ERES UN PERRO MALO, CHISPA: Las paredes pueden albergar muchos recuerdos

Es tarde, casi de noche, aunque el cielo de negro nublado aparenta una tardía madrugada de las que enigmatizan los más mundanos ruidos, y puedo oir la llovizna de mediados de mayo resbalar por la textura lisa de las persianas de mi habitación.

Mato el tiempo leyendo algunos estados de Facebook, comentando vídeos en YouTube con la crueldad que el anonimato me permite, y haciendo lo que más me gusta hacer frente a una pantalla, pues soy un romántico empedernido, amante de los mitos y el espiritismo, que es leer Creepypasta en diversos foros de Internet. Para mí, las Creepypasta son como una versión moderna de aquellas epístolas terroríficas escritas por mis ídolos de la época victoriana.

A cierta hora que en este instante no puedo recordar, justo antes del momento normal en cualquier hogar para cenar, empiezo a oir cómo mi hermano mayor juega con nuestra mascota, una perra de gran tamaño aunque también de gran corazón, en el pasillo, justo detrás de la puerta de mi dormitorio. En principio, es una escena que hasta se me hace repetitiva y rutinaria. El sonido de los brincos apresurados del animal, seguidos por tiernos golpecitos, rebotes de una pequeña pelota naranja, y las enérgicas carcajadas de mi cofrade al presenciar las divertidas reacciones del cánido ante sus inocuos engaños. Es una escena inclusive enternecedora.

No obstante, se produce un ensordecedor relámpago, allá por fuera, que transforma la tenue llovizna primaveral en una furiosa tormenta. Acto seguido, debe de bajarse el interruptor automático de mi cuarto, pues pierdo en éste toda iluminación, y mi ordenador se apaga violentamente en un gesto de imposibilidad. Hasta entonces, todo roza una normalidad algo alocada, mas mis oídos perciben entonces lo que provoca en mí una enorme intranquilidad y un muy allegado desconcierto. Lo que antes eran alegres retumbos e inocentes burlas y festejos en el pasadizo, ahora se han convertido en un perpetuo y rabioso gruñido, y ese aire de gris raído, y una voz decrépita, de viejo cascarrabias, muy distinta a la de mi hermano, diciendo «eres un perro malo, Chispa, muy muy malo, no debiste ladrar tan fuerte al señor Riera, ahora debes aprender la lección». ¿Chispa? Mi perra se llama Perdi.

Aquel tono ronco, algo ebrio tal vez, o desquiciado por lo menos, casi puedo sentirlo de otro tiempo, como un eco del pasado que burla los tabiques de hormigón y cubre la totalidad del ambiente. Se percibe sádico, y profundo, sin vida. También puedo advertir el crujido que provocan unas pesadas botas de cuero al pisar un suelo de gastados tablones. Pero es que el suelo del pasillo, y esto me estremece hasta límites insospechados si es que conozco bien mi propia casa, no es de madera y tampoco de parqué, sinó de baldosas. No sé, es realmente aterrador e inhóspito, como, como si escuchara una secuencia muy distorsionada y difusa a través de unos potentes auriculares…

De repente, empiezo a escuchar, presa del pánico y el horror más absoluto, los gemidos de súplica del pobre animal como lamentos de una anciana enferma, y el sonido de una cuchilla cortando carne como mantequilla, y dejando tras de sí una áspera resonancia de goteos infames. Tiemblo y lloro en mortal silencio, agazapado todavía en mi silla de ordenador y completamente a oscuras. Quiero que esto se acabe, no me vale taparme los oídos. Los quejidos más allá de la puerta continuan, el bullicio de pieles y carnaza cayendo, y ese lóbrego canto fúnebre… me agrede como una sierra implacable… «tranquilo, Chispa, no voy a seguir mucho tiempo más. Has sido un perro muy malo, debes saberlo, sí, Chispa… Pronto dormirás entre rosas, sí…». -¡Basta!- Me doy cuenta de que he alzado la voz, e impotente y aterrado aguardo la venida de mi verdugo en la negrura. Asimismo, vuelve la luz, la cruenta tempestad se ensambla de nuevo con templada quietud, y el perturbador estruendo de tortura se desvanece como por arte de magia. Todo vuelve a… a ser normal.

Con el cuerpo convulso y las manos sumergidas en una imparable vorágine de pavorosos temblores, abro la puerta con gran torpeza y asomo la vista al corredor. No hay nadie, ni siquiera mi perra y mi hermano, jugando contentos como antaño. Sin embargo, reparo en una nota escrita a mano, es de mi hermano: «He salido a pasear a Perdi una hora. Vuelvo a las diez».

No hay nadie en casa, así que me hallo totalmente solo, y más cohibido y tembloroso aún si cabe. «Pronto dormirás entre rosas…», entre rosas… ¿Entre rosas…? ¡El rosal! ¡Cuando nos mudamos había un rosal marchito y penumbroso aparcado en el parterre del patio interior!

Corro escaleras abajo, desesperado por algo de luz de verdad sobre la experiencia terrible que acabo de soportar, y en menos de un minuto me planto en el patio cercado por tabiques y cañerías, y por una ventana a la cocina y una puerta muy grande al comedor. Me arrastro de rodillas y en un silencio inquebrantable de nerviosismo hasta el trocito de tierra sobre el que reposaba el negro rosal de otra época, que nadie se había molestado en resguardar del filo del tiempo.

Escarbo y remuevo el cieno impaciente, sediento de comprensión. ¿Qué ha pasado? ¿Porqué he escuchado lo que he escuchado, tras del portal de mi dormitorio como un hiriente susurro de ultratumba? No habiendo cavado dos pies de hondura en el fango, mis dedos topan, como ya discretamente me temía, con algo sólido, y áspero. Resulta ser el cráneo de un perro, erosionado por los banquetes de varias generaciones de gusanos. Lo miro sin saber cómo reaccionar, con una mezcla de asco y remordimiento, miedo y mansedumbre. Una lágrima resbala por mi cuello.

De mi atormentado subconsciente

Leandro Vera Farr

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