Mi vecino

Hola, me llamo Daniel y os voy a contar una historia que me ocurrió no hace mucho tiempo.

Me acababa de mudar a una nueva casa que estaba junto a un lago.

Contando la mía solo había cinco casas. Todas rodeaban el lago.

Cuando descargué los muebles del camión de la mudanza, solo un vecino vino a recibirme.

Se presento y dijo que se llamaba Juan. Era un hombre gordo y grasiento, llevaba gorro de cocinero y un delantal. Su casa era la que estaba a la izquierda de la mía.

Me ofreció un pastel mientras me explicándome que el era pastelero.

Sin embargo no era uno cualquiera, su casa era su pastelería. La gente iba allí y los compraba.

Cuando llegue a mi casa apilé dos cajas y usé otra como asiento para comerme el pastel.

No sabía como otros pasteles que había probado, pero como Juan no me había dicho de que era, ni yo era un experto, no le di importancia y lo terminé.

Pasaron dos semanas, mi casa ya estaba amueblada y llegaba la electricidad y el agua.

Como no había visto a ningún vecino excepto a Juan decidí ir yo ha visitarles.

Supuse que había gente en la primera casa con la que topé, por que en las cortinas se veían siluetas.

Llamé al timbre pero nadie me abrió.

Golpeé la puerta y esta se abrió por si sola.

Aunque pensé que no iba a acabar bien decidí entrar.

En la primera plante no había nadie y no vi nada fuera de lo normal.

Decidí ir al segundo piso que era donde estaban las cortinas donde había visto las siluetas.

Abrí la puerta lentamente preguntando temerosamente:

-¿Hay alguien hay?

Cuando abrí la puerta del todo lo vi. Eran maniquíes, pero eran peores que los de la tiendas.

Eran unos quince y tenían pintados unos ojos estremecedoramente realistas, pero de unos colores imposibles.

Todos miraban en dirección a la puerta, ¡Todos me miraban a mi!

Salí corriendo escaleras abajo y me torcí el tobillo pero no llegué a caerme.

Llegué a mi casa y intenté llamar a la policía, pero no recordé que allí no había cobertura y que recorrer unos 10 kilómetros para encontrarla, así que decidí controlarme y me fui a dormir.

Al día siguiente, desde la ventana, vi como iban a buscar un pastel a casa de Juan.

Era un hombre de unos 30 años de edad.

Eran las 11 de la mañana cuando el hombre entró y a las 12 aún no había salido.

Entonces empecé a sospechar de Juan. No se de que podía ser sospechoso, pero no me gustaba lo que estaba ocurriendo así que decidí entrar en su casa.

Me colé por una ventana que había dejado abierta. Bajé al sótano, porque de llegaba un aroma, pero no sabría decir de que.

Bajé las escaleras poco a poco y entreabrí la puerta.

Lo que vi no lo olvidaré nunca.

Juan estaba echando carne picada en un horno.

El sótano estaba lleno de estantes que contenían dentaduras y huesos.

Entonces lo entendí todo, Juan era un sicópata usaba a sus víctimas como ingrediente y había atado a todo el vecindario.

Al ver esta imagen retrocedí y la escalera crujió.

Juan se percató de mi presencia, cogió un cuchillo de carnicero y se dirigió hacia la puerta.

Salí corriendo de su casa.

Me dirigí a la mía y cogí mi coche.

Afortunadamente no tuve problemas en arrancarlo, pero la puerta del garaje tardaba demasiado en abrirse, así que di marcha atrás y la rompí. Después puse primera y intente atropellarlo pero consiguió esquivar el coche.

Rápidamente puse el retroceso y conseguí atropellarlo.

Me fui de allí y no volví. Preferí no hablar con al policía así que simplemente me mudé a otro sitio y jure que a partir de ese momento solo viviría en ciudades.

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pablo

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