Cortos, cortos everywhere

Tiempo de lectura: Cerca de 6 minutos.

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En el espejo


Por lo general duermo profundamente, pero esa noche la tormenta que se estaba desatando afuera no me permitía conciliar el sueño. Cuando empezaba a dormitar, otro trueno me levantaba. Este ciclo se repitió la mayor parte de la noche, por lo que permanecí despierto y atento, viendo al cuarto iluminarse antes de que fuera invadido por las sombras de nuevo. Mis ojos se movían de un objeto a otro, hasta que llegué al espejo adyacente a la cama.

De pronto, hubo un destello de luz y el espejo se iluminó. Por menos de un segundo, el espejo mostró docenas de rostros, siluetas dentro de su marco, bocas abiertas y ojos ennegrecidos. Ellos miraban directamente hacia mí, con sus pupilas negras fijas sobre mi rostro. Y luego había acabado. ¿Estaba seguro de lo que vi? Intranquilo, no logré dormir por el resto de la noche.

A la mañana siguiente, quité el espejo de la pared y lo tiré a la basura. No me importaba si la visión que había tenido fuera real o no, quería deshacerme de ese espejo. De hecho, quité cada espejo de la casa.

Pasaron varias semanas y el suceso de aquella noche se había desvanecido de mi mente. Estaba pasando la tarde en la casa de un amigo y tenía que usar el baño. Mientras estaba ahí, el grifo se abrió sin que lo tocase y el agua comenzó a correr. Desconcertado, no hice nada en ese momento más que tratar de razonar la paranoia. El agua comenzó a echar vapor y una capa de humedad cubrió el espejo. Miraba atentamente mientras las palabras se formaban: «Por favor, vuelve a poner los espejos. Extrañamos verte dormir».

 

La tundra


Los nativos de estos lugares dicen que hay una tundra justo al norte de aquí, la cual es habitada por espíritus benevolentes. Estos espíritus conceden una revelación a todo aquel que los visita por la noche una vez que el sol ha desaparecido por completo y dejado al mundo en oscuridad.

Conduje hasta la enorme envergadura de hielo y esperé con la intención de echar un vistazo a fuera lo que fuera que esta gente veneraba. Ellos envían a sus hijos a la tundra en la víspera de su quinceavo cumpleaños —envueltos en pieles de animales para impedir que se congelen— con la intención de solicitar una audiencia con estos espíritus. Una vez que esta ha finalizado, los niños corren a casa para compartir la experiencia con sus padres. A partir de ese momento, son considerados adultos por todos en el pueblo. Parejas comprometidas también visitan la tundra antes de su boda. Los invitados se quedan en vela toda la noche hasta su retorno, ya que, al regresar, la pareja decidirá si continuarán con su matrimonio o lo abandonarán. Los más ancianos visitan la tundra cuando se encuentran muy enfermos, y frecuentemente empeoran su condición por pasar toda la noche allí; sin embargo, cuando regresan, la mayoría de las veces lo hacen con un aire de serenidad.

Así que esperé, curioso por descubrir qué clase de fenómeno podría inspirar a las personas tan poderosamente. Esperé por horas, abrigado con mi parka y sentado en el capó de mi camioneta. Esperé hasta que sentí que moriría congelado.

Pude escuchar al espíritu antes de que pudiera verlo. Un crujido en la nieve me hizo voltear. Un hombre encorvado con la piel grisácea estaba parado a solo unos metros de mí; me miraba con unos ojos tristes, amarillentos. Respiraba pesadamente y uno de sus brazos lucía como si hubiese sido destrozado y dejado sin tratar, provocando que sanara incorrectamente. Trozos de carne mal cicatrizada cubrían sus débiles piernas. El hombre me miró quizá por unos diez segundos antes de desaparecer de un momento a otro.

Volteé hacia todos lados, buscándolo, pero se había ido. Al acercarme hacia donde había estado, encontré un par de huellas ensangrentadas en la nieve. Lleno de temor, me subí a mi camioneta y me dirigí al pueblo tan rápido como el hielo me lo permitió. Algunos pueblerinos me estaban esperando cuando llegué, pues se habían enterado de que salí hacia la tundra y estaban curiosos de lo que podría pasar. Salí rápidamente de mi camioneta y corrí hacia el pueblerino más cercano, exclamando:

—¡¿Qué tienen de benevolente esos espíritus?! ¿Qué es tan inspirador acerca de ellos? ¿Cómo es que los ayudan?

—¿Qué fue lo que viste? —preguntó el hombre con su mirada remedando el temor en mis ojos.

—Vi un hombre ¡terriblemente desfigurado y extremadamente enfermo! —le grité mientras los demás pueblerinos se hicieron hacia atrás—. ¿Por qué? ¿Qué es lo que significa? —clamé.

—Los espíritus solo muestran una cosa —me explicó el hombre—: muestran a sus visitantes dentro de un año en el futuro.

 

El caleidoscopio


Mientras estábamos de luna de miel en Maine, mi esposa y yo hicimos una parada en el pintoresco pueblo de Boothbay en un día particularmente gris y lluvioso. Ya que el picnic que habíamos planeado no seguía siendo una alternativa, nos refugiamos en una pequeña tienda de antigüedades próxima al muelle.

En tanto mi esposa ojeaba los grandes cofres y juegos de mesa cerca de la entrada, yo examinaba entusiasmado las herramientas antiguas y el equipo marítimo dentro de las vitrinas en la parte trasera. Al ser un coleccionista de lentes e instrumentos marinos, ansiaba encontrar un sextante, o quizá un viejo telescopio forrado con cuero.

Me detuve en una pieza interesante. Parecía ser una linterna de bronce que denotaba una pátina café, pero que era muy moderna en cuanto a su diseño. Le pregunté al dueño de la tienda por ella, pero solo me pudo decir que la encontró en el mismo cofre antiguo que traía varias brújulas y el sextante que también se exhibía. Inquirió sobre si deseaba comprárselo a cinco dólares, o llevarlo a ningún costo.

—A mí no me sirve de nada, nadie lo quiere.

Cuando lo cuestioné acerca del precio, él suspiró con cansancio, y luego se acercó a la vitrina para sacarlo.

—Tenga, compruébelo usted mismo.

La artesanía era impresionante, bastante duradera y aparentemente hecha a mano, quizá en algún lugar de Europa. Unas marcas de escritura desgastadas indicaban que podría ser de origen alemán o tal vez austríaco. Giré el lente y una débil luz roja salió despedida. Al apuntarla en una esquina oscura del local, tomó la forma de múltiples movimientos en espiral, que chocaban y se entrelazaban como una manada de anguilas. Mientras continuaba utilizando ese inusual caleidoscopio-proyector, mi imaginativa mente inventaba rostros macabros con rulos sinuosos. Al desactivar el aparato, me volví emocionado hacia el dueño de la tienda.

—¡Fantástico! —le dije—. ¡Debe de tener algún tipo de filtro para el aceite enfrente de los lentes! Tengo dos caleidoscopios victorianos, pero ninguno de ellos alumbra como este.

—No lo entiende, ¿vedad? Nadie lo hace. Todos regresan para devolverlo luego de un tiempo —El dueño de la tienda se apoyó en la vitrina y pude notar que estaba respirando agitadamente—. Todos piensan que es una especie de truco… hasta que empiezan a ver a través de él con las luces apagadas.

»Esa no fue una proyección, amigo. Ese… maldito aparato, esa luz… no está fabricando a las criaturas que vio. Simplemente le está permitiendo a sus ojos ver lo que siempre ha estado ahí.

Traducciones mías

CP

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22 comentarios de “Cortos, cortos everywhere”

  1. Me gustaron las tres hahah :DD estan geniales! seria interesante si deverdad existiera un aparato que te muestre las cosas que estan ahi pero que no puedes ver!

    1. a mi tmb ya que te dan miedo o simplemente cumplen su objetivo y sin que leer laaaargas historias =) ==================8 una pollaaaaa

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