Máscara de Muerte Roja

Tiempo de lectura: Cerca de 7 minutos.

(Esta historia no me pertenece, espero que haya gente lo suficientemente culta como para conocer al genio famoso del terror y el bizarre, que escribió esta historia antes que yo. Yo solo la estoy editando, escribiéndola a mi estilo, convirtiéndola en Creepy.)

Podríamos decir sin equivocarnos que transcurría el Medioevo cuando la Muerte Roja, la más terrible peste que nunca azotó Europa, atacaba a las pobres poblaciones. La Muerte Roja ataca a la persona, le llena la piel de manchas purpúreas, y le hace vomitar sangre, y expulsarla por cada poro del cuerpo. La muerte es inmediata, si no, la penosa vida del individuo durará un par de horas. La facilidad con la que la Muerte Roja se transmite es impresionante: solo un toque basta, un simple contacto con la piel, la sangre, o el cadáver del infectado.

El escarlata teñía las calles de los poblados, junto con el silencio de la muerte.

Nuestra historia se centra en un hombre, de hecho se trata de un príncipe: su nombre es Próspero, y su séquito es tan grande como su castillo y su ingenio juntos. Cuando la peste empezó, de inmediato Próspero mandó a construir la más lujosa de las fortalezas, alejada del poblado y de los infectados, sobre una colina, rodeada por un bosque. En menos de dos meses estuvo lista, y Próspero se mandó a mudar junto con muchos nobles, muchas damas, y varios cortesanos, además de indispensables sirvientes y cocineros. No pasaron dos semanas y ya todos se encontraban en la fortaleza contra la peste.

La fortaleza era muy lujosa, tenía muchos salones de colores diferentes: en la entrada el azul, luego el violeta, y pasando por verde, amarillo, bermellón, castaña, y llegando al escarlata. En este último se encontraba un gran reloj, del que pronto tendremos más noticias.

El príncipe tenía gran gusto por lo bizarre, y el buen vivir, así que había decorado todo con gárgolas y ventanales tenebrosos, en los que aparecían imágenes misteriosas, bizarras, tenebrosas o escalofriantes; entre ellas: sombras que marchaba, ejércitos de esqueletos, bailes de luces, etc.

Todos los sábados por la noche, a partir de las nueve y acabando a las una de la mañana, se organizaban fiestas, cenas, bailes, festines, música, marchas, y otros.

Era el sexto mes escondidos de la peste en la fortaleza, cuando el príncipe vio oportunidad de organizar una función de máscaras, donde los bailarines del príncipe vestirían disfraces y máscaras, para hacer de diversión para el príncipe y todos sus nobles, mientras eran animados por el selecto grupo musical del príncipe.

La función ya había empezado: disfraces, máscaras, color, ritmo, perfección. Los músicos tocaban con fervor, entusiasmados con el acto, y los bailarines hacían lo que mejor sabían hacer: bailar.

El salón verde se encontraba lleno hasta los topes, todas las mesas ocupadas, todos los puestos llenos. La comida era estupenda, y entre mesa y mesa marchaban los enmascarados, dando saltitos y giros al compás de la música exquisita.

Ya señalé el gusto del príncipe por todo lo que es bizarro, y esto se vio reflejado en los disfraces de los enmascarados: algunos presentaban más de dos brazos, formando figuras de la mitología hinduista, otros eran de colores simples y apagados, con máscaras inexpresivas, habían mujeres mariposa, de vivos colores, y hombres sombra con cuernos en sus máscaras blancas, que mostraban una sonrisa llena de dientes como cuchillo. Cada bailarín se había conseguido su propio disfraz de entre lo que estaba disponible, pues a nadie se le había asignado nada. Todos vestían como preferían.

La sala de al lado, la sala escarlata, solo iluminada por un gran candelabro, presentaba sus ventanales de colores igual de rojizos, que, al ser golpeados por la luz, producían fantasmales reflejos, de un color rojo como la sangre. Esta sala, a diferencia de las demás, se encontraba desierta, pues a todos les inspiraba temor. En una pared de la sala, junto a los ventanales, había un enorme reloj, que marcaba sin pausa la hora. Cada una hora, el reloj emitía musicales campanadas de plata, que paralizaban de miedo por unos segundos a todo el que lo oyera. Luego de ser paralizados, se reían del asunto y la función continuaba. No había quien no se paralizara por un segundo, ni siquiera los músicos, por lo que la función se veía detenida en totalidad.

Todas las horas la función se mantuvo igual, pero  a cada “00” del reloj, la poderosa campanada paralizaba a quienes estaban en la sala verde. Luego, como ya dije, todos se jactaban del asunto y seguían con la fiesta.

Todo cambió cuando llegaron las doce. El reloj, a estas horas, debía dar doce campanadas, y cuando lo hizo, el festival se detuvo por completo, por medio minuto. Las campanadas de plata rasgaban el ambiente, penetrando los oídos de los receptores, paralizándolos en un miedo incomprensible. Como anteriormente todas las campanadas duraban un par de segundos, nadie notó nada raro, pero ahora, que las campanadas habían durado tanto, todos pudieron notar algo horrible: mientras al sonar las campanas todos se paralizaban, había un bailarín que no cesaba de sacudirse con esa delicadeza siniestra propia de los enmascarados: se trataba de una figura alta, de algo más de dos metros. Su disfraz presentaba un sombrero ancho, rojo de ala filosa, y una máscara peculiar. Nadie pudo quitar la mirada del bailarín, que, mientras todos temían, él bailaba.

Había algo en su máscara que molestaba y enfurecía a todos los presentes. Hay personas que disfrutan del morbo, se ríen de él o lo repiten para su satisfacción, pero ni estos pudieron aguantar la molestia ante esta acción tan impertinente: la máscara del bailarín inmutable presentaba a la perfección las facciones de un cadáver, manchadas sus mejillas de sangre y siendo pálida su tez. Los ojos hinchados, la piel sangrante, rajadas de piel, como causadas por hemorragias internas. Ahora que lo notaban, la larga capa roja que cubría su cuerpo se veía manchada de color sangre. Esto era una burla hacia la muerte, era un golpe a la moral de esas personas que olvidaban ya de que se escondían: este hombre alto había elegido el disfraz de Muerte Roja, y eso era un insulto a todos los presentes.

Cuando cesaron las campadas, finalmente el príncipe fue capaz de hablar:

-¿Quién es ese blasfemo impertinente? ¡Guaridas, quiero que lo apresen y lo maten! ¡Quiero que sea guillotinado, y su cabeza mi trofeo!-

Los guardias estaban muy de acuerdo, y no dudaron en lanzarse contra el individuo, pero luego este los miró, y no pudieron aguantar un segundo esa mirada. Se quedaron tan paralizados como lo estuvieron al escuchar las campanadas del reloj, y se apartaron para dejar pasar al hombre. Todos los presentes lo hicieron.

El malvado de rojo ya había cruzado cuatro salones cuando el príncipe, indignado, se reparó de la parálisis y tomó su cuchillo.

-¡Yo mismo mataré al desgraciado!- Se levantó de la silla y corrió tres de los salones en un santiamén. Cuando llegó al salón azul, notó con sorpresa que el tipo de rojo no se movía: estaba quieto, y lo miraba, esperándolo. No se dejó intimidar, y se lanzó contra el sujeto, mucho más alto que él.

En el salón verde se escucharon de inmediato los desgarradores gritos del príncipe, y todos acudieron a la escena.

El príncipe se encontraba en el piso, rodeado por un exagerado charco de sangre. De todos los poros de su piel, de su boca, y de sus ojos, había brotado esta, ensuciando todo. El cuchillo había caído un metro más allá, totalmente limpio. El hombre de rojo se encontraba estático donde había estado antes, y no se había movido un paso.

Los guardias se precipitaron contra este, pisando la sangre de su señor, y atacando al tipo. El primero en llegar lo botó al suelo con sus manos, y los demás le siguieron, tomando sus armas, pero, ante la mirada atónita de todos, el tipo dentro de la capa se esfumó como si fuera vapor. La máscara de cadáver rodó un poco, antes de caer boca arriba, y el sombrero de ala ancha cayó con lentitud. No había nadie bajo la capa roja.

Los guardias se levantaron, frustrados y confundidos. Luego el primer guardia en atacar miró sus manos. El guardia, después de verse las manos, se puso a gritar, como si súbitamente lo atacara la locura, y luego corrió, alejándose de todos los demás. El segundo guardia en atacar volteó hacia donde había corrido su compañero, para luego tener un escalofrío exageradamente visible, y ponerse las manos en el cuello. Luego volteó hacia los espectadores del crimen, haciendo arcadas: se encontraba mareado, y su cara tenía manchas moradas por doquier. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Caminó unos pasos, trompicando como un zombie, para luego vomitar un chorro de sangre a la dama más cercana, arruinándole para siempre el traje, y su vida. El guardia cayó muerto al suelo, en una pose de dolor, y con la boca abierta. La Dama no alcanzó siquiera a gritar. En cosa de cinco minutos, todo el castillo eran gritos y llanto, pasos locos, corridas de un lado a otro, y sangre, mucha mucha sangre; la sangre se vomitaba, se esparcía, y mataba. El olor del aire era pestilente.

En cosa de dos horas, todo era silencio en el castillo, y no había supervivientes. Los cadáveres pálidos y la piel rasgada era el espectáculo. Había cadáveres de niños, de mujeres, de cocineros, de bailarines enmascarados. Los muertos exhalaban un gas después de morir, que si era inhalado, causaba infección en cosa de segundos.

Nadie lo notó en medio del terror, pero una figura alta y delgada, desnuda, caminaba con tranquilidad entre cadaver y cadaver. Su cuerpo era anoréxico, su piel pálida, y era calvo, además de no poseer ningún rasgo facial. En el camino, el engendro se topó con un niño, y sin preguntar, le atravesó con la mano de lado a lado, con su fuerza descomunal. Le quedó con el gustito. La figura tomó la capa, la máscara, y el gorro, y salió por la puerta principal, cerrándola por afuera.

Así fue como nadie sobrevivió a la Muerte Roja dentro de la fortaleza.

Dicen que sigue rondando, dicen que sigue vivo, dicen que no muere, dicen que sigue buscando a alguien más para comenzar de nuevo con su reinado.

Creada por un famoso autor de relatos de terror de la antiguedad, adaptación mía

shireke

Rating: 5.50. From 12 votes.
Please wait...

9 comentarios de “Máscara de Muerte Roja”

  1. Para todo el que lo lea, no solo lo edité, lo reescribí entero, sin tener el texto delante :cerealguy:
    EDIT: Revisé, y lamento ver que ya había sido posteada, pero era la traducción original, no lo que yo hice. Lamento mucho no haber revisado antes, y pido perdón, pero aún así voy a dejar la creepy tal cual donde está.

    1. Dudo que alguien haya creído que editaras el texto original directamente. Está tan cambiado que haberlo reescrito desde cero es la única explicación. Como versión alternativa, no supera ni se le compara en lo más mínimo al original. Omitís descripciones y sobreexplicás innecesariamente. El giro en el argumento tampoco fue bueno, y la última línea es un agregado horrible.

¿Quieres dejar un comentario?