Extraño.

Había sido un largo día, iba de camino a casa cansada, aburrida de la rutina, aguantando y complaciendo siempre a los jefes con sus necesidades obscenas.
Iba escuchando mi canción preferida y como amante de la música me levantaba un poco el ánimo. Sin embargo, cualquiera podría notar el desprecio vagando en mis ojos.

Me detuve a comprar un café, la cajera me sonrió con la misma mirada repulsiva con la que acostumbro yo mirar a mis clientes. ‘‘Mi misma suerte’’ pensé casi riendo por dentro.
Subí al auto y conduje poco tiempo antes de ver a un hombre en la orilla de la carretera, entonces sólo por curiosidad reduje la velocidad. Era flaco, tan blanco que podía ver bien su rostro en la noche, bien parecido y muy bajo de estatura, cargaba un bolso café de lana, una chaqueta verde y unos zapatos negros. Ya había pasado junto a él cuando escuché un grito, pude verlo por el espejo brincando y moviendo las manos en alto. Supuse que quería que lo llevara, entonces retrocedí y abrí la puerta del auto, subió y me saludó muy amablemente.

-¿Hacia dónde vas?- pregunté.
-Avenida 32, vengo del norte de Alberta- contestó sonriendo.

Fueron sólo 5 minutos de viaje, cuando me di cuenta de que pronto me quedaría sin gasolina. ‘‘Estúpida, si sólo dejara de pensar en tonterías y me concentrara en las cosas que realmente importan’’ pensé culpándome, nuevamente había logrado arruinar otro día siendo culpa de nadie más que mía.

-Malas noticias, nos quedamos sin gasolina- dije volviéndolo a ver.
Arrugó la cara. Lamentando lo poco que habíamos logrado recorrer, me orillé en la carretera. Bajamos del auto y nos sentamos junto a él. Sólo quedaba esperar que alguien se detuviera a ayudar porque mi teléfono no tenía cobertura y él ninguno. Entonces sentados en silencio, mientras nuestra vista no se apartaba de la luna, volteó hacia mí hundiendo su mirada en mis ojos, sujetándome el brazo, respiró hondo como si oliese mi perfume.

-Rosas- Dijo suspirando. -Sí, desde niña lo he usado- Contesté casi ebria en su colonia.
De repente se apartó soltando mi brazo, como recordando algo. Volvió su mirada hacia el otro lado y susurró algo a si mismo. Entonces volteó hacia mí.
-¿Qué opinas de la gente que ama despreciar su vida?- Intrigó mientras yo observaba la luna reflejada en sus ojos negros. -No tengo idea, ¿Qué clase de pregunta es esa?- Contesté confundida. -Pues no lo sé linda, ¿No te parecen sólo insectos? Personas despreciables ansiando sus últimos momentos. Pero cuando llegan no tienen las agallas para afrontarlos. Entonces huyen y dicen que apreciarán sus vidas. ¡Ah! ¡Pero la astucia es sólo la más importante virtud del cobarde! Cuando no pueden aceptar su realidad, su destino lleno de asco y putrefacción del alma. Cuando no pueden aceptar el gasto de oxígeno que son. No logran aceptar que su hora ha llegado ya… O simplemente lo saben, pero como siempre despreciables humanos, no le mienten mejor a nadie que a ustedes mismos, se acobardan y huyen. Pero entonces es cuando entro yo para arrastrarlos con mi odio, sin embargo sanando la inmundicia e hipocresía en sus corazones. Carcomiendo sus almas como fuego hambriento papel. Llevándolos a un lugar donde creen que todo será mejor, sin embargo sólo es un lugar donde irán a sufrir el triple de lo que han vivido ya. Pero entonces dime Anna, ¿qué opinas de ellos?- Preguntó con una sonrisa torcida. -¿Quién diablos eres?, ¿Cómo sabes mi nombre?- demandé asustada, temblorosa.
-Tengo muchos nombres Anna, pero eso no importa. Estoy aquí y el miedo en tus ojos no me provoca lástima, ya lo he visto en muchísimos seres desde el principio de la humanidad. He venido por ti, por tu alma condenada por mil siglos. No tienes nada más que dar, ni si quiera a tus pobres niñas, te las has manejado para odiarlas a ellas también. Ya es hora de pagar.- Dijo sonriendo con un odio acompañado de placer en sus ojos que jamás había visto en otro ser.

Entonces corrí, huí, me acobardé. Así como él dijo y mientras lo hacía lo pude oír riendo, burlándose de mi miedo y alimentando su ego de él. Supe que la única manera de salir con vida era quitándole la suya, corrí entre un bosque denso, apenas podía escucharlo a él corriendo tras de mí porque podía oír mi corazón palpitando con agresividad, mientras lo sentía queriendo salir por mi garganta. Volteé hacia atrás y vi su cara a diez centímetros de la mía. Quise correr pero me tomó del cabello y tiró con fuerza repetidas veces, cuando soltó caí de golpe en la nieve, antes de darme cuenta lo tenía sobre mí golpeándome. Sacó una navaja de su bolsillo y la puso sobre mi garganta.

-Ha llegado tu hora linda- me susurró con malicia en el oído izquierdo. -¡No podrás llevarme muerte bastarda, no hoy, dejaré que mi alma se pudra en la soledad antes de caer en tus garras malditas!- exclamé con rebeldía al escupirle la cara.

Sentía la adrenalina en cada vena de mi cuerpo, los nervios me mataban. Pensaba cómo saldría de ahí, cuando vi una rama seca, lo empujé hacia el lado y corrí hacia ella; la tomé e inmediato lo golpeé con fuerza y odio severo en la cabeza cuando intentaba levantarse, cayó inconsciente mientras una gota de sangre rozaba su frente y salpicaba en la nieve.
Desesperada me apresuré a buscar ayuda, sentía calambres en todo el cuerpo y las piernas me temblaban tanto que pensé que no resistiría más y caería. Fue cuando vi una casa, bastante ostentosa diría yo. Corrí lo más rápido que pude, debía llegar. No necesité mucho esfuerzo para abrir las puertas, ya que se abrieron en el primer intento.
El lugar estaba impecable, al parecer habitada claro, pero no había nadie en casa. Casi rendida busqué la cocina, en el apuro tropecé bobamente golpeándome la cabeza en el marco de la puerta, aturdida pero sin importarme mucho, me levanté a buscar defensa y entre las gavetas de un mueble encontré un cuchillo, entonces salí a enfrentar a mi perseguidor. No duró mucho en aparecerse, sin embargo, para mi sorpresa venía con hacha en mano. Claramente no tenía intenciones de quedarme a preguntar dónde la había conseguido, entré y subí las escaleras a encerrarme en una habitación, intenté la primera puerta y tenía llave. Entonces apresurada corrí a la próxima.

-¡Anna! Ven linda, no te haré daño. Vamos, ven pequeña zorra escurridiza…- Gritó con burlas e insultos; los cuales hacían que escalofríos recorrieran mi espalda.

Logré abrir la segunda puerta, temblorosa, entré y le puse llave. Entonces escuché un golpe en la puerta principal, pude oírlo destrozándola con el hacha. Escuchaba pasos lentos subiendo las escaleras acompañados de su risa perversa, entonces lo escuché tirando las cosas en el cuarto de al lado después de tumbar la puerta. Sentí algo mojado entre el cabello, me toqué y era grasoso, olía a hierro; ‘‘Sangre’’ pensé, aún dolía, sin embargo hice caso omiso, rápido busqué lápiz y papel.
Entonces vi una sombra bajo la puerta de la habitación, de inmediato me escondí en el closet, en una hendija entre las puertas pude ver el hacha atravesando la madera con desesperación. Escuché pasos y mi respiración se hacía cada vez más pesada.

-Encendió la luz, puedo verlo, aseguro que este es el peor momento de mi vida. Viene- Escribió apresuradamente…

Esta es una nota de mi madre que narra aproximadamente una hora y media de sus últimos momentos, la cual fue encontrada junto a su cuerpo degollado y terriblemente masacrado. Solo vienen unas oraciones más al final escrito en su propia sangre, y dicen.

‘‘No se preocupen, no desesperen. No desilusionen, pero tampoco se escondan. No recen ni alaben… Que para ustedes esperanza alguna no hay’’

Imagen de perfil de Samantha Valerín

Escrita por mi misma.

Samantha Valerín

Please wait...