Desesperada

Eran casi las dos de la mañana. Alicia aún se encontraba despierta, mirando fijamente la mesa del comedor, llena de papeles. Sus dos hijos dormían en su cuarto desde hace un buen rato, se habían ido a la cama sin cenar de nuevo; desde hacía ya una semana el dinero no alcanzaba para comer más que una vez al día. Facturas y más facturas, deudas que había que pagar. La luz, el agua, las colegiaturas, las cuentas del banco… y el papel que sostenía en la mano, un aviso de desalojo. Tenía escasas dos semanas para abandonar la casa, la hipotecaria no daba una prórroga más.

Desesperada era la palabra que describía exactamente cómo se sentía. Perdida en sus pensamientos, fue interrumpida por el sonido de unos pasos que se acercaban hacia ella. Era Mario, su hijo de siete años.

—¿Por qué no te has ido a dormir, mamá? ¿Es porque mañana no vamos a la escuela y no tenemos que levantarnos temprano?

Alicia se acercó a su hijo y lo abrazó, mientras una lágrima escurría por su mejilla. Sus hijos eran lo que más amaba en el mundo, la razón de su existencia.

—Sí hijo —contestó Alicia—, es por eso, pero ya estoy cansada y debemos dormir.

Tiró el aviso de desalojo en la mesa junto con los demás papeles y acompañó a su hijo al cuarto. Lo besó en la frente antes de salir. Miró a su hija Vannesa de cinco años dormir en la cama de al lado y cerró la habitación. Caminó por el estrecho pasillo hacia su cuarto, se recostó en la cama y comenzó a llorar, desesperada. ¿Cómo explicarle a sus hijos que les había mentido? ¿Cómo decirles que no irían a la escuela no porque se hubieran suspendido las clases, sino porque ya tenía seis meses de retraso en las colegiaturas y si los llevaba, no los dejarían entrar? Amaba a sus hijos y quería protegerlos de cualquier dolor, incluso si eso significaba tener que mentirles. De cualquier forma ya llevaba mucho tiempo mintiéndoles, siempre que preguntaban por su papá.

Ramiro, su esposo, era el culpable. Recordó cómo había empezado todo. Él se fue de la casa después de confesarle que se había enamorado de otra y que pensaba hacer una nueva vida con ella. Al principio siguió preocupándose por los niños, y en algunos momentos Alicia pensó que recapacitaría y regresaría con ella; después de todo, diez años de matrimonio, diez años de darle todo su amor y cariño no se olvidaban tan fácilmente. Ella lo seguía amando como loca y por eso pensaba que volvería.

Hasta ese día. Aquella llamada que rompió su corazón y sus esperanzas. Recordó la facilidad con la que Ramiro le habló por teléfono para decirle que se iría de viaje por un mes con su novia y que pasaría a dejarle dinero para los niños. Así de simple, en un solo momento, todo el amor que sentía se convirtió en odio, mucho más grande que el amor que le tuvo, un odio como el que jamás se había imaginado.

De esto ya hacía más de seis meses, Ramiro se fue y ni siquiera pasó a despedirse de sus hijos ni a dejarle dinero. En vano lo llamó por teléfono y lo buscó como loca. Al parecer, seguía de luna de miel con su novia. No entendía cómo era posible que se hubiera olvidado de ella, pero sobre todo de sus hijos. Esos pobres niños que lo querían tanto, que todos los días preguntaban por él; y a los que tenía que mentirles constantemente e inventarles una excusa tras otra para justificar la ausencia de su padre.

Se quedó dormida, despertó cerca de las seis de la mañana. En un principio pensó que todo había sido un mal sueño, últimamente confundía la realidad para escapar del sentimiento de desesperación que la atormentaba. Se levantó de la cama y caminó hacia la cocina, miró por la ventana hacia el jardín, el cual se encontraba muy descuidado. La última vez que se ocupó de él fue cuando sembró esos rosales hace más de seis meses. Se quedó perdida en sus pensamientos, mirando aquellas rosas tan hermosas de color rojo en el jardín. De repente sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido del timbre, caminó hacia la puerta y abrió. Era el notificador con otro aviso de la hipotecaria. Ya sólo le quedaban tres días para dejar la casa, olvidó que el aviso que sostenía en la mano el día anterior había llegado desde la semana pasada. Nuevamente el sentimiento de desesperación se apoderó de ella y el odio hacia Ramiro se sintió más vivo que nunca.

Regresó a la cocina y miró el reloj. Eran casi las nueve de la mañana, sus hijos despertarían pronto. De repente recordó que debía preparar el desayuno. ¿Con qué comida, si ya no tenía nada? ¿Cómo había llegado al punto en que ni siquiera tenía para alimentar a sus hijos? Lo único que quedaba era un poco de pan y café. Se sentía desesperada. Se quedó mirando fijamente lo único que quedaba de comida por un largo rato, hasta que la voz de sus hijos la llevó de nuevo a la realidad.

Preparó el café y puso el pan en la mesa. Sus hijos se sentaron junto a ella. Mario le dio una mordida a un pan y tomó un sorbo de café.

—Mami, este café sabe raro —dijo Mario—. Como que no tiene azúcar.

—Puedes ponerle un poco más si quieres, para que te sepa más rico. Aunque yo ya le puse bastante. ¿Tú no quieres más azúcar, hija? —preguntó mientras sacaba de la alacena un pequeño bote y lo ponía en la mesa.

—Sí mami, quiero más azúcar —contestó su hija.

Mario tomó el bote y se sirvió una cucharada que revolvió con su café.

-Mira Mario —dijo Vanessa, señalando el bote del azúcar—, qué bote más chistoso, tiene una calaverita pintada.

Los niños terminaron de desayunar y se fueron a ver la televisión. Alicia tomó el bote de azúcar y lo puso en la alacena, de la misma forma en la que lo había guardado hace más de seis meses, después de invitar a Ramiro a un café el día que había ido a su casa a despedirse de sus hijos y dejarle dinero. El mismo día que Alicia había cavado un gran hoyo en el jardín para sembrar sus rosales.

 

Las personas de la hipotecaria llegaron 3 días después a desalojarlos, encontrando los cadáveres de los niños y el cuerpo de Ramiro en el jardín; pero Alicia no estaba.

De esto hace ya más de ocho años. Alicia se encontraba ahora sentada en su casa esperando a su marido. No recordaba nada de esos diez años de su vida; sin embargo, los últimos dos meses la había embargado un sentimiento de desesperación que vagamente recordaba haber sentido en algún momento de su pasado.

Ese sentimiento aparecía cada vez que su marido llegaba tarde, no iba a comer, estaba siempre en juntas, salía de la casa a contestar llamadas extrañas y eso cada vez se hacía más frecuente. Sobre todo desde aquel día en que descubrió en su camisa una mancha de lápiz labial. Esta noche la había llamado para avisar que llegaría tarde, pero que necesitaba hablar con ella de algo muy importante, que lo esperara despierta. No importaba, Alicia lo estaba esperando en la sala de su casa, con una taza de café.

Creación propia

chio747

Please wait...

6 comentarios

jejeje pues esta bien estructurada, no te saliste del contexto (lo cual felicito) me agrada la idea de una madre desesperada que termina por envenenar a sus niños y a su esposo… ;D buenas ideas!

¿Quieres dejar un comentario?

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.