Darío venía de la finalización de una fiesta costumbrista en alguna casa cercana. Estaba totalmente borracho, a más de tres mil kilómetros de su hogar, solo y sin ningún céntimo en los bolsillos.
Había sido su opción, no tenía el dinero para hacer ese viaje a Chiloé, nadie lo acompañaría tampoco; pero había estado todo el año planeando la travesía, soñando con el lugar, juntando la plata suficiente —una enfermedad de su madre lo había dejado sin esos ahorros—, y no había obstáculo posible que pudiera impedir el logro de su objetivo. La gran isla de Chiloé era su meta; un lugar mitológico, un santuario para tipos como él, amantes de la magia negra, del heavy metal más místico y pesado, fanáticos de Lovecraft, Machen y Hoffmann, seguidores de dioses nórdicos, devoradores de historias fantásticas y del Infierno y del más allá. Un crédulo con alma aventurera.
Tomó algunas de sus cosas, las más necesarias, las metió en una mochila y enfiló hacia la carretera, y por ella, a aventones de conductores voluntariosos llegó a los cuatro días a Chiloé; tierra de supersticiones y tradiciones fabulosas.
Ahora, en ese preciso momento, sumergido en la infinita noche, estaba en la misma carretera —separada apenas por un par de kilómetros de mar del continente—, apenas mantenido
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