a la mitad del camino

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Soy nuevo en esto, espero que les guste.

Todos  los días lo mismo, manejando esta camión para llevar el sustento a mi casa, o mejor dicho enviarlo, puesto que estos viajes a través de todo el país consumen todo mi tiempo, desde que salgo en la mañana hasta llegar al destino con la carga pueden pasar días, así que veo a mi familia pocas veces al mes y siempre habrá  algún momento en el que tendré que conducir en la oscura noche. Recordando.

 

Uno de esos días en los que llevaba manejando mucho tiempo, unas 16 horas aproximadamente, decidí detenerme a comer algo y tomarme un café en un paradero de los tantos que hay en las carreteras de este país; eran mas o menos las 11 y 50 de la noche y me quedaban apenas unas horas de viaje para llegar a mi destino.  Llevaba unos veinte minutos y ya terminaba mi merienda, mientras me distraía viendo las fotos que casi tapizaban las pareces del lugar: era como un recordatorio macabro y morboso del peligro al que se esta expuesto en las vías si no se conduce con prudencia, imágenes de accidentes y choques ocurridos a lo largo de toda esta vía, eran imágenes muy fuertes y desgarradoras, algunas solo mostraban vehículos destruidos o leves choques, otras por el contrario exponían con crudeza los cuerpos destrozados, mutilados y aplastados de las victimas de algunos de esos accidentes.  Me levante de la silla pensando en mi familia, que me espera en Bogotá rogando a todos los dioses que vuelva sano y salvo a su lado, pague lo consumido y salí hacia mi tractomula, estaba a punto de subirme al vehículo cuando una vos me hizo voltear con rapidez: era una muchacha, muy bella, de unos veinte años, que me llamaba desde la tienda en la que estaba hace un rato.

 

Señor, ¿me podría hacer  el favor de llevarme hasta el siguiente caserío?  Es que es muy tarde para ir caminando, ¿podría?

 

¡Claro señorita!- le respondí, – ¡suba con confianza!

 

La señorita se subió y al instante emprendimos el viaje. El caserío quedaba mas o menos a 40 minutos así que la compañía en ese tramo del camino y a esas horas  era algo que agradecerle; íbamos hablando, me dijo su nombre, Carolina, como mi hija, y continuamos  haciendo charla mientras la llevaba a su destino.de repente cambiando de tema abruptamente, me dice que siente algo de frio cada vez que ve una de esas cruces  que ponen los  conductores en los lugares donde ha habido algún accidente, yo le digo que es normal, que puede ser ese innato miedo a la muerte y le ofrezco mi chaqueta , puesto que no funciona la calefacción, ella la toma de la parte de atrás de mi silla y s la pone. A  los diez minutos llegamos al paradero, se baja del vehiculó y me señala el lugar de su vivienda a la vez  que me devuelve  la chaqueta, pero yo como todo un caballero educado no puedo recibírsela ya que cae una leve llovizna, entonces le digo que en la mañana tendré que pasar de nuevo por el lugar devolviéndome hacia la ciudad entonces pasaría y recogería mi prenda, ella haciendo un ademan  de gratitud se aleja bajo la lluvia hasta entrar a su residencia. Y yo continúo mi viaje y llegando al poco tiempo a mí meta.

 

Al otro día ya descansado y sin carga llego al paradero donde vive la señorita, dejo mi camión y me dirijo hacia su casa, golpeo tres veces y espero a que me abran, al fondo escucho una vos de mujer adulta:

 

¿Quién es? ¿Qué se le ofrece?-  a lo que respondo:

 

Buenos días mi señora, ¿se encuentra la señorita Carolina?

 

No escuche respuesta alguna, al momento escucho como quitan los seguros y abren la puerta: es una mujer de unos 50 años, con serias marcas de una vida dura en el rostro y con cara de tristeza y asombro.

 

Discúlpeme señor, creo que estoy ya vieja y no le oí bien, ¿a quien necesita?

 

¿Aquí vive la señorita Carolina? Yo la vi entrar aquí anoche, yo la traje en mi camión desde el paradero que esta a unos 15 kilómetros bajando, y vengo a recoger mi chaqueta, que ella se quedo ya que anoche estaba lloviendo un poco.

 

¡Eso es imposible señor!- me dijo con una expresión de susto mezclada con tristeza.

 

¿Como así, por que dice eso!-  Le respondí con extrañeza, pensando que me jugaba alguna broma.

 

¿Sabe señor? Si tiene un momento acompáñeme.

 

Salió de su casa y yo la seguí,  caminamos unas calles hasta llegar a un pequeño cementerio llegamos a una tumba en la que descubro con asombro y terror, estaba mi chaqueta sobre la lapida en la que leí:

 

Carolina Gómez Heredia descansa en la paz del Señor  1992 – 2011

 

Señor aquí descansa  mi hija, ella murió en un accidente el año pasado a la mitad del camino entre este pueblo y el parador donde usted dice que la recogió.

 

 

 

 

 

Esta es una historia que me contó un amigo de una vivencia real, que me he tomado el tiempo de redactar para darle algo de orden y sentido. gracias por leerla.

Manuel Sanchez

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