría si fuese una persona normal.

18:15 — Qué imbécil soy. ¿Una persona normal? Creo que ni siquiera me puedo considerar «persona» y mucho menos entrar en los estándares de normalidad. Hace mucho que me perdí en el rumbo, ahora vago solo en un destino incierto, cuyo final espero con ansias: la muerte.

18:25 — La noche se asoma. Mi hermosa oscuridad se aproxima. Aún maldigo aquella tarde de mayo en la que se nos ocurrió salir al bosque en busca de aventuras; típico capricho infantil originado por la monotonía y el aburrimiento, pero, ¿cómo podríamos saber lo que estábamos a punto de vivir? Éramos tan solo unos niños. Ahora ellos descansan en paz y yo sigo aquí, en mi propio infierno en la tierra.

18:35 — Recordar ese día me pone de malas, pero también me distrae la mente. Además, es imposible olvidarlo todo.

Éramos tres. Alfredo, un niño curioso que vivía a unos metros de mi casa, en aquel pueblo olvidado entre las montañas, de cabello castaño, crespo, no muy alto, algo astuto y no sentía miedo por los animales. Y Caribay, la preciosa niña hija del cafetero, que además preparaba los mejores sancochos del lugar; llamada así por la historia de una indígena que personalmente ya olvidé.

Ella era tan linda, con sus ojos profundos, como la noche misma, y para ese entonces me parecía lo más hermoso en el mundo. Su cabello era largo y de textura muy suave. Si una bruja quisiera recuperar su belleza perdida con los años y las maldiciones, seguramente querría la de esa niña. Y lastimosamente, así fue…

El bosque era profundo. Caminamos un montón, mientras el sol caía entre las hojas de los altos pinos y nos distraíamos con la vista a lo lejos. De pronto, Alfredo divisa una casa al fondo de un pequeño pasaje. Entramos. No debimos entrar. Todo pasó muy rápido. No hay que confiarse de la amabilidad de los extraños, ya nos lo habían dicho, pero no hicimos caso. Ella nos ofreció comida, cuyo sabor era peculiar: sabía delicioso al principio, pero cuando terminabas de comer, parecía que habías comido algo en descomposición, y el sabor quedó en mi paladar por el resto de ese día. Luego nos hizo entrar en un cuarto extraño, y la pesadilla comenzó.

En ese entonces no lo sabía, pero con los años he aprendido un montón de cosas, y ahora lo sé: era una bruja maldita. Su alma estaba destinada a deambular por el mundo, anclada en la infinidad del limbo. Quién sabe qué habría hecho, pero ya no tenía salvación; supongo que por eso no le importó lo que hizo. A Alfredo le arrancó un trozo del cuello con las uñas deterioradas y afiladas. Se lo desgarró hasta que dejó de respirar, y luego dejó que la sangre cayera en una olla de cobre. Yo estaba aterrorizado, y cuando volteé a ver a Cari, también lo estaba y con lágrimas en los ojos, así que le agarré la mano. Fue inútil. Yo caí hacia atrás de forma violenta por alguna fuerza sobrenatural. Luego ella…

La bruja la mató. Pero no solo eso, la consumió. Fue un espectáculo horrible que difícilmente se puede describir, sin embargo, era como si le quemaran el alma mientras se le desgarraba la piel, como si alguien la aruñase para llegar a lo profundo de su ser. Mis oídos aun retumban por los gritos de aquella preciosa niña.

La fiesta no terminó ahí. Cuando cesó el dolor y escuché su último respiro, la bruja volteó a verme, y lo que vi no fue más que la cosa más aterrorizante que alguien se pueda imaginar. Sus ojos ya no eran humanos, estaban consumidos por el odio. Mi destino fue algo peor que el de mis dos amigos muertos. A mí no me mató ni me consumió, me maldijo de por vida. Una maldición de ese tipo condena la vida tanto del que la recibe como del que la envía, pero a ella al parecer ya no le importaba. No iba a ser más, su alma ya estaba condenada.

La noche, que antes me pareció hermosa, ahora es mi enemiga. El odio me consume y, llegado un punto, dejo de ser yo quien domina mi cuerpo. Me convierto en algo horrible. Jamás he visto lo que soy en ese estado, pero he presenciado a mis víctimas, y es más que suficiente.

20:55 — Hay un pequeño duende detrás de un árbol. Me mira y percibo miedo en sus ojos. Sabe lo que está a punto de suceder, en lo que me voy a convertir.

21:05 — Quiero matar a alguien.

21:25 — No quiero hacerle daño a nadie, por eso vengo al bosque. Aquí no hay gente a la que despedazar. He visto cómo quedan cuando me despierto en la mañana. He visto cómo alguien o algo les arrancó la cabeza. Los brazos. Las piernas. He encontrado gente a la que le faltan partes, y a la vez he sentido un asqueroso sabor a sangre en mi lengua, sin mencionar el tinte rojo en mis prendas.

21:45 — Con el pasar del tiempo he leído muchos libros, además de mis propias experiencias, y poco a poco entendí cuestiones acerca de brujería, maldiciones y paganismo, todo con la intención de encontrar alguna «cura», sin mencionar que también puedo ver cosas que los demás no suelen ver, como duendes y apariciones. Tal vez estos se muestren ante mí por mi condición, por mi alma impura.

También me hice amigo de la noche. Amigo y enemigo. Como una relación de amor y odio. Coraje y miedo. Tranquilidad y cólera. Aprendí a ver las horas según la ubicación de la luna y las estrellas, y determiné el punto casi exacto en el que pierdo mi conciencia. Puedo decir que me quedan no más de dos horas antes de que la pesadilla real empiece.

22:15 — La gente normal me ve con ojos normales. La gente cuya alma está maldita o poseída, me mira con rabia. Algunas brujas me miran con una sonrisa morbosa. Una vez vi a un granjero cuya mirada fue extraña, como relajada y penetrante a la vez, como si supiera lo que en verdad soy pero no sentía ni miedo ni rabia ni lo consideraba algo divertido. Creo que él era un brujo, pero de los que trabajan con magia negra y demonios mismos, de los más peligrosos que hay.

No existen muchos brujos por acá. Dicen que son más fuertes y sabios, y cuya edad es incalculable. Podrían tener veinte o cien años, y nadie podría notar la diferencia.

22:45 — Escuché un ruido extraño seguido de una risa juguetona. Debe ser el duende, seguro le parezco divertido con toda mi situación.

23:20 — Ya está a punto de suceder. Puedo sentirlo. Siento las ansias, el dolor, el odio, la cólera y puedo escuchar ligeramente los gritos de mis víctimas en mi cabeza.

23:55 — Tengo hambre. Maldigo todo. Odio al mundo. Odio la gente. Odio mi vida y mi alma. Si existe un Dios por ahí, también lo odio. Quiero matar a alguien. Quiero romperle los huesos con mis propias manos y arrancarle la piel con mis dientes. Quiero destrozar sus tejidos, oír sus gritos de dolor, que me vea a lo profundo de mis ojos y el miedo consuma su mente desde adentro. Quiero…



El siguiente dibujo es un boceto basado en una ilustración hallada unas páginas más adelante en el mismo diario. Cabe destacar que el original tenía rasgaduras y manchas de sangre seca en gran parte de la hoja. 

licántropo

Autor del dibujo: Ender Sátiva.

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5 thoughts on “Diario de un licántropo”

  1. Bien estructurado, bien redactado y el trasfondo es legítimo. Pese a que la historia tiene un tema “fantástico”, es un tanto creíble, lo que, insisto, es difícil de lograr con estos argumentos. Buen trabajo.

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